El emblema y la medalla

Los elementos simbólicos que contribuyen a la construcción de nuestra identidad corporativa

La Cofradía usa una serie de símbolos con los cuales puede ser reconocida, vinculándola a sus orígenes, a su historia y a su advocación, a su espiritualidad y a su propio carisma. Ellos nos sirven para expresar y comunicar, ante la Iglesia y ante la sociedad en general, nuestra identidad como asociación pública de fieles.

Consiguientemente, tanto nuestro emblema como nuestra medalla, no son un mero adorno ni un objeto decorativo, ni tampoco son amuletos, ni fetiches a los que se le atribuya la capacidad de atraer buena suerte o poderes sobrenaturales, aspectos que por otra parte «están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios» (CEC, 2116). Son, ante todo, elementos que nos integran, que nos identifican y una puerta que nos introduce a una realidad mucho más grande de la cual participamos.

I) «In hoc signo vinces»: el Crismón, anagrama de Cristo y emblema de la Cofradía

Proviniendo todos los hermanos fundadores de la Juventud Masculina de Acción Católica, dirigida espiritualmente por mosén Francisco Izquierdo Molins, pronto quisieron trasladar a la recién fundada Cofradía la espiritualidad, la organización y hasta los signos identificativos de ésta. Así, y al igual que se adoptaría a san Juan Evangelista como patrón o los colores verde y blanco como corporativos, también el emblema estaría basado en el distintivo de la rama joven de la Acción Católica, compuesto por el monograma de Cristo como figura central, integrada en el campo de un blasón español que incluye la inscripción «J. DE A.C.» en jefe y que queda superpuesto sobre una cruz patada, acolada y esmaltada en sinople (color verde).

Consiguientemente, el elemento principal de nuestro emblema es el crismón o cristograma, es decir, el anagrama compuesto al superponer las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, Χριστος: la ji («X») y la ro («P»).

Según la tradición, este símbolo sería el que viera en sueños Flavio Valerio Constantino el 28 de octubre de 312 antes de emprender la batalla decisiva contra Marco Aurelio Valerio Majencio, acontecida en el puente Mulvio, y con la que se alzaría como emperador de Roma, reproduciéndose desde entonces en el estandarte imperial o lábaro. Así lo narraba Eusebio de Cesarea en su «Vita Constantini»:

«En las horas meridianas del sol, cuando ya el día comienza a declinar, dijo que vio con sus propios ojos, en pleno cielo, superpuesto al sol, un trofeo en forma de cruz, construido a base de luz y al que estaba unido una inscripción que rezaba: In hoc signo vinces (con este signo vencerás).

El pasmo por la visión lo sobrecogió a él y a todo el ejército, que lo acompañaba en el curso de una marcha y que fue espectador del portento. Y decía que para sus adentros se preguntaba desconcertado qué podría ser la aparición. En esas cavilaciones estaba, embargado por la reflexión, cuando le sorprende la llegada de la noche.

En sueños vio a Cristo, hijo de Dios, con el signo que apareció en el cielo y le ordenó que, una vez se fabricara una imitación del signo observado en el cielo, se sirviera de él como de un bastión en las batallas contra los enemigos. Levantándose nada más despuntar el alba, comunica a sus amigos el arcano. A continuación, tras haber convocado a artesanos en el oro y las piedras preciosas, se sienta en medio de ellos y les hace comprender la figura del signo que ordena reproducir en oro y piedras preciosas».

Eusebio de Cesarea (340-341): «Vita Constantini», libro I, capítulos 29 y 30

Considerado como símbolo de victoria, tanto militar como espiritual (triunfo de la fe y triunfo sobre la muerte), desde el Edicto de Milán (año 313 d.C.) aparece profusamente en necrópolis y espacios funerarios, configurándose asimismo como elemento principal de los tímpanos de las iglesias románicas (en nuestra ciudad perduran notables ejemplos como el primitivo tímpano del antiguo templo de Santa María la Mayor -ahora colocado en la fachada principal de la Basílica del Pilar- así como en las portadas y muros de otras iglesias como San Juan de los Panetes, San Felipe y Santiago el Menor o la Exaltación de la Santa Cruz). En el utilizado por la Acción Católica, y por ende en nuestra Cofradía, se prescinde del complemento de las letras Alfa y Omega (primera y última del alfabeto griego) que suelen pender de los brazos de la letra ji, con el fin de manifestar que Cristo es «primero y último, principio y fin» (Ap 22, 13).

Adicionalmente, el crismón quedaría ubicado en el centro de un hexágono. Señala Pearlman (1990) que «el hexágono es una figura única en la geometría en el sentido de que el lado del hexágono regular inscrito en el círculo es igual al radio de dicho círculo. En otras palabras, tenemos seis triángulos equiláteros perfectos, situados alrededor de un núcleo, y todos los ángulos son de sesenta grados. Cada triángulo constituye la tercera parte de toda el área a cada lado de la línea recta, que podríamos denominar diámetro».

Como es conocido, el triángulo equilátero en la tradición judía simboliza a Dios, cuyo nombre no se puede pronunciar (cf. Chevalier y Gheerbrant, 1988) aludiendo en el cristianismo a la Santísima Trinidad, «misterio de Dios en sí mismo», «fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina» y «la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe» (CIC, 234). De esta forma, el hexágono empleado en nuestro primer y segundo emblema no solo se incorporó como componente ornamental o como forma básica de enmarcar el crismón sino que, asociándose a éste, alude a Cristo como persona de la Santísima Trinidad, significando igualmente la tradición apostólica del triple oficio o triple función de Jesús como sacerdote, profeta y rey.

Una vez estabilizada la situación de la Cofradía, tras el ajetreo propio de su fundación, la Cofradía se dedicaría a diferentes menesteres con los que afianzar su patrimonio y su propia identidad. De este modo, en el Capítulo General del Domingo de Pasión, celebrado el 7 de abril de 1946, el hermano secretario Mariano Rabadán Pina presentaba a todos los asistentes el boceto de un nuevo emblema diseñado por el padre Antonio Senante Alcober, un erudito sacerdote escolapio que ejerció como docente en diferentes centros de la orden habiendo sido profesor en Daroca del insigne dibujante Antonio Mingote Barrachina, siendo no solo su iniciador sino también su primer promotor.

Con líneas más perfectas, mantendría el crismón envuelto en un hexágono, presentado esta vez con forma completamente regular, e incorporando un nuevo elemento simbólico, la corona de espinas. Considerado uno de los más relevantes y conocidos Arma Christi o atributos de la Pasión que simbolizan el sufrimiento redentor de Cristo, a la vez que aluden a las armas con las que éste logró vencer a la Muerte (Gómez Chacón, 2017), en este nuestro segundo emblema circunvalaría al crismón componiéndose de dos bastas ramas superpuestas con las espinas esbozadas y presentando un aspecto esférico.

Según mencionan los evangelios de Juan (cf. Jn 19, 2, 5), Marcos (cf. Mc 15, 17) y Mateo (cf. Mt 27, 29) le fue puesta a Cristo en sentido de burla por los soldados romanos y, aunque no se conoce ni su morfología ni el material con el que estaría hecha, la tradición la ha mostrado como un aro entretejido con hileras de ramas espinosas de arbustos y plantas que bien pudieran ser de acacia nilótica, de poterium spinosum, de goundelia tournefortii o de ziziphus que, según Sánchez Hermosilla y Gómez Gómez (2012), es la «especie candidata más probable pues posee unas espinas con la morfología y dureza adecuadas, y su distribución geográfica coincide con el lugar en que ocurrieron los hechos». Además, teorías surgidas a raíz del estudio de la Síndone, señalan que la tan manida forma de anillo no era tal sino que, muy probablemente, fuera un casco que cubriría la cabeza desde la nuca hasta la frente, dañando así no solo las sienes sino afectando gravemente el cuero cabelludo llegando a traspasarlo hasta clavarse incluso en el cráneo.

Años después, y tratando de seguir evolucionando en nuestras señas de identidad, se pensó incorporar alguna representación simbólica que aludiera a nuestro patrón san Juan, propósito que en los primeros años de la existencia de la Cofradía ya se había tratado sin éxito, quedando incluso pospuesto un proyecto de escudo con el águila de San Juan que se colocaría en la manga hasta que «alguna vez se llevase capa» (acta de la junta de gobierno de 7/12/1944). Considerando que también era deseo de la junta de gobierno proceder a la sustitución del guion titular por otro de mayores dimensiones y más rica confección, así como llevar a cabo varias modificaciones en los Estatutos, se llegaría al Capítulo General celebrado el 14 de enero de 1968 donde el hermano cetro Jesús Gresa Losantos propondría que éste llevase bordado un nuevo emblema procediendo él mismo a presentar varios bocetos que había preparado basados en sus investigaciones. Aprobado por mayoría, en los nuevos estatutos de fecha 14 de mayo de 1970 ya se incluiría la descripción del nuevo emblema que «será el Chrismón, o anagrama de Cristo, dentro de un óvalo formado con la corona de espinas, y motivos decorativos, figurando el águila de San Juan y los Santos Evangelios» (art. 17).

De esta manera, y tal y como certifica el Excmo. Sr. D. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila en su calidad y cargo de Cronista de Armas de Castilla y León en la Certificación de Armas sellada y firmada pertinentemente en la Muy Noble ciudad de Segovia con fecha 13 de marzo de 2013, el nuevo emblema se presenta con el crismón en sinople (término heráldico con el que se denomina al color verde) que, continuando el modelo predecesor, quedando rodeado por la corona de espinas con doble ramificación, presentando esta vez una forma oval y quedando esmaltada en gules (rojo). Estas figuras centrales del campo de plata (blanco) quedan a su vez enmarcadas con una cartela barroca de oro (en sustitución del hexágono), incorporando en ella dos figuras alusivas al patronazgo de san Juan: un libro abierto, alusivo al cuarto de los evangelios canónicos, y que se sitúa en la punta o parte inferior; y la cabeza de águila al natural y nimbada de oro, representación tetramórfica del evangelista, situada en jefe (es decir, en la parte superior).

Quedaba así agregado uno de los símbolos identificativos que con mayor profusión se ha ido repitiendo en nuestra Cofradía, incluyéndose en todo tipo de ornatos de nuestros pasos, atributos e insignias: el águila.

Desde tiempos remotos, la llamada reina de las aves ha sido considerada como símbolo de valor y poder, llegando a estar consagrada a diversas deidades (como Júpiter), distinguiéndose incluso como emblema imperial. En la propia Biblia, y pese a ser catalogada por el Deuteronomio como «ave inmunda» (cf. Dt 11, 13), el Libro de los Salmos le da otra perspectiva al decir que «tu juventud se renovará como la del águila» (Sal 103, 5), un símil que sería empleado por los primeros cristianos quienes tomarían el águila, que renovaba su juventud al lanzarse tres veces a una fuente de agua pura, como símbolo del bautismo, fuente de regeneración y salvación, en la que el neófito se sumerge tres veces, evocando a la Santísima Trinidad, para obtener la vida nueva.

Ya en entre los siglos V y VI, Cesáreo de Arlés en su comentario sobre el Apocalipsis diría que el águila representaba a la Iglesia por volar «libremente, y elevada por encima de la tierra por dos alas, como levantada por los timones de los dos Testamentos o de los dos mandamientos», mientras que en el bestiario medieval de Philippe de Thaün, se vinculaba como representación del mismo Cristo, «que es rey de todo el mundo sin duda alguna, que vive en las alturas y ve muy lejos, y sabe lo que debe hacer».

Aunque quizás la interpretación simbólica más extendida del águila refiere al tetramorfos, un término procedente de las palabras griegas «tetra» («cuatro») y «morfé» («forma») con el que se define a las cuatro criaturas de las visiones descritas por el profeta Ezequiel las cuales, de frente, tenían rostro humano y, de espaldas, tenían rostro animal (cf. Ez 1, 10). «Cuatro seres vivientes» que aparecen también en el Apocalipsis siendo «el primero como un león; el segundo como un toro; el tercero tiene el rostro como de hombre; y el cuarto es como un águila en vuelo. Los cuatro seres vivientes tienen cada uno seis alas, y alrededor y por dentro están llenos de ojos. Y no cesan de repetir día y noche: “¡Santo, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir!”» (Ap 4, 6-8).

Estas cuatro figuras simbolizan en su conjunto la universalidad de la presencia divina, las cuatro columnas, del trono de Dios, el mensaje de Cristo, el mismo cielo, el mundo de los elegidos, el lugar sagrado y toda trascendencia y, especialmente, los cuatro evangelistas (cf. De Champeaux y Sterckx, 1992). La tradición del arte cristiano, desde el siglo VI, identificaría a cada una de estas criaturas aladas con un evangelista, en función de las características de su evangelio, asociándose el león a Marcos, el toro a Lucas, el hombre a Mateo y el águila a Juan, asignándose así al estimarse que su escrito es el más abstracto y el que se eleva sobre los demás.

Efectivamente, Santiago de la Vorágine ya ponía en boca de san Jerónimo que, el águila, por volar a mayor altura que las demás aves, simboliza apropiadamente al evangelista Juan, que con especial elevación escribió sobre la divinidad de Cristo. El propio san Agustín señalaba asimismo que el evangelio de san Juan «traspasa todas las esferas del aire, todas las alturas de las estrellas y todos los coros y las legiones de los ángeles. Y si no traspasase todo lo que ha sido creado, no hubiese podido llegar hasta Aquél por quien todas las cosas han sido hechas». Añade además, que si los tres primeros evangelios se ocupan principalmente de lo hizo Jesucristo en vida y de los preceptos dados como norma de la vida moral, el de Juan «se remonta sobre las nubes de la humana debilidad, como se remonta el águila por los aires, y ve la luz de la verdad inmutable con los ojos firmísimos y penetrantes de su alma, y especialmente la divinidad de Jesucristo, por la que es igual al Padre, cuidando de recomendarla en su Evangelio cuanto creyó que necesitaban los hombres».

Emblema de la Cofradía - 1940

El emblema fundacional (1940)

Emblema de la Cofradía - 1946

El segundo emblema (1946)

El emblema definitivo (1968)

II) La medalla: testimonio de fe, signo de veneración y distintivo de pertenencia a la Cofradía

Desde la fundación de la Cofradía, y siguiendo la tendencia surgida en las nuevas cofradías y hermandades de la Semana Santa zaragozana, se pensó en tener un signo distintivo externo que permitiera a su portador identificarse como miembro de la Cofradía allá donde asistiera. Propuesta la realización de una insignia en el Capítulo General de Hermanos celebrado el 27 de diciembre de 1941 en la iglesia parroquial de San Miguel de los Navarros, se acordó no llevarla a cabo, amparándose en que «a todos nos debe bastar la de Acción Católica».

Insistiendo en capítulos posteriores en la petición de esta «insignia-distintivo para uso en actos generales sin hábito», siempre surgirían otros aspectos sobre los que actuar con más urgencia y prioridad, por lo que se fue postergando ad infinitum el diseño de la misma, más teniendo en cuenta que en los actos principales a los que los hermanos asistían por aquellos primeros años (procesiones, funciones religiosas en torno a la fiesta de san Juan y capítulos) era de obligado cumplimiento el ataviarse con el hábito.

Sin embargo, pronto los hermanos que formaban parte de la junta de gobierno y ante las continuas invitaciones que recibía la Cofradía para asistir a celebraciones y actos organizados por otras cofradías y asociaciones religiosas, vieron la necesidad usar un elemento que permitiera rápida y visualmente identificarlos como representantes de la Cofradía, por lo que en 1943 se procedería a las gestiones oportunas para adquirir seis medallas con este fin, siendo todas ellas custodiadas en las dependencias de la Cofradía, en las oficinas de la calle Zurita 13 que, por entonces, hacía las veces de sede social.

Esas primeras medallas provisionales serían de aluminio, teniendo unas dimensiones aproximadas de seis cm. de alto por tres de ancho, siendo rectangulares con su parte superior en forma de arco de medio punto y representando la escena del monte Calvario, con Cristo crucificado en el centro y con la Virgen María, María Magdalena, María Cleofás y san Juan, al pie de la Cruz. Fueron acuñadas en Barcelona por la fábrica de medallas Ausió, fundada por Eduard Ausió Miquel alcanzado gran notabilidad y prestigio al trabajar con algunos de los más relevantes escultores de la época como Eusebi Arnau, Antoni Parera, Pablo Gargallo o Enric Casanovas, siendo además la encargada de acuñar las medallas oficiales de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 o la Medalla de Oro de la ciudad de Barcelona de 1932.

Adquiridas a través de catálogo, puesto que no fueron diseñadas exprofeso para nuestra Cofradía, el modelo era empleado por los socios de la Pía Unión de las Tres Marías y discípulos de San Juan Evangelista, entidad conocida popularmente como Marías de los Sagrarios, cuyo fin era el acompañar al Señor en la soledad de sus sagrarios, siendo fundada originariamente en Huelva por san Manuel González García, extendiéndose posteriormente a otras ciudades como Madrid o Zaragoza. De hecho, en el reverso del modelo original de la medalla, se presentaba el emblema de la misma conformado por un cáliz rematado por un corazón flameante dentro de un sagrario, con espigas y hojas de parra a los lados y querubines en la parte superior, llevando incluso la inscripción «Sagrarios Calvarios». Precisamente, y no parece ser casualidad, esta asociación participaría durante varios años en la procesión del Santo Entierro, teniendo constancia de que en la de 1940 (cuando se produjo nuestra primera participación en el mismo) iban situados en el cortejo en el lugar inmediatamente posterior a nuestra Cofradía, siendo convocados para que acudiesen «con su correspondiente insignia a la plaza de San Cayetano para acompañar el paso del Calvario» (El Noticiero, 21 de marzo de 1940).

Asimismo, y destinada para uso exclusivo del capellán, se encargó una única medalla de metal con el segundo emblema diseñado en 1946 por el padre Senante, presentando por tanto el crismón circunvalado por la corona de espinas doblemente trenzada y pendiendo de un cordón de color blanco y verde. Una medalla que, desde entonces, portó mosén Francisco en cada una de nuestras salidas procesionales manteniéndose la tradición por cada uno de los capellanes y consiliarios que han ocupado este distinguido cargo a lo largo de los años.

Finalmente, el 24 de junio de 1950 se aprobaría el modelo de una nueva medalla de plata que tenía grabado en el anverso una escena que recreaba la iconografía de nuestro paso titular de La Tercera Palabra, componiéndose por tanto de la efigie de Jesús clavado en la cruz, con la Virgen María y san Juan Evangelista situados de pie a ambos lados; y en su reverso, el emblema de la Cofradía conformado según el segundo de nuestros modelos, si bien la corona de espinas ya se presentaba más estilizada y con forma oval.

Inicialmente, se encargarían doce de metal con la misma finalidad de ser usada por los miembros de la junta de gobierno cuando acudían a actos en representación de la Cofradía, pero finalmente se decidiría extender su uso a todos los hermanos para que, inicialmente de forma voluntaria pero finalmente de modo obligatorio, fuera portada en todos y cada uno de nuestros actos ya fuesen internos o externos, ya se fuese ataviado con el hábito o vistiendo de calle. La primera de estas nuevas medallas se impondría a mosén Francisco en el transcurso del Capítulo General de Hermanos celebrado el 27 de diciembre de 1964, y desde el año 1968 las reciben obligatoriamente todos los hermanos cuando pasan a formar parte del cuerpo de hermanos numerarios.

Medalla de Representación

La primera medalla de representación

Medalla del Capellán de la Cofradía

La medalla para el Capellán

Medalla actual de la Cofradía

La medalla oficial de la Cofradía

III) La Cofradía acoge a sus nuevos hermanos mediante el rito de la imposición de la medalla

Emanan los Estatutos que cuando un hermano es nombrado numerario, bien por ser nuevo y pasar satisfactoriamente el periodo de aspirantado o bien por haber ingresado de niño y alcanzar la edad de 14 años, se encuentra en la obligación de recibir la medalla de la Cofradía. Un momento que supone pasar a formar parte de nuestra entidad de un modo efectivo y con plenos derechos, pero también obligaciones.

Para solemnizar este compromiso, para exteriorizarlo, se impone la medalla que, desde ese momento, cada hermano llevará sobre su pecho, siendo señal inequívoca del orgullo de pertenecer a la Cofradía. Por eso no deberán conformarse con lucirla el Viernes Santo o solamente durante las salidas procesionales, puesto que el honor de ser cofrade durará todo el año, toda la vida, debiéndose portar en cualquier acto de la Cofradía aunque no vista el hábito penitencial.

No es, por tanto, un acto más ni un mero trámite protocolario. Es toda una ceremonia ritualizada que se materializa en la bendición e imposición física de la medalla, del objeto bendecido y ya sacralizado, pero que recoge la esencia de la tradición eclesial. Y es que acoger es admitir a alguien en nuestra compañía, en nuestra casa, en nuestra corporación. Es admitirle entre nosotros como uno más, como un igual. Y todo ello bajo la atenta mirada del discípulo Juan que, parafraseando las palabras de su Maestro y a modo de presentación y de acogimiento, intercede por el nuevo hermano ante nuestra Madre diciéndoles: «Mujer he ahí a tu hijo…».

Acoger «lleva consigo la idea de bienvenida, de ser recibido, de hospitalidad, de un saludo, de una recepción cordial, de aceptación muy gozosa del otro» (Osoro Sierra, 2013). Es siempre un acto de amor, es salir al encuentro del otro y siempre se envuelve en un ambiente de alegría y efusividad que se hace tangible en ese abrazo fraternal que tanto el hermano consiliario como el hermano mayor dan al nuevo hermano en representación de toda la Cofradía, del mismo modo que las primitivas comunidades de cristianos recibían a los convertidos.

Recíprocamente, la Cofradía espera de los hermanos que reciben la medalla, la promesa de comprometerse cristianamente con ella observando sus Estatutos, usos y costumbres legítimas; de mantenerse fieles a la Iglesia, siguiendo las directrices que emane la jerarquía eclesiástica; de llevar una vida lo más santa y coherente posible hasta el extremo, aceptando el aviso de los hermanos visitadores cuando se hallaren en grave estado de enfermedad, para recibir los Santos Sacramentos; y proclamando, asimismo, la inmaculada concepción de la Virgen María y su gloriosa Asunción al Cielo, reconociéndola igualmente como Mediadora Universal.

A este último respecto, y aunque la Cofradía no tiene entre sus títulos advocaciones que hagan referencia concreta a la Santísima Madre, es destacable la devoción profesada hacia Ella desde su propia fundación. Efectivamente, en el reglamento fundacional ya se establecía para los nuevos hermanos la obligación de «jurar ante el Capítulo General el defender la Asunción de la Virgen a los Cielos y su Mediación universal», llamando poderosamente la atención que la Cofradía realizara este voto de defensa de la Asunción una década antes de la proclamación dogmática promulgada por Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la constitución apostólica «Munificentisimus Deus».

Y es que, como tantas otras cosas, este voto fue adoptado por nuestra Cofradía al ser contemplado en el seno de la Juventud de la Acción Católica zaragozana. De hecho, sería la Unión Diocesana de nuestra ciudad quien lo promoviera y extendiera a los demás centros del resto de la geografía española, llegándose incluso a que en la gran peregrinación nacional que miles de jóvenes de la Acción Católica llevaron a cabo al final del verano de 1940, en nombre de todos ellos y ante el nuncio apostólico en España, monseñor Gaetano Cicognani, el presidente nacional Manuel Aparici Navarro (recientemente declarado venerable por el papa Francisco) haría el juramento «de defender, con la vida, si fuere preciso, las piadosas creencias de la Asunción y de la Mediación Universal de Nuestra Señora».

Mosén Francisco Izquierdo imponiendo el capirote a varios hermanos receptores de la Cofradía (fotografía del Archivo de la Cofradía).

La imposición de capirotes

Desde nuestra fundación y durante las primeras décadas de existencia de la Cofradía hasta el año 1968, ante la ausencia de una medalla de uso generalizado para todos los hermanos, el acto de acogida a quienes ingresaban se plasmaba en la imposición del hábito penitencial concretado en uno de sus elementos más característicos, el capirote. Un solemne acto que se desarrollaba durante el rezo de completas previo al día de la fiesta titular en honor a san Juan Evangelista y al que asistían todos los hermanos ataviados con el hábito, puesto que como recogían los reglamentos fundacionales, era obligatorio su uso tanto para las procesiones, como para las citadas completas e, incluso, para asistir a los capítulos generales.

El Consiliario, Fernando Urdiola, y el Hermano Mayor, Juan Luis Peña, imponiendo la medalla a los hermanos que les corresponde durante la eucaristía del capítulo de “San Juan” (fotografía de Jesús Fuertes).

La imposición de medallas

A partir del año 1968, y una vez aprobado el modelo cada hermano ya pudo proveerse de su propia medalla, se instaura el acto de la imposición de éstas que se desarrolla antes de la profesión de fe de la eucaristía previa al capítulo de San Juan, en el mes de diciembre. En ese día, los recién nombrados hermanos numerarios provistos de la medalla que les sirve de llave con las que abren las puertas de nuestra Asociación Pública de Fieles, se aproximan al presbiterio de nuestra comunidad parroquial, la iglesia de San Gil Abad, comprometiéndose ante Dios y ante el resto de los hermanos a ser fieles a la Iglesia y a asumir consciente, voluntaria y libremente la naturaleza, los fines y los estatutos que rigen nuestra organización.

El consiliario de la Cofradía, Mario Gállego, y el Hermano Mayor, Ignacio García, imponiendo las insignias de oro a los hermanos que han cumplido cincuenta años de pertenencia efectiva a la Cofradía (fotografía de Jesús Oche).

La imposición de Insignias de Oro

Desde principios de siglo XXI y durante el desarrollo de la Cena de Hermandad, la Cofradía hacia imposición de una insignia de oro a un reducido número de hermanos que, por su trayectoria, se hacían merecedores de un reconocimiento público, incluyendo también a los hermanos que ingresaban en la junta de gobierno. Sin embargo, en 2008 y en fechas próximas al aniversario de la fundación de la Cofradía, se consideró celebrar una eucaristía conmemorativa e imponer la insignia durante el transcurso de la misma, a todos los fundadores que todavía pervivían como hermanos extendiéndose, en años sucesivos, a otros hermanos a los que se les distingue por sus méritos y su perseverancia.

IV) Ritual vigente para la bendición e imposición de medallas y promesas de los hermanos

Bendición de las medallas:

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
Que hizo el cielo y la tierra.

Nos redimiste con tu Sangre, Señor.
Y nos hiciste reino para nuestro Dios.

Por ello te rogamos que ayudes a tus siervos.
A los que redimiste con tu Sangre.

Señor, escucha nuestra oración.
Y llegue a Ti nuestro clamor.

El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.

Oremos:
¡Oh, Dios! Tu Palabra santifica todas las cosas.

Derrama tu bendición sobre estas medallas de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista y concede, a quienes van a utilizarlas desde hoy como signo de su pertenencia a la misma, saber darte gracias siempre, obedecer tus mandatos y cumplir tu voluntad para ser testigos de tu Hijo Jesucristo en medio de los hombres y poder alcanzar, por la invocación de tu Santo Nombre, la salud corporal y la fuerza del Espíritu por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Fórmula de las Promesas:

¿Prometéis ser fieles al compromiso cristiano que significa pertenecer a la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista?
Sí prometo.

¿Prometéis esforzaros en conocer más y más la Palabra de Dios y hacerla norma de vuestra vida?
Sí prometo.

¿Prometéis defender fielmente las prerrogativas excepcionales que la Iglesia reconoce y afirma de la Madre de Dios, la Santísima virgen María?
Sí prometo.

¿Prometéis aceptar el aviso de los Hermanos Mayores cuando os halléis en grave estado de enfermedad, para recibir oportunamente los Santos Sacramentos?
Sí prometo.

¿Prometéis obediencia fiel a la Jerarquía Eclesiástica y observar fielmente los Estatutos, usos y costumbres legítimas de la Cofradía?
Sí prometo.

Que el Amor infinito de Dios nos acompañe siempre en nuestras vidas y nos ayude para que seamos ejemplo, como Jesucristo, de dedicación y entrega a los demás.

Promesa a la Santísima Virgen María

Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra:

Los que hoy hemos recibido la Medalla de nuestra Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista, manifestamos gozosamente los misterios que la Santa Iglesia de Cristo reconoce como las maravillas con que Dios ha querido adornarte y glorificar su Nombre en tu persona.

Nosotros queremos proclamar hoy, solemnemente, tu Inmaculada Concepción y tu gloriosa y definitiva Asunción al cielo, como singulares privilegios derivados de tu Maternidad divina, a la vez que te reconocemos como Mediadora universal de todas las gracias.

Acepta el reconocimiento humilde de estos hijos tuyos y nuestra promesa de ser fieles a la Palabra de Jesús.

Queremos ser testigos de tu Hijo, Jesús, en medio de los hombres y proclamar ante nuestros hermanos que Él es el único y verdadero Salvador.

Que tu protección no nos falte nunca. Amén.

Referencias Bibliográficas

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I, II, III; 2021); JUNTA DE GOBIERNO (ap. IV; 2005). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: El emblema de la Cofradía tallado por Manuel Arcón Pérez en el paso de la "Quinta Palabra" (fotografía de David Beneded).

Fotografías secundarias: Imposición de capirotes, medallas e insignias de oro: Archivo de la Cofradía, Jesús Fuertes y Jesús Oche.