Nuestra comunidad parroquial

La Iglesia Parroquial de San Gil Abad

Como es bien sabido, los primeros hermanos de nuestra Cofradía tenían la obligación de pertenecer a la Juventud Masculina de Acción Católica por lo que, su labor apostólica era desarrollada principalmente en los centros que ésta tenía en las distintas parroquias desperdigadas por la ciudad. Una circunstancia que, añadida al hecho de que al igual que las otras nuevas cofradías y hermandades de la Semana Santa fundadas a partir de 1937, la Cofradía había establecido su sede canónica en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (que no es iglesia parroquial), nos vimos abocados durante más de cinco décadas a no tener vinculación alguna con una parroquia concreta.

Una situación que cambiaría en 1995 cuando, con la renovación de los Estatutos que tenían que ajustarse al nuevo Código de Derecho Canónico, la Cofradía debería introducir algunas modificaciones que la transformarían para siempre, tales como la puesta en marcha de la obra social, la incorporación con pleno derecho de la mujer y la intensificación de la formación espiritual y de la comunión eclesial de sus miembros haciéndose partícipes de los planes pastorales diocesanos.

Para dar mejor cumplimiento a este último objetivo, la junta de gobierno presidida por el hermano mayor Pedro J. Hernández Navascués, consideró la necesidad de incorporar a la Cofradía en el seno de la comunidad parroquial de San Gil Abad, procediendo a la tramitación formal de la adscripción con fecha 18 de diciembre de 1996, solicitándose «poder recibir todos los beneficios espirituales que esta parroquia pueda proporcionarnos y a la vez, en cumplimiento de los nuevos estatutos de la Cofradía, poder desarrollar las actividades pastorales que en esa Comunidad se nos puedan asignar», lo que quedó aceptado y rubricado tanto por el párroco, Rvdo. D. Mario Gállego como por el vicario general de la Archidiócesis de Zaragoza, Ilmo. Sr. D. Francisco Martínez García.

I) Una devoción francesa en el centro de Zaragoza: san Gil, abad

La imagen de San Gil Abad ubicada en la portada principal de iglesia, ubicada en la actual calle Don Jaime I (fotografía de David Beneded).
La imagen de San Gil Abad ubicada en la portada principal de iglesia, ubicada en la actual calle Don Jaime I (fotografía de David Beneded).

Dos preguntas resultan claves para entender la titularidad de nuestra comunidad parroquial: La primera parece evidente, ¿quién era san Gil y por qué fue tan relevante como para tener dedicada en su honor una de las principales parroquias de Zaragoza, inserta en pleno casco histórico?.

Tratando de hallar una respuesta rápida y sencilla, acudiríamos al Martirologio Romano y veríamos que, efectivamente, el día 1 de septiembre se conmemora «en la región de Nimes, de la Galia Narbonense (hoy Francia)» a un santo que vivió entre los siglos VI y VII llamado san Egidio o Gil, «cuyo nombre adopta la población que después se formó en la región de la Camargue y donde se dice que el santo había erigido un monasterio y acabado el curso de su vida mortal».

Efectivamente, san Egidio cuyo significado de origen griego puede ser «el que destaca en la batalla» nació en Atenas en el lejano siglo VI, dentro de una de las casas más nobles del lugar. Todavía muy joven quedó huérfano y heredero de una gran fortuna que muy pronto repartió entre los pobres de su ciudad y embarcó con destino a Francia, deseoso de conocer a san Cesáreo. Una vez aquí, tras pasar dos años con el santo francés y ser uno de sus principales discípulos, comenzó a protagonizar una serie de milagros que muy pronto lo convirtieron en destino de la peregrinación de muchos fieles. Para evitar todo esto, decidió atravesar el Ródano y refugiarse primero en una ermita y posteriormente en una gruta para vivir como eremita y poder pasar largos años de su vida orando y en soledad. Como único sustento, san Gil contó durante todos estos años con el alimento que le proporcionaba una cierva.

Un día acertó a pasar cazando por este bosque el rey Childeberto, quién al avisar a la cierva azuzó a sus perros contra el indefenso animal, la cierva huyó rápidamente a la gruta donde se encontraba san Gil buscando el refugio y la protección del santo varón.

Lo milagroso del hecho, y lo que ha marcado la iconografía de este santo ya para siempre, fue que la cierva se situó en el interior de la gruta al lado de san Gil y los perros quedaron inmóviles a la entrada de la cueva. Los soldados del rey pensando que habría algún animal peligroso dentro de la gruta que atemorizaba a los perros, comenzaron a disparar flechas, una de las cuales fue a herir a san Gil.

Conocido el suceso por el monarca, visitó al herido con asiduidad, pidiéndole consejo y agradeciéndoselo con la construcción de un monasterio en la misma gruta, al que encargó su dirección nombrándolo abad del mismo. A partir de ese momento, san Gil se convierte en el protagonista de una serie de milagros que hacen famoso su nombre en toda Francia y aun viaja a Roma donde es recibido por el Papa con veneración. Un primero de septiembre de finales del siglo VI, san Gil fallece en loor de santidad y gran devoción en las tierras galas.

Resulta curioso como “nuestra parroquia” tiene por titular un santo cuya devoción principal surge en Francia. ¿Cómo es esto posible y qué relación tiene con la muy benéfica e inmortal, muy noble y muy heroica ciudad de Zaragoza?. Para hallar respuesta a la segunda de las cuestiones que se planteaban al inicio, hay que remontarse a la conquista de la ciudad por el ejército de Alfonso I en el año 1118. Junto al hijo de Sancho Ramírez, lucharían un elevado número de señores feudales del otro lado de los Pirineos que aportaron sus milicianos a las tropas del monarca aragonés, por lo que tras el éxito conseguido serían recompensados con el nombramiento del primer señor de Zaragoza de Gastón de Bearn.

Al Batallador le acompañaba también el obispo Esteban de Huesca-Jaca, quien cooperaría activamente en la toma de la ciudad siguiendo el fervor y sentimiento de Cruzada. Una vez terminada la conquista, Alfonso I comenzaría la ordenación eclesiástica de la ciudad recién ocupada, y tras acatar el nombramiento papal del obispo de Zaragoza Pedro de Librana (quién precisamente también era de origen galo) decidió recompensar a su amigo, consejero y colaborador obispo de Huesca con la concesión de una iglesia fuera de la muralla (las Santas Masas, confirmando la cesión realizada en 1089 por Sancho Ramírez a la catedral de Jaca) y otra dentro del recinto amurallado (San Gil), en la que situó posiblemente a un buen número de bearneses, dándoles una advocación conocida y venerada por ellos.

II) Una iglesia-fortaleza con una torre mudéjar incluida en el Patrimonio Histórico Español

Cuerpo superior de la torre mudéjar de la Iglesia Parroquial de San Gil Abad vista desde la calle Don Jaime I (fotografía de David Beneded).
Cuerpo superior de la torre mudéjar de la Iglesia Parroquial de San Gil Abad vista desde la calle Don Jaime I (fotografía de David Beneded).

Como se decía anteriormente, la Parroquia fue creada tras la reconquista de Zaragoza en 1118 y entregada por Alfonso el Batallador al obispo de Jaca-Huesca en pago por los servicios prestados durante la toma de la ciudad a los musulmanes. Sin embargo en 1145 el obispo de Palencia sentenció que esta iglesia se incorporase a la jurisdicción de la diócesis de Zaragoza, desconociéndose la tipología del templo, especulándose si pudiera haber sido una iglesia románica que quedaría pequeño a las necesidades de la creciente población, lo que obligaría a ampliarlo en el segundo tercio del siglo XIV por una nueva construcción mudéjar.

Esta iglesia mudéjar correspondía al prototipo de las llamadas iglesias-fortaleza, de planta rectangular con una cabecera recta con tres capillas y nave única con tres tramos, abovedados con crucería sencilla, a los que abren a ambos lados tres capillas entre las torres-contrafuerte; sobre estas capillas y sobre las del presbiterio, circundando toda la nave, va una tribuna o paseador, que constituye una galería abierta al exterior en arcos apuntados.

Posteriormente, entre los años 1719 y 1725 se llevaría a cabo una reforma integral de la iglesia parroquial como respuesta a la necesidad de dar entrada al templo por la calle nueva de San Gil (actual Don Jaime I) consistente en cambiar la orientación del templo, derribándose los testeros que pasaron de ser rectos a poligonales, por lo que la puerta de acceso del templo se situó en el este, donde anteriormente estaban las tres capillas del altar mayor, y el presbiterio pasó al oeste donde antes estaba la puerta de entrada.

La citada reforma respetaría todos los muros laterales y su estructura de capillas (tres en cada lado) y tribunas, cambiando en el interior el aspecto de las capillas, al enmascarar con las actuales bóvedas las originales que se conservan sobre ellas. También fueron sustituidos los abovedamientos de la nave, por las actuales cubiertas de cañón con lunetos, además de la redecoración del interior. Por su parte, la nueva portada, que flanquearía la entrada tras la reorientación, constaba de un arco de medio punto, flanqueado por pilastras dobladas, con entablamento y hornacina para la escultura del santo titular del templo, y se trataba de una construcción con alternancia de piedra y ladrillo.

Sin duda, el elemento más singular de la iglesia parroquial es su torre, que ya era mencionada en el año 1356 debido a los preparativos de defensa de la ciudad en la guerra “de los dos Pedros”. La misma posee cuatro cuerpos, y está situada en el lado norte del edificio entre el segundo y tercer tramo de la iglesia mudéjar, perteneciendo su parte inferior a la fábrica anterior. En sus dos primeros cuerpos se puede observar que es de planta cuadrada con machón central macizo y bovedillas características por la aproximación de hiladas; por encima del piso de tribunas pasa a la planta rectangular, prolongándose en dirección norte-sur, lo que obliga a socalzar mediante un arco apuntado esta diferencia de planta sobre contrafuerte y muro de la iglesia. Un “arreglo” que respeta la deambulación de las tribunas y proporciona una altura mayor, lo que permite una mayor decoración (mayor espacio decorativo, especialmente en el tercer cuerpo y en sus lados oriental y occidental).

El cuerpo que recoge la campana presenta dos registros de vanos, doblando en altura el número. Los vanos inferiores apuntados, partidos en dos arcos gemelos de herradura apuntada o túmidos, también son túmidos en el registro superior. La decoración de ladrillo resaltado de los tres cuerpos se potencia a medida que se gana altura, esto permite que se pueda visualizar mejor en la perspectiva urbana medieval.

En el primer cuerpo decoran unas bandas en zigzag y cruces de múltiples brazos formando rombos, dentro de estos rombos se pueden observar discos de cerámica. En el segundo cuerpo encontramos paños de arcos mixtilíneos y lobulados entrecruzados formando rombos, lo que es una tendencia decorativa de raíces almohades. Y en el tercer cuerpo cruces de múltiples brazos formando rombos, también recuadros en alfiz en los vanos del registro inferior. El sistema de abovedamiento del cuerpo de campanas destaca debido al paso que se realiza de la planta cuadrada a la rectangular; observamos que esto se realiza por medio de bóvedas apuntadas en los lados, dirección este-oeste, y paso del cuadrado al octógono mediante trompas de ángulo con ladrillos en saledizo, lo que también nos refleja la influencia musulmana.

III) El monumental retablo mayor encargado por la Parroquia en 1628

El retablo mayor de la iglesia parroquial, realizado en 1631 por el escultor Raimundo Senz y el ensamblador Juan Bautista Lufrio (fotografía de David Beneded).
El retablo mayor de la Parroquia, realizado en 1631 por el escultor Raimundo Senz y el ensamblador Juan Bautista Lufrio (fotografía de David Beneded).

El primero de los retablos de la parroquial de San Gil de los que se tiene constancia es el estudiado por María del Carmen Lacarra Ducay, catedrática de Historia del Arte Antiguo y Medieval de la Universidad de Zaragoza, tratándose de un retablo datado de la segunda mitad del siglo XV que estaba pintado sobre tabla encargado por el capítulo de señores de San Gil a los pintores Miguel Ximénez y Martín Bernat. De este modo, el 24 de febrero de 1477, se firmaba el contrato ante el notario Cristóbal de Aina según el cual los pintores Bernat y Ximénez, se comprometían a «obrar, pintar, deboxar e del todo perfectament acabar el retaulo del et pora el altar mayor de la yglesia de Sant Gil…».

Precisamente, la misma doctora Lacarra, hallaría en 1978 las capitulaciones y contratos (además de la traza) del nuevo retablo que la Parroquia contrataría en 1628 con el ensamblador Juan Bautista Lufrío, firmando la traza el escultor Raimundo Senz, obligándose su construcción en el plazo de tres años. Con posterioridad fue dorado, pintado y estofado entre 1648 y 1649 por Juan Orcoyen, utilizando como parte de pago la cantidad legada al templo por una disposición testamentaria dictada en 1643 por el matrimonio formado por Juan Falcón y María de Artazos.

Un retablo que, tras las nuevas reformas acometidas en el templo, en 1725 abandonaría su emplazamiento original en el primitivo ábside de la iglesia (que corresponde en la actualidad a la parte de los pies, donde se abre la puerta de ingreso desde la calle Don Jaime I), para ubicarse en el lugar donde ya ha permanecido impermutable desde entonces. De concepción romanista, y presentando algunas diferencias con la traza conservada, y tallado en madera de pino, se siguió en su traza «la forma y como Jacobo de la Viñola en su libro de arquitectura lo tiene dispuesto». En altura se superponen los órdenes arquitectónicos clásicos: dórico en el banco, corintio para el cuerpo principal y compuesto para el segundo cuerpo.

Desde el punto de vista constructivo, se compone de sotabanco, banco y dos cuerpos con tres calles cada uno de ellos. Desaparecido un sotabanco de aljez o yeso, apoya directamente el retablo en el sotabanco de madera, con decoración de carnosas cartelas pintadas en blanco. Sobre éste se desarrolla el banco que presenta dos mediorrelieves con la “Adoración de los pastores” y la “Adoración de los Reyes” (o Epifanía), entre las imágenes de los cuatro evangelistas, Marcos, Juan, Mateo y Lucas, dentro de hornacinas aveneradas. En el centro destaca el sagrario construido por los mismos artífices del retablo, Ramón Senz y Juan Bautista Lufrio, entre 1635 y 1636, fecha esta última en la que fue dorado por Juan Domínguez. El cuerpo principal se encuentra distribuido en tres calles por cuatro elevadas columnas corintias de orden gigante y fuste estriado, en cuyos plintos fueron representados, en mediorrelieve, los Padres de la Iglesia Latina.

En la calle central, de mayor anchura que las laterales y ocupando una gran hornacina con arco rebajado, poco profunda, encontramos la imagen de san Gil Abad, titular de la parroquia. Posiblemente se trata de una escultura proveniente de un retablo anterior, de factura mucho mejor que la que corresponde al resto de las imágenes que figuran en este retablo. Aparece el santo abad revestido con ropa litúrgica, alba, amplia capa pluvial, báculo en su mano derecha y mitra abacial sobre su cabeza. A su lado, la cabeza de la cierva herida que el anacoreta protegió cuando era perseguida por los cazadores del rey de Francia, situándose sobre la hornacina central la imagen en busto de Dios Padre.

En las calles laterales, que se rematan por frontones partidos de tradición herreriana, se superponen una hornacina con arco de medio punto y un relieve. En las hornacinas encontramos la imágenes de San Pedro, con la tiara pontificia que sostiene con su mano izquierda, y san Juan Bautista, con la cruz de precursor y el cordero a sus pues. Los relieves representan dos escenas de la Pasión de Cristo: la Oración de Jesús en el huerto y la Flagelación en el pretorio. En el cuerpo superior el Calvario, con las imágenes monumentales de Cristo crucificado y a sus lados las de la Virgen María y san Juan, enmarcado por dos columnas de orden compuesto que soportan un frontón partido en cuya parte central una carnosa cartela presenta al Espíritu Santo en forma de paloma.

A ambos lados, en dos hornacinas, las imágenes de san Miguel Arcángel y del dominico San Pedro Mártir de Verona, quedando rematado el retablo con la aparición de cinco esculturas en el ático que representan las virtudes de la Fe (en el remate), la Justicia, la Fortaleza, la Caridad y la Esperanza. Complementariamente, también aparecen los alerones de estilo barroco, con decoración floral que enmarcan lateralmente el retablo son restos de la suplementación barroca con puertas que cerraba el acceso al coro bajo y que fue colocada en 1725 al instalarse el retablo en este lugar.

IV) Las imágenes de los santos anacoretas esculpidas por José Ramírez de Arellano

La imagen de san Caprasio, la última de la serie de santos anacoretas encargada por la Parroquia al insigne escultor José Ramírez de Arellano (fotografía de David Beneded).
Medio plano de la imagen de san Caprasio, la última escultura de la serie de santos anacoretas encargada por la Parroquia al insigne artista José Ramírez de Arellano Fotografía de David Beneded.

La advocación de San Gil, abad y anacoreta, como titular de una de las iglesias parroquiales de mayor tradición en la capital aragonesa, determinará que con motivo de la redecoración dieciochesca del templo se llevara a cabo un interesante programa iconográfico de santos anacoretas y penitentes, con grandes imágenes de tamaño mayor que el natural, que se colocaron sobre vistosas y ricas ménsulas de madera dorada en los pilares del templo, a ambos lados de las embocaduras de las capillas laterales. Y este programa, compuesto por san Antonio Abad, san Caprasio, santa María Egipciaca, san Macario Abad, san Hilarión Abad, santa María Magdalena y san Pablo, se completará con los medallones que decoran el púlpito y que narran distintos momentos de la vida de San Gil.

Este conjunto escultórico es obra de José de Ramírez de Arellano y seis de estas imágenes ya se encontraban en sus lugares el día de la festividad de San Gil, 1 de septiembre de 1745, por lo que su ejecución debió ser poco anterior. El 10 de septiembre, concluida la novena de San Gil, se celebró en el mismo templo una fiesta votiva en «hacimiento de gracias de las seis estatuas y dos tarjetones dorados que dio y pago un devoto, que son las mismas que están puestas en los machones de la Iglesia» (Boloqui Larraya, 1983).

A propósito del donante, “un devoto”, se han barajado distintas posibilidades, apuntándose que se trataría del arzobispo de Zaragoza y gran promotor de las artes don Francisco Ignacio de Añoa y Busto (cf. Boloqui Larraya, 1981); mientras que por otra parte, con grandes visos de verosimilitud, pudieron deberse al mecenazgo del matrimonio formado por doña Manuela Forner y el doctor don Pedro Azpuru, abogado de los Reales Consejos y apunta como causa de esta donación el suceso que tuvo lugar el día 17 de julio de 1744 al caer un rayo en la capilla de san Nicolás, propiedad de la familia Forner, cuando se celebraba misa en su altar, sin que afectara a ninguno de los numerosos asistentes a los divinos oficios, lo que fue considerado como un milagro (cf. García de Paso Remón, 1985).

Tal como se pone de manifiesto en la documentación existente, la donación del devoto anónimo consistió en «seis estatuas y dos tarjetones», por lo que la séptima de la esculturas y el púlpito actual, fueron obras posteriores, tal como documentó García de Paso Remón (1985), pues el 22 de septiembre de 1747 se pagaba al maestro de obras Onofre Gracián la cantidad de 16 libras y 4 sueldos por quitar los dos púlpitos que había en la iglesia y colocar en sus lugares el púlpito nuevo y la otra estatua, indudablemente, la de san Caprasio. Para esta séptima escultura y para el púlpito, debe mantenerse la misma autoría de Ramírez de Arellano y posiblemente debieron ser sufragados sus costes por la propia parroquia, pues el ya mencionado Gracián, al cobrar sus honorarios, dejó como ayuda para pagar el púlpito la cantidad de 2 libras y 4 sueldos.

De altura aproximada todas ellas, las de los santos varones alcanzan los 2,10 metros de altura, mientras que las imágenes de las dos santas miden 1,80 aproximadamente, afirmando que en estas obras «el arrepentimiento, la penitencia, y una vida de anacoretas en el desierto fueron excelentes medios para que Ramírez exhibiese sus habilidades con la gubia, llegando a un gran virtuosismo en el tratamiento anatómico y en la versatilidad de unas poses y ademanes en los que el aragonés no parece encontrar ningún obstáculo» (Boloqui Larraya, 1991).

La primera de las imágenes que ocupan el lado del evangelio, justo en el presbiterio, es la de san Pablo ermitaño, uno de los santos más destacados del eremitismo cristiano. Representado de pie, como el resto de las imágenes que integran la serie, y con una de las piernas adelantada, que apoya en una pequeña roca, llama la atención por su extremado movimiento la diagonal que producen sus extendidos brazos. De modelado rotundo y con cuidadosos detalles, tanto en la anatomía como en la indumentaria, características éstas de toda la colección, destaca la cabeza con corta melena rizada y larga y ensortijada barba. Viste túnica confeccionada con hojas de palmera entretejidas, lo que le confiere ese color amarillento propio de la palma. La túnica, que se ciñe por una faja de tela, tiene solo una manga, la izquierda, lo que permite ver desnudo parte del pecho y el brazo derecho, en el que Ramírez pone de manifiesto sus grandes dotes para el tratamiento de las anatomías.

También en el presbiterio, frente a la anterior, se ubica la imagen de san Antonio Abad, representado al modo tradicional como un anciano barbudo, vistiendo hábitos monacales, con túnica marrón, escapulario corto y capa también corta con capuchón, todo ello del mismo color, recordando la indumentaria de “los Antonianos”. En su mano izquierda sostiene un gran libro, abierto, que sin embargo no lee, pues su cabeza, con escaso pelo, pero larga barba grisácea, está girada en sentido contrario y mira hacia el suelo. Con la mano derecha sostiene un bastón de terminación curva. A sus pies, y como suele ser habitual en su iconografía, se sitúa un cerdo (en este caso, solo la cabeza) cuya presencia, sin embargo, no está relacionada tanto al propio santo sino a la orden que bajo su advocación se fundó en el siglo XI, la cual, y para mantener sus encomiendas y hospitales, criaban cerdos que tenían el privilegio de vagar por las calles de los pueblos y por los terrenos comunales, reconociéndoseles por la campanilla que tintineaba en sus cuellos, campanilla que se ha convertido también en otro atributo del santo abad, aunque en esta ocasión no figure.

El siguiente santo que aparece en la nave de la epístola es san Caprasio, que como se ha señalado anteriormente, no corresponde al primer encargo de seis estatuas sino que fue colocada en el año 1747, dos años después. El encargo a José Ramírez, a quien se atribuye la obra, pudo llevarse a cabo por la propia parroquia o, tal vez, por la cofradía de Santa Fe ya que son dos cultos muy vinculados puesto que ambos fueron mártires en la ciudad francesa de Agen, a principios del siglo IV, por lo que es posible que los cofrades de Santa Fe vieron la ocasión de completar el programa de los anacoretas de la iglesia de San Gil dedicando una imagen al santo que animara a su santa titular a dar la fe por Cristo. Viste lo que parece ser túnica sacerdotal, con cuello blanco con picos, y sobre ella, un manto de anacoreta, forrado de piel y ceñido por una banda de tela de las mismas calidades. De su cintura, por el lado izquierdo, cae un rosario con gruesas cuentas, algunas perdidas, y la cruz que se conserva. En su cabeza destaca su corta cabellera y la cuidada barba, que contrasta con las desmesuradas barbas de sus santos compañeros y lleva un solideo que debe hacer referencia a su dignidad episcopal, y que no encontramos reflejada de ninguna otra manera en la imagen. Lleva la mano derecha hacia el pecho y extiende el brazo y la mano izquierda, en la que le faltan parte de sus dedos, por lo que no podemos saber cuál era el atributo que portaba y que parece mirar con devoción, tal vez un crucifijo o la palma del martirio.

Ocupando el tercer tramo del templo, en el lado del Evangelio, se sitúa santa María Magdalena representada de pie, con su pierna izquierda adelantada y los pies colocados en distinta altura. Su cuerpo se cubre con túnica y manto, éste último de color amarillo, vestimentas que dejan desnuda la parte superior de su cuerpo. La cabeza la tiene ligeramente hacia atrás y destaca en ella el cuidadoso tratamiento de los cabellos, que caen, tanto por delante como por detrás, en largos y modelados mechones. Como atributos personales sostiene con su mano izquierda una calavera, propia de los penitentes y en el lado contrario, a sus pies, se encuentra el pomo de las esencias con las que ungió a Cristo.

Enfrente de “la Magdalena”, se encuentra otra de las santas penitentes, santa María Egipciaca que, a diferencia de otras representaciones, no se presenta demacrada en exceso conservando todavía bellas facciones, enmarcada la cabeza por una amplia cabellera negra que le cae sobre los hombros y por la espalda. Ligeramente girada la figura hacia los pies del templo, a dónde mira, y con la pierna derecha levemente adelantada, viste la santa una amplia túnica de tono pardo grisáceo, raída, con remiendos (tratados con sorprendente naturalismo cuando fue policromada la talla), que ciñe con un cinturón y que solamente se enriquece por el pañuelo que lleva sobre el pecho, azul con listas amarillas, algunas ribeteadas de rojo. El brazo izquierdo lo aproxima hacia su pecho y sostiene una tosca cruz de madera, mientras que extiende el derecho, en cuya mano le faltan dos dedos. La forzada ubicación de la cruz nos puede hacer pensar que tal vez, originalmente, ésta fuera sostenida con la mano derecha.

El fundador de la vida anacorética en Palestina, san Hilarión, queda representado con cierta originalidad, con sus piernas desnudas y cruzadas, apoyado el brazo derecho sobre un tronco, de notable realismo. Apoya la cabeza, con pelo corto y ensortijado y larga blanca, sobre la mano derecha, en actitud de meditación. Respecto a la indumentaria, viste una túnica de piel y sobre sus hombros y brazo izquierdo cae un tejido con listas de distintos colores, posiblemente la prenda que le dio san Antonio Abad, según cuenta san Jerónimo. Con su mano izquierda sostiene una calavera, como atributo de los santos penitentes, al igual que lo es el látigo que cuelga de uno de las cortadas ramas del árbol. Se ubica en el último tramo de la iglesia, en el lado del Evangelio.

Frente a la anterior, se sitúa el abad san Macario de Alejandría, conocido también como el “Grande” o el “egipcio”. Hombre de cuerpo muy resistente, pues entre todos los monjes era él quien más fuertes mortificaciones hacía, el que más ayunaba y más rezaba y bajo los insoportables calores del sol a 40 grados no protestaba por el bochorno y tampoco bebía agua, al igual que no buscaba refugio durante los fríos de la noche, con varios grados bajo cero. Y así lo concibió Ramírez de Arellano, corpulento, con pelo corto pero con larga barba, vistiendo hábitos monacales, con túnica y escapulario corto, con capucha, todo ello de tono marrón. La representación alcanza un alto grado de realismo al presentar un roto en la túnica por el que aparece la rodilla, sujetando con la mano izquierda un gran libro, encuadernado en pergamino, que parece leer. En su otra mano, ahora vacía, probablemente antaño llevara un racimo de uvas, hoy perdido, pues cuentan la hagiografía del santo que un día, viviendo en aquel desierto tan caluroso le llevaron de regalo un racimo que, por mortificación, no quiso comer regalándolo al monje que vivía próximo a él.

Finalmente, completando toda la serie de anacoretas, se halla desde 1747 el magnífico púlpito también tallado por Ramírez de Arellano, que presenta cinco relieves con escenas de la vida de San Gil, todos ellos «separados por seis pilastras avolutadas de adornados frentes con festones de flores y borlas… y debajo a plomo con las columnas, otras tantas cabecitas de angelotes y cartelas unidas por un festón simulando telas» (Boloqui Larraya, 1983). De gran belleza y rica talla dorada, las escenas muestran al santo como peregrino hasta la Galia, en la gruta con la cierva abatida, diciendo misa ante un rey, dando limosna a un mendigo y, finalmente, vestido con indumentaria monacal sosteniendo una de las puertas de su monasterio.

Nuestra Señora de San Gil (fotografía de David Beneded)

Ntra. Sra. de San Gil

El 2 de febrero de 2013 y ante la presencia de la junta de gobierno y el coro de nuestra Cofradía, fue entronizada en la antigua capilla bautismal una excelsa imagen de la “Virgen y del Niño” cuya datación podría ser de la misma época de la erección de la propia Parroquia, es decir de finales del siglo XII. En ella, se puede apreciar la transición del románico hacia los albores de la luminosidad y espiritualidad del gótico. Tallada en madera y policromada, la “Madre de Dios” porta en la mano diestra un pomo (que bien pudiera ser una pera o una manzana) como atributo de la «nueva Eva».

San Nicolás de Bari (fotografía de David Beneded)

San Nicolás de Bari

El santo esculpido por Ramírez de Arellano, que se presenta con su característica mitra, báculo y junto al cubo con los tres niños del milagro más popular (y apócrifo) atribuido al que fuera obispo de Mira, preside este retablo barroco construido a raíz de la renovación de la Parroquia a expensas de la familia de Forner, pero que sufriría daños por el rayo caído en 1944. En el mismo aparecen también pequeñas imágenes de distintas épocas de san Roque, san Juan Bosco, san Pedro mártir de Verona, san Babil, san Pascual Bailón y una deteriorada santa Teresa de Jesús en el ático.

Nuestra Señora de los Desamparados (fotografía de David Beneded)

Ntra. Sra. de los Desamparados

Retablo barroco de mitad del siglo XVII, dorado por Miguel Sierra en 1796 dedicado inicialmente a San Joaquín pero que desde 1862, su hornacina central es ocupadapor la titular de la Muy Ilustre y Antiquísima Hermandad de Ntra. Sra. de los Desamparados. Una advocación de gran arraigo en la parroquia puesto que en el siglo XIV ya se erigiría una capellanía en el hospitalicio de niñas huérfanas de Santa Fe, y cuya devoción fue de nuevo propulsada gracias a los valencianos residentes en Zaragoza y al impulso del bordador Vicente Cormano, quien donó sus ricas vestimentas.

Santa Elena emperatriz (fotografía de David Beneded)

Santa Elena

En la antigua capilla dedicada a santa Fe, que ahora hace las veces de capilla bautismal ubicándose también parte de la sillería del coro realizadas a finales del siglo XVII por Ayet y Pérez de Artigas, se haya un retablo barroco de mazonería tallado en madera de pino dorada al agua que, desde 1921, preside una imagen de santa Elena obra de Matías Ayerdi en 1820 y que era titular de una antigua hermandad fundada en 1760 en el convento de San Francisco alcanzando notable reputación pero que se vería obligada a deambular por distintas iglesias tras los Sitios hasta su definitiva extinción.

San José (fotografía de David Beneded)

San José

Pequeño retablo construido a mediados del siglo XIX y cuya autoría podría ser del tallista Justo Pueyo, en el que se presenta un medallón en el ático con la sierra y la azucena, atributos propios de san José, presentándose en su hornacina central una imagen academicista del Patriarca con el niño Jesús sujetado con su brazo izquierdo. Hasta hace poco tiempo y antes de que fuera trasladada a la sacristía, en la hornacina inferior se exponía una “Virgen de la Piedad” de la escuela castellana del siglo XVII, siendo sustituida por una imagen de Cristo crucificado de dimensiones reducidas.

San Antonio de Padua (fotografía de David Beneded)

San Antonio de Padua

Ajetreada ha sido la historia de esta capilla que originariamente estaría dedicada a san Cristóbal, fue fundada antes de 1567 por micer Miguel Anchías, pasando después a la casa de los Duques de Híjar, cedida más tarde a las Hijas de María y, desde 1898, a la Pía Unión de San Antonio de Padua, que colocarían una imagen del escultor valenciano Damián Pastor y Mico. Entre los múltiples lienzos y esculturas que ornamentan el retablo, destacan las imágenes ubicadas en los laterales de “San Cristóbal” y de “San Joaquín con la Virgen niña”, ésta última tallada por Antonio Palao.

Altar del Santo Cristo (fotografía de David Beneded)

Santo Cristo

Retablo que fue costeado a mediados del siglo XVIII por Miguel de Aoiz y Ciprés y cuya traza corresponde a un modelo difundido por el arquitecto Julián Yarza. Está presidido por un Calvario cubierto con un dosel, con imágenes de Cristo muerto, la Virgen y san Juan, relacionándose su autoría por Manuel Guiral (cf. Morales Marín, 1977). En las calles laterales se sitúan sobre ménsulas unas imágenes de san José y santa Teresa, coronándose con una imagen del arcángel san Miguel, disponiéndose fuera del retablo otras imágenes del Sagrado Corazón y de san Ramón Nonato.

María Auxiliadora (fotografía de David Beneded)

María Auxiliadora

Retablo de estilo neoclásico de finales del siglo XVIII inicialmente dedicado a la Virgen de los Dolores, pero que desde principios de siglo XX preside por la imagen de la Asociación de los Devotos de María Auxiliadora, quienes establecerían su sede en la Parroquia tras un fugaz paso por la iglesia de la Santa Cruz, siendo realizada la talla en 1908 en los talleres de los salesianos de Sarria. En sus inmediaciones, y junto a la puerta que da acceso a la sacristía, se halla una imagen de santo Dominguito de Val colocada en 1807, y que tras ubicarse en otros lugares, retornaría en el siglo XXI.

VIII) Información Parroquial

Logotipo de la Parroquia de San Gil Abad

Información de Contacto

Dirección: C/ Don Jaime I, 15 (50003 – Zaragoza)
Teléfono de contacto: 976 296 898
Despacho: laborables, de 18:00 a 20:00 h.

Icono Eucaristía

Horarios de Misas

Laborables: 8:30 y 19:00 horas
Sábados: 8:30, 19:00 y 20:00 horas
Domingos y festivos: 8:30, 11:00, 12:00 y 12:45 h.

Misas de las Cofradía

Misa de la Cofradía: todos los domingos, 12:45 h.
Misa difuntos: último domingo de mes, 12:00 h.
Coro: misa primer sábado de mes, 19:00 h.


Además de los horarios de culto, y bajo el lema «Entramos hasta la Sacristía», Alma Mater Museum organiza visitas guiadas a las dependencias de la iglesia, estando especialmente dedicadas a descubrir las relaciones que a lo largo del tiempo ha mantenido la parroquia con sus feligreses y vecinos y cómo las mismas influyeron en su fábrica y decoración. Esta visita se adentra en los corredores, descendiendo a la cripta y descubriendo cámaras y espacios ocultos, teniendo el coste de 8 €uros por persona:

  • Horario de invierno (del 1 de octubre al 30 de mayo): sábados a las 10:30 horas.
  • Horario de verano (del 1 de junio al 30 de septiembre): viernes a las 19:45 horas

Más información y reservas en la web de Alma Mater Museum, en el email info@almamatermuseum.com o en el teléfono 976 39 94 88.

Referencias Bibliográficas

  • ANTIQUE (2006). El retablo de San Antonio de Padua, en la Iglesia Parroquial de San Gil Abad. En Revista de la Parroquia de San Gil Abad año 2006, págs. 22-30. Zaragoza: Parroquia de San Gil Abad
  • ANTIQUE (2008). Memoria de la restauración del retablo de San Nicolás de Bari. En Revista de la Parroquia de San Gil Abad año 2008, págs. 4-11. Zaragoza: Parroquia de San Gil Abad
  • ANTIQUE (2010). Memoria de la intervención en la capilla del Bautismo: retablo de Santa Elena y coro de la Iglesia Parroquial de San Gil Abad. En Revista de la Parroquia de San Gil Abad año 2010, págs. 21-28. Zaragoza: Parroquia de San Gil Abad
  • BOLOQUI LARRAYA, B. (1977). Estudio histórico documental sobre la escultura de los Ramírez en las iglesias de Zaragoza. En Seminario de Arte Aragonés nº 22-23-24, págs. 21-80. Zaragoza: Institución Fernando el Católico
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  • BOLOQUI LARRAYA, B. (1983). Escultura zaragozana en la época de los Ramírez, 1710-1780, vol. 1. Granada: Ministerio de Cultura, Dirección General de Bellas Artes y Archivos, Centro Nacional Información Artística, Arqueológica y Etnológica
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Autoría del artículo: Azahara PINTANEL ALCÁZAR y Joaquín PINTANEL MARTÍNEZ (ap. II, 1998); Wifredo RINCÓN GARCÍA (aps. III-IV; 2005); Francisco Javier ROMERO FERNÁNDEZ (intr., 1999-2008); Armando SERRANO MARTÍNEZ (aps. I; 2001). Zaragoza: Parroquia de San Gil Abad.

Fotografía de cabecera: La peana del “Cristo de las Siete Palabras” en el lateral del retablo mayor de la Parroquia de San Gil Abad, la comunidad parroquial a la que se encuentre adscrita nuestra Cofradía (fotografía de David Beneded).

Fotografías secundarias: Titulares de los retablos de las naves laterales del templo (David Beneded)