Enseres y Atributos

El patrimonio procesional que cobra sentido auténtico al servicio de evangelización

El patrimonio de una Cofradía es una herencia recibida que debemos cuidar con cariño y diligencia, respondiendo su riqueza a un arraigado sentimiento de alabanza a Dios y de amor a la Virgen María. La originalidad en el patrimonio artístico responde a un claro criterio de individualidad, perfectamente conjugable con la moderación e incluso la austeridad. Pero hay que tener claro un aspecto: nuestros pasos y atributos sólo cobran su auténtica dimensión como parte de un todo, sólo alcanzan su pleno sentido al servicio de la evangelización.

De ahí la relevancia de ordenar correctamente el cortejo procesional, de entender el significado propio (corporativo, histórico, devocional) de cada uno de estos objetos procesionales que en nuestra Semana Santa conocemos por el nombre de atributos. Y es que, aunque su significado más extendido en el arte sea el de símbolo que denota el carácter y representación en las imágenes, y pese a que desde un punto de vista etimológico el término posiblemente más adecuado sería el de insignia o enseres (aunque en nuestra lengua no existe el singular de esta última palabra), las cofradías zaragozanas y en similitud con los atributos de la Pasión o Arma Christi, hemos utilizado tradicionalmente este término para denominar al conjunto de guiones, estandartes, insignias, faroles, cruces y demás elementos distintivos portados en nuestras procesiones, no solamente con el fin de embellecerlas o de hacerlas más solemnes o magnas sino, esencialmente, como medios o instrumentos para interpelar, con su mayor o menor valor simbólico y teológico, a todos aquellos que los ven llevándolos al centro de la espiritualidad más honda que la cofradía quiere transmitir en la calle.

Sin lugar a dudas «es nuestro deber y objetivo que tanto el patrimonio que hemos heredado como el que hemos creado, perdure y permanezca en un estado de conservación adecuado para las generaciones venideras, pero eso sí, nunca debemos olvidar que este patrimonio, en la mayoría de las ocasiones, fue concebido para un fin muy concreto, salir a la calle año tras año a dar testimonio público de fe» (Oche Lozano, 2012).

I) El Guion: el atributo que «guía» nuestro caminar por las calles y por la vida

Los estandartes han formado parte de los cortejos procesionales organizados por cofradías y hermandades desde casi el mismo nacimiento de éstas. En las congregaciones devocionales surgidas en la Italia del siglo XIII, ya proliferaban como «señal de la entidad cofrade para crear espíritu de corporación en la fraternidad», soliendo ir a la cabeza de las procesiones o junto a la imagen de Cristo y siendo alzado bien alto «como signo de orgullo de los miembros de la hermandad que, entunicada, lo seguía» (Galtier Martí, 2017). Tal era la importancia que pronto adquirirían estos enseres que incluso, y tal y como prescribiría el liturgista y obispo de la diócesis francesa de Mende Guillermo Durando, llegaron a ser recomendados para abrir las procesiones con objeto de «repeler al diablo y a los elementos dañinos de la naturaleza» (Rationale divinorum officiorum, libro 4, cap. 6, 18).

El guion, tal y como emanan nuestros estatutos, es «un estandarte alargado en vertical» (art. 4) constituyéndose como el atributo más distinguido de cuantos portamos, puesto que es utilizado con el fin de servir de guía abriendo los desfiles procesionales. Él es el primero que cruza el umbral de San Cayetano iniciando «erguido las filas de nuestro cortejo, levísimamente balanceado por los movimientos del hermano que lo porta. Lo vemos avanzado entre bajos balcones, abriéndonos el camino, avanzando sin desmayo, deteniéndose tan solo para escuchar cada una de las Siete Palabras» (López Lera y Abella Villuendas, 1986)

Usado igualmente como enseña identitaria y representativa de la Cofradía en cultos internos, capítulos y en todos aquellos otros actos relevantes en los que se asiste corporativamente (Pregón de la Semana Santa, Rosario de Cristal, …), está compuesto por una pértiga dorada rematada en su astil por el emblema en orfebrería, acoplándose un travesaño horizontal de donde cuelga un paño con forma rectangular, alargado perpendicularmente y terminado en su parte inferior por dos largos picos (farpas), con vértice en el centro formando una escotadura, que permite una mejor visibilidad a su portador, que es denominado precisamente hermano guion. En el anverso del paño se presenta sobre fondo blanco el emblema bordado mientras que en el reverso y sobre fondo verde se inscribe el nombre de la Cofradía y el año de la fundación, cayendo desde el travesaño unos cordones dorados con borlas que, inicialmente fueron portados por los hermanos visitadores, y que actualmente lo son por al menos cuatro hijos de hermano, no cumpliendo solo una función meramente ornamental sino que, en ocasiones, también sirve para poder mantener el izado del guion en los momentos en los que el cierzo arrecia durante el trascurrir de las procesiones.

A lo largo de nuestra historia, tres han sido los guiones que ha tenido la Cofradía:

El primero, que precedió nuestras iniciales procesiones y presidió aquellos capítulos generales de la primera época, fue el más sencillo como correspondía a la economía menos boyante de la Cofradía que se estaba formando, y a la precipitación con que se construyó para salir en el primer desfile. Su forma externa era la que también han tenido los otros dos siguientes, si bien presentando un tamaño algo más reducido y teniendo bordado solamente el crismón, en su modo más básico y en color verde, sobre el fondo blanco de su tela de seda delantera, llevando sobre el reverso de seda verde el título de «Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan» bordado en letras blancas.

El desgaste propio por el uso y las inclemencias atmosféricas padecidas durante las procesiones, alteraron el buen estado físico y presencia de este guion que se podría catalogar como guion fundacional. Esto y el cambio de anagrama o escudo de la Cofradía recientemente aprobado, aconsejaría su sustitución por el que lo reemplazó en 1960. Construido con menos prisa y más cuidada su confección, los trabajos que supusieron un coste de 1.750 pesetas fueron llevados a cabo por las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, resultando su aspecto mucho más vistoso que el de su antecesor, aprovechándose algunas partes (como la trasera verde que estaba muy bien conservada) y haciéndose exprofeso la delantera de seda blanca en la que se bordó el nuevo anagrama.

Sin embargo, otra modificación del emblema de la Cofradía llevaría a la acuciante necesidad de construir un tercer guion que, en esta ocasión, sería confeccionado por el taller valenciano Nieto de A. Llana Torres. Con un costo aproximado de 40.000 pesetas, sería bendecido por mosén Francisco el 14 de marzo de 1971 en un emotivo acto celebrado ante el remodelado retablo en el que se exponen al culto las imágenes de nuestro paso de La Tercera Palabra en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal.

Expuesto durante los días previos a la Semana Santa de ese año en el escaparate principal del Casino Mercantil (cuya sede se encontraba en el nº 27 del Coso), este guion es de un tamaño mayor al de sus predecesores, tanto en anchura como en longitud, destacando el bordado del emblema en oro sobre el fondo de seda blanca de su cara delantera y el fileteado también en hilo de oro que sobre el canto enmarca todo el paño. El reverso, mantiene características similares a sus homólogos, conservado el fondo verde y las letras blancas, acordándose que los cordones laterales que bajan del crucero, fueran cuatro (en vez de dos) y que fuesen también dorados (en vez de verdes y blancos) para hacer juego con el color del escudo y de los demás atributos.

Restaurados en diversas ocasiones, e incluso algunos de ellos reconstruidos en parte, actualmente los tres guiones se encuentran en perfecto estado de conservación siendo utilizados los guiones antiguos en momentos especiales, tal y como sucedió en la mañana del Viernes Santo del año 2014 cuando, por vez primera, los tres guiones participaron conjuntamente en la procesión con la que se conmemoraba el septuagésimo quinto aniversario de nuestra primera salida procesional, encabezando cada uno los tres tramos históricos que recreaban distintos órdenes procesionales que había tenido la Cofradía a lo largo de todos estos años.

El atributo más relevante de la Cofradía es el guion fundacional, que fue recuperado durante la procesión del 75º aniversario (fotografía de Jorge Sesé).

Guion fundacional

El segundo guion que adquirió la Cofradía, recuperado años después para, en un momento dado, sustituir en las procesiones y actos (fotografía de Jorge Sesé).

Segundo guion

El guion actual durante la procesión del “Santo Entierro” (fotografía de Alberto Olmo).

Guion actual

II) Las medallas conmemorativas prendidas en nuestro guion titular

Pendiendo del astil y a la altura del travesaño, el guion cuenta con dos medallas de alto valor histórico, eclesial y sentimental para nuestra Cofradía.

Por una parte, y prendida de un lazo con franjas de color amarillo y blanco (los correspondientes a la Ciudad del Vaticano) y azul (color mariano por excelencia), se halla la medalla conmemorativa del IX Congreso Internacional Mariológico y de la proclamación de la Realeza de la Virgen María como «Verdad Fundamental de la Iglesia Católica», eventos celebrados el 1 de noviembre de 1954 en la plaza de San Pedro y en los que el guion fundacional de la Cofradía estuvo presente. La medalla, realizada en plata por el prestigioso artista udinese Aurelio Mistruzzi, incluye en el anverso el busto en relieve del sumo pontífice Pío XII, mientras que en el reverso se presenta a María como Theotokos o Madre de Dios (patente mediante las letras griegas «MP» y «OY»), sentada en un trono aposentado sobre un globo terráqueo y con una media luna de fondo; con su pie izquierdo pisa una serpiente símbolo del pecado, llevando un cetro en la mano derecha, dando la bendición con la izquierda; y quedando ataviada con una corona de estrellas en la cabeza y con un manto que es sostenido por dos ángeles.

La otra medalla nos fue entregada por el arzobispo de Zaragoza, monseñor Pedro Cantero Cuadrado, tras la peregrinación a Nuestra Señora del Pilar que nuestra Cofradía (en unión con las demás de la Semana Santa zaragozana) llevó a cabo el 17 de octubre de 1973 con motivo del centenario de la construcción final y consagración del actual templo pilarista. Realizada por Fernando Jesús López Sánchez (conocido artísticamente como Fernando Jesús), natural de la localidad gaditana de El Puerto de Santa María y uno de los más relevantes artistas medalleros españoles del siglo XX, queda enganchada de un pasador en el que se reproduce el crismón del primitivo tímpano románico de Santa María la Mayor (hoy en día encajado en la fachada principal de la actual basílica), presentando en una de sus caras un altorrelieve del templo, y en la otra una escena en la que aparece el apóstol Santiago con sus atributos clásicos del bordón y la calabaza, postrado ante la Virgen en su tradicional iconografía pilarista.

Medalla de la proclamación del dogma de la «Realeza de María»

Medalla del Centenario de la consagración de la Basílica del Pilar

III) Banderines y estandartes menores: enseñas de nuestra historia y de las secciones de la Cofradía

Recibe el nombre de banderín una «enseña particular que identifica a las compañías, escuadrones, baterías y otras unidades de tropas con mando de capitán» (Medina Ávila, 2013), adoptándose su uso en el seno de las cofradías y hermandades de Semana Santa en sustitución del guion en actos menores, o como atributo representativo de alguna de sus secciones, como sucede en nuestro caso al preceder en las formaciones procesiones y acompañarlo en sus actos al grupo general de la Sección de Instrumentos o al Piquete de Honor.

Su forma más habitual en nuestra Semana Santa es la de un paño sujeto a dos sencillas varas metálicas o labradas ricamente que se cruzan en forma de «L» invertida, quedando la vara vertical rematada por una galleta reproduciendo el emblema corporativo. En los actuales, en cuya confección ha participado de forma determinante el Grupo de Costura de la Cofradía, el paño queda ornamentado con flecos dorados en sus bordes, presentando el anverso el emblema bordado con hilo de oro sobre raso blanco, mientras que el reverso en color verde, lleva la inscripción del grupo o sección así como el año de su fundación.

Por su parte, la Sección Infantil también cuenta con un atributo propio que le representa, participando en la exaltación de instrumentos infantil y precediendo al grupo de niños y niñas que participan sin instrumento en las procesiones. En 1986, se confeccionó en la casa pamplonesa de artículos religiosos Martínez Erro, un estandarte de pequeñas dimensiones que se fue deteriorando con el paso del tiempo siendo sustituido por otro confeccionado por el citado Grupo de Costura.

Finalmente, la Cofradía posee un estandarte que, por una parte conmemora la celebración del Cincuentenario de la primera salida procesional (1940-1989) y, por otra, el hermanamiento con la Venerable y Mercedaria Hermandad de Penitencia de las Siete Palabras del Santísimo Cristo de la Sed y María Santísima de la Piedad de Cádiz. Confeccionado en la localidad gaditana, fue donado por el hermano mayor de nuestra cofradía homóloga, D. Rafael Russo Pérez, siendo presentado en una conferencia celebrada en el palacio de la Diputación Provincial de Zaragoza y estrenado en la procesión del Viernes Santo de 1989. Con un paño de color negro, presenta ornamentación vegetal así como las inscripciones alusivas a las efemérides citadas junto a los escudos bordados en oro de las dos cofradías hermanadas. Habitualmente durante las procesiones, se sitúa tras el guion titular siendo escoltado por dos de nuestros hermanos revestidos respectivamente con el hábito de penitente de la citada hermandad de Cádiz y con el traje de papón de la Cofradía de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz de León.

El estandarte llamado del “Cincuentenario” al estrenarse el Viernes Santo de 1989 pero que, en realidad, representa el hermanamiento de la Cofradía con su homónima de Cádiz (fotografía de Fco. Javier Fernández).

Estandarte del Cincuentenario

El actual estandarte que precede a la sección infantil (fotografía de Julio Antonio Vicente).

Estandarte de la Sección Infantil

El banderín que precede a la sección de instrumentos, muy similar también al que precede al “Piquete de Honor” (fotografía de Mario Pastor).

Banderines de la Sección de Instrumentos

IV) Los Cirios y Hachas: la experiencia de iluminar la «Luz Verdadera»

Si hay algún elemento relacionado desde tiempo inmemorial con los participantes en las procesiones ese es, sin lugar a dudas, la vela. Su originaria misión dentro del cortejo procesional era obvia: la de alumbrar el itinerario y posibilitar una mejor visualización de la imagen que presidía la procesión. Así, por ejemplo, en las ordinaciones de 1603 de la universitaria y zaragozana Cofradía de San Gregorio y Santa Elena, ya se disponía que hubiera «hachas alumbrado el pendón» (cf. Olmo Gracia, 2011), siendo también habitual que los jurados de la ciudad acudiesen a las distintas procesiones que en la ciudad se organizaban durante la Semana Santa, como en la de la Vera Cruz del Jueves Santo, con «hachas de cera blanca que las proporciona la ciudad» (cf. Canellas López, 1979).

La luz ha sido desde siempre un elemento fundamental en la simbología cristiana, puesto que Cristo se reveló como «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), «la luz del mundo» (Jn 8, 12) o la luz «para iluminar a las gentes» (Lc 2, 32); y su simbolismo designa, de igual manera, a los cristianos, «hijos de la luz» (Ef 5, 8), «brille así vuestra luz ante los hombres» (Mt 5, 16). Tal es su arraigo y trascendencia que, lógicamente, se encuentra presente en momentos fundamentales de la liturgia como en el bautismo (en donde se entrega al bautizado una vela encendida simbolizando a Cristo) o en la Vigilia Pascual (en la parte llamada lucernario, en donde, además de su propiedad iluminadora y reveladora, se une al fuego en una función purificadora). También, en las propias celebraciones litúrgicas se colocan dos o más velas encendidas en el altar o cerca de él como signo de veneración o de celebración gozosa. Y, cuando delante del sagrario la lámpara se encuentra encendida es, con su luz, un signo de la presencia sacramental de Cristo en la eucaristía.

En nuestra Cofradía, las velas que se portaban en las dos primeras procesiones eran de cera llevándose encendidas tanto en la procesión titular de 1940 como en la vespertina del Santo Entierro, haciéndolo únicamente en esta última en 1941 puesto que «no había nada que alumbrar a esas horas de pleno sol y convenía economizar entonces» (Rabadán Pina, 1996). Estas velas, más bien cirios o «verdaderos blandones», tenían una medida aproximada de un metro de longitud, de cera de abeja purificada en color blanco, quedando conformada por una liga de cera virgen y parafina con un pábilo tratado químicamente. Sin embargo, pronto serían sustituidos por unas hachas metálicas, que se estrenarían en la mañana del Viernes Santo de 1942, si bien todavía seguirían consumiendo cera, al llevar un cabo de vela gruesa en el extremo superior, incorporándose una especie de cazoleta o platillo a modo de palmatoria con el fin de que el moco de cera cayera al suelo.

Este sistema tampoco duraría mucho, puesto que en la junta celebrada el 12 de noviembre de 1942 se acordaría la electrificación del hacha, término por cierto cuya etimología procede del latín facŭla («antorcha pequeña»). Independientemente de si esta innovación provino de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro a través de su hermano Luis García Molins (cf. García de Paso y Rincón, 1981), o si «las primeras que se veían en Zaragoza» fueron en el seno de la Cofradía del Señor Atado a la Columna, como asegura Nápoles Gimeno (2004), lo relevante es que el sistema de iluminación artificial llegaría para quedarse en las procesiones zaragozanas. Y es que la sustitución de la cera natural por la incorporación de una bombilla que se encendía mediante pilas, suponía «una solución a los problemas del viento, a la suciedad de la cera, y al coste de la misma, ya que si bien inicialmente el coste de un hachón eléctrico es superior, su mantenimiento es más económico que la compra cada año de nuevos hachones de cera» (Peralta Soria, 2011).

Una solución indudablemente práctica pero con la que también se pierde parte del romanticismo, las reminiscencias del pasado que envuelve la atmósfera procesional y que, incluso en cierto modo, abandona parte del sentido litúrgico de la luz natural. Una luz deslumbrante, constante, sin sombras ni matices, sin pasión, calor ni fuego, sin lágrimas, ni movimiento, ni vida, que no se apagará en una esquina, ante una ráfaga cruel de la vida; pero que tampoco esperará la mano de un hermano que le transmita su luz y su fuego para volverse a encender; ni compartirá su calor, ni sentimiento, ni vida, con un hermano perdido que lo necesite. (cf. Martínez Marco, 2012).

De este modo, el Viernes Santo de 1943 y reaprovechando el modelo de hachas ya incorporado el año anterior, se procedería a sustituir el cabo de vela de la pieza superior por unas pilas redondas y unas bombillas que, en unos años también serían unificadas a modo de llama según el modelo presentado por el hermano Millán. La tipología perduraría hasta que, en el Capítulo General de Hermanos de fecha 6 de marzo de 1960, el hermano mayor Mariano Bíu presentara su sustitución por unas «mucho más sencillas y económicas», siendo ya éste el modelo definitivo, en el que queda suprimida la parte del platillo por resultar antiestético y anacrónicamente inútil puesto que ya no había cera derretida que recoger, y adoptar otro modelo tratando de reproducir un cirio (de hecho, presenta incluso la simulación pintada del moco que hubiera generado la cera) pero fabricado en madera, hueco para aligerar su peso, con una altura aproximada de un metro y veinticinco centímetros, todo pintado de color blanco excepto la contera verde, llevando el emblema de la Cofradía aproximadamente en su mitad (en los modelos más antiguos, pintado de negro, y en los más modernos, mediante una pegatina transparente) y una pieza de latón pulido en la que se colocan las pilas y en la que se incrusta la bombilla enroscada mediante su casquillo.

El hacha es portada con una mano, usando siempre la que se posiciona por el interior de la formación. Mientras se marcha en las procesiones, debe llevarse haciendo un ángulo aproximado de 45º respecto al suelo, apoyándola perpendicularmente en el mismo durante las paradas y predicaciones, disponiéndose los hermanos en filas laterales y guardando una distancia de un metro con su predecesor en la fila. Además, durante muchos años y con el fin de simplificar la organización (recordándose puntualmente cada año en el folleto de actos de Semana Santa) se mantuvo la disposición de que los hermanos que la portaran se colocasen en la fila de la derecha los que tenían en la Relación General de Hermanos un número par, y a la izquierda, los de número impar.

Finalmente, y ya en el milenio actual, se adoptó un modelo muy similar de hacha pero en menor tamaño, para que fuese portada por las hermanas de mantilla, retornando también el uso de blandones de cera natural para acompañar e iluminar al Cristo del paso de “La Tercera Palabra” durante el Vía Crucis cuaresmal que esta imagen preside, así como para encabezar las filas de hachas que participan en el traslado del Santísimo Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra en la noche del Miércoles Santo.

Cirio natural incorporado como única iluminación del Vía Crucis del “Cristo de la Tercera” (fotografía de Alberto Olmo).

Cirios de cera natural

Hachas portadas por hermanos de la Cofradía durante el Vía Crucis Parroquial en la noche del Lunes Santo (fotografía de Óscar Puigdevall).

Hachas eléctricas

Modelo de hacha especialmente diseñada para ser portada por las hermanas “de mantilla” durante las procesiones de la Cofradía (fotografía de Pedro Lobera).

Hachas de las hermanas de mantilla

V) Los faroles: dando brillo a las Palabras con las que el mundo salió de la oscuridad

Para encontrar la presencia de una representación de las Siete Palabras en las procesiones zaragozanas, hay que remontarse a mediados del siglo XIX, constando en los archivos de la Hermandad de la Sangre de Cristo que la misma adquirió siete faroles en el año 1857, apareciendo en el orden procesional del Santo Entierro publicado en 1860, siguiendo al paso de la “Llegada de Jesús al Calvario” o de “La Copa”, «siete niños vestidos con túnicas blancas que representan las Siete Palabras, en otros tantos faroles de cristal de color, en forma de cruz». Dichos faroles llevaban las inscripciones de las «siete lecciones que Cristo, nuestro bien, nos dio desde el árbol de la Cruz, como complemento de las pruebas de su amor», mientras que los niños portadores vestían «túnica de merino blanco, de larga cola» y usando como prenda de cabeza un capirote romo que dejaba al descubierto el rostro.

Estos sencillos y humildes faroles de cristales rojos, serían portados hasta el año 1892, tal y como anunciaba la prensa local: «Los antiguos faroles de las siete palabras han sido sustituidos por otros muy bonitos y de mucho capricho, que seguramente llamarán la atención al público», habiendo sido construidos en el taller del «señor Casañal, acreditado industrial» (Diario Mercantil de Zaragoza, 12 de abril de 1892). Estaban conformados por una cruz griega de cristales oscuros con cantoneras doradas, en cuya cruceta se incrustaba una cartela con el texto de la palabra correspondiente en su anverso y, en su reverso, una corona de espinas circunvalando la lanza y la esponja que quedaban entrecruzados.

Como se señalaba, no debió convencer tampoco esta nueva serie al no concordar con la exuberancia con la que se pretendía dotar a la procesión de la Hermandad de la Sangre de Cristo con la reforma convocada por el SIPA, puesto que varios de los proyectos presentados (especialmente el ganador de José Nasarre y Mariano Oliver) propusieron la construcción de otros nuevos modelos «de más artística factura». De este modo, y durante la sesión de la Hermandad celebrada el 11 de julio de 1912, fue aprobado el «proyecto de los siete faroles conmemorando las siete palabras presentado por el Sr. Nasarre», nombrándose una comisión conformada por el propio José Nasarre y por el hermano García Belenguer encargada también de conseguir los fondos necesarios para sufragar el coste, lo que alcanzarían gracias a los donativos entregados «por siete señoras y señoritas de las más distinguidas familias zaragozanas» cuyos nombres fueron: Dª Carmen Carpi de la Sierra, Dª Elena Royo Villanova, Dª María del Pilar Baselga Aladrén (marquesa de Arlanza), Dª Carmen Yarza de Delgado, Dª Eloisa Monguilán de Marco, Dª Pilar Yarza de Baselga, Dª Manuela Bel Serrano y Dª Matilde Averly de Escoriaza.

Construidos en los talleres de la Sra. Vda. e Hijo de Rogelio Quintana, y estrenados en la procesión del Santo Entierro de 1913, presentaban forma de cruz con las correspondientes palabras grabadas en latín y en castellano siendo «de gran efecto, poniendo sus luces temblequeantes y amortiguadas por los vidrios colorinescos, transparencias de severidad y de misterio», catalogándose como «una maravilla de buen gusto y de arte» (Diario de Avisos, 20 de marzo de 1913).

Curiosamente, durante varios años debieron participar en la procesión de la tarde del Viernes Santo las dos series de faroles (los de Casañal y los de Quintana), puesto que Rudesindo Nasarre Ariño (sobrino del ideólogo del proyecto ganador de la reforma del Santo Entierro) denunciaba en las páginas de “La Voz de Aragón” de 20 de marzo de 1931, que llevaba ya tiempo instando a la Hermandad a que «no debían formar los antiguos y menos detrás de los nuevos, formando así una fila de catorce faroles» y que, el año anterior, nuevamente «los catorce faroles salieron, a pesar de que eso supuso, seguramente, siete jornales más, si no es que los portadores de ellos lo hicieron por devoción, pero cuyos sentimientos pudieron aprovecharse en otro lugar».

Pocos días después de esta queja, y en la crónica de la procesión del Santo Entierro de ese año 1931 publicada en páginas del mismo diario, se señalaba que cinco de estos faroles se había readaptados para representar las cinco llagas de Jesús, situándose en el cortejo procesional tras el paso de “El Calvario”, disponiéndose uno tras otro, lo que también suscitaría discusión al considerarse que «podían formar en otra disposición más adecuada y no con la que se guardan los representativos de las Siete Palabras» (La Voz de Aragón, de 4 de abril de 1931). Además, los otros dos de estos faroles serían reutilizados para acompañar en el cortejo a la “Gran Cruz con la Sábana Santa”, recuperándose esta estampa desde el año 2011 hasta la actualidad puesto que la Hermandad aún conserva algunas unidades de la serie, como pudo contemplarse en el contexto de la exposición “Sanguis Christi Inebria Nos”, si bien se encuentran bastante deteriorados, con los atributos pasionistas mutilados (por lo que actualmente parecen representar una mera cruz aspada) y sin la cartela representativa de la palabra ni de la llaga correspondiente.

En cualquier caso, los faroles construidos en los talleres Quintana en 1913 serían los que nuestra Cofradía llevara en su primera salida procesional de 1940 y en la procesión de la tarde, siendo portados por siete personas que no eran hermanos de la Cofradía ataviadas con tercerol y túnica negra. Al año siguiente, los faroles ya serían portados por hermanos de la Cofradía, si bien siguieron ataviándose con tercerol aunque ya con túnica blanca y cíngulo verde. En la Semana Santa de 1945 y por acuerdo capitular previo, los hermanos encargados de portarlos serían «los coadjutores, empezando por el último» decidiéndose en el Capítulo General de Hermanos de 7 de abril de 1946 que, desde esa misma Semana Santa «sólo se sacarán las farolas en la procesión de la tarde».

Y así debió suceder hasta el año 1974, cuando el entonces hermano cetro, Jesús Gresa Losantos, expusiera que dichos faroles, «además de ser muy pesados y antiestéticos con el resto de los objetos de la Cofradía, están tan deteriorados que puede haber algún día un accidente» proponiendo al Capítulo General de Hermanos «su renovación por otros que hagan juego con la greca del paso, los pebeteros y las mazas, presentando un boceto».

Aprobada la iniciativa de renunciar al usufructo de los primitivos faroles, no volviéndolos a portar nunca más excepto en la procesión titular del Viernes Santo del año 2000 en la que sería la única ocasión en la que la Cofradía procesionara al unísono ambas series de faroles, se procedería a encargar los nuevos gracias principalmente a las donaciones efectuadas por varios de los hermanos y miembros de la junta de gobierno. Diseñados y construidos por los talleres Artesanías Sancho, fueron forjados con materiales nobles predominando el latón y el bronce, siendo plana y ovalada longitudinalmente la forma de su cabeza en la que se inscribe cada Palabra, orlada con una corona de espinas y rematada con el águila simbólica de nuestro patrono. Iluminados eléctricamente, van sobre un soporte labrado en arabescos y con una anilla para acoplar a las bandoleras con las que soportar mejor el peso que, aproximadamente era de unos doce kilogramos.

A lo largo de los años, alguno de estos faroles llegaría a sufrir algún percance, especialmente durante los traslados al lugar de concentración o, desde ese punto al lugar de salida, viéndose la Cofradía obligada a que, con el fin de mantener la unidad de todo el conjunto, no solo se tuviera que proceder al arreglo de la pieza afectada sino, incluso, a la modificación parcial de todos y cada uno de ellos. Es el caso, principalmente, de los cristales en los que se inscriben las frases de las Palabras, que a raíz de la rotura del de la primera Palabra en el interior de San Cayetano durante el Viernes Santo de 2006, se optó por modificar los cristales de los siete por un material más ligero y más duradero, escogiéndose el metacrilato con una terminación o efecto hielo.

Además de estos siete faroles de las Palabras, la Cofradía también posee dos faroles de los denominados de cabecera, es decir, los que se ubican al inicio del cortejo procesional con la función de acompañar al guion, iluminándolo en las procesiones nocturnas. Prolíficos en las cofradías y hermandades zaragozanas así como en los rosarios públicos, en nuestra Cofradía no se incorporaron hasta la Semana Santa de 1998, siendo bendecidos por el capellán Rvdo. D. Jesús Feliú Valiente en la plaza del Justicia, momentos después de iniciar el Vía Crucis del Lunes Santo de ese año que, excepcionalmente, partiría desde la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal.

Realizados por el mismo taller que las Palabras, son alargados y con la cabeza con forma hexagonal rematada en la parte superior con una cruz (alcanzando una altura de 1,90 metros desde la contera hasta la citada cruz), apareciendo representados en los cristales de los mismos tanto el emblema de la Cofradía como el águila de San Juan. Inicialmente, eran iluminados con luz natural procedente de unos cartuchos de PVC precargados de vela líquida o parafina, de ahí que en la parte superior de cada farol hubiera unos pequeños orificios para que saliese el humo provocado por la mecha que había que prender al inicio de cada procesión. Pero, por cuestiones de practicidad, economía y en evitación del deterioro de las piezas provocadas por la suciedad y las manchas causadas por la llama y el humo, el sistema de iluminación fue finalmente reemplazado por otro eléctrico con bombillas LED.

Los primitivos faroles de “las Palabras” propiedad de la Hermandad de la Sangre de Cristo que fueron recuperados de manera excepcional en la procesión matutina del Viernes Santo de 2001 (fotografía de Fernando Pinilla).

Primitivos faroles de las Palabras

Los faroles actuales de “las Palabras” iluminados en la tarde-noche del Viernes Santo durante la participación de la Cofradía en el “Santo Entierro” (fotografía de Jorge Sesé).

Faroles de las Palabras

Uno de los dos faroles de cabecera, que acompañan al guion, iluminado en la tarde-noche del Viernes Santo durante la participación de la Cofradía en el “Santo Entierro” (fotografía de Alberto Olmo).

Faroles de cabecera

VI) La Cruz In Memoriam: recuerdo permanente a los hermanos que procesionan desde el Cielo

Desde siempre, la Cofradía ha guardado con sumo cuidado y respeto el obituario de nuestros difuntos. En nuestra corporación, los hermanos que ya han fallecido no son un colectivo impersonal y olvidado sino que, como en vida, tienen nombre propio. Nombres con los que palpita nuestra historia y que nos recuerdan «que no solo están vivos en el corazón de todos sino que nos hablan de trascendencia» (Miguel García, 2006). Por eso, y para recordarnos que la muerte no tiene la última palabra, son inscritos en uno de los enseres de mayor simbolismo de todos los que portamos: la Cruz In Memoriam.

Los mementos, como también son denominadas estas cruces, son un genuino atributo que mayoritariamente portan las cofradías zaragozanas desde que en 1941 la Hermandad de San Joaquín y la Virgen de los Dolores la incorporase en sus procesiones. Según la hipótesis de Gracia Pastor (2001), «las Cruces In Memoriam, del mismo modo que ocurre con las cofradías, nacen bajo la influencia del Nacional Catolicismo imperante que plagaba los pueblos de cruces a los caídos y de listas de muertos por la patria las fachadas de las iglesias de la geografía española. De este modo, la Dolorosa rendía recuerdo a sus difuntos, algunos de ellos por causas derivadas de la Guerra Civil, y ponían en la cruz una placa con el nombre y la fecha del hermano fallecido».

Nuestra Cofradía, sin embargo, tendría que esperar hasta el año 1984 para tener su Cruz In Memoriam. Un atributo muy humilde y sencillo, realizado en madera por Antonio García y con los nombres de los hermanos difuntos grabados en láminas metálicas colocadas en el reverso del stipes. Con unas dimensiones aproximadas de 2 metros de altura por 1 metro de largo del brazo horizontal, durante sus primeros años no llevaba más adorno que el asidero dorado para facilitar al portador su manejo y agarre siguiendo las leyes elementales de la ergonomía.

Posteriormente, en 1992, se estrenaría la ornamentación realizada por Artesanías Sancho que incluía el recubrimiento de las aristas laterales con perfiles dorados de latón, cantoneras repujadas en cada uno de los cuatro extremos así como la inscripción con la frase correspondiente a la séptima palabra «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» en el anverso del patibulum. En 2013, y debido al incremento de la nómina de hermanos difuntos, se tendría que incorporar una nueva Cruz In Memoriam. Y, con el fin de que fuesen lo más idénticas posibles, la Cofradía optaría por unificar su ornamentación, despojándolas de cualquier ornamentación excepto el emblema en metal dorado realizados por Creaciones Redondo y Burgués de Cuarte de Huerva y que se colocarían en el crucero frontal de ambas.

Gracias, por tanto, a este entrañable y querido atributo, el ser hermano de la Cofradía y morir dentro de ella significa no dejar nunca de participar en sus cultos y continuar, por siempre, procesionando por las calles de Zaragoza. En todos nuestros actos se hacen presentes los que un día estuvieron entre nosotros, aquellos gracias a los que hoy día debemos la Cofradía y que hoy figuran en esa Cruz a la que tanto cariño profesamos. Esa cruz «en la que algún día todos estaremos junto a Cristo, que nos indica desde su mensaje agónico el camino para llegar al Padre. Es en esa cruz en la que algún día rezaremos alabando todos en el mismo idioma. Es en esa cruz en la que algún día nos sentiremos independientes de todo lo material. Es en esa cruz en la que algún día seremos recibidos por la totalidad de quienes ya están allí. Es en esa cruz en la que algún día ya no habrá cruz porque la unidad con el Padre será total. Mientras, no faltarán las manos de otros hermanos para llevarla» (Guallar Alcolea, 2008).

La Cruz In Memoriam durante su estreno en la procesión de la mañana del Viernes Santo de 1984 (fotografía de Fernando Pinilla).

La Cruz en su primera procesión

La Cruz In Memoriam presentando la ornamentación metálica, cantoneras doradas y filacteria con el texto de la séptima Palabra (fotografía de Fernando Pinilla).

La Cruz con los adornos metálicos

Una de las dos cruces “In Memoriam” que actualmente porta la Cofradía, retornando a la sencillez inicial aunque incluyendo el emblema de la Cofradía en el crucero (fotografía de Alberto Olmo).

Las cruces In Memoriam actuales

VII) Los pebeteros e incensarios: enseres con los que nuestra oración sube «a tu presencia» (cf. Sal 141, 2)

Otro de los atributos más característicos de la Semana Santa de Zaragoza, son los pebeteros con los que se esparce el incienso en torno a los distintos pasos donde se portan las imágenes sagradas. Conformados por una larga vara metálica que sujeta un recipiente en forma de cazoleta o platillo, en cuyo interior se coloca una pieza metálica a modo de calderillo en la que se introducen las pastillas de carbón y los granos de incienso para que se quemen. En nuestra Cofradía, los primeros pebeteros se estrenaron en la lluviosa procesión del Viernes Santo 4 de abril de 1969, colocándose en cada una de las esquinas del paso de “La Tercera Palabra”. Realizados por Artesanías Sancho, el mismo taller realizaría en 1992 otros dos pebeteros más con las mismas características para el paso de La Quinta Palabra.

Curiosamente, los dos pasos de la Cofradía que en la procesión titular son portados a hombros no son acompañados por pebeteros sino que para ellos se reservan incensarios o turíbulos. Este objeto litúrgico consiste en una especie de copa con pie labrada en plata, materiales repujados u otros ricos trabajos de orfebrería, la cual contiene la cazoleta para los carboncillos prendidos y el incienso, presentando una tapa con oquedades en la parte superior (a veces, denominada sombrerete) que puede ser desplazada mediante tres cadenas que pasan por otros tantos orificios practicados al efecto, quedando suspendidas de una pequeña placa con argolla. Dicha tapa, suele ir sujeta a una cuarta cadena que, a su vez, termina en otra argolla para subir y bajar a través de una abertura, de tal modo que permita llegar a propagar mayor o menor cantidad de humo (cf. Pazos-López, 2017).

El incienso es una gomorresina granulada obtenida de la incisión del tronco de diferentes especies de la familia de las burseráceas que crecen en diversos lugares de Arabia, India y África, estando reservado desde tiempos remotos a ceremonias religiosas al ofrendarse a diferentes deidades a modo de adoración. Así por ejemplo, los Magos de Oriente incluyeron esta sustancia entre los presentes que ofrecieran en Belén a Jesús recién nacido, reconociendo, por tanto, su naturaleza divina (cf. Mt 2,11). Su aromática fragancia, el humo que se esparce al quemarse y las resinas que lo conforman lo convierten, por excelencia, en la representación de la oración que se eleva hasta el cielo: «suba mi oración, como incienso en tu presencia» (Sal 141,2); y, sus granos sin quemar, signos visibles asociados a las ideas de purificación e incorruptibilidad.

Litúrgicamente, el rito de incensación se utiliza en diversidad de ceremonias y momentos de la celebración eucarística, tal y como posibilita la Instrucción General del Misal Romano. Así puede usarse a voluntad en cualquier forma de Misa ya sea «durante la procesión de entrada; al inicio de la Misa para incensar la cruz y el altar; para la procesión y proclamación del Evangelio; después de ser colocados el pan y el vino sobre el altar, para incensar las ofrendas, la cruz y el altar, así como al sacerdote y al pueblo; o en la elevación de la Hostia y del cáliz después de la consagración» (IGMR, 276-277). Además, y pese a que suele ser portado por el acólito precisamente llamado turiferario, en este contexto litúrgico es el sacerdote quien tiene la exclusiva potestad para proceder a la incensación, empleando tres movimientos para «el Santísimo Sacramento, las reliquias de la santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas para pública veneración, las ofrendas para el sacrificio de la Misa, la cruz del altar, el Evangeliario, el cirio pascual, el sacerdote y el pueblo»; «con dos movimientos del turíbulo se inciensan las reliquias y las imágenes de los Santos expuestas para pública veneración, y únicamente al inicio de la celebración, después de la incensación del altar»; y con un único movimiento, el altar (cf. IGMR, 277).

Y aunque el Ceremonial de los Obispos señala que para estos usos litúrgicos el incienso debe ser «sólo y puro» o, en su defecto, procurando siempre que «la cantidad de incienso sea mucho mayor» a cualquier otra materia con la que se mezcle (CE, 85), lo cierto es que en el ámbito cofradiero es ya una constante que, con objeto de hacer una fragancia cada vez más y más aromática, se realicen mezclas personalizadas con otros tipos de plantas y resinas tales como clavo, canela, mirra, bálsamo de tolú, bejuí, vainilla, pétalo de rosa, romero, sándalo o incluso albahaca, laurel y tomillo, dando como resultado fórmulas magistrales que dotan a determinadas cofradías y hermandades de su propio olor característico, llegando incluso a ser patentadas y comercializadas para su venta.

Adicionalmente a los citados seis pebeteros y a los tres incensarios, el patrimonio de la Cofradía también cuenta con dos enseres que permiten guardar y transportar durante las procesiones los distintos materiales y utensilios necesarios (incienso, carboncillos, encendedores y cucharas). Así en 1969, junto a los pebeteros se fabricó una arqueta o pequeña caja de metal dorado, que recuerda a las antiguas acerras que portaban los sacerdotes de la Antigua Roma durante ceremonias sacrifícales y que luego se esparcía por el altar en llamas (Fatás Cabeza y Borrás Gualis, 1988), incorporando años después una moderna cajetilla de madera que dispone de varios departamentos, siendo habitualmente portadas por miembros de la Sección Infantil.

Uno de los pebeteros de incienso que acompañan a los pasos de la “Tercera” y de la “Quinta Palabra” (fotografía de Jorge Sesé).

Pebeteros

El incensario que acompaña al “Cristo de las Siete Palabras” (fotografía de Jorge Sesé).

Incensarios

La arqueta en la que se guardan y transportan durante las procesiones los distintos utensilios precisos para prender incienso (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Arqueta de incienso

VIII) Las mazas y varas de honor: tributo ceremonial para el «Rey de Reyes»

Otros de los muchos enseres procesionales que posee la Cofradía son las mazas de honor. Estos objetos, que originariamente podrían haber sido armas defensivas portadas por los caballeros medievales, con el tiempo se transformaron en enseres representativos de poder y autoridad apareciendo relacionadas exclusivamente con las ceremonias solemnes de los reyes y, posteriormente, con audiencias, ayuntamientos, diputaciones, universidades, colegios profesionales, cabildos catedralicios, parroquias y cofradías.

Denominadas también mazas de ceremonia, consistían en una vara labrada ricamente y terminada en un esferoide con adornos de crestas y relieves, recayendo la responsabilidad de llevarlas en alguaciles o funcionarios públicos, que precisamente por cumplir esta función recibirían el nombre de maceros. Habiendo perdurado hasta nuestros días en algunas instituciones (como sucede en el Ayuntamiento de Zaragoza, donde se conservan unas artísticas mazas datadas del siglo XVIII labradas por uno de los miembros de la famosa saga de plateros Estrada), los maceros van ataviados con un uniforme muy característico cuyo elemento más destacando es un tabardo, una prenda de abrigo que en el siglo XIII era usada principalmente por labradores como sobretodo, quedando por encima del resto de las vestimentas (a modo de capote con las mangas anchas) pero que posteriormente se transformaría en una especie de rica túnica abierta por los lados, llevando bordado en el pectoral el blasón o escudo de la corporación a la que representan.

Asimismo, estas mazas tienen la peculiaridad de ser portadas sobre uno de los hombros, evocando así a las fasces de los lictores romanos, encargados de acompañar y salvaguardar a magistrados y cónsules. Un haz cilíndrica conformada por 30 varas de madera de olmo o abedul y provista de hacha que, a su vez, ya era símbolo de autoridad pero también de la capacidad para ejercer la justicia, puesto que el instrumento era empleado en la aplicación de castigos corporales o incluso como arma cuando la situación lo requiriese ante un ataque o agresión.

Incorporadas en la procesión del Santo Entierro, posiblemente desde sus inicios con objeto de dar escolta al «Rey de Reyes», de lo que si se tiene constancia es que en el orden procesional de 1860 «dos maceros de la hermandad con mazas» se situaban detrás de las vexillas, precisamente las banderas que aludían al himno latino compuesto en el siglo VI por san Venancio Fortunato, cuyo título procede de su primer verso «Vexilla Regis Prodeunt» (traducido como «Las banderas del rey se enarbolan») y que alude al sentido redentor del sacrificio de Cristo alabado como Rey, exaltando igualmente su trono que es la Cruz.

Desde la procesión matutina del Viernes Santo de 1944, la Cofradía incorporaría cuatro mazas de honor, destinando dos para escoltar al guion titular y otras dos dispuestas al final del cortejo tras la presidencia y que, cuando la marcha se detenía para proceder a las predicaciones, subían a los balcones para acompañar al correspondiente sacerdote. Las mismas, serían portadas por hermanos revestidos con el hábito penitencial completo, aunque desde 1945 y durante algunos años, estos maceros vestirían dalmática, que más bien sería tabardo, como prenda característica de los maceros (tal y como se ha descrito con anterioridad) y por ser la dalmática una vestidura litúrgica reservada exclusivamente para ser vestida por el diácono sobre el alba y la estola.

Tan solo dos años después, en 1947, se procedería a modificar la forma de las mazas de cabecera, «transformándolas en faroles artísticos con forma de antorcha», volviendo a estrenar en 1962 otras cuatro mazas, y procediendo a adquirir en 1970 otras nuevas. Labradas éstas por Artesanías Sancho, están compuestas por una pequeña pértiga dorada sobre la que reposa, a modo de cabeza, una figura prismática hexagonal rematada por una cruz, en número de seis y portadas nuevamente sobre el hombro, seguirían siendo empleadas con la función de acompañar a los predicadores en los balcones durante las predicaciones, usando otra pareja para abrir cada una de las filas de los hermanos de vela y reservando las restantes con el fin de dar escolta a los miembros de la junta de gobierno.

De este modo, quedaba unificada toda la colección, decidiéndose entonces destinar las ocho más antiguas, cuyo modelo se compone de una vara larga (presentando una altura aproximada de dos metros) bañada en metal plateado y rematada por una manzana dorada con orificios que, a su vez, es coronada por el crismón al que se le añaden las letras alfa y omega, con el fin de dar cierre al cortejo procesional. Una posición que, precisamente, daría origen al nombre popular por las que son conocidas: mazas o varas de cierre.

A la derecha, un hermano de la Cofradía preparado antes de la salida procesional del Viernes Santo de 1950, una de las mazas de honor que acompañaban al guion con forma de antorcha (fotografía de Francisco J. Romero).

Antiguas mazas-antorchas

Una de las mazas de honor que actualmente sigue portando la Cofradía (fotografía de Jorge Sesé).

Mazas de honor

Una de las antiguas mazas de honor, reconvertidas hoy en día en varas con las que se cierran los cortejos procesionales de la Cofradía (fotografía de Mario Pastor).

Varas de cierre

IX) Los cetros y cetrillos: distintivo de autoridad y de servicio a los hermanos

Esta insignia se ha utilizado desde tiempos inmemoriales como símbolo de mando, poder y dignidad política o religiosa, sugiriendo su verticalidad «la unión del Cielo y la Tierra en quien lo portaba» (Fernández Muñoz, 2016). Consecuentemente, en el ámbito cofradiero, y al igual que otros enseres similares (tales como pértigas, báculos, palermos o bastones de mando), representan la máxima autoridad en los actos organizados por una cofradía, especialmente, en las salidas procesionales.

Ya en el «Diccionario de Autoridades» de 1729 se describía como una «vara de plata, o de madera cubierta de hoja de ella, o plateada, o pintada de algún color, con su insignia en el remate, o con alguna Imagen, de que usan en processiones, y actos públicos las Cofradías y Congregaciones, llevándolas sus Mayordomos o Diputados», recogiendo así lo que desde el siglo XVI venía dictaminándose en las primitivas reglas de muchas cofradías y hermandades, como la sevillana hermandad del Gran Poder en donde se establecía que estas insignias se diesen a «personas prudentes para el dicho gobierno» (Reglas de la Hermandad del Gran Poder, 1570) o, en nuestra ciudad, en las ordinaciones de 1603 de la Cofradía de San Gregorio y Santa Elena, disponiendo que para su procesión de Miércoles Santo «el mayordomo del archivo lleva el cetro, los diputados los cordones del pendón, mientras que el diputado de Artes, el secretario y los consiliarios celadores portan cetros y platos para recoger limosna durante la procesión» (cf. Olmo Gracia, 2011).

Precisamente, la correlación entre el atributo físico y la persona que lo porta derivaría en denominar hermano cetro al miembro de la junta de gobierno responsabilizado estatutariamente de la organización y desarrollo de la procesión, además de asumir funciones de maestro de ceremonias durante los actos cultuales de la correspondiente corporación. De este modo, encontramos que en las ordinaciones de 1677 de la Hermandad de la Sangre de Cristo se establecía como una de las facultades del mayordomo mayor la «de nombrar a su voluntad quatro personas para los quatro zetros generales».

Al situarnos en una comunidad cristiana, la simbología de la insignia no hace referencia exclusiva a una jerarquía, rango o poder, sino que le otorga una expresión de servicio puesto que, para los cristianos, gobernar es servir porque Cristo «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate de muchos» (Mt 20, 28). Consiguientemente, la función de los cetros no solamente concierne a aspectos tales como revisar el atuendo, las distancias, los horarios o la colocación de los hermanos, sino que su labor primordial está centrada en velar y atender a todos y cada uno de los participantes en la procesión: «el que quiera hacerse grande entre vosotros sea vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos» (Mc 10, 43-44).

La pieza en sí no ha variado sustancialmente su fisionomía a lo largo de los siglos, por lo que sigue estando conformada por una pértiga de madera o de metal dorado o plateado, que en ocasiones presenta ricos motivos labrados presentando una altura aproximada de entre metro y medio y dos metros. En su parte inferior, se encuentra rematada por una contera o regatón y en la superior, por una galleta (que es el término con el que se define la reproducción en orfebrería del escudo de la cofradía o hermandad) o por cualquier otra representación de pequeño tamaño alusiva, como puede ser la imagen titular.

En nuestra Cofradía, los dos primeros cetros fueron portados por el hermano mayor y el ya denominado en los Estatutos fundacionales como hermano cetro, siendo ambos enseres unas sencillas varas de metal dorado labradas y coronadas en la parte superior por un sencillo crismón. Pero a medida que crecía la Cofradía y se multiplicaban las competencias y necesidades de ordenamiento en estos actos públicos, fueron aumentándose el número de estas insignias para los responsables máximos y sus ayudantes, y así fueron adquiriéndose más varas de cetros destinados a nuevos cargos procesionales que se responsabilizarían de las distintas secciones o de tramos concretos del cortejo, apareciendo también la figura de los ayudantes del hermano cetro, que bajo la denominación de cetrillos portan un cetro de menores dimensiones.

Las varas irían experimentando sucesivas variaciones a media que los emblemas de la Cofradía iban modificándose, por lo que la solitaria PX pasó a tener el aditamento de una pequeña corona de espinas metálica como cerco y, finalmente, la del nuevo escudo definitivo que es como siguen presentándose artísticamente las galletas.

Además, y a diferencia de lo que suele ser habitual en otras cofradías y hermandades, el cetro de hermano mayor presenta idénticas características que los demás exceptuando una altura ligerísimamente superior. La misma personifica la máxima representación de la Cofradía, tanto así que el pontífice Urbano VIII en 1626 prescribió que quién la portara durante las procesiones se erigiese en representante de la autoridad durante el desarrollo de la misma. Asimismo, la vara dorada (como se denomina en otros lares por presentarse labradas en materiales de dicho color) manifiesta la dedicación, el esfuerzo y el servicio con que trabaja por y para la Cofradía, por lo que con ella el hermano mayor trata de asemejarse al buen pastor que conoce a sus ovejas, que conoce a todos sus hermanos llegando a dar la vida por ellos (cf. Jn 10, 11).

El Hermano Cetro portando unas de las varas o “cetros” distintivos de su cargo coronado con el segundo de los emblemas utilizados por la Cofradía a lo largo de su historia (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Antiguas varas de cetro

Galleta con el emblema actual de la Cofradía de una de las varas de mandos o “cetros” (fotografía de Alberto Olmo).

Cetros actuales

Cetrillo utilizado por uno de los ayudantes del “Hermano Cetro” para la mejor organización de las procesiones (fotografía de Jorge Sesé).

Cetrillos

X) Los reposteros: convirtiendo los balcones en «púlpitos y ambones callejeros»

Desde la fundación, la Cofradía se vio en la necesidad de indicar y decorar el lugar desde el que se proclamaba cada una de las Siete Palabras de Nuestro Señor en la Cruz y, así, en 1941 y a instancias de mosén Francisco, se mandó preparar, fabricar y bordar, tres reposteros que se hubieron de colocar en los antepechos de los balcones desde donde los sacerdotes dirigían sus predicaciones. Unos tapices, hoy desaparecidos, que eran simples telas de color verde con el crismón, pero dado que sólo eran tres y las palabras siete (pues las penurias de posguerra no dejaban lugar a más dispendios) era necesario desmontarlos y volverlos a montar después de la predicación de una palabra y antes de la siguiente: es decir, la primera pasaba a la IV, la II a la V, y así sucesivamente. Para evitar este trabajoso traslado tapiceril, en el año 1944 se decidiría confeccionar un repostero por cada palabra, dejándolos colocados desde el Jueves Santo en los balcones correspondientes.

Poco más de una década después, concretamente en 1955, se acordaría la adquisición de unos nuevos reposteros que incluyeran el recién remodelado emblema de la Cofradía así como la señalización de las palabras en numeración romana para que se supiese cuál había de ser la prédica y en qué lugar iba a suceder, sirviendo asimismo de convocatoria de la procesión en los días previos.

Unos nuevos reposteros que serían bordados sobre tela de terciopelo verde regalada por el hermano Ignacio Rivera Asensio, y cuyo coste de 500 pesetas por unidad quedaría sufragado por mosén Francisco junto a varios hermanos de la Cofradía. Los tapices serían confeccionados en los talleres del hermano fundador Mariano Cativiela Lacasa, ingeniero industrial textil y continuador del legado emprendido por su abuelo Pedro Cativiela López y su padre Eduardo Cativiela Pérez, quienes, además de regentar los conocidísimos Nuevos Almacenes de Aragón ubicados en la calle Alfonso I donde se confeccionarían muchos de los hábitos de las incipientes cofradías zaragozanas, destacarían por sus vastos conocimientos sobre indumentaria aragonesa y por su filantropía, siendo los impulsores de la primitiva Casa Ansotana del antiguamente llamado Museo Comercial y de la posterior sección de etnología del Museo de Zaragoza ubicada en una de las casas pirenaicas del Parque José Antonio Labordeta.

Cincuenta y cinco años más tarde, en 2010, y con mucho camino andando, con frío, agua y granizo soportado, llegaría la hora de reponer y cambiar los reposteros para hacerlos con la enjundia requerida. Después de la tormenta acaecida en la mañana del Viernes Santo 10 de abril del año 2009 y viendo el estado en que quedaron la mayoría de piezas, la junta de gobierno encargaría al hermano responsable de patrimonio, Jesús Oche Lozano, el estudio y presupuesto para la fabricación de una nueva serie de reposteros, adjudicándose las labores a los talleres de bordado industrial Iberjace S.L., sitos en el antiguo barrio de la Bozada de Zaragoza.

Para los mismos, se optaría por un bordado dorado con el emblema actual de la Cofradía rodeado por una greca bordada, que no cosida, con el mismo dibujo y factura de los reposteros de 1955, y todo con hilo de oro sobre tela de terciopelo verde, aportada por la propia Cofradía, presentando las misma medidas de los anteriores. El remate de los reposteros, es decir, la colocación del forro y las cintas, fue efectuada por las hermanas de la Cofradía que conforman el Grupo de Costura. Un grupo que, entre algunos de sus múltiples trabajos, ya se había encargado de confeccionar unos años antes los catorce reposteros correspondientes a las tantas estaciones del Vía Crucis y que se colocan tanto en el coro alto de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (o, en el de la Parroquia de San Gil, como sucedió en 2021) para el Vía Crucis del Cristo de la Tercera Palabra, como en ventanas y balcones urbanos para el Vía Crucis Parroquial de la noche del Lunes Santo.

Siguiendo este modelo, aunque sin los roleos ornamentales y sin lógicamente indicar ninguna de las Palabras, la Cofradía también encargaría la confección de un repostero que podría denominarse institucional, puesto que es usado con el fin de representarla corporativamente en distintos actos y eventos oficiales, tales como los concursos de instrumentos o el mismo Pregón de la Semana Santa, siendo costumbre moderna el colocar en los balcones del palacio de los condes de Sobradiel (situado en la misma plaza del Justicia) un repostero de cada una de las cofradías, hermandades y congregaciones que integran la Semana Santa zaragozana desde el Sábado de Pasión hasta el Domingo de Pascua.

Sin embargo, al presentarse cada uno de ellos con distintas características, tamaños y calidades, resultando a veces compleja su colocación debido a las limitaciones del espacio y corriendo el riesgo de deterioro por las inclemencias atmosféricas, buscando asimismo un conjunto homogéneo, la Junta Coordinadora de Cofradías de la Semana Santa de Zaragoza decidió encargar una serie de balconeras con los emblemas de todas las cofradías, hermandades y congregaciones que la integran, poseyendo todas las mismas dimensiones (aproximadamente, setenta centímetros de ancho por un metro de alto). Confeccionadas en tejido stretch resistente al agua y al sol y provistas de cuatro cintas en sendas esquinas para su perfecta sujeción, la serie fue encargada a San Cayetano 3, siendo estrenadas las veinticinco balconeras durante la inusual Semana Santa de 2021, permaneciendo colgadas durante esos días en los balcones del Colegio Notarial.

Uno de los primeros reposteros utilizados para señalar el lugar de predicación de las “Palabras”, en el que solo aparece el crismón y sin marcar el número de la Palabra correspondiente (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Primeros reposteros de las Palabras

Repostero correspondiente a la “Tercera Palabra”, uno de los diseñados por el hermano Cativiela (fotografía de David Beneded).

Segundos reposteros de las Palabras

Repostero actual de la sexta Palabra (fotografía de David Beneded).

Actuales reposteros de las Palabras

Repostero de la novena estación del Vía Crucis (fotografía de Pedro Lobera).

Estaciones del Vía Crucis

Repostero “institucional” de la Cofradía, colgado de uno de los balcones del “Colegio Notarial” durante toda la Semana Santa (fotografía de David Beneded).

Repostero institucional

Balconera con el emblema y los colores corporativos de la Cofradía, elaborados en “San Cayetano 3” y colgados en el “Colegio Notarial” durante la Semana Santa de 2021 (fotografía de David Beneded).

Balconera representativa

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-X; 2021); Jesús OCHE LOZANO (X; 2010) y Mariano RABADÁN PINA (aps. I-X; 1996). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Una de los dos cruces “In Memoriam” actuales, ubicada delante del paso de la “Tercera Palabra” durante la procesión del “Santo Entierro” de la tarde-noche del Viernes Santo de 2019 (fotografía de José Ángel Pérez, vía Flickr).

Fotografías secundarias: Diferentes enseres y atributos (ver firma en cada imagen): Alberto Olmo, David Beneded, Fernando Pinilla, Francisco J. Romero, Francisco Javier Fernández, Jesús Oche, Jorge Sesé, Julio Antonio Vicente, Mario Pastor, Óscar Puigdevall, Pascual Soria y Pedro Lobera.