Retornando a nuestros inicios: los pródromos de nuestra fundación en 1940

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Retornando a nuestros inicios: los pródromos de nuestra fundación en 1940
Portada de "A la Juventud Nueva"

Acaba de caer en mis manos el libro “OCHENTA Y CINCO VECES SIETE”. Una joya. Un regalo que Dios nos hace a quienes formamos con orgullo la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista de la mano de nuestros hermanos Pedro Luis Ferrer Montero y David Beneded Blázquez. Me faltan adjetivos para expresar lo que es y lo que supone este libro en la Semana Santa zaragozana. Se trata de una obra excelente, exhaustiva, minuciosa y que implica un ingente trabajo de búsqueda de toda nuestra historia, con una iconografía magnífica, que seguro ha supuesto miles de horas de trabajo. Gracias Pedro Luis y David en nombre de los 2.937 hermanos que han vestido desde 1940 el hábito de nuestra Cofradía, como indicáis en la dedicatoria del libro.

Han transcurrido 85 años y como señaló Mosén Francisco Izquierdo Molins: “Somos los de siempre, los de la predicación de las Siete Palabras, los del tambor con hábito verde y blanco, los obligados a notoria e intachable ejemplaridad porque no hay aquí predicador a quién sigan y escuchen tantos miles de almas, como a los nuestros del Viernes Santo por las anchas calles y grandes plazas de Zaragoza”. Y así seguimos.

El 15 de febrero de 1940 tuvo lugar en Zaragoza la fundación de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista y, simultáneamente, el 20 de febrero de ese año, vio la luz el libro “A LA JUVENTUD NUEVA”, publicado por los hermanos fundadores Fernando Guallar Andreu (nº 13) y Francisco Romero Aguirre (nº 11), como miembros de la Escuela de Propagandistas de la Unión diocesana de Zaragoza.

La publicación del libro “Ochenta y cinco veces siete”, así como el publicado en 1996 con el título “Cincuenta Años de Tambor en la Ciudad de Zaragoza”, obra del recordado hermano Mariano Rabadán Pina, también compañero de profesión, me hacen recordar que la gestación de nuestra Cofradía venía preparándose desde hacía ya un tiempo.

En la introducción del libro, “A la juventud nueva”, bajo la advocación de Nuestra Señora Santa María del Pilar, siempre Virgen, Madre de Dios y nuestra y de Santiago Apóstol, los autores relatan que apenas iniciada la contienda nacional surgió la idea de esa obra. Dejaron dicho los autores que “el azar de la guerra nos separó completamente y pocos días antes de la Victoria, nos ha juntado otra vez el Señor y hemos querido terminar, en estas horas de triunfo y de gloria, la obra hace tiempo emprendida. Ha sido nuestro consejero y nos ha orientado en no pocas ocasiones nuestro Mosén Francisco, director de la Escuela de Propagandistas, de la que hemos recibido los fundamentos básicos de la formación de Acción Católica. Su mano ha guiado nuestras plumas a través de las dificultades de ciertas delicadas materias. A él se deben las normas y orientaciones del capítulo sexto”.

Inicialmente, llama mucho la atención que el prólogo lo escribiera el general José Moscardó. Pero en el título de este artículo -Los pródromos de nuestra fundación en 1940- se hace referencia al término médico que describe los síntomas iniciales que preceden al desarrollo de un proceso. Debemos centrarnos, pues, en el momento histórico, en por qué y en el cómo ocurrieron los hechos. 

Portada y algunas de las páginas del libro «A la juventud nueva»

Once meses antes de nuestra fundación había terminado la guerra fratricida y España se encontraba inserta en un crudo contexto que hoy es difícil reconocer, pero que los autores sintieron profundamente. Fernando Guallar y mi padre vivieron el drama de Luis Moscardó, el hijo del general, fusilado por no rendir su padre el Alcázar de Toledo; el cruel y terrible asesinato del Obispo de Barbastro, Florentino Asensio Barroso, e incluso la ceguera de mi abuela María tras bombardear el patio de su casa en la calle Don Jaime I, 39, en el año 1937.

Desde el año 1931 habían sucedido muchas cosas en España. No quiero hacer juicios, pero sí constatar hechos. E intentaré aportar datos y un refrendo histórico sobre los hitos principales que marcaron a Fernando y a Francisco al escribir el libro mencionado.

En primer lugar, Alfonso XIII abandonó España voluntariamente, tras las elecciones municipales de abril de 1931, que fueron tomadas como un plebiscito entre monarquía o república. Desde entonces, la polarización política caracterizó el periodo previo a la Guerra Civil.

En la España republicana, una de las formas en las que el extremismo se manifestó fue el odio hacia la Iglesia católica y las agresiones contra sus integrantes. Murieron asesinados 6.832 miembros del clero católico y de institutos religiosos, con hasta 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 monjes y frailes y 283 monjas, además de miembros de la nobleza española, propietarios industriales, laicos y políticos conservadores. Algunas estimaciones, entre ellas las de los historiadores Paul Preston y Hugh Thomas, sobre las víctimas del llamado ‘Terror Rojo’ oscilan entre los 50.000 y 55.000 muertos.

Tras las controvertidas elecciones generales del 16 de febrero de 1936, la amargura política y la división creció en España. Con gran repercusión se vivió el asesinato del líder monárquico Calvo Sotelo, en la madrugada del 13 de julio de 1936 en Madrid, durante los últimos días de la Segunda República. Cinco días después, el 18 de julio, se produjo el denominado Alzamiento Nacional, también llamado Movimiento Nacional de salvación de España o Santa Cruzada en defensa de la Fe y de la Patria. Para los republicanos, un golpe de Estado con sublevación militar dirigida contra el Gobierno constitucional de la Segunda República. Cuatro meses después, el 20 de noviembre, tuvo lugar el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, en la cárcel de Alicante.

El momento y el contexto en el que se escribió el libro fue, pues, terrible. El 23 de julio, cinco días después del Alzamiento, detuvieron a Luis Moscardó Guzmán, de 24 años, muy conocido de mi padre como miembro de la Escuela de Propagandistas de la Juventud de Acción Católica, donde mi padre había ingresado un año antes, concretamente el 9 de junio de 1935. El impacto de su fusilamiento fue brutal en su entorno, y, al concluir la guerra, el general José Moscardó, padre de Luis, quiso prologar el libro “A la juventud nueva”, en el que decía: “Con emoción escribo unas líneas a guisa de prólogo al libro… por dos jóvenes propagandistas de Acción Católica a la que también pertenecía con tanto entusiasmo mi inolvidable hijo Luis”.

Pocos días después, el 3 de agosto, fue bombardeado El Pilar. Dos bombas cayeron sobre la Basílica, otra en la misma plaza frente a la calle Alfonso y la cuarta en el río Ebro, sin víctimas. En casa de mis abuelos encontré hace años una medalla numerada (nº 809) conmemorativa de esa fecha, en la que figura en el reverso el bombardeo y el Salmo 138,6 “Sobre la ira de tus enemigos extendiste tu mano poderosa”. 3 agosto 1936.

Seis días después, el 9 de agosto de 1936, tuvo lugar otro suceso terrible protagonizado por la columna Durruti en Barbastro. Porque la diócesis de Barbastro acumuló durante la Guerra Civil española la mayor mortandad del país entre sus miembros incardinados, pues se causó la muerte a 123 de los 140 sacerdotes, es decir, el 88% de sus miembros, incluyendo a su obispo, además de 51 frailes claretianos, 18 benedictinos y 9 escolapios. Su obispo, Florentino Asensio Barroso, de 59 años, conocido de mi abuelo Casimiro Romero –primer urólogo de Zaragoza, concejal y director de ‘Amanecer’-, fue detenido el 8 de agosto y trasladado a la cárcel del ayuntamiento. En los interrogatorios fue torturado repetidamente amputándole los testículos. En la madrugada de ese día 9, medio desangrado, fue llevado junto a otros doce detenidos, en un ‘camión de la muerte’, al cementerio, donde fue fusilado. Murió al tiempo que bendecía y perdonaba a sus asesinos.  El obispo Florentino Asensio fue declarado mártir y beatificado por Juan Pablo II el 4 de mayo de 1997. Su festividad se celebra el 9 de agosto.

El revuelo y pesar por su muerte en mi familia paterna fueron terribles. Pero la guerra continuaba y los acontecimientos se sucedían con intensidad. Y el 3 de mayo de 1937 tuvo lugar un aterrador bombardeo sobre la céntrica calle de Don Jaime, con numerosos muertos y heridos. Ese día quedó ciega mi abuela María, tras el estallido de los cristales de su vivienda en el número 39, provocándole lesiones irreversibles por esquirlas de cristal en ambos ojos. Dimas Vaquero, en su crónica de ese día, lo relató así: “El mes de mayo de 1937 para los zaragozanos fue fatídico. Ya el día 3 caerían las bombas sobre la céntrica calle de Don Jaime y aledañas, a una hora de máxima concurrencia de gentes paseando por las calles en la primaveral tarde. Las casas con los números 44 y 46 de la calle Espoz y Mina fueron destrozadas por una de ellas, otra caería junto a los números 46, 48 y 43 de la calle Don Jaime, en el pavimento, provocando serios destrozos en las viviendas y numerosos muertos y heridos entre los viandantes que no tuvieron tiempo de refugiarse en los sótanos o portales de la calle”.

Otra fecha importante fue el 1 de julio de 1937, con “La Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero”, cuyo objetivo era informar a los católicos de fuera de España de la postura que había tomado la Iglesia católica en España en la guerra civil española. (Se puede leer en la Enciclopedia Espasa-Calpe, suplemento 1936–1939, páginas 1553–1555).

La Carta Colectiva indignó a la opinión pública de la zona republicana, lo que supuso que la política de restablecimiento de la libertad religiosa encontrara a partir de entonces muchas dificultades. De hecho, cuando cayó prisionero en la toma de Teruel en enero de 1938 su obispo, Anselmo Polanco, la principal acusación que se le hizo fue haber firmado la Carta Colectiva. Polanco fue fusilado por un pelotón militar junto a otros prisioneros, siendo uno de los 13 obispos asesinados en la zona republicana durante la Guerra Civil. Tiene la consideración de mártir y beato por la Iglesia católica. Y, por cierto, el Hospital de Teruel lleva su nombre.

A caballo de la guerra, mi padre realizó la Licenciatura en Medicina y Cirugía en la Facultad de Medicina de Zaragoza, concluyendo en el año 1941. En su Orla, figuran diez compañeros fallecidos durante la contienda y 35 que concluyeron los estudios, de ellos cuatro licenciadas, el 11% de la promoción.

Carné de pertenencia de Francisco Romero Aguirre a la Escuela de Propagandistas surgida en el seno de la Juventud de Acción Católica.
Carné de pertenencia de Francisco Romero Aguirre a la Escuela de Propagandistas.

Como podemos deducir, el momento histórico que vivió Mosén Francisco y los hermanos fundadores de la Cofradía no fue fácil, aunque sí de un ferviente anhelo de paz y de recuperación con fuerza del espíritu evangélico, tras los años intensos de guerra. Fue el inicio del denominado nacional-catolicismo, tan diferente a nuestra cruda realidad actual, de un laicismo mal entendido. Pero, a pesar de tan distintas realidades entre los años 1940 y 2025, el mensaje fundacional, sigue siendo el mismo. Ese fue también el mensaje del libro “A LA JUVENTUD NUEVA”. Con un léxico muy de la época, en sus 28 capítulos profundiza en los principios y fines de la Acción Católica, en sus círculos de estudios y en su juventud, en su compromiso con la oración y con los sacramentos, en el apostolado de los seglares, en la familia cristiana y en la vida sin apegos en gracia de Dios, siendo aristócratas del espíritu…

En 1943 Francisco Romero Aguirre fue nombrado presidente del Consejo diocesano de la Juventud de Acción Católica y presidió el Congreso Diocesano de Apostolado Seglar en noviembre de 1959, en Zaragoza, año en el que el papa Juan XXIII anunció el Concilio Vaticano II, que se iniciaría en octubre de 1962.  Es curioso recordar que el 8 de noviembre de ese año se inauguró el edificio de la plaza de La Seo como Casa de Acción Católica y se homenajeó a Mosén Francisco, comunicándole el nombramiento de Prelado Doméstico de Su Santidad por Juan XXIII.

La clausura del Congreso Diocesano de Apostolado Seglar, el 15 de noviembre de 1959, la hizo Alberto Martín Artajo, ministro de Asuntos Exteriores de España, con el título “Grandeza y responsabilidad del cristiano de hoy”. En el discurso del presidente del Congreso, Francisco Romero, decía que “Quizás en España quede mucho por hacer para elevar el nivel de formación cristiana del pueblo” y comentaba la última Pastoral del Señor arzobispo: “Si un día todos los bautizados ejercieran alguna manera de apostolado, la Iglesia habría entrado en la fase de su plenitud histórica”. Dos años después, Juan XXII, lo nombraría Caballero Comendador de la Orden de San Silvestre Papa.

Tras el final del Concilio Vaticano II, en diciembre de 1965, y después de oír de forma reiterada la frase: “HA SONADO LA HORA DEL LAICADO”, que gusta repetir al Papa Francisco y recordaba con frecuencia su autor, Juan Pablo II, seguimos con el problema de interiorizarla y más de ejecutarla.

El hermano fundador Francisco Romero Aguirre recibiendo la bendición de san Juan Pablo II.

Nuestro querido Mosén Francisco resumía con perfección y a su manera como debieran ser y comportarse los jóvenes de Acción Católica y de la Cofradía: “Excelentes como seres humanos, derrochando naturalidad, alegría, simpatía y optimismo; como cristianos, con su conducta intachable y ejemplaridad notoria; como profesionales, siendo los mejores en el trabajo del campo de la cátedra, de la gerencia, del taller, de lo que llevan entre manos; como apóstoles, con visión amplia y corazón de fuego, con intrepidez y entrega, con audacia, abnegación y sacrificio; dinámicos y constantes, urgidos por la caridad, lanzados con decisión a la conquista de hombres, para la consolidación y dilatación del Reino de Cristo. Personas de inteligencia clara y sentido común ilustrado, firmes en los principios y flexibles en las aplicaciones, de piedad profunda con rectitud de intención y sentido de la responsabilidad, llenos de confianza en Dios y rebosantes de caridad ardiente a lo San Pablo”.

Quiero concluir con el artículo 7 de nuestros Estatutos, el SIETE, donde se expresan claramente nuestros fines, como son llevar la predicación de las Siete Palabras que Cristo pronunció en la Cruz a diversos lugares de la ciudad el día de Viernes Santo y promover el culto y la devoción a Jesús Crucificado, a la Santísima Virgen y a San Juan Evangelista, teniendo además como fines el perfeccionamiento espiritual de los Hermanos pertenecientes a ella, estimulando a los mismos al mejor cumplimiento de sus deberes religiosos, apostólicos y sociales.

“Firmes en la fe frente a la adversidad, instrumentos de la misericordia del Señor y portadores de esperanza incluso en los momentos oscuros de la vida”. Dos líneas que expresan nuestro sentir cofrade y nuestra misión y que acompañan a la magnífica presentación del libro “OCHENTA Y CINCO VECES SIETE”.

Siempre, abrazados a tu Pilar bendito, a la columna de Aragón. 

Vuestro Hermano en Cristo  
Francisco J. Romero Fernández