La Sede Canónica

La Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (vulgo San Cayetano)

La Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, conocida popularmente también como la Iglesia de San Cayetano, es el centro neurálgico de nuestra Semana Santa, al ser sede tras la Guerra de la Independencia de la Hermandad de la Sangre de Cristo, y ser punto de partida desde el año 1814 del acto “insignia” de la Semana Santa de Zaragoza, la procesión del Santo Entierro.

Constituida obligatoriamente como “filial” de la citada Hermandad, nuestra Cofradía quedaría «establecida canónicamente en la Iglesia de Santa Isabel de Portugal», de tal modo que en ella, tal y como emanaban los estatutos fundacionales, celebrara la fiesta titular «con Completas y Misa de Comunión», una «Misa de Comunión por todos los hermanos fallecidos durante el año» en el primer viernes de noviembre y, por supuesto, el comienzo de la procesión titular en la mañana del Viernes Santo.

I) La devoción a una reina que fue canonizada: santa Isabel de Portugal

La imagen de la titular del templo tallada por Gregorio de Messa hacía 1705, representa a la reina santa en uno de los momentos más relevantes de su hagiografía, el del “milagro de las rosas”. Fotografía de David Beneded.
La imagen de la titular del templo tallada por Gregorio de Messa hacía 1705, representa a la reina santa en uno de los momentos más relevantes de su hagiografía, el del “milagro de las rosas”. Fotografía de David Beneded.

Según la tradición, Isabel de Aragón o de Portugal, nació en una alcoba del palacio zaragozano de la Aljafería sobre el año 1270 (señalando como muy probable fecha el 4 de junio de 1271), siendo hija del rey de Aragón Pedro III y de su esposa, Constanza de Nápoles, siendo igualmente nieta del rey Manfredo de Sicilia por parte de madre, y por parte de padre, nieta de Jaime I el Conquistador, biznieta del emperador Federico II de Alemania y sobrina de santa de Isabel de Hungría, de quien recibiría su nombre.

En 1982, y con apenas once años, contrajo nupcias con el rey de Portugal Dionisio I (a su vez, hijo del rey Alfonso III de Portugal y de su esposa Beatriz de Castilla) en una ceremonia llevada a cabo por poderes el 11 de febrero de 1282 en la capilla de Santa María del palacio real de Barcelona, no llegando a conocer al que fuera su esposo hasta que meses después se trasladase a Portugal. Con él tendría dos hijos: Constanza, que sería esposa de Fernando IV de Castilla y madre y regente de Alfonso XI de Castilla; y Alfonso, que sería rey de Portugal.

Culta e inteligente, desempeñó un papel relevante en los intentos por solucionar los graves enfrentamientos surgidos entre su hijo, el príncipe heredero don Alfonso (el futuro Alfonso IV), y su propio esposo. Y proverbiales fueron sus intervenciones en favor de la paz en los enfrentamientos de intereses entre miembros de las familias reales de la península, aunque le costara ser prisionera de su propio marido en el castillo de Alenquer y privada de sus rentas.

Ejemplo de mujer valiente y decidida, supo olvidarse de sí misma por el bien común y, con gran espíritu de sacrificio, superó las múltiples infidelidades de su esposo llegando incluso, a cuidar de los hijos bastardos del rey. Y siempre se volcó en favor de los más necesitados, contando la tradición que los donativos que les llevaba, de espaldas al rey, se convertían en rosas cuando era descubierta.

Tras el fallecimiento de Dionisio en 1325, y tras regresar de su peregrinación a Santiago de Compostela en la que donaría su corona real al apóstol, se consagraría a Dios ingresando en el monasterio de la Tercera Orden de Santa Clara que ella misma hizo reconstruir en Coimbra y que se encargó de ampliar con un hospital para los pobres. Asimismo, fundaría en Leiria un lugar de retiro para mujeres y una posada en Odivelas, colaborando también en la fundación del convento de la Trinidad en Lisboa y dejando considerables legados para conventos y hospitales.

Siendo ya anciana, debió intervenir nuevamente en disputas políticas, tratando de interceder en la disputa entre su propio hijo Alfonso y su nieto Alfonso XI de Castilla. Tras un largo y caluroso viaje, y posiblemente a causa de una herida en el brazo que acabó infectándose, encontraría la muerte en Estremoz el 4 de julio de 1336, siendo sepultada en el propio convento de Santa Clara, aunque por las continuas inundaciones provocadas por el río Mondego que abnegaban la primitiva construcción medieval, acabaron siendo trasladados a la nueva edificación iniciada en 1649 y que sería conocida como «Santa Clara a Nova».

En una de las ocasiones en las que su tumba fue abierta, su cuerpo apareció incorrupto exhalando un aromático perfume de sándalo y rosas, por lo que pronto sería considerada como santa por la devoción popular. El rey de Portugal Manuel I de Portugal el Afortunado iniciaría los trámites para su beatificación que alcanzaría mediante bula emitida por León X el 15 de abril de 1517, continuando el proceso de canonización promovido por Juan III de Portugal. Tiempo después, y a instancias de Felipe III junto a los diputados aragoneses, en el mes de agosto de 1615 se solicitaría a Paulo V el reconocimiento de la gran devoción que en toda la Corona de Aragón se tenía por Isabel concretado en la extensión de su culto público, logrando que el sumo pontífice emitiera en Roma con fecha 1 de junio de 1616 el breve «Apud Sanctum Petrum, sub anuulo piscatoris» autorizando el «celebrar Officio de su fiesta todos los años en el día de su fiesta, y pintar, y tener su imagen de la misma manera que se haze, y celebra en los Reynos de Portugal por concesión de los Papas León X y Paulo IV».

La canonización acabaría convirtiéndose en toda una cuestión de estado, en el que la política influiría tanto o más que los méritos y virtudes de la futura reina santa, proyectando «las necesidades políticas de cohesión de una Monarquía de reinos agregados cuya sustentación descansaba en principios de reconocimiento, en imágenes integradoras, en la aceptación de los particularismos de cada reino y sus formas de representación políticas y señalaba la especial unión de las coronas por quien es ascendiente real y al mismo tiempo está nimbada con el halo de santidad» (Serrano Martín, 2017). Finalmente, y tras examinarse las diligencias y votarse favorablemente, el papa Urbano VIII proclamó su canonización el 25 de mayo de 1625, fijando su fiesta en el aniversario del día de su muerte, el 4 de julio. Una fecha que, sin embargo cambiaría a partir de 1694, cuando Inocencio XII la trasladaría al 8 de julio para evitar la coincidencia con la celebración de la octava de los santos Pedro y Pablo manteniéndose hasta que Pío XII suprimiera dicha octava en 1955. Así, y después de que el misal romano de 1962 también cambiara la categoría litúrgica de la fiesta pasando de «doble» a de «tercera clase», la reforma del calendario litúrgico concluida en 1969 acabaría devolviendo la celebración al primigenio 4 de julio como «memoria libre», excepto en Zaragoza donde está establecida como «memoria obligatoria» por su especial relieve diocesano.

II) Un edificio religioso construido por la Diputación del Reino de Aragón

La magnífica portada de la Real Capilla en donde se manifiesta la contraposición entre la sobriedad de la estructura arquitectónica y la profusión ornamental propia del barroquismo churrigueresco. Fotografía de David Beneded.
La portada de la Real Capilla en donde se manifiesta la contraposición entre la sobriedad de la estructura arquitectónica y la profusión ornamental propia del barroquismo churrigueresco. Fotografía de David Beneded.

Con el deseo de mantener viva la memoria de Santa Isabel, los diputados del Reino de Aragón establecieron en el transcurso de la celebración de las Cortes del Reino de Aragón que tuvieron lugar en la Seo desde el 29 de mayo de 1677 hasta el 25 de enero de 1678 y que fueron presididas por Carlos II y, después, por Don Pedro Antonio de Aragón, virrey del Reino, la declaración del 4 de julio como festivo en todo Aragón, acordándose igualmente la construcción de una capilla o altar en su honor: «Los motivos de especial protección en los Santos, hacen más particular en los Fieles la obligación de su culto; y concurriendo en la gloriosa Santa Isabel, Reyna de Portugal, para la tutela de este Reyno las singulares razones de aver nacido en el, y ser Hija de sus Sereníssimos Reyes, para más lustroso esmalte de sus heroycas virtudes, y credito glorioso de el mismo Reyno, empeña nuestro reconocimiento, y devocion à la mayor solemnidad de su Fiesta: en cuya consideración, su Magestad, y en su Réal nombre el Excelentísimo Don Pedro Antonio de Aragón, de voluntad de la Corte, y Quatro Braços de ella, estatuye, y ordena, que el día de dicha gloriosa Santa, que se celebra a quatro de el mes de julio, sea Fiesta de Corte; y que ninguno pueda trabajar ese día en todo el Reyno. Y que en su nombre se suplique à Su Santidad, para que se digne mandarla establecer Fiesta colenda, como queda ordenado en el día de nuestra Señora del Pilar; Y para mayor demostracion de la cordial devoción de este Reyno a tan gloriosa Santa, establece, y ordena, que de las tres, ò cinco mil libras Iaquesas, que según Fuero pueden gastar en cada un año los Diputados, le hagan edificar una Capilla, o Altar».

De esta manera, el 14 de octubre de 1681, se otorgaba escritura por la que la Diputación del Reino de Aragón se comprometía a edificar a sus expensas un templo dedicado a la reina santa, reservándose el ejercicio de todas las prerrogativas del patronato, por lo que trataría de llegar a un acuerdo con los padres teatinos para comenzar la construcción sobre un solar que éstos tenían reservado para su convento. La Orden de Clérigos Regulares, fundada por el presbítero italiano San Cayetano de Thiene en 1524 bajo el mandato pontifical de Clemente VII y que se encontraba presente en Zaragoza desde el año 1630 por medio del Padre Mirto ayudado por el Padre De Bellis, acabaría cediendo el terreno a la Diputación con la condición de que se pudieran asentar en ella como iglesia conventual, haciéndose cargo del mantenimiento de su culto.

Poco tiempo después, la Diputación contrataría por la cantidad de 21.000 libras jaquesas a los maestros Miguel Sanclemente, Pedro Martínez y Miguel Cebollero para iniciar la fábrica de un templo inspirado en el que los teatinos tenían en su convento de Madrid, continuando con las formas arquitectónicas del italiano Guarini. Asimismo, también se contactaría con los canteros Pedro de Aguirre y Juan de Aguirrecha para que comenzasen con la labor de cortar y labrar la piedra caracolenca que sería empleada en la fachada. Iniciadas las obras en 1682, debido a la suma lentitud de los trabajos y a los errores de ejecución respecto a lo proyectado, se nombrará maestro de obras a Valentín López, quien a su vez, contrataría al cantero Francisco de Urbieta y a los maestros ensambladores Jaime Ayet y Francisco Pérez para proseguir con la realización de la fachada principal, utilizando como principales materiales el alabastro oscuro y blanco, el mármol negro, más conocido como de “Calatorao”, y yeso dorado para las estatuas.

Finalmente, en 1704, se «blaqueó y exornó» el templo, que llevaría el nombre de Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, tal y como lo reflejan sendos tarjones colocados en el trasaltar, quedando completamente terminada y consagrada para su utilización al culto dos años más tarde, en 1706, siendo todas las celebraciones litúrgicas organizadas (tal y como se había previsto) por los teatinos, motivo por el cual prontamente la iglesia sería comenzada a ser llamada popularmente con el nombre de la fundador de la orden, San Cayetano (de hecho, actualmente, en la puerta principal aparecen dos azulejos de cerámica de Muel con ambos nombres inscritos). Sin embargo, con los decretos de nueva planta del primer monarca Borbón, Felipe V, la Diputación quedaría extinguida y la iglesia pasaría a depender del patrocinio real, a través de una Célula de 2 de julio de 1718.

La Guerra de la Independencia, si bien no afectaría sustancialmente la integridad del templo como si sucediera lamentablemente con otros enclaves civiles y religiosos de la ciudad, trajo consigo sustanciales variaciones comenzando, en primer lugar por la temporal marcha de la clérigos regulares y la posterior llegada en 1813 de la Hermandad de la Sangre de Cristo procedente del destruido convento de San Francisco que, sin duda, marcaría para siempre el devenir del templo. El 6 de julio de 1814, se reestablecerían otra vez los “cayetanos” en la iglesia aunque, con el fallecimiento del monarca Fernando VII y encuadrándose en el marco de modernización que trataría de experimentar el país, en el año 1835 volverían a constituirse las Diputaciones Provinciales, dando también inicio al proceso de desamortización de bienes eclesiásticos promovido por el ministro Mendizábal y volviendo a ser expulsados los teatinos, quienes ya no volverían a la ciudad hasta mucho tiempo después, concretamente en 1964 permaneciendo entonces hasta el cierre por obras de 1988, no regresando nunca más.

Nombrado José Balduque como administrador del edificio, el 7 de mayo de 1836 se procedería a efectuar un inventario sobre los bienes que en la iglesia se encontraban, recogiéndose que había más de mil volúmenes en una librería y ocho pinturas: un cuadro grande de los santos ermitaños Antonio y Pablo; otro de Nuestra del Pilar con Santiago y los convertidos; un lienzo de Santa Isabel de Portugal; otro de menor tamaño en tabla de un Santo Cristo con San Juan y la Virgen; un lienzo de media figura de Santa Cecilia; otro con la imagen de Nuestra Señora de la Agonía; una miniatura de la predicación de San Juan Bautista; y una cabeza al natural de San Cayetano (cf. Rincón García, 2018). Todas ellas, finalmente fueron trasladadas al depósito que la Comisión Artística de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis (de la que formó parte el escultor Tomás Llovet que tanto había trabajado para la Hermandad de la Sangre de Cristo años atrás) tenía habilitado en el colegio de San Pedro Nolasco.

Definitivamente, el 18 de agosto de 1842, por orden de la Dirección General de Rentas y Arbitrios de Amortización, el Estado cedería la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal a la recién creada Diputación Provincial de Zaragoza, heredera de la Diputación del Reino de Aragón, obligándole expresamente a velar por su conservación.

III) Un templo barroco que es muestra de exaltación del aragonesismo

El retablo mayor, cuya autoría se atribuye a José Ramírez de Arellano, presenta a la titular acompañada de otras magníficas esculturas representativas de San Fernando, Santa Bárbara y San Jorge. Fotografía de David Beneded.
El retablo mayor, cuya autoría se atribuye a José Ramírez de Arellano, presenta a la titular acompañada de las imágenes de San Fernando, Santa Bárbara y San Jorge. Fotografía de David Beneded.

Inmiscuida en una nueva época de profunda espiritualidad popular y marcado carácter constructor en la ciudad (en donde se levantan nuevos templos como el Pilar, San Felipe y Santiago el Menor, Nuestra Señora del Portillo, San Ildefonso, San Carlos o San Juan de los Panetes), comienza la construcción de este edificio barroco de planta de cruz griega inscrita en un cuadrado al que se añaden un cuerpo con ábside poligonal en el presbiterio y otro cuerpo en la zona de ingreso. Inspirada en la Iglesia del Convento de los Padres Teatinos de Madrid (iniciada en 1672), continúa a su vez las formas del prestigiosísimo arquitecto italiano (y también teatino) Guarini, por lo que este modelo de planta central obtuvo gran éxito y fue adoptado en la construcción de numerosos templos aragoneses.

La monumental fachada es de estilo churrigesco, una corriente surgida en el barroco español y que toma su nombre de la saga de arquitectos Churriguera, caracterizándose por su extraordinaria fastuosidad y excesiva decoración. Siguiendo el modelo de “portadas-retablos”, el conjunto «forma un atractivo frontispicio en donde el orden y la regularidad arquitectónica no están exentos de cierta plasticidad dinámica y de contenido simbólico», componiéndose de varios cuerpos y hasta por cinco calles, presentando un basamento alto ornamentado con «motivos geométricos serlianos, rombos bajo las pilastras y grandes motivos ovalados debajo de las cuatro entrecalles» (Boloqui Larraya, 2019).

La calle central, enmarcada por una bella y trabajada orla vegetal a base de uvas, yedras, granadas y tulipanes, fue trabajada definitivamente por Jaime de Ayet, incorporando como eje central el escudo de armas del Reino de Aragón que se halla coronado por una cabeza femenina, que posiblemente sea refiera a la diosa griega Atenea o su equivalente romana Minerva, quedando rodeado por una profusa decoración alegórica conformada por sartas de frutas e incluso seres mitológicos como sirenas y otros genios o espíritus que portan el cuerno de la abundancia (también llamado cornucopia) que simboliza la riqueza y la prosperidad, mostrándose también dos virtudes recostadas que corresponden a la Justicia y a la Fortaleza.

Justamente debajo del emblema, se sitúa un gran tarjetón en piedra negra de Calatorao en el que quedan reflejados algunos de los principales nombres de los diputados que promovieron la construcción del templo y que dice así: «D.O.C. / ESTA CAPLLA A LA SERENSSIMA INFANTA / Ð. ARAGON Y REYNA Ð PORTVGAL STA YSABEL / LOS ILLVSTRISIMOS SSES DIPVTADOS / EL R.MO P. M.O F.R JVSTO SALAVERT / PRIOR Ð S.TA ENGRACIA / EL D.R D. JVAN F.CO GIRAL CAN.O DE LA / S.TA YGLESIA DE BARBASTRO / POR EL BRAZO ECCLESIASTICO / D. MANUEL IOSEPH DE SESSE / CAVALLERO DEL HABITO Ð CALATRABA / D. FAVSTINO CAIETANO CAVERO / PRIMOGENITO ÐL CONDE Ð SOBRADIEL / POR EL BRAZO DE NOBLES / DON PEDRO FERNANDEZ DE MOROS / D. MANVEL GILBERT GRANJA FERNANDEZ Y HEREDIA / POR EL BRAZO DE YDALGOS/ DON ANTONIO ESPAÑOL Y LARA / Y / D. JVAN JOSEPH MANECHO / POR EL BRAZO DE VNIVERSIDADES / 1683»

En el resto de las calles, con ornamentaciones similares, siguen apareciendo más cartelas que completan la lista de diputados así como los cuatro emblemas individuales que, a su vez, conforman los cuarteles del emblema de Aragón, es decir, el árbol de Sobrarbe, la cruz de Iñigo de Arista, la Cruz de San Jorge y las «barras de Aragón». Por otra parte, la fachada presenta también tres hornacinas en cuyo interior se incluyen sendas imágenes de bulto redondo, esculpidas en yeso duro y posteriormente policromadas completamente en dorado. En el cuerpo superior, aparece la imagen de la santa titular y en las calles más próximas a la central, las correspondientes a los dos santos teatinos más relevantes y conocidos, como son san Cayetano y san Andrés Avelino, quienes aparecen ataviados con el hábito de la orden y puestos en oración de rodillas en sendos reclinatorios. La autoría de las imágenes sería atribuida al escultor Francisco Villanoba Modrego, si bien Boloqui Larraya (2019) lo pone en cuestión, apuntando que, en cualquier caso, «la imponente figura en bulto redondo de santa Isabel, en su hornacina del cuerpo superior de la fachada, siempre he atribuido al excelente estatuario Gregorio de Messa, opción que apoyo mientras no haya prueba en contra».

Otra de las principales características del templo reside en la cubierta conformada por cúpulas, cuatro de las cuales se encuentran dispuestas en aspa y con los tramos separadores en forma de cañón con lunetos, y otra central de mayores dimensiones que queda sostenida, a su vez, por poderosos pilares.

El retablo mayor, por su parte, presenta un modelo «exento, de planta mixtilínea, alzado muy movido y decoración sencilla» que puede clasificarse como borrominesco (Boloqui Larraya, 1983) y que ciertamente presenta grandes similitudes con otros dos grandes retablos zaragozanos de la época en los que también intervino Juan Ramírez de Arellano: el de San Felipe y Santiago el Menor, y el de Santa María Magdalena.

Es muy probable que con anterioridad existiese otro retablo, quizás realizado por Gregorio de Messa, al que se le continúa atribuyendo también la imagen titular de la santa que, con una altura aproximada de 1,80 metros y presentando a los fieles el faldón alusivo al famoso “milagro de las rosas”, preside el conjunto en una hornacina central flaqueada por columnas pareadas de orden corintio. Junto a ella, Ramírez de Arellano agregaría imágenes de bulto redondo, de las cuales dos han desaparecido (las correspondientes a san Buenaventura y san Juan Nepomuceno), manteniéndose las de Fernando III (rey de Castilla y León y santo) y la de Santa Bárbara, ambas de madera tallada y policromada y situadas sobre las puertas que dan acceso al trasaltar, rematándose el conjunto con una estatua ecuestre de “San Jorge matando al dragón” que se ubica en el ático y que, pese a que parezca estar hecha de mármol u otro material similar, es de madera habiendo sido restituida definitivamente al enclave original tras la restauración de 1998 después de que hubiese estado en distintas épocas instalada en el palacio de la Diputación Provincial de Zaragoza. Por otra parte, y situadas en sendas ménsulas fijadas a los pilares del crucero situados junto al presbiterio hay dos estatuas más, de similares características, que representan a los ya citados santos teatinos Cayetano y Andrés Avelino que también aparecen en la portada exterior.

Muy destacable es también la presencia en el presbiterio, junto al muro de la nave del evangelio colindante con la capilla de “Nuestra Señora de la Piedad” de una arqueta de madera que contiene los restos del que fuera Justicia del Reino de Aragón, D. Juan de Lanuza y Giménez de Urrea, junto a la lápida labrada por Joaquín Beltrán sobre mármol italiano que señala esta circunstancia. Conocido como “el Mozo”, tal y como señala la placa conmemorativa colocada en la plaza que lleva su nombre junto al “Mercado Central”, «murió decapitado en esta plaza el día 20 de diciembre de 1591 por defender los Fueros y Observaciones; por reclamar las libertades y derechos; por enfrentarse con la Inquisición; por estar con el pueblo de Aragón a los gritos de contrafuero y Viva la libertad; por oponerse a la invasión del Reino aragonés por el ejército extranjero de Felipe II por una reacción desaforada». Enterrado en el panteón que la familia poseía en el convento de San Francisco, tras la destrucción de éste durante “los Sitios”, sus restos serían trasladados al “Panteón de Hombres Ilustres” junto a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha de Madrid, retornando a nuestra ciudad en 1841 conservándose en las dependencias de la propia Casa Consistorial.

Años, después el Ayuntamiento dispondría que fuera la Hermandad de la Sangre de Cristo la depositaria de la arqueta de madera con los restos mortales del Justicia, colocándose en el presbiterio de la Real Capilla. De este modo, el 17 de octubre de 1914 se llevó a cabo el solemne traslado, que quedaría recogido en acta otorgada por el notario Pablo Molinos y Uriel. Montada la arqueta sobre un armón de artillería y siendo escoltada por distintas tropas de la guarnición que dispararían salvas en su honor y tributarían las mismas honras fúnebres que las previstas para el rango de Capitán General, se organizaría un cortejo procesional conformado por las más ilustres personalidades de la ciudad, interpretándose incluso la “Marcha Real” y rezándose un responso dirigido por el cardenal-arzobispo Juan Soldevila y el deán Florencio Jardiel.

Recientemente, estos restos han sido sometidos a una rigurosa investigación científica para refrendar su autenticidad, por otra parte ya certificada mediante los dictámenes emitidos por la Real Academia de Medicina y Ciencias de Zaragoza con fecha 31 de diciembre de 1841 y 13 de marzo de 1863. Enviados los restos el 9 de enero de 2020 a las instalaciones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza para que, el equipo de investigación dirigido por el profesor Salvador Baena Pinilla del departamento de Anatomía e Histología, comenzara su estudio antropológico-forense, a su vez, se remitieron muestras a un laboratorio de Florida para practicar la prueba del carbono 14, determinándose que los restos óseos eran compatibles con los años finales del siglo XVI determinando, por tanto, que efectivamente podrían tratarse de los restos de Juan de Lanuza V, iniciándose unas siguientes fases en las que se han llevado a cabo diferentes pruebas tanto el ADN, estudios químicos de los huesos, tomografías computerizadas y otros procesos de reconstrucción facial digital, retornando los restos nuevamente al espacio en donde se hallaban el pasado 20 de diciembre de 2021.

Finalmente, reseñar que, a lo largo del tiempo, han sido numerosísimas las obras de mantenimiento que este templo ha tenido que someterse, haciéndose cargo de las reparaciones en no pocas ocasiones la propia Hermandad de la Sangre de Cristo. Así, por ejemplo, en el año 1969 se tendrían que realizar nuevas reparaciones en losas, cornisas, molduras y aplicaciones escultóricas, además del zunchado de las torres y la sustitución de chapiteles. Precisamente, cinco años después de estos trabajos, recibiría la declaración como “Bien de Interés Cultural” por Decreto del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 6 de julio de 1974.

Sin embargo, su cercanía al río Ebro, la polución y las vibraciones producidas en el atentado terrorista en San Juan de los Panetes en 1988, hicieron que fuera imprescindible el cierre al culto del templo (exceptuando las fechas de Semana Santa) y comenzando las obras integrales de restauración. El “Servicio de Restauración” de la Diputación Provincial de Zaragoza y la empresa “Restauro Egea”, llevaron a cabo tres actuaciones principales como la renovación de las cubiertas, la restauración de las fachadas exteriores con especial incidencia en la de acceso y la restauración del interior, uniéndose finalmente, la restauración de los retablos e imágenes de cada una de las capillas. Por fin, tras diez años de trabajos, el 4 de julio de 1998 se procedió a la solemne reapertura de la iglesia, en un acto en el que estuvieron presentes las principales autoridades políticas y religiosas de la autonomía. Desde entonces, la Iglesia apenas ha tenido celebraciones religiosas, exceptuando los actos organizados por asociaciones y cofradías que tienen su sede en el templo o la celebración de enlaces matrimoniales, otorgándole un esencial carácter cultural, con la organización de conciertos y actos institucionales.

IV) La sede de la Hermandad de la Sangre de Cristo, epicentro de la Semana Santa de Zaragoza

Reproducción del emblema de la Hermandad en la reja realizada por el maestro herrero José Hernando para la llamada “Capilla del Santo Sepulcro” en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Alberto Olmo).
Reproducción del emblema de la Hermandad en la reja realizada por el maestro herrero José Hernando para la llamada “Capilla del Santo Sepulcro” en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Alberto Olmo).

Si bien no se puede determinar con precisión el año de fundación de la Hermandad de la Sangre de Cristo, la tradición y la teoría mantenida por el padre Murillo señalan su existencia en el siglo XIII quedando establecida en el antiguo Convento de la Orden de Penitencia de Jesús para, al poco tiempo, pasar al nuevo convento de San Francisco erigido en el mismo lugar que el anterior en el sector llamado de San Gil, más concretamente, en el entorno actual de la plaza de España y el edificio de la Diputación Provincial de Zaragoza, precisamente construido en el solar del convento franciscano tras su destrucción durante los Sitios.

Lo que sí se puede constatar es que desde 1554, la Sangre de Cristo tenía su sede en el convento de San Agustín, tal y como recoge la concordia firmada el 28 de octubre de ese año en presencia del notario Juan Díaz de Altarriba. Este documento, transcrito y publicado por San Vicente Pino (1988), plasma que la confraria quedaba instituida en el monasterio de San Agustín siguiendo las directrices del Concilio de Trento por las que todas las cofradías debían adscribirse a una parroquia o convento donde recibir los servicios espirituales, disponiendo de sala capitular para juntas y capítulos así como una capilla con altar para el culto de la imagen con su advocación titular.

Consecuentemente, a través del acuerdo, el convento agustino daría a los mayordomos y cofrades de la Sangre de Cristo la capilla sita en el claustro vulgarmente llamada «del Crucifijo» donde celebrar misas y fiestas, otorgando además licencia para enterrarse los cofrades y sus sucesores, y pudiendo depositar el arca en donde guardarían las camisas y todos los instrumentos necesarios para el desarrollo de la procesión de disciplinantes que cada año organizaba en la noche del Jueves Santo acompañados por los frailes agustinos.

Sin embargo, hacía el año 1580 la Hermandad comenzaría a tramitar el cambio de sede, trasladándose al convento de San Francisco, constando que tendría capilla propia situada junto al atrio de la iglesia conventual al otro lado de la dedicada a la Virgen de Loreto, firmándose la capitulación para la construcción de la misma con el maestro Juan Ricarte el 6 de septiembre de 1587. Según documenta Olmo Gracia (2022), la misma tendría unas dimensiones de 36 palmos de ancho y ochenta de largo (es decir, aproximadamente unos 7,5 metros de altura y 17 metros de largo), cubierta con bóvedas de crucería «presumiblemente estrelladas con claves de madera dorada» presentando un acabado interior consistente «en un falso despiece de sillares sobre un revestimiento de yeso». Asimismo, continúa describiendo el doctor en Historia del Arte, «alrededor de la capilla de dispondría un friso con los escudos» que seguramente sería el emblema que por aquel entonces tenía la Hermandad que representaba las cinco llagas de Cristo, con el suelo de «aljez o enladrillado», disponiéndose a ambos lados de la capilla una serie de bancos y un arrimadero de azulejos, quedando todo el conjunto ornamentado con alabastros en las ventanas y una armadura situada por encima de las bóvedas, «formada por fustes quarentenes enteros y entablada, cubierta de tejas».

Posteriormente, dicha capilla sería renovada contratando con fecha 6 de mayo de 1617, a través de su mayordomo Pedro Gabín y ante el notario Luis Vicencio Moles, al «obrero de la villa» Juan López para «acer un arco de ladrillo y medio de ancho por el papo de abajo y un ladrillo de alto junto donde a de estar el Cristo» y llevar a cabo otras obras como una cúpula de media naranja con su linterna con columnas, pechinas, pilastras con basas y capiteles dóricos y otros elementos arquitectónicos que tomaran como modelo el convento de las Vírgenes.

Ya instalada en el citado convento, el 12 de mayo de 1648 suscribirían un nuevo convenio con los padres franciscanos con objeto de consensuar su integración en la vida religiosa y organizativa de la comunidad, participando intensamente en los cultos más relevantes del año litúrgico y organizando junto a los propios franciscanos los actos del Descendimiento y la procesión del Santo Entierro. Sucesivamente, irían acometiendo nuevas reformas sobre la capilla, como la acometida en 1678 cuando contrataría a Jerónimo Secano para adornarla, firmando los mayordomos José Laborda y Juan de Romagos un acta de capitulación con el artista por la cual debía pintar en el interior de la misma varias escenas como la Entrada de Jesús en Jerusalén, el Prendimiento «como está en el quadro de Baldí», la Virgen, San Juan y la Verónica y con un Crucificado «como está en la estampa de Rubens que ha entregado a la dicha cofradía».

Convertido el convento en uno de los centros más populares de la vida religiosa de la ciudad, alcanzando tanta notoriedad que el célebre Jerónimo Zurita diría de él que era «uno de los más insignes de la cristiandad», durante la Guerra de la Independencia sirvió de refugio a miles de zaragozanos que habían perdido sus hogares derruidos, provocando que fuera estratégicamente incendiado por el ejército francés durante el primer sitio, corriendo peor suerte en el segundo asedio puesto que, a las tres de la tarde del 10 de febrero de 1809, las tropas napoleónicas harían explosión de una mina cargada con 3000 libras de pólvora lanzando a enorme altura una gran parte del convento y del claustro, cayendo sus restos en un inmenso cráter. El Barón de Lejeune relataría horrorizado: «Rara vez ha presentado la guerra un cuadro más espantoso que el de las ruinas del Convento de San Francisco durante el asalto y en los momentos que le sucedieron. No solamente la violenta explosión destruyó la mitad del convento y las cuevas, en las que muchas familias se creían en seguridad contra el bombardeo, sino que hizo perecer a 400 obreros y defensores, entre ellos, toda una compañía de granaderos del regimiento de Valencia».

Tras quedar en ruinas el monumental edificio, con la consiguiente destrucción de la práctica totalidad del patrimonio de la Hermandad, el Cristo de la Cama rescatado heroicamente por María Blánquez permanecería en la Santa Capilla del Pilar hasta el Viernes Santo de 1811, momento en el cual la Hermandad procedería al «traslado de la prodigiosa imagen de Nuestro Señor en la Cama, con permiso del Gobierno, a la Iglesia Parroquial de Santa Cruz, donde por ahora se ha establecido la Cofradía, y la colocaron en el altar de San Victorian Abad, pidiendo como lo hacían en San Francisco todo el Jueves y Viernes Santo mudándolo después a la Puerta Colateral del otro lado de la sacristía, por donde frente al órgano en un nicho muy decente y con toda la veneración posible» (Casamayor, 12 de abril de 1811). Liberada la ciudad del dominio francés y necesitada de un emplazamiento más amplio en el que poder celebrar con la debida solemnidad sus cultos y, especialmente, sus funciones de Semana Santa, los hermanos de la Sangre de Cristo acabarían estableciendo su sede canónica en la Iglesia de Santa Isabel de Portugal (permaneciendo hasta nuestros días), plasmando esa modificación mediante la celebración del traslado procesional de la imagen del Cristo de la Cama. De este modo, el día de la Natividad del Señor del año 1813, organizarían un rosario general cuyo desarrollo fue narrado así por Faustino Casamayor:

«Deseando los hermanos de la Sangre de Cristo proporcionar iglesia capaz donde se pudiese verificar sus deseos de obsequiar a la Santa Imagen de Nuestro Señor en la Cama, única rescatada de las muchas que tenían en su Capilla, la que ha estado más de dos años en la Iglesia de Santa Cruz, determinaron trasladarla a la de San Cayetano, entrando a la derecha, a cuyo fin dispusieron un Rosario General para esta noche saliese al Pilar; y que tomando la Santa Imagen la llevaran, con toda decencia y veneración, lo que manifestó dicha cofradía al público mediante carteles y esquelas a sus individuos; y en efecto a las seis y media salió en Rosario General del Pilar con 3 estandartes y 2 coros de música, y habiendo llegado a Santa Cruz se formó con más de 500 hachas, yendo adelante del último estandarte la Cofradía con su bandera, y en seguida la cama con la Santa Imagen, que llevaban los ciudadanos que por devoción lo hacen siempre que sale en sus procesiones de Semana Santa. Fue por la Virgen del Rosario, calle de San Gil, Coso, Cedacería, Mercado, arco de Toledo a la Iglesia que estaba toda iluminada, y habiendo colocado la Santa Imagen en el Altar mayor, y cantando el Santo Dios con toda la música, se vino el Rosario con el mismo acompañamiento al Pilar, el que fue escoltado por los voluntarios de Rioja».

Faustino Casamayor y Zeballos, 25 de diciembre de 1813

Desde entonces, y pese a la desamortización de 1835 que supuso la primera salida de los Teatinos, la Hermandad ha seguido establecida en el templo, realizando allí todos sus actos religiosos y organizativos, incluidos los más relevantes que son los que organiza durante la Semana Santa, siendo el lugar de salida de la procesión del Santo Entierro en la tarde de cada Viernes Santo. De hecho, el interés de la Hermandad por mantener pulcras las dependencias de su sede le llevaría a asumir la «mejora de las fábricas y conservación de dicha iglesia» invirtiendo para ello «sumas de relativa importancia», un esfuerzo que vería sus frutos con la ratificación del usufructo de la Iglesia concedido el 28 de enero de 1898 por el que se haría cargo de todas las futuras obras de mejora y mantenimiento. Un acuerdo que, con diferentes modificaciones, se mantuvo hasta 1968, cuando el deterioro del templo llegaría a exigir tal fuerte gasto económico, que la Diputación Provincial tendrá que asumir su completa responsabilidad como propietaria haciéndose cargo de las múltiples y numerosas reparaciones, emprendiendo diferentes procesos de restauración, procediéndose a la finalización de estos trabajos, concretamente en el año 2001, a la firma de unos nuevos convenios indefinidos y gratuitos, tanto con la Hermandad como con las otras cofradías que tenemos nuestra sede canónica allí establecida, para el usufructo del templo en la realización de todos sus actos.

V) La capilla de la Hermandad de la Sangre de Cristo

La capilla denominada “del Santo Sepulcro” en la que la Hermandad expone al culto en un retablo neoclásico esculpido por Matías Ayerdi las imágenes del “Cristo de la Cama”, “Nuestra Señora de los Dolores”, las imágenes cristíferas talladas por Tomás Llovet para los pasos de “los Azotes” y del “Ecce Homo”. Fotografía de David Beneded.
La capilla denominada “del Santo Sepulcro” en la que la Hermandad expone al culto en un retablo neoclásico esculpido por Matías Ayerdi las imágenes del “Cristo de la Cama”, “Nuestra Señora de los Dolores”, las imágenes cristíferas talladas por Tomás Llovet para los pasos de “los Azotes” y del “Ecce Homo”. Fotografía de David Beneded.

Entre las dependencias que la Hermandad mantiene en usufructo en la Real Capilla de Santa Isabel destaca la sala capitular, un lugar donde celebra sus reuniones de juntas y capítulos disponiendo de cincuenta butacas de madera en donde se sientan idéntico número de hermanos receptores, encontrándose el espacio presidido por una hornacina en la que se deposita la Cruz de Espejos y Cristales, una bella y antigua cruz datada posiblemente en el siglo XVII. También, en la sala pueden hallarse diferentes elementos de su valioso patrimonio tales como la imagen de Cristo que antaño presidía la capilla del Instituto Anatómico Forense; el acta notarial y la llave de la citada arqueta donde se encuentran depositados los restos mortales de D. Juan de Lanuza; los relieves en terracota policromada con los bustos del Ecce Homo y de la Dolorosa cuya autoría se atribuye a la saga de escultores aragoneses Messa; el relicario de la Pasión, un relicario de retablo portátil de reducidas dimensiones, cuya construcción en ébano y marfil está datada en 1618 y en la que se custodian numerosas reliquias de santos de pequeño tamaño, rodeadas de representaciones de la Pasión de Cristo inspiradas en los grabados por Antonius Wierix; o la colección de alhajas de iglesia o jocalias conformada por pequeños objetos sagrados de plata que la Hermandad emplea para las celebraciones litúrgicas tales como cálices o relicarios amén de una custodia, un portapaz y una naveta para el incienso.

El otro emplazamiento de vital relevancia para la vida espiritual de la Hermandad es la denominada Capilla del Santo Sepulcro. Esta capilla, que tenía su precedente en el Convento de San Francisco y a la que el padre Diego Murillo le llamó «Capilla del Cristo en el Santo Féretro», sería reacondicionada por la Hermandad a partir de 1818 cuando encargaría al escultor Matías Ayerdi la realización de un retablo con el fin primordial de exponer al Cristo de la Cama.

Un retablo de estilo neoclásico con dos columnas toscanas en el que sobresale la urna de madera dorada dispuesta sobre la mesa del altar en donde se custodia el Santo Cristo de la Cama con el brazo derecho extendido para ser venerado por los fieles. Ejecutado antes de la finalización de ese año y tras ser pintado por Vicente Gascón, en el mismo se ubicarían también en hornacinas laterales las nuevas tallas cristíferas que la Hermandad encargara al escultor Tomás Llovet como eran el Ecce-Homo del paso del Balcón de Pilatos y Jesús con la Cruz a Cuestas que, posteriormente y al ser trasladado a la Basílica de Santa Engracia, sería reemplazado por otra de las imágenes del alcañizano, Jesús Atado a la Columna del antiguo paso de los Azotes. Encima de la urna del Cristo, ocupando el espacio central superior, se ubica una hornacina acristalada rematada con arco de medio punto, donde actualmente se expone al culto la Virgen de los Dolores tallada por Manuel Calero y titular de la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores, pero en donde anteriormente había estado desde 1857 hasta 1949 la “Dolorosa” que tallara Antonio Palao (actualmente situada al otro lado de la nave, en lo que era el retablo de la “Virgen del Buen Parto”, justamente enfrente de la capilla).

La decoración de las paredes se completa con diferentes piezas que han ido variando según las épocas. Actualmente, a la derecha del retablo, se sitúa una obra pictórica de primerísimo orden como es la Aparición de Santiago a San Cayetano de Jusepe Martínez, mientras que en la otra pared lateral quedan colgadas dos tablillas de madera en las que figuran los nombres de todos los hermanos Receptores de la Hermandad fallecidos desde el año 1881, con un crucifijo en medio de ambas.

Esta imagen de Cristo todavía vivo en la cruz, no es una imagen cualquiera, ya que se trata de uno de los elementos más importantes que custodia la Hermandad, ya no solo por su valor artístico o histórico sino por su elevadísimo valor devocional. Y es que esta talla anónima de madera policromada, datada de finales del siglo XV o principios del XVI, recientemente restaurada por Albarium S.L. y que durante años estuvo ubicada en la sacristía, fue la otra imagen que pudo rescatarse de entre las ruinas del Convento de San Francisco siendo utilizada para presidir el Vía Crucis que la Hermandad celebra en el interior de la Real Capilla en la noche del último Viernes de Cuaresma, conociéndose por ello como el Cristo del Vía Crucis.

Pero su sobrenombre más popular es el del Cristo de los Milagros de la Cárcel a causa de los prodigios que por su intermediación se sucedieron en la ciudad en los siglos XVII y XVIII. Y es que al parecer, tal y como se recoge en los archivos de la Hermandad recopilados por Gómez Urdáñez (1981), esta imagen era una de las que empleaba la Hermandad para asistir espiritualmente a los reos a muerte: «llevando la Hermandad este crucifijo para una ejecución a un reo, lo ayudaba en la cárcel, en el rellano de la escalera, donde ésta tenía a costumbre y, al tiempo de presentarlo delante del Divino Señor, se arrodilló y suplicó no permitiera aquella muerte afrentosa, que estaba del todo arrepentido de todos sus crímenes y que pues era misericordioso, tuviera con él misericordia. Este Divino Señor le oyó sin duda la súplica y, de repente, se prendió fuego la cárcel y cuando pasaba por la iglesia de San Antón, la comitiva del acompañamiento, se armó una confusión en la carrera por el fuego de la cárcel, que el reo se pudo refugiar en la iglesia de los antonianos, ayudado y protegido por la Hermandad y pidiendo iglesia, abrazando en el crucifijo, exclamaba diciendo “Vos me habéis salvado” y toda la hermandad, teniéndolo rodeado y desatadas sus ligaduras, decían “perdón, perdón”. Se dio cuenta el Tribunal y se le concedió el perdón de la vida, habiéndose apagado el fuego sin causar estrago mayo». Un suceso que haría suscitar una devoción popular tal a la imagen, que la Hermandad dejó no solo de utilizarla para su función de acompañar a los “ajusticiados” sino que, incluso, debería retirarlo del culto público.

Finalmente, todo el conjunto queda cerrado bajo una artística rejería construida por el maestro herrero José Hernando. Además, en la parte superior del frontispicio de entrada a la capilla, se sitúa la Santa Faz reflejada en el paño de la Verónica con escalerillas a los lados aludiendo el descendimiento de la cruz, encontrándose algo más alejado, un óvalo en madera con la representación de las «Cinco Llagas» rematado por una corona real y con roleos en sendos laterales, que pudo recuperarse del Convento de San Francisco y que, probablemente, conformara uno de los más antiguos escudos identitarios de la Hermandad.

VI) El retablo para la exposición al culto de las imágenes de «La Tercera Palabra»

Las imágenes de nuestro paso de la “Tercera Palabra” expuestas al culto en el retablo que remodelaran los hermanos Albareda en la década de 1970. Fotografía de David Beneded.
Las imágenes de nuestro paso de la “Tercera Palabra” expuestas al culto en el retablo que remodelaran los hermanos Albareda en la década de 1970. Fotografía de David Beneded.

Desde que estuvieron talladas las imágenes de nuestro paso de La Tercera Palabra y fueron montadas sobre la peana-carroza en el taller del escultor Félix Burriel, fue deseo unánime de la Cofradía el que estas imágenes tuvieran un digno lugar de custodia y protección, amén de poder ser veneradas durante todo el año por cofrades y devotos. Con ese fin, la Junta de Gobierno realizó los trámites oportunos para que, tras la procesión vespertina del Viernes Santo, el paso fuese llevado a la parroquia de Santiago el Mayor y, en una de las amplias capillas de esta céntrica iglesia, permanecería montado íntegramente durante dos años, siendo únicamente trasladado hasta San Cayetano para la participación en las procesiones de Semana Santa.

Fracasadas las gestiones para que las imágenes del paso pudieran exponerse al culto en la parroquial santiaguina y desde el final de la Semana Santa de 1950, el paso completo quedaría montado en la capilla de San Pascual Bailón de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, solicitando mientras la autorización para adecuar el último altar de la nave del evangelio (comenzando desde el presbiterio, o el primero lateral izquierdo si se accede desde la puerta principal) que permanecía vacío tras haber estado ocupado durante décadas por la imagen titular de la actual Real, Muy Ilustre, Antiquísima y Trinitaria Cofradía de la Esclavitud de Jesús Nazareno y Conversión de Santa María Magdalena. Corporación ésta, que habiendo sido fundada en el convento de los Trinitarios Descalzos, tras la Guerra de la Independencia se había visto obligada a ir deambulando por diferentes templos hasta que, finalmente, se asentara definitivamente en el de Santa Isabel donde permanecería hasta el 18 de septiembre de 1943. En dicho día, y tras la obtención previa del decreto por parte del arzobispo Doménech, organizaría un solemne traslado procesional de la imagen hasta la que sería su nueva sede, la Parroquia de San Miguel de los Navarros, donde podrían «tributar a Jesús un mayor culto y más continuado» al quedar expuesta en la capilla llamada de los Salazeros, por encontrarse enterrados en su subterráneo los miembros de tal nobilísima familia.

Este espacio en el que, por fin, podríamos exponer al culto a nuestras imágenes titulares, no se encontraba en las mejores condiciones, considerando adicionalmente que ya de por sí no brillaba precisamente por su belleza, siendo incluso catalogado por De La Sala-Valdés (1933) como «pintarrajeado y malo en efigies y adornos». Consiguientemente, la Cofradía procedería a remitir a la Hermandad de la Sangre de Cristo un proyecto de acondicionamiento, reforma y colocación de las imágenes encargado al reputado dibujante Ángel Lalinde Acereda, para que dicho altar quedase «con el decoro indispensable que merece y presentarlo a la aprobación de la citada Hermandad» sin requerirse una gran inversión económica. De este modo, tras obtener la pertinente autorización con fecha 11 de mayo y mientras el paso continuaba cobijado en la citada capilla, que únicamente abandonaría para ser trasladado eventualmente al presbiterio con el fin de presidir la celebración de la fiesta de San Juan de ese mismo año 1950, la junta de gobierno emprendería las gestiones precisas para la adecuación del espacio, contactando con un escultor apellidado Pérez y con el pintor Miguel Alcantarilla.

Tras concluirse las reformas del altar, la Cofradía procedería a su solemne inauguración con la celebración de la misa previa al Capítulo General de fecha 11 de febrero de 1951. Véase que se utiliza la palabra altar (y no retablo, como posteriormente si se hará) puesto que el espacio sacro contaría inicialmente con ara para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Además, para su mejor ornato y cuidado, la junta de gobierno crearía un cargo exprofeso, el de Lucero o Luminero, que se dedicaría a la limpieza, iluminación y dotación de ornamentos (manteles, sacras, candelabros, etc.) que requería este aparato litúrgico.

Posteriormente, y ante la necesidad de facilitar a los hermanos el poder llevar a cabo el besapiés a la imagen de Cristo que de forma esporádica había surgido al finalizar las eucaristías previas a las celebraciones capitulares, la junta comenzó a preparar el estudio de modificación de estas dependencias. Un proyecto que, finalmente, se vería obligada a acometer en 1969 debido a las obras de reordenación del templo para su adaptación a los nuevos usos y normas litúrgicas emanadas por el Concilio Vaticano II. Así, de forma consensuada con la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores, que tenía a su cargo el altar que justamente caía enfrente del nuestro, se solicitó presupuesto a los afamados hermanos Albareda Piazuelo, ascendiendo el montante final a 68.551,75 pesetas incluyendo los trabajos de pintura y electricidad.

La reconstrucción concluiría en 1971, situando en el centro la imagen de Cristo sobre la enorme cruz, e instalando detrás de la misma una sencilla estructura (a modo de mazonería) elaborada con listones de madera (que, posteriormente y ya en el siglo XXI, serían ocultados mediante la colocación de una tela brocada de color rojo) enmarcada con una moldura dorada y rematada por un tornavoz de estilo barroco y datado en la primera mitad del siglo XVIII correspondiente a uno de los dos púlpitos retirados con la reforma, estando éste constituido a modo de corona con «un doble entablamento mixtilíneo-poligonal sobre el que se erigen, convergentes hacia el centro, fiadores avolutados de tipo vegetal, rematados por una figurilla alegórica no bien reconocible hoy pero que pudo representar la virtud de la Fe» (Calvo Ruata, 1991). A ambos lados y sobre ménsulas doradas, se situarían las imágenes de la Virgen María y de san Juan, quedando todo el conjunto iluminado por los cuatros faroles de bronce del paso titular.

Además, e incidiendo en la idea de facilitar el besapiés cristífero, se instaló una gradilla movible que «era colocada los días de grandes festividades de la Cofradía, después de la Misa comunitaria previa a los Capítulos, que es cuando los hermanos pasan a besar los pies de la bendita imagen de Jesús tan querida por todos» (Rabadán Pina, 1996). Permaneciendo allí desde entonces, soportando estoicamente obras interminables y cierres eternos en los que únicamente podían venerarse las imágenes durante la Semana Santa, con la conclusión de la restauración integral del templo se iniciaron las gestiones por parte de la junta de gobierno de la Cofradía tanto con el fin de conservar este espacio en el que dar culto a las imágenes del paso titular como para oficializar el derecho de uso de las dependencias de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal. Así, el 31 de marzo de 1999, nuestro entonces hermano mayor Pedro J. Hernández Navascués se reuniría en el Palacio de la Diputación Provincial de Zaragoza con el presidente de esta institución, José Ignacio Senao Gómez, con objeto de obtener por parte de la legítima propietaria del templo, la pertinente autorización para el uso del mismo en todos los actos y preparativos de la Cofradía durante la Cuaresma y Semana Santa, así como para mantener en el tiempo la capilla-altar. Alcanzado un convenio de colaboración entre ambas partes, con carácter gratuito e indefinido mientras subsista la Cofradía, quedó todo ratificado mediante su publicación en el Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza de fecha 9 de junio de 1999.

El desbordamiento de la piedad popular llegaría a mitad del siglo XIX, cuando debido a los graves daños sufridos durante los Sitios en conventos e iglesias, unido al proceso desamortizador posterior, haría que decenas de cofradías y hermandades zaragozanas perdieran su sede quedando obligadas a trasladarse a otro lugar si querían continuar celebrando sus cultos o, simplemente, para poder sobrevivir.

De este modo, al igual que le había sucedido a la Sangre de Cristo, llegaron al templo cofradías procedentes del convento de San Francisco como la del Santo Ángel de la Guarda (precisamente la corporación conformada por el gremio de cocheros con la que la Hermandad tuvo un duro enfrentamiento en el siglo XVIII) o la Muy Ilustre y Antiquísima Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles (fundada en 1370 y que ha pervivido hasta nuestros días, estando actualmente enclavada en la Parroquia de San Felipe); del convento del Carmen, como la de Nuestra Señora de la Candelaria, la de San José o la de la Transfiguración del Señor; del convento de San Lázaro, como la Nuestra Señora de la Misericordia y almas de San Lázaro; del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, como la Nuestra Señora del Río; del convento de San Camilo, como la propia titular erigida en honor del santo de Lelis; o del convento de Predicadores, como la Cofradía de San Pedro Mártir de familiares y ministros del Santo Oficio.

Y de modo similar al anteriormente comentado caso de la llegada a San Cayetano de la Esclavitud de Jesús Nazareno, una vez reestructurada también haría lo propio la Hermandad de San Joaquín que, igualmente resultó gravemente deteriorada tras los Sitios, abandonando su sede en el convento de Santo Domingo y llegando prácticamente a su desaparición, siendo su legado únicamente mantenido gracias a Manuel Dronda Azcárraga, quien conservaría gran parte de su patrimonio, hasta que el 4 abril de 1899 y tras contar con el apoyo del arzobispo Vicente Alda Sancho, pudiera reestablecer su actividad aprobándose su nueva reglamentación, quedando erigida en Santa Isabel de Portugal.

Todo este trasiego, provocaría el reacondicionamiento de espacios y retablos, sucediéndose las variaciones debido a la desaparición de muchas de estas antiguas cofradías o, al surgimiento de otras que también han ido pretendido exponer a sus imágenes titulares. Precisamente, este sería uno de los asuntos que afrontarían el superior de los teatinos Jesús María López Peciña, con el regreso de la orden en 1967, cuando señalaba que «las cofradías encontraban en San Cayetano el lugar apropiado para sus prácticas piadosas, pero el culto a los santos (y a las imágenes), se iban acumulando, y los altares se deformaban», llegando incluso a desaparecer «el altar de San José y de San Cayetano para dar culto a otros santos».

Tras la reforma y restauración del templo en 1998, las capillas actualmente se encuentran dedicadas a:

Imagen del Patriarca presidiendo el retablo de la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores (fotografía de David Beneded).

San Joaquín

Retablo en el que la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores tiene expuesto a su santo titular, una magnífica pieza del siglo XVI que se hallaba en la capilla que la Antiquísima Cofradía de Mercaderes Comerciantes de la Ciudad de Zaragoza erigida bajo la advocación del Patriarca poseía en el convento de Santo Domingo, y que representa a san Joaquín con la Virgen niña en brazos.

Reconstruido por los hermanos Albareda en 1971, se colocó un lienzo de 1711 pintado por Capazés con textos alusivos a la Sagrada Familia, quedando coronado con el otro tornavoz de los antiguos púlpitos. El espacio se completa con una pequeña imagen de la Virgen de la Cabeza a la que acompaña una tablita sobre su invocación pintada a los 11 años por Bernardino Montañés, y con una imagen moderna del santo aragonés Pascual Bailón.

La imagen de San Cayetano, fundador de la orden de los Teatinos, que regentaron durante décadas el templo (fotografía de David Beneded).

San Cayetano

Considerado el retablo más antiguo del templo, fue construido en el primer cuarto del siglo XVIII siguiendo el estilo del barroco churrigueresco, usando columnas salomónicas ornamentadas con guirnaldas y abundante decoración naturalista. La imagen titular colocada en la hornacina central es moderna (hacía 1960), aunque de notable y neomanierista factura, representando al patrón de los teatinos en su iconografía habitual, ataviado con sotana y roquete y llevando al Niño Jesús en brazos.

El sotabanco se decora con espejos y el banco con cabezas de ángeles, completándose el conjunto con imágenes de los apóstoles Pedro, Pablo y Santiago que se disponen sobre ménsulas en las calles laterales y ático, estando talladas y policromadas, poseyendo una altura de poco más de un metro y con datación de la misma época que la mazonería.

Imagen de San José con el Niño Jesús que preside uno de los retablos de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de David Beneded).

San José

Levantado hacia 1745 gracias a la donación económica testamentaria del prepósito teatino Vicente Cerdán, la advocación original de este retablo de estilo rococó es desconocida puesto que la imagen que la preside es obra anterior (cf. Boloqui Larraya, 1983). Realizada posiblemente en algún taller napolitano y con una altura de 1,20 metros, presenta a san José ataviado con amplio manto, vara florida en su mano izquierda y cogiendo con la otra mano un Niño Jesús, de inferior calidad y probablemente añadido.

Con un panel de fondo rematado por el Padre Eterno como Anciano de los Días coronado con nimbo trinitario, y un rompimiento en relieve con el Sagrado Corazón de Jesús, aparecen también varias pinturas anónimas de la Virgen María con su padre san Joaquín, otra con su madre santa Ana y, finalmente en el ático, con el Niño.

La imagen de “Nuestra Señora de los Dolores” que tallara Antonio Palao y propiedad de la Hermandad de la Sangre de Cristo, ocupando actualmente el retablo dedicado anteriormente a la Virgen del Buen Parto y a la Inmaculada Concepción (fotografía de David Beneded).

Ntra. Sra. de los Dolores

Retablo que antes estuvo dedicado a la Virgen del Buen Pastor, siendo modificado al ser cedido para el culto a la extinta Hermandad de San Antonio de Padua y la Cofradía del Escapulario Azul, situando en su hornacina central una pequeña pero bellísima imagen de bulto de la Inmaculada Concepción que continúa el clásico modelo creado por J.B. Tiépolo, y cuya autoría fue durante décadas atribuida a Carlos Salas pero que, finalmente, ha quedado documentada como obra de su cuñado Pascual de Ypas López (Costa Florencia, 2010).

Con decoración abigarrada de estirpe churrigueresca y cobijando pinturas al óleo sobre lienzo del primer tercio de siglo XVIII que representan a santa Bárbara, santa Apolonia y san Isidro Labrador, desde 2015 está presidida por la imagen de la Virgen de los Dolores que tallara el yeclano Antonio José Palao Marco en 1856.

La imagen de “Nuestra Señora de la Piedad”, titular de la Cofradía homónima, en su retablo de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de David Beneded).

Ntra. Sra. de la Piedad

Retablo construido en el segundo cuarto del siglo XVIII que desde 1870 alberga al grupo escultórico de La Soledad, título original con en el que se bautizó a la obra encargada por doña Ana Falcón y Bravo al escultor Antonio Palao quien, a su vez, se inspiraría en la imagen de la Virgen de las Angustias que tallara el gran Francisco Salzillo para la iglesia de los Escolapios de su ciudad natal, representando a María al pie de la Cruz, con los ojos elevados al Cielo y con el Hijo muerto en los brazos, levantándose al fondo la Cruz con la sabanilla del descendimiento.

Con ara propia, donde la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro celebra misas, fue declarado en 1941 como Altar Privilegiado Cotidiano Perpetuo por el nuncio apostólico en España, el arzobispo Cayetano Cicognani.

Escena central del retablo dedicado a San Andrés Avelino (fotografía de David Beneded).

San Andrés Avelino

Construido a mediados del siglo XVIII sin conocerse su autoría, está dedicado a la aparición de la Virgen María a Andrés Avelino, santo napolitano y eminente miembro de los Clérigos Regulares. Decorado con estípites avolutados con ángeles atlantes, guirnaldas y tarjetones muy al gusto pre-rococó, era propiedad de los condes de Sobradiel, cuyos blasones figuran en el sotabanco, siendo durante años espacio de culto para las hermandades teatinas como la propia de san Andrés Avelino y de la Purísima Concepción, además de ser incluso usado por la Asociación de Damas de la Corte de Honor de la Virgen del Pilar.

Incluye tres pinturas barrocas al óleo sobre lienzo, dedicados al apóstol san Judas Tadeo, al mártir san Vicente y al cisterciense san Bernardo de Claraval.

Escena central del retablo dedicado a “Nuestra Señora de la Agonía” (fotografía de David Beneded).

Ntra. Sra. de la Agonía

Construido en 1725 por José Sanz Alfaro bajo la traza del platero José Godó, fue encargado por la antigua Hermandad de Nuestra Señora de la Agonía, presentando en el centro a la Santísima Virgen con el Niño apareciéndose a un moribundo, en un bello relieve esculpido por José Ramírez de Arellano. Elevado a la categoría de altar privilegiado, en su tabernáculo se exponía el Santísimo durante las últimas horas de vida de los miembros de esta Hermandad, anunciándose el nombre del mismo en la puerta del templo y llamando a la oración doblando con su propia campana.

El retablo se completa con las imágenes de tamaño académico de santa Lucía y santa Águeda, de la misma época que la mazonería, y con una imagen del Sagrado Corazón, datada de finales del siglo XIX o principios del XX.

Las imágenes de nuestro paso de la “Quinta Palabra” expuestas en la capilla de San Jorge (fotografía de David Beneded).

San Jorge

Capilla de similares características a la de la Hermandad de la Sangre de Cristo, incluida una rejería, pero situada al fondo de la nave del evangelio, en 1962 se reconstruyó bajo la dirección del arquitecto Antonio Chóliz quien cubrió el suelo de mármol negro y las paredes con blanco procedente del Pirineo, colocando en el fondo un mural dedicado al patrón de Aragón bajado de su caballo para matar al dragón, realizado por José Baqué Ximénez en óleo sobre yeso bajo estilo postcubista.

Dedicada antiguamente a san Pascual Baylón, pasando por usos variados desde mero almacén hasta lugar donde se instalaba un belén, actualmente se hallan las imágenes de nuestro paso de La Quinta Palabra que, hasta hace poco más de una década, se encontraban sin exponer al culto.

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-VII; 2021); y Mariano RABADÁN PINA (ap. VII; 1996). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Nuestro “Cristo de la Tercera Palabra” delante de la churrigueresca portada de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, sede canónica de la Cofradía y epicentro de la Semana Santa zaragozana (fotografía de Alberto Olmo).

Fotografías secundarias: Capillas de las naves laterales (David Beneded).