Traslado del «Cristo de la Expiración»

Llevando a Cristo hasta el trono desde el que presidirá a la Humanidad gozosa y doliente

Tras llegar a Zaragoza, el “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra” fue bendecido el 5 de abril de 2014 en el altar mayor de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar en un solemne acto presidido por el deán-presidente del Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza y vicario general de la archidiócesis, Ilmo. Sr. D. Manuel Almor Moliner. Desde ese mismo momento, la imagen se encuentra expuesta al culto en la Casa de la Madre, más concretamente en uno de los muros laterales de la capilla de san Pedro Arbués, abandonando este enclave únicamente para su incorporación a los actos propios de Semana Santa que organiza la Cofradía.

Siendo deseo de la junta de gobierno que el traslado desde la Catedral-Basílica hasta la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal se realizará con la mayor dignidad posible sin perder un ápice de sobriedad, desde la Semana Santa de 2016 cada noche del Miércoles Santo se desarrolla un breve pero intenso y emotivo acto en el que la imagen es portada a hombros y acompañada por cientos de hermanos de la Cofradía, para ser finalmente enclavada en su paso procesional y dejarla dispuesta para su veneración durante los turnos de guardia de honor del día siguiente y posterior participación en las procesiones del Viernes Santo.

I) Nuestro particular «Descendimiento» del «Cristo de la Expiración» en la capilla de san Pedro Arbués

La imagen del “Santísimo Cristo de la Expiración en el misterio de la Séptima Palabra” colocada para su exposición pública al culto en uno de los muros de la capilla de san Pedro Arbués de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar (fotografía de Pascual Soria).
La imagen del “Santísimo Cristo de la Expiración en el misterio de la Séptima Palabra” colocada para su exposición pública al culto en uno de los muros de la capilla de san Pedro Arbués de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar (fotografía de Pascual Soria).

Como se señalaba anteriormente, y gracias a la gentileza del Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza, la imagen permanece expuesta al culto durante todo el año en la capilla de San Pedro Arbués de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Dicha capilla se ubica en la nave norte del templo, en el espacio ocupado entre el cancel de la puerta alta que da a la ribera del Ebro y por la que se accede a la torre de San Francisco de Borja (más conocida como la del ascensor), y la luminosa y restaurada capilla de San Lorenzo.

Construida en el año 1871, tan solo cuatro después de que Pío IX canonizara a Maestrépila, como popularmente era conocido el canónigo e inquisidor asesinado en el interior de La Seo en 1485, la obra fue planteada en el contexto de las acciones emprendidas por el arzobispo Manuel García Gil con las que se completaron el proyecto original constructivo planteado por Ventura Rodríguez, siendo sufragados los costos por los ejecutores testamentarios de la viuda de Abanto, destinándose 20.000 reales de vellón para levantar un sepulcro donde reposaran los restos de la ilustre señora y de sus familiares, y otros 40.000 para la ornamentación.

El diseño fue encargado al arquitecto y director de las citadas obras finales del templo, Juan Antonio Atienza García, quien se limitó a imitar el espacio de la capilla contigua dedicada al patrón de Huesca, eso sí, de modo más humilde al prescindir del arrimadero de azulejos valencianos, y de toda decoración pictórica en la cúpula o en los muros laterales. El retablo, de estilo neoclásico y corte academicista, está tallado en madera emulando jaspe, siendo la escena central igualmente de madera aunque pintada de blanco, tratando de imitar un material más lustroso como el mármol. Este altorrelieve, que fue ejecutado dos años después por el escultor murciano Antonio José Palao Marco (bien conocido en el ámbito cofradiero por sus obras realizadas para la Hermandad de la Sangre de Cristo como el paso de la “Entrada de Jesús en Jerusalén” destruido en 1935, el grupo escultórico de “La Soledad”, la imagen de “Nuestra Señora de los Dolores” o la propia cama sobre la que reposa el “Cristo de la Cama”), representa la glorificación del santo aragonés a quien se muestra subiendo a los cielos rodeado de varios ángeles, portando dos ellos una corona de flores y la palma martirial.

En cualquier caso, lo realmente relevante para nuestra Cofradía es que la imagen pueda ser venerada por todos los hermanos diariamente, en un lugar tan sagrado y cardinal en la historia devocional y eclesiástica de nuestra ciudad como es la Catedral-Basílica. Venerar a nuestro “Cristo de la Expiración” (al igual que hacerlo con las imágenes de nuestros pasos de “La Tercera” y de la “Quinta Palabra” en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal o al “Cristo de las Siete Palabras” en nuestra comunidad parroquial de San Gil), además de ser un hecho significativo, constituye un elemento relevante de la piedad popular, debiendo apoyarse en una concepción teológica adecuada para evitar todo tipo de desviaciones y fanatismos.

Por eso, cuando nos acercamos hasta las inmediaciones de la capilla de san Pedro Arbués y contemplamos a nuestra querida imagen, debemos recordar lo nuclear de lo que estamos haciendo, teniendo siempre presente, tal y como recuerda el “Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia”, que las imágenes son: traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente, exigiendo la tradición eclesial que cualquier imagen «esté de acuerdo con la letra del mensaje evangélico» como lo hace la nuestra al representar fielmente el momento de la séptima de las palabras que pronunió Jesús desde la Cruz antes de expirar (cf. Lc 23, 44-46); signo santo, que como todos los signos litúrgicos, tienen a Cristo como último referente; memoria de los hermanos Santos «que continúan participando en la historia de la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental»; ayuda en la oración, puesto que la contemplación de la imagen sagrada facilita la súplica y mueve a dar gloria a Dios por los prodigios de gracia realizados en sus Santos; estímulo para su imitación, porque cuanto más frecuentemente se detienen los ojos en esta imagen, tanto más se aviva y crece en quien lo contempla, el recuerdo y el deseo del que allí está representado, tendiendo todos los hermanos de la Cofradía o cualquier otro fiel a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos: una «imagen verdadera del hombre nuevo», transformado en Cristo mediante la acción del Espíritu y por la fidelidad a la propia vocación; y una forma de catequesis, puesto que «a través de la historia de los misterios de nuestra redención, expresada en en el arte, el pueblo es instruido y confirmado en la fe, recibiendo los medios para recordar y meditar asiduamente los artículos de fe».

II) Un acto, entre la solemnidad y el luto, para trasladar y enclavar a nuestra imagen en su paso

Enclavación del Cristo de la Expiración: momento segundo (fotografía de Alberto Olmo)
Uno de los emocionantes momentos del proceso de la «enclavación» en su paso del «Cristo de la Expiración» en el interior de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Alberto Olmo)

En una noche de Miércoles Santo, señalada como una de las más relevantes de nuestra Semana Santa al estar marcada desde 1941 por la celebración del “Santo Encuentro” que tiene lugar en la misma plaza del Pilar, la Cofradía se dispone a organizar un acto sencillo, apartado de todo el pomposo aparato procesional con el que se desarrollan nuestras procesiones de Lunes y Viernes Santo.

Pasadas las diez de la noche, la plaza del Pilar se va llenando de hermanos de la Cofradía deseosos de formar parte de este sobrio acto, disponiéndose en el exterior de la Catedral-Basílica formando dos hileras a ambos lados de la citada “puerta alta”, preparados todos con hachas y candelas, ataviados con traje oscuro y portando la medalla de la Cofradía. También esperan allí los portadores de los relevos que tendrán el honor de sentir como nunca al «Hijo de Dios hecho hombre», y que llevarán sobre sus hombros a Aquél que el Viernes Santo nos dio todo, hasta su propia vida.

Un selecto grupo de hermanos (conformado por la presidencia, el hermano cabecero del paso de “La Séptima”, los portadores del primer relevo y tres hermanos más para brindar apoyo logístico), se adentran en la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar para iniciar una sobrecogedora e íntima ceremonia en el interior de la capilla de san Pedro Arbués. Allí, ante la imagen del Cristo dispuesta en el suelo y apoyada en un soporte, el hermano consiliario dirige un acto de oración en el que se reza por todas las personas que en nuestros días tienen sus vidas lastradas por el peso de una cruz, prosiguiendo con un breve besapiés. A su conclusión, y siguiendo las certeras y precisas órdenes del cabecero, los portadores se disponen a llevar a cabo la “primera levantada” de la imagen con suma delicadeza. Y ejecutando una precisa maniobra para salvar también el cancel abalaustrado con el que se encierra la capilla, caminan por las naves de una vacía Catedral-Basílica, pasando por delante del Coro Mayor y llegando al atrio de la “puerta alta” en donde esperan el guion, los turiferarios, los “Ministriles de Zaragoza” y las varas de cierre.

Tras la salida de la imagen cristífera del interior del tempo pilarista, la comitiva se pone en marcha cruzando la plaza en diagonal para subir por la rampa central situada en medio de la misma, y proseguir su parsimonioso caminar por las calles de Alfonso I y Manifestación. El silencio de los participantes en el acto, únicamente roto por el sonido ceremonioso y evocador de los “Ministriles de Zaragoza”, encuentra el respeto de un público que se arremolina con la curiosidad de ver de cerca la magistral talla de Miñarro. Minutos después, alcanzada la plaza del Justicia y tras ser recibidos por el repicar de campanas de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, todos los participantes forman dos filas haciendo un pasillo central que conduce hasta la puerta del templo y por el que discurre el núcleo principal de la comitiva encabezado por el guion y cerrado por el propio “Cristo de la Expiración”, procediendo ordenadamente a acceder al interior de nuestra sede canónica a la que exclusivamente están autorizados a entrar (debido a las limitaciones de aforo impuestas) a los hermanos que hubiesen formado parte del cortejo desde el inicio.

Una vez el cortejo se encuentra en el interior del templo, el sonido de los ministriles da paso a la suntuosidad del canto de la “Coral Santa Teresa” acompañado por el órgano de la Real Capilla que, como en otras ocasiones, es magistralmente tocado por Nacho Navarro, prosiguiendo los portadores su andar hasta alcanzar el presbiterio, en donde, a los pies del “Cristo de la Cama”, es colocada nuestra imagen en un soporte. Es entonces cuando todos los participantes del traslado, transitan por la vía sacra para proceder a la veneración de la sagrada imagen, en un ambiente de impresionante recogimiento, con toda la iglesia a oscuras, excepto la luz procedente de hachas, cirios y velones.

Seguidamente, da comienzo el momento más esperado de la noche: el instante en que la imagen de nuestro Cristo queda enclavada en su paso procesional para que, al día siguiente, puedan celebrarse los turnos de guardia de honor, y para que el Viernes Santo a las doce de la mañana pueda salir solemnemente de la Real Capilla de Santa Isabel, incorporándose así a la procesión de la predicación pública de las Siete Palabras.

Enclavar a Cristo supone colocarlo en el trono desde el que reina. Una costumbre, general y antigua, la de llamarlo Rey que supera el mero sentido metafórico, siendo evidente que «también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutismo sobre todas las criaturas». (Quas Primas, nº 6).

Como bien saben en otros lares, como por ejemplo en Málaga, el paso no deja de ser a su vez un trono siendo «la antonomasia fundamental de la realeza porque es idealmente el soporte de lo eterno, de lo radicalmente sagrado, de lo inmortal, del equilibrio universal; es centro, signo de síntesis y unidad estabilizada, identidad unitaria, eje cósmico en torno al cual giran la vida y la conciencia» (Hernández Lázaro, 2017). La ceremonia de “enclavación”, por tanto, se transforma en algo realmente más transcendente, puesto que estamos “entronizando” al «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap. 19, 16).

Así, conscientes de lo substancial del hecho que están viviendo, varios hermanos de la Cofradía proceden a ejecutar una serie de complejas y delicadas maniobras. Primero, los portadores acercarán la imagen a las inmediaciones del paso para, seguidamente, colocar un soporte metálico en el patibulum con el fin de facilitar la elevación de la imagen, así como para evitar que gire sobre sí misma. Comenzarán entonces a subirla mediante sogas, quedando suspendida en el aire durante unos instantes hasta que otros hermanos, subidos en el monte del propio paso, la recojan e introduzcan la cruz en el cajillo para su definitiva fijación. Una vez dispuesto, se procede a encender los candelabros de las esquinas del paso, tomando la palabra el hermano Consiliario para iniciar un breve pero sentido acto de oración con el que concluye finalmente el traslado.

III) Momentos esenciales del traslado del «Cristo de la Expiración» en la noche del Miércoles Santo

Referencias Bibliográficas

  • HERNÁNDEZ LÁZARO, A. (2017). El paso de palio: la búsqueda. El Santo Grial que Sevilla Encontró. Sevilla: Editorial Almuzara
  • JUNTA DE GOBIERNO (2016). Acto del Traslado. En Programa de Actos de Semana Santa. Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista
  • JUNTA DE GOBIERNO (2018). Acto del Enclavamiento. En Programa de Actos de Semana Santa, pág. 26. Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista
  • PÍO XI (1925). Carta encíclica Quas Primas sobre la fiesta de Cristo Rey.
  • RINCÓN GARCÍA, W. (2013). Escultura del siglo XIX en Zaragoza. De la imagen devocional al monumento conmemorativo. En Arte del siglo XIX. Zaragoza: Institución Fernando el Católico
  • SANGORRÍN PERDICES, F. (2016). Semana Santa 2016: La Sangre de Cristo y Siete Palabras trasladan hoy sus imágenes. En Pasión en Zaragoza, <en línea>

Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-III; 2021). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Hermanos de la Cofradía portando a hombros el “Santísimo Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra” para proceder a su enclavación en el paso en el interior de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Alberto Olmo, vía Flickr).

Fotografías secundarias: Momentos del acto del traslado: Alberto Olmo y Pascual Soria.