Procesión del «Santo Entierro»

«Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, según se acostumbraba a enterrar» (Jn 19, 40)

En la tarde del Viernes Santo, la Cofradía participa en la procesión del Santo Entierro organizada por la Muy Ilustre, Antiquísima y Real Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia, cuyo inicio está programado a las seis de la tarde desde la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal.

El hecho de participar en este gran acto exige para todos nuestros cofrades un enorme esfuerzo debido al poco tiempo que disponen desde la finalización de la procesión titular de la mañana hasta nuestra incorporación en el mismo, más aún si asisten, como deberiera ser preceptivo, a los Santos Oficios del Viernes Santo en la Pasión del Señor en nuestra comunidad parroquial de San Gil Abad. Sin embargo, es indudable la entrega y el cariño con el que cada año participamos, cumpliendo varios objetivos importantes: por una parte, y junto a las demás cofradías, hermandades y congregaciones de nuestra Semana Santa, anunciamos a Jesucristo haciendo presente su Pasión y Muerte a través de una magna manifestación catequética que, sin lugar a dudas, es el acto religioso de mayor tradición y arraigo popular de cuantos se celebran en la ciudad de Zaragoza. Asimismo, renovamos el compromiso que en nuestra fundación adquirimos con la Hermandad de la Sangre de Cristo de formar parte de su procesión, que también es la nuestra. Pero, ante todo, la finalidad no es otra que acompañar hasta el sepulcro el Cuerpo de Jesús, tras haber sido bajado de la Cruz, tal y como hicieron hace casi 2000 años un pequeño grupo de sus discípulos. Es decir, superar el cansancio, las dificultades y cualquier tipo de obstáculo para estar con un Amigo. Y además hacerlo con la esperanza y el gozo que supone el que no creemos en un muerto sino en Alguien que a tantos inquieta pues vive, porque es el Cristo resucitado (cf. Beneded Blázquez, 2008).

Además, con nuestra asistencia también podemos lucrarnos de los muchos beneficios y gracias concedidas por el sumo pontífice Alejandro VII en el año 1666 y que fueron renovadas posteriormente por Pío VII con cinco breves apostólicos con fecha 20 y 24 de septiembre de 1819 rubricados en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, y por las que «para mayor aumento de la devoción concede su Santidad perpetuamente indulgencia plenaria y remisión de todos los pecados, a todos los fieles de ambos sexos que confesados y comulgados visitasen la iglesia de la Real Casa de Santa Isabel y acompañasen la procesión del Viernes Santo que celebra la Hermandad en dicho día, orando devotamente por la paz y concordia de los Príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la Santa Iglesia».

I) Una procesión cuyo origen más probable se encuentre en la tarde del Sábado Santo de 1617

El paso de la “Cama de Nuestro Señor” recorriendo el Coso durante la procesión del “Santo Entierro”, en el dibujo de Marcelino Unceta que apareció publicado en el número 12 del año 1885 de la revista “La Ilustración Española y Americana”.
El paso de la “Cama de Nuestro Señor” recorriendo el Coso durante la procesión del “Santo Entierro”, en el dibujo de Marcelino Unceta que apareció publicado en el año 1885 de la revista “La Ilustración Española y Americana”.

Diversas han sido las hipótesis barajadas sobre el origen de la procesión del Santo Entierro. Diferentes reseñas históricas atestiguan la existencia de varias procesiones en nuestra ciudad celebradas en los días centrales de la Semana Santa aunque no llegan a arrojar la luz necesaria para precisar si realmente alguna de ellas se trataba de la procesión del entierro de Cristo.

Dejando en cuarentena informaciones en donde la leyenda prevalece sobre el rigor histórico acerca de que en el siglo XIV salía del recién construido convento de San Francisco una procesión por disposición real a la que se integraba un cortejo que representara el entierro de Cristo, la más pretérita de las referencias documentales conocidas hasta el momento sitúan en el Convento de los Carmelitas Observantes como el lugar en donde tendría su origen la procesión del Santo Entierro en nuestra ciudad, a raíz de la devoción originada tras un milagroso suceso acontecido en torno al suntuoso Sepulcro de Cristo instalado en una de las capillas del antiguo claustro conventual. De este suceso así como de una descripción del este magno espacio, rinde buena cuenta el fraile carmelita y cronista oficial de la orden, Marcos de Guadalajara y Javier:

«Dentro del antiguo y pequeño Claustro de la Iglesia del dicho monasterio, en el cuerpo del, ay una Capilla (honroso entierro de la ilustre casa de los Clementes) con altar de finísimo alabastro, dedicado a la Virgen Santísima, y a su mano diestra, esta con notable veneración el Santo Sepulchro de Christo nuestro Redemptor con figuras de bulto, y mucha propriedad, y aun no ha faltado quien dixesse, que fue traydo de muy lexos milagrosamete. Entre las figuras que en el ay, son las tres María Cleophe, Iacobe, y Madalena, y una dellas, que tien un sudario en las manos, representando con el su íntimo dolor y llanto, lloró veynte y quatro horas, començando el Iuves Santo, desde que se puso nuestro Señor en el Monumento, hasta que le sacaron. Y si como aquellas lágrimas (error notable) que se recogieron en Corporales y lienços blancos, se reservaran con la curiosidad que en Tovet, tengo por fin genero de duda que este milagro manifestara la causa y principio de su angustia. Pusieronse en deposito los lieços en el Sacrario donde el tiempo y el descuydo hizieron su oficio, sin dexar rastro mas de los referido» (Guadalajara y Javier, 1613).

Con posterioridad al escrito del padre Guadalajara, el padre Roque Alberto Faci (recogiendo a su vez los escritos del fraile agustino Antonio Alegre y Casanate), señalaría que «en dicha Capilla tuvo principio la devotifsima Procefsion del Entierro de Chrifto N. Señor, que con demoftraciones notables de fu Chriftiana piedad inftituyó en ella Don Juan de Funes, y Villalpando, Marqués de Offera, a instancia de el R.P. Fra. Marcos de Guadalaxara y Xavier, hijo de dicho N. Convento: traflasose defpues dicha Procefsion por varios refpetos particulares a la Iglesia de S. Francisco, al Cofo». Para contextualizar estas afirmaciones, hay que reseñar que en el citado convento tenía establecida su sede la Cofradía de la Santa Vera Cruz, cuyos fines se encontraban relacionados con la veneración de la reliquia del Lignum Crucis regalada en 1450 por la reina doña María de Castilla (esposa de Alfonso V “el Magnánimo”), celebrando sus fiestas los días 3 de mayo y 14 de septiembre y organizando una procesión de disciplina de sangre durante el Jueves Santo.

Y aunque, hasta la fecha no se ha encontrado documentación que refrende que esta cofradía pudiera ser la primigenia organizadora de una procesión del Santo Entierro, al menos una procesión con carácter público y por las calles de la ciudad (no pudiéndose descartar que pudiera llevar a cabo algún culto privado o incluso una procesión a modo de claustro magno durante el Viernes o Sábado Santo), de lo que si se tiene seguridad es que el citado instituyente Juan de Funes y Villalpando y Ariño (primer marques de Osera, VIII señor de Estopiñán y VII de Quinto de Ebro, Gelsa y Velilla) y al igual que el núcleo de la nobleza zaragozana de la época, era miembro de la Cofradía de la Vera Cruz al figurar como firmante de la solicitud de la correspondiente licencia para poder celebrar la procesión de 1610 (cf. Olmo Gracia, 2014) apareciendo pocos años después ya como miembro de la «Muy Eminentísima Cofradía de la Sangre de Cristo», primero como mayordomo de bolsa y después como mayordomo mayor, procediendo además a la donación de diferentes enseres en 1622.

Por su parte, la Hermandad de la Sangre de Cristo, organizaba una salida procesional durante la Semana Santa, concretamente en la noche del Jueves Santo y al menos desde mitad del siglo XVI, puesto que en la concordia suscrita en presencia del notario Juan Díaz de Altarriba y datada en fecha 28 de octubre de 1554, por la que la Hermandad acordaba el establecimiento de su sede en el Convento de San Agustín para llevar a cabo su labor asistencial y espiritual (siendo éste el documento más antiguo de los conservados en los archivos de la Hermandad, trascrito y publicado por San Vicente Pino), deja constancia que la confraria utilizaría la capilla sita en el claustro llamada vulgarmente “del Crucifijo” para celebrar sus misas y fiestas, enterrar a los cofrades y sus sucesores y depositar el arca en donde guardarían las camisas y todos los instrumentos necesarios para el desarrollo de la procesión de disciplinantes que cada año organizaba en Semana Santa acompañados por los frailes agustinos, y cuyo itinerario también quedaba reflejado en el pliego: «saliendo de San Agustín, irán a la Seo pasando por la casa de doña María Cariñena; de la Seo al Pilar y de aquí a San Antón y San Pablo por la Cedacería y Coso arriba hasta San Francisco, el Hospital, San Gil, San Pedro; y al cabo de la calle volviendo por la Magdalena al dicho monasterio de San Agustín».

En cualquier caso, pese a estas controversias, la percepción de la conformación en el año 1617 de una única y nueva procesión a celebrar el Sábado Santo, fruto de la unión de otras procesiones independientes entre sí organizadas por entidades distintas, está totalmente aceptada por diversos estudiosos en la materia y por la propia Hermandad.

Una fecha que ya se encontraba referenciada, aunque de forma indirecta, en el libro de actas de la Cofradía de la Santísima Vera Cruz de Barbastro en donde el prior de la misma, el escultor y arquitecto Pedro de Ruesta, proponía en 1619 la organización de una procesión del Santo Entierro en la localidad oscense «como se hacía en Zaragoza desde dos años antes» (construyendo para ello, junto a Marcos Gallarza y Domingo del Campo, el paso y la imagen del “Cristo Yacente”, los estandartes, la bandera y demás insignias), pero que ha quedado irrefutablemente corroborada con el hallazgo, y la consiguiente investigación, de Antonio Olmo Gracia quien encontraría en el Archivo Histórico de Protocolos de Zaragoza la licencia concedida el 21 de marzo de 1617 por el deán del Cabildo de la Seo, Francisco Lamata, de efectuar la procesión del “Entierro de Cristo” en el día del Sábado Santo, atendiendo así a la solicitud de Jerónimo Mipanas, oficial de la Hermandad de la Sangre de Cristo:

«Eadem die et loco el arriba nombrado, doctor Francisco Lamata, dean, en dicho nombre y en nombre y voz de todo el cavildo de dicha Seo a suplicación del arriba nombrado Geronimo Mipanas dio licencia permiso y facultad de hazer la prozesion del Entierro de Christo el Sabado Santo primero viniente de este presente año de mil seiscientos diez y siete por los lugares públicos pro hac et vice tantum. Et el dicho Genonimo Mipanas accepto etc.

Et quibus etc. Teste: qui supira proxime nominati»

Juan Moles mayor, 1617, 21 de marzo, 139v. (transcripción de Antonio Olmo Gracia, 2014)

Para dicho doctor en Historia del Arte y hermano de nuestra Cofradía, la fecha resulta definitiva «al no haber licencias para efectuar esta procesión en años anteriores y al omitirse, en la licencia hallada, la consabida cláusula de que la procesión transcurra por los «lugares acostumbrados», porque de hecho el Entierro de Cristo fue una novedad ese año» (Olmo Gracia, 2014).

II) El «Cristo de la Cama», principio y fin de la procesión del «Santo Entierro»

El "Cristo de la Cama" expuesto de forma excepcional en su capilla del templo de Santa Isabel de Portugal, fuera de su vitrina y colocado en la cama que esculpiera Antonio Palao (fotografía de David Beneded).
El «Cristo de la Cama» expuesto de forma excepcional en su capilla del templo de Santa Isabel de Portugal, fuera de su vitrina y colocado en la cama que esculpiera Antonio Palao (fotografía de David Beneded).

El elemento principal entorno al cual gira toda la procesión del Santo Entierro, Alfa y Omega de la Semana Santa zaragozana, es una imagen de Jesús yacente tras haber sido puesto en el Sepulcro. Conocida popularmente como el Cristo de la Cama, su peculiar advocación es típicamente aragonesa teniendo su origen en el «aspecto que toman las imágenes de Cristo, generalmente articuladas, al ser colocadas en sus andas procesionales y ser tapadas por una colcha, dejando únicamente la cabeza vista; visualmente recuerdan a un hombre acostado en una cama», pudiendo incluso a adquirir un simbolismo teológico de primer orden al poder «estar aludiendo a la esperanza en la pronta Resurrección por lo que Cristo no estaría muerto sino dormido esperando la Vida» (Pardos Solanas, 2014).

Sobre el origen y fecha de datación de esta talla de madera policromada y tamaño natural, es imposible precisar, aunque ya el padre Roque Alberto Faci menciona:

«En el del Santo Sepulcro se venera el Señor bajado de la Cruz; de esta S. Imagen se podría decir mucho, si por descuido (y quizá por culpa) de los Secretarios de dicha Cofradía, no se hubieran perdido los Libros antiguos de ella, en que se trataba de su fundación, y favores de esta Sta. Imagen: a ellos nos remite la Historia M.S. de dicho Convento; pero hoy sin fruto, y remedio pues no se hallan: diré lo que ha quedado notado en los cuadros de su Sacristía, que como votos de la devoción, dejó ésta allí. La S. Imagen sirve para la piadosa función del Descendimiento, y después la lleva en la Procesión, que llamamos del Entierro de Cristo, y todo el año se adora en dicho Sepulcro, dando el Señor su mano a todos para adorarla, pues como saben todos, estas Imágenes se hacen en esta forma flexibles para el mayor uso de la piedad cristiana. Los favores de esta S. Imagen son el continuo socorro de tantos desamparados, como recoge la piedad de su Cofradía, para darles sepultura cristiana».

Roque Alberto Faci: “Aragón Reyno de Christo y dote de María Santísima…”, 1739

De tamaño natural, con una medida de 1,83 metros desde la cabeza hasta los pies, todavía se desconoce tanto su origen como la fecha de datación, si bien por sus características estilísticas, aspecto y por tratarse de una imagen de discreta calidad, podría encuadrarse dentro del tardomanierismo reformado que se practicaba en las primeras décadas del siglo XVIII en los talleres aragoneses y que huía de formas complejas, avanzando en un naturalismo que alcanzaría su cénit ya en el barroco, encontrando cierto parecido con la imagen de Cristo conservada en el zaragozano Convento de San José de Carmelitas Descalzas que pudo haber tallado el escultor Juan de Acurio entre 1610 y 1615 (cf. Ansón Navarro, 2007). Posee una cabeza que, desde su origen fue concebida para que le fuera colocada una peluca de pelo natural. En una pormenorizada descripción, los historiadores Arturo Ansón y Carlos Pardos señalan que «la articulación de los brazos es muy sencilla y permite descubrir que el interior del tórax está hueco y que está realizada en pasta de madera que quizás podría estar reforzada con madera maciza en algunas partes. El sudario queda muy pegado al cuerpo y comienza en la parte más baja del abdomen, se anuda a la izquierda dejando caer lacio el extremo del lienzo y se decora con rayas verticales verdes acompañadas por otras naranjas más finas […] Preparada para fijarse en la cruz con tres clavos, en el centro de la espalda aparecen unas irregularidades donde probablemente existía un anclaje de sujeción a la cruz. La cabeza cae ligeramente hacia delante expresando un gesto muy contenido de dolor, aunque está ya muerto, los ojos están ligeramente entornados en un típico recurso para impresionar al fiel que se acerca a la imagen. La barba, terminada en dos puntas, y el bigote están trabajados con mechones largos y rectos» (Ansón Navarro y Pardos Solanas, 2010).

Muy probablemente, el Cristo de la Cama participara ya en la primera procesión del Santo Entierro de 1617 o, al menos, no tardaría en demasía su incorporación al cortejo, teniendo constancia de su aparición en la composición poética anónima «Entierro de Christo en Çaragoça» datada en el primer tercio del siglo XVII (cf. Olmo Gracia, 2012), apareciendo poco después en los inventarios de la Hermandad de los años 1636 y 1647 (cf. Olmo Gracia, 2011) y en el documento que recoge el convenio de adhesión de la Hermandad al Convento de San Francisco de 1648 (cf. García de Paso Remón, 2006).

En una capilla de este último enclave, la imagen permanecería durante décadas hasta que durante los Sitios de Zaragoza el magno convento fuera destruido en 1809 por las tropas francesas, siendo entonces heroicamente rescatada por una mujer quien, con la ayuda de un grupo de hombres, conseguiría trasladarla al Palacio Arzobispal donde se encontraba enfermo el general Palafox y, de allí, a la Santa Capilla del Pilar. Así lo narró Faustino Casamayor:

«El fuego siguió como siempre, y hubo muchas voladuras, entre ellas la Casa de Asín junto a la de Tarazona en el Coso, y mucha parte al Convento de San Francisco, atreviéndose, no obstante, una mujer a entrar hasta la Capilla de la Sangre de Cristo, y tomando una bandera de las cuatro que figuran las partes del Mundo, avisó a unos hombres y pudieron sacar la efigie de Nuestro Señor en la Cama que sirve para las funciones de Semana Santa y con ella y dos hachas, marcharon a Palacio, la que reverenció y adoró, aunque en cama, y mandó se llevase con hachas y se colocase dentro de la Santa Capilla, lo que se verificó con la misma cama junto al rejado frente al altar de los Santo Convertidos en disposición que pudierean los fieles besar la mano por el rejado».

Faustino Casamayor y Zeballos, 17 de febrero de 1809

María Blánquez se llamaba esta valerosa mujer, conocida para siempre como “la del Santo Cristo” y cuyo nombre queda perpetuado en la genuina memoria histórica de nuestra ciudad mediante su inscripción en el mausoleo que en una capilla de la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo se levantó en honor de todas las heroínas que defendieron nuestra ciudad durante los Sitios. Por el contrario, sus datos biográficos son muy escasos, apenas conociéndose por los libros de asientos del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, que nació en 1758 en Zaragoza; que era feligresa de la desaparecida parroquial de San Lorenzo, viviendo en la calle Señales (que corresponde actualmente con la calle Argensola); que contrajo matrimonio con Pedro Ximeno, del que quedó viuda y con tres hijos llamados Marta, Eugenio y Vicente; y que, tras sufrir los rigores de la guerra y con alta fiebre, falleció el 15 de mayo de 1813 (cf. Marín Arruego, 2008).

Aunque en honor a la verdad, María llevó a cabo su épica acción contado con la colaboración de un grupo de hombres. Parece ser que, inicialmente, entró por una de las brechas del convento acompañada de un sargento granadero de la Real Marina, llamado Joaquín Sola, tal y como él mismo se encargó de recordar al General Palafox a través de una misiva con la que solicitaba recibir cierta recompensa por aquel episodio, y que se encuentra conservada en uno de los fondos del Archivo Municipal de Zaragoza. Por su parte, el resto de hombres anónimos que pudieron integrar aquella improvisada procesión llevando «la imagen de Christo Nuestro Señor con la cama, manto, faroles y dos estandartes» y que transcurrió entre disparos y bayonetazos (algunos de los cuales alcanzaron a la sagrada imagen), es más que probable que fueran soldados del primer batallón de Tiradores de Murcia dirigido por el coronel Manuel de Leyva y Eguiarreta, puesto que a éste le había confiado Palafox el mando de la línea del Coso desde las casas del conde de Sástago hasta el arco de San Roque y el convento de religiosas de Santa Fe.

La imagen permaneció en la Santa y Angélica Capilla hasta el 12 de abril de 1811, Viernes Santo, según los datos aportados por el propio Casamayor sobre su traslado a la que sería durante dos años sede de la Hermandad, la Iglesia de Santa Cruz: «traslado de la prodigiosa imagen de Nuestro Señor en la Cama, con permiso del Gobierno, a la Iglesia Parroquial de Santa Cruz, donde por ahora se ha establecido la Cofradía, y la colocaron en el altar de San Victorián Abad, pidiendo como lo hacían en San Francisco todo el Jueves y Viernes Santo mudándolo después a la Puerta Colateral del otro lado de la sacristía, por donde frente al órgano en un nicho muy decente y con toda la veneración posible». Finalmente, el 25 de diciembre de 1813, la Hermandad de la Sangre de Cristo se trasladaría desde Santa Cruz a Santa Isabel en donde, desde entonces, permanece establecida.

Tras estos sucesos la Hermandad encargó la construcción de una sencilla urna de madera que sustituía provisionalmente a la rica cama de plata perdida durante el segundo sitio. Urna que, a su vez fue reemplazada en 1855 por la cama realizada por el escultor murciano Antonio José Palao. Labrada en madera, dorada y policromada, tiene planta rectangular con los ángulos achaflanados donde se apoyan los símbolos de los evangelistas (tetramorfos). La parte frontal se decora con el emblema de la Hermandad y en los laterales se articulan ocho hornacinas con figuras de cuerpo entero y mediorrelieve de los apóstoles y profetas (Isaías, Pedro, Juan, Santiago el Mayor, Andrés, Tomás y Jeremías, en el lado izquierdo; y Daniel, Bartolomé, Mateo, Santiago el Menor, Simón, Judas Tadeo, Matías y Ezequiel, en el lado derecho). En la parte posterior aparece el escudo de España de Isabel II y sobre la cabecera de la cama se sitúan dos ángeles mancebos en actitud de coronar a Cristo con una corona imperial. Entre ambos ángeles se coloca un resplandor de metal en cuyo interior, de terciopelo negro, cuelga la Medalla de Oro de los Sitios, concedida en 1909 por el Consejo de Ministros en el primer Centenario de los Sitios.

La medalla de referencia fue diseñada por Carlos Palao y Ortubia, tras ganar el oportuno concurso convocado al efecto por la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luís. En el anverso de la misma se muestra un busto del General Palafox con el lema «PALAFOX LAUDEMUS VIROS GLORIOSOS» y en el reverso la «clásica figura del hombre desnudo que se pasea por entre las ruinas, guiando a un león de cabeza pequeñísima y con la garra derecha levantada como huido de la inevitable bola» (Blasco Ijazo, 1958).

La condecoración fue impuesta solemnemente el 17 de febrero de 1909 por el arzobispo de Zaragoza Juan Soldevilla y Romero en la Iglesia de Santa Isabel de Portugal. Curiosamente, y por los avatares de otra guerra (esta vez, la Guerra Civil española), esta medalla sería entregada al gobierno nacional en 1936 ante su requerimiento de oro y joyas para costear los gastos de la contienda bélica, siendo nuevamente reimpuesta una similar el 17 de febrero de 1959 en una ceremonia presidida por el arzobispo de Zaragoza, en este tiempo monseñor Casimiro Morcillo González. Restaurada en el año 2013 por el equipo de SACROA S.C. bajo el patrocinio de la Diputación Provincial de Zaragoza, cada Miércoles Santo el Cristo de la Cama es trasladado solemnemente desde su capilla de la Iglesia de San Cayetano hasta el monumento que en dicho templo monta la Hermandad para ser venerado desde la mañana del Jueves Santo hasta el mediodía del Viernes Santo, cuando se prepara para presidir la procesión del Santo Entierro siendo, a su conclusión, colocado en el sepulcro para que en la jornada del Sábado Santo vuelva a ser venerado por los fieles.

Además, a lo largo de los siglos, la devotísima imagen ha salido a las calles de la ciudad de forma extraordinaria en diversas rogativas procesionales para pedir al Señor el beneficio de la lluvia (años 1680, 1683, 1703, 1713, 1744, 1748 y 1780) o la desaparición de plagas (en 1688 y, la última de ellas, el 9 de agosto de 1885, a causa de la epidemia de cólera que asoló la ciudad, participando en la procesión más de 10.000 personas, autoridades civiles, militares y eclesiásticas).

III) Un cortejo fúnebre para el «Rey de Reyes», transformado en la «procesión de procesiones»

La primera procesión del Santo Entierro se conformaría según las costumbres y ceremoniales de la época, quedando especialmente influenciada por los cortejos fúnebres reales que habían sido abundantemente difundidos en obras de arte (tales como el celebrado en el duelo de Carlos V en Bruselas en el año 1558) y en el que solían desfilar un sinfín de atributos, escudos, armas y otros elementos simbólicos que dejaran patente la majestad del difunto.

Esta pompa fúnebre inspiraría la ceremonia del Entierro de Jesucristo, «Soberano, Rey de reyes y Señor de señores» (1Tim 6, 15). Las glorias de Cristo vendrían representadas por las Arma Christi o instrumentos de la Pasión, desarrollándose todo un repertorio simbólico donde aparecen banderas representando a los Hijos de Israel y a los continentes, figuras alegóricas, un gran número de personas portando hachas, comunidades religiosas y sacerdotes, maceros con dalmáticas y autoridades civiles, todo ello acompañado por sones luctuosos, roncos y destemplados. Siguiendo, por tanto, este modelo la descripción de la procesión zaragozana podemos encontrarla en el punto tercero de las normas de la «Contienda Poética que propone la Cofradía de la Sangre de Cristo, para exercitar su devoción» en el año 1621, únicamente cuatro años después de su primera celebración, señalando que «entre muchas luces, salen aquellos honores, que se acostumbran en los Entierros de los Reyes de la Tierra pues nuestro Redemtor lo fue: y lo es (aunque no quiso Reynar temporalmente). Procede la pompa del gran difunto, arrastrando diversos estandartes, en que se ven las Insignias de las Tribus de Israel: suenan caxas roncas, y pífanos sordos: muchas imágenes devotas de los oprobios y tormentos, que padeció. Todo lo qual mueve los affectos: y causa alta devoción en las Almas».

Una escenificación que motivaría la conocida entrega a la Hermandad de las «doce banderas de las Tribus, de tela, pintadas al óleo; cuatro banderas de tela, pintadas al óleo, en ellas las cuatro partes del mundo; una bandera grande de tela y pintada al óleo y en ella las armas del Papa, del Rey nuestro, del Reino de Aragón y ciudad de Zaragoza; un guión bordado; un estandarte de tafetán negro, labrado, de los improperios de la Pasión de Cristo Nuestro Señor» llevada a cabo el 2 de junio de 1622 por D. Juan de Funes Villalpando y Ariño, señor de la baronía de Quinto, que daba cumplimiento así a la donación recogida en acta notarial firmada ante Diego Francisco Moles de 24 de marzo de 1622 (cf. López Peña, 2006).

Poco a poco, la Hermandad de la Sangre de Cristo iría incorporando nuevos enseres, personajes y pasos, organizando una magna procesión que abarcaría no solo el cortejo fúnebre de Cristo, sino toda una catequesis plástica de la Pasión del Señor, trasladando el día de celebración a la tarde del Viernes Santo, uniéndola con la preliminar ceremonia del “abajamiento” o del “descendimiento” en la que se escenificaba el desenclavamiento y posterior bajada de la cruz de Cristo muerto y su colocación en el Sepulcro:

«A las ocho de la tarde del Viernes Santo se abrieron las puertas del Convento de San Francisco y sobre la plaza, abarrotada de fieles, comenzaron a salir los primeros frailes portando cirios. Luego los pasos de la Muerte, el Descendimiento (que se colocó en el centro de la plaza), el Nazareno y la Dolorosa (a ambos lados del Descendimiento). Finalmente el Sepulcro o Cama, con la imagen de Cristo bajo una sábana, llevado por sus cofrades y acompañado por los Hermanos de la Sangre de Cristo. Después de entonar los frailes un canto religioso, un orador sagrado predicó recordando la Pasión de Cristo y, una vez que concluyó, dos encapuchados cargados de escaleras, subieron hasta el plano del paso del Descendimiento y, desclavando de pies y manos la imagen del Crucificado, lo bajaron hasta depositarlo en el regazo de su Madre. La imagen tenía los brazos y piernas articulados para facilitar este descendimiento. El Cristo era colocado apoyando su cabeza sobre la pierna izquierda de su Madre colocando en la Cruz una sábana extendida, dando comienzo la procesión. Abría la marcha procesional el paso de la Muerte, precedido por un negro guion. Después los cofrades de Jesús Atado a la Columna; luego el paso de Jesús Cargado con la Cruz, el Descendimiento, la Dolorosa, cuyo pecho estaba atravesado con las siete espadas, sin coronas, sin galas, escoltado por mujeres, todas con cirios y rezando devotamente el Santo Rosario. Cerraba la procesión el Sepulcro o Cama del Señor, llevado por sus cofrades y acompañado por los hermanos de la Sangre de Cristo».

Ceremonia del Descendimiento y procesión del Santo Entierro de 1666 (transcripción de García de Paso Remón y Rincón García, 1981)

Así, año tras año, con sus momentos álgidos y con sus diferentes problemas, la Hermandad iría constituyendo una cada vez más rica y multitudinaria procesión, hasta la citada Guerra de la Independencia. Arruinados, con su sede desparecida y con muchos hermanos fallecidos durante “los Sitios”, la Hermandad de la Sangre de Cristo emprendería nuevamente la reconstrucción del Santo Entierro, retornando la salida de la procesión el Viernes Santo de 1814, ante la mirada de Fernando VII quien, desde el balcón del palacio de los Condes de Sástago, que en aquellas fechas era cuartel general del Ejército de Aragón y residencia del General Palafox, presenciaría una procesión que, por primera vez, saldría de la Iglesia de San Cayetano portando el rescatado “Cristo de la Cama” junto a otras imágenes de iglesias y conventos de la ciudad que excepcionalmente serían incluidas en el cortejo, al haber sido destruidos muchos de los pasos durante la contienda. En la crónica que hace Casamayor se especifica concretamente que salió a las siete de la noche de la iglesia de San Cayetano siendo «muy lucida y devota con las tribus, banderas, llevando la imagen de Nuestro Señor en el Huerto del Convento de Jerusalén, la del Señor en la Columna de la Victoria y la de Jesús Nazareno de los Trinitarios, acompañado de muchos terceroles, y la hicieron lucidísima, y con el Capítulo Eclesiástico del Pilar con cruz y terno y con último el Ilmo. Ayuntamiento iba como antiguamente presidiendo, y las imágenes de la Virgen, San Juan y la Magdalena, dio la vueltas de la procesión antigua».

Durante todo el siglo XIX, la Hermandad trataría de recuperar la magnificencia de su patrimonio procesional, encargando la realización de nuevos pasos a los escultores locales más prestigiosos del momento tales como Tomás Llovet, José Alegre y Antonio José Palao. Y tal punto de brillantez alcanzaría nuevamente la procesión que, a principios del siglo XX, la Hermandad a través del Sindicato de Iniciativas y Propaganda de Aragón afrontaría una nueva reforma con la que pulir la organización y dotarla de verdaderos contenidos de valor histórico, artístico y teológico.

Tras esta reforma, la procesión seguiría su curso hasta la Semana Santa de 1932, en cuyos días previos y tras proclamarse la II República, la Hermandad de la Sangre de Cristo se reuniría capitularmente para decidir si salía la procesión así como el Estandarte Real que Isabel II les regalara en 1860. Siendo consustancial la aprobación de una para que saliera la otra, no garantizando el gobernador civil la seguridad del cortejo y las posibles situaciones conflictivas que podían deparar ciertas manifestaciones anticatólicas que ya se estaban organizando, la Hermandad tomaría la irrevocable decisión de no sacar a las calles la procesión, repitiendo el acuerdo en los dos años sucesivos. En lugar del Santo Entierro se celebraría una solemne función religiosa en honor del “Cristo de la Cama” con el siguiente programa: salida de la guardia romana para continuar con dos obras musicales para coro «O Vos Ommes» y «Stabat Mater», la alocución de un sacerdote y una nueva intervención musical del coro con las obras «Vere Languares» y el «Miserere» a seis voces de Goicoechea. Pondría fin al acto la veneración del Cristo por parte de los fieles y la retirada de la Guardia Romana. Y de modo similar se desarrollaría en los siguientes años 1933 y 1934, en los que la Hermandad volvería a decidir no sacar a la calle la procesión debido al «enrarecido ambiente político y social y al miedo al anticlericarismo radical» (Gracia Pastor, 2020).

Llegaría así el año 1935 que marcaría el devenir tanto del Santo Entierro como de la propia Semana Santa zaragozana. Y es que en un tenso ambiente, encrespado por el incendio provocado del almacén de pasos de la Hermandad de Sangre de Cristo en los días previos y que ocasionaría el deterioro de varios pasos y la destrucción del paso de la “Entrada de Jesús en Jerusalén” tallado por Antonio Palao, en esta ocasión sí se celebraría el Santo Entierro, si bien se vería afectado por la famosa y transcendente huelga los tradicionales terceroles. Momentos antes de iniciarse la procesión, los sindicatos exigirían que los terceroles aumentaran el precio por desarrollar su labor. Una propuesta que, al no ser aceptada por la Hermandad, desembocaría en la declaración de huelga ante el temor de posibles amenazas políticas. Sería entonces cuando los miembros de las numerosas asociaciones católicas que habían sido convocadas para asistir a la procesión, tomarían voluntariamente las varas de los pasos, debiendo ir escoltados durante todo el recorrido por guardias de asalto que no lograron impedir, pese a todo, el que hiciera explosión un artefacto a la salida del paso de “El Descendimiento”.

En cualquier caso, unos acontecimientos que cambiarían el rumbo de la Semana Santa de Zaragoza porque, como es sabido, de los grupos que portaron los pasos ese día, surgirían las nuevas cofradías que se harían cargo de los pasos de la Hermandad, ataviados con su propio hábito distintivo y teniendo procesión penitencial propia. Así, en la Cuaresma de 1937, un grupo de aquellos jóvenes entusiastas que contribuyeron que la procesión de 1935 saliera la calle, pudieron llevar a cabo un proyecto con la idea de instaurar una asociación de fieles con el fin de acompañar el paso de “La Soledad” que tallara el yeclano Antonio Palao Marco. Encabezados por Fernando Beltrán Ciércoles y bajo la animación espiritual del que sería su primer consiliario, el canónigo Leandro Aína Naval, un grupo de hombres comprometidos iniciarían los trámites que permitirían gestar la que sería la primera cofradía penitencial de la moderna Semana Santa zaragozana: la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad (título que se completaría en 1941 añadiendo «y del Santo Sepulcro»). Poco después, y sin apenas tiempo para su institucionalización, el Viernes Santo de ese mismo año, 26 de marzo, una treintena de sus primeros hermanos participarían en el Santo Entierro junto a la imagen de la Virgen que sería conocida para siempre bajo la advocación de “Nuestra Señora de La Piedad”. A partir de ahí y progresivamente, se fundarían otras cofradías y hermandades (como la nuestra) que, inicialmente, se harían cargo de portar y rendir culto permanente a algunos de los pasos de misterio e imágenes que la Hermandad tenía en propiedad y que les sería cedido en usufructo, reconvirtiendo el Santo Entierro en la procesión de procesiones que hoy en día conocemos.

Así, hoy en día y con más de cuatrocientos años a sus espaldas, el Santo Entierro se ha transformado en una de las más relevantes y multitudinarias procesiones penitenciales de cuantas se celebran en toda España, con una duración de más de 6 horas para recorrer algo más de 4,5 kilómetros y en la que participan más de 15.000 cofrades pertenecientes a 25 cofradías y hermandades que portan más de cuarenta pasos que son acompañados musicalmente por unos 4.000 instrumentos. Sin embargo, además de todos estos grandilocuentes datos y de las novedades que cada año se presentan, la Hermandad de la Sangre de Cristo ha tratado de que la estructura básica del cortejo procesional se mantuviera lo más intacta posible, recuperando incluso algunos elementos que se habían llegado a perder.

De este modo, el núcleo del cortejo de la procesión de la tarde-noche del Viernes Santo zaragozano se compone de:

Bandera de la Hermandad, acompañada por niños ataviados con "dalmáticas" y seguido por las escalarillas y el llamador con campanillas (fotografía de David Beneded).

La Bandera de la Hermandad

El cortejo procesional está encabezado por la bandera corporativa de la Hermandad de la Sangre de Cristo, la cual sale desde la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal portada a hombros por el Presidente de la misma quien la entrega al hermano Receptor designado a tal efecto para que la lleve durante el recorrido.

La bandera negra (llamada así por su color, y para diferenciarla de la bandera blanca que también posee la Hermandad y que porta en las procesiones de carácter no penitencial como la Vigilia Pascual, el Corpus Christi o el Rosario de Cristal) es la insignia de las cofradías bajo la advocación de la Sangre de Cristo en la Corona de Aragón, estando confeccionadas en tafetán o seda y presentando una gran cruz en color rojo sobre la que se sitúan la lanza y la caña con la esponja, enclavándose en el Calvario donde quedan tres clavos sobrepuestos, y apareciendo otros Arma Christi a ambos lados, como el gallo sobre una columna y una escalera.

La Hermandad, al menos desde 1622, contaba con un «estandarte de tafetan negro bordado de los improperios de la pasion de Christo Nuestro Redemptor» donado por Juan de Funes Villalpando y Ariño (señor de la baronía de Quinto y marqués de Osera), recayendo la obligación de sacarlo «en la santa procesión del Entierro de Christo» en la figura del Mayordomo Mayor, tal y como se recoge en la ordinación tercera de los Estatutos de la Hermandad de 1677, así como «en todos los entierros de cofrades y cofradesas llevando en cada entierro ocho hachas blancas» (Olmo Gracia, 2011).

Renovada en 1890 (tal y como informa el “Diario Mercantil” de 18 de marzo de ese año), es portada sobre el hombro amorronada, enrollada o plegada alrededor del asta, si bien en sus orígenes este tipo de banderas eran portadas de manera inversa de tal modo que arrastraban por el suelo, como refrenda el poema presentado por Pedro de Ripa a la justa poética de la Hermandad, transmitiendo «una visión figurada de ir limpiando la sangre de Cristo vertida sobre la tierra a causa de las faltas de los hombres» (De la Campa Carmona, 2010), por lo que eran conocidas popularmente como quitasangres.

El "Llamador" o "Muñidor" de la Hermandad de la Sangre de Cristo (fotografía de David Beneded).

Las Campanillas y Escaleras

Tras la bandera corporativa, que vuelve a ser acompañada desde 2010 por dos niños ataviados con tabardo de seda morada con el emblema de la Hermandad diseñado por Emilio Fortún, se ubican en el orden procesional las campanillas y las escalerillas.

Las primeras aparecen al inicio del cortejo desde, al menos, 1700, y en 1860 se especifica que era tañidas por dos hermanos anunciando la muerte del Redentor y, por consiguiente, avisando al público de la inminente llegada de la procesión. Este instrumento (y la propia misión anunciadora) ha estado tradicionalmente asignado al cargo de llamador, muñidor u otras figuras similares (como en Zamora, donde recibe el nombre de Barandales) quienes, durante el resto del año, tenían también la función de hacer llegar a los cofrades las convocatorias a capítulos, misas, procesiones y entierros. De hecho, en la Hermandad de la Sangre de Cristo, consta la existencia de dos llamadores con funciones distintas: uno, de campana, «que ejercía esta labor de anunciar haciendo sonar una esquila, el paso de un cadáver, y señalaba algunos actos litúrgicos, llamando a la colecta», y otro, conocido como llamador de boca, que «comunicaba personalmente las convocatorias a capítulo y publicaba algunas notificaciones» (Gómez Urdáñez, 1981).

Por su parte, la pareja de escalerillas que representan las que serían usadas para bajar el cuerpo de Jesús de la Cruz y poderlo enterrar en el Sepulcro, antaño iban acompañadas de otros instrumentos de la Pasión que simbolizan, a su vez, «el sufrimiento de Cristo, a la vez que aluden a las armas con las que este logró vencer a la Muerte y al Demonio» (Lucía Gómez-Chacón, 2017).

Precisamente, las escaleras han sido uno de los elementos más usados en la historia de la humanidad para simbolizar la resurrección, desde el Antiguo Egipto en el que se muestra a Orisis como «dios de la parte superior de una escalera» (Vázquez Hoys, 2009) hasta el bíblico sueño de Jacob en el que una escalera conecta la Tierra con el Cielo aludiendo a la esperanza por alcanzar el Paraíso (cf. Gén 28, 12-22).

Las doce "Tribus de Israel", ataviados como hebreos de la época y con los estandartes con el nombre de la misma y su alegoría (fotografía de David Beneded).

Las Tribus de Israel

La representación de las tribus aparece en el Santo Entierro prácticamente desde sus orígenes, mediante «doze banderas de las tribus de tela pintadas al olio» que fueron donadas en 1622 por don Juan de Funes y Villalpando. El poema «Entierro de Christo en Çaragoça» datado de 1628, reseña que aparecían tras el paso de la muerte (cf. Olmo Gracia, 2012) mientras que en el orden procesional de 1700 se posicionan delante de la «Cruz con su toalla», sacándose cada tribu «entre dos achas blancas», apareciendo las tribus listadas y ordenadas tal y como señala la relación del Génesis.

En éste, se nombran los doce hijos que tuvo el patriarca del pueblo de Israel agrupados y ordenados con los que había tenido con cada una de sus esposas: «Hijos de Lía: Rubén, primogénito de Jacob, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Hijos de Raquel: José y Benjamín. Hijos de Bilá, criada de Raquel: Dan y Neftalí. E hijos de Zilfá, criada de Lía: Gad y Aser» (Gn 35, 23-26). En el Éxodo, volverán a repetirse estos mismos «nombres de los hijos de Israel que fueron a Egipto con Jacob» (Ex 1, 1-4) teniendo en cuenta que José que ya se encontraba en Egipto, repitiéndose también en la genealogía del primer libro de Crónicas (cf. 1Cr 2, 1). Sin embargo, en la lista de entre los que fueron sellados por el ángel en la visión de Juan del Apocalipsis (cf. Ap 7, 5-7), se produce una significativa variación al desaparecer Dan, por practicar la idolatría (cf. Jue 18, 14-31), y sustituirlo por Manasés, el hijo mayor de José.

Sin embargo, y seguramente a partir de la incorporación en el siglo XIX de las nuevas banderas posiblemente pintadas por Vicente Gascón, las tribus se adaptarían a la lista apocalíptica.

Curiosamente, y además de la inscripción con el nombre y de un elemento alegórico pintado al óleo, cada estandarte lleva una numeración del I al XII, ordenada inversamente en un guiño a eso de que «muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros», que precisamente Cristo dice a los apóstoles tras alentarles de que ellos se sentarían «en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19, 28-30).

Isaac y Abraham, dos de los personajes del Antiguo Testamento que figuran en el "Santo Entierro" (fotografía de David Beneded).

Los Personajes del Antiguo Testamento

Los grupos de personas representando a algunas de las figuras más relevantes de la Biblia, encuentran su origen en los dramas litúrgicos medievales, siendo probablemente el más conocido el llamado «Ordo Prophetarum» o «procesión de los Profetas», compuesto en el siglo XII inspirado en un sermón atribuido a san Agustín, y que era interpretado en la Navidad con el fin de anunciar la llegada del Mesías. De estas obras, pasaron a los autos sacramentales y de allí a las procesiones del Corpus Christi.

En el Santo Entierro zaragozano consta su presencia al menos desde 1700, especificándose en 1860 que entre dichos personajes aparecían: Moisés «caudillo y legislador del pueblo hebreo», cuyo atributo era las tablas de la Ley donde están inscritos los diez mandamientos (cf. Éx 24, 12); Aarón, el hermano de Moisés que tampoco llegó a entrar en la tierra prometida, ataviado con las vestiduras de sumo sacerdote y teniendo como atributos más representativos el pectoral del juicio y la matteh, o vara que floreció por voluntad de Dios y que le confirmó en el cargo (cf. Núm 17, 1-23); David, «rey de Israel y profeta del Señor», que porta un arpa (o más bien un kinnor), instrumento del que era un gran virtuoso y que, según el primer libro de Samuel, tocaba para que con su música se calmase Saúl (cf. 1 Sam 16, 23); Melquisedec, sacerdote, profeta y rey de Salem, que aparece con el pan que ofreció a Abraham (cf. Gén 14, 18-20; y, precediendo a todos ellos (tal y como se ha mantenido hasta nuestras días) aparecen Abraham y el niño Isaac, que porta sobre sus hombros la leña, relacionando este sacrificio con el redentor de Cristo.

Los exóticos y cuidados vestidos de estos personajes fueron remodelados en distintas ocasiones, llegando a intervenir en los diseños del siglo XIX el pintor Bernardino Montañés. Ubicados tras las tribus de Israel y delante del pueblo hebreo y de las sibilas, en el tramo alegórico de la procesión, ha de reseñarse que su conservación se debe principalmente al celo del que fuera hermano receptor de la Sangre de Cristo, José Luis Centeno, y a la permanente colaboración desde 1880 de la familia Garros.

El Pueblo Hebreo, acompañado por la figura de la "Samaritana" (fotografía de David Beneded).

El Pueblo Hebreo

Grupo de doce personas que, ataviadas con trajes representativos de la época y lugar en que vivió Jesús, participan portando palmas alusivas a la aclamación que el pueblo tributó a Jesús en su entrada en Jerusalén (cf. Mt 21, 1-11; Lc 19, 28-40; Mc 11, 1-11; Jn 12, 12-19). Su presencia en dicha procesión data de antaño, incluyendo en ocasiones un coro de niños y una orquesta de cinco músicos que, a finales de siglo XIX, pasaría a denominarse Coro de las Palmas. También señala la tradición, que estos personajes no podían acceder al interior de la Iglesia de Santa Isabel, debiendo incorporarse a su lugar en el cortejo (antiguamente delante del paso de la “Entrada de Jesús en Jerusalén” y actualmente tras los personajes bíblicos y delante de la Real Hermandad de Cristo Resucitado) desde el exterior.

A este grupo se le une una representación de la mujer de Samaría a la que Jesús pidió agua para beber (cf. Jn 4, 1-30), pudiéndose considerar este pasaje como una prefiguración del «Tengo sed» que el mismo Jesús pronunciara desde la Cruz. Muy habitual en los cortejos procesionales del Levante, especialmente a raíz de que la cartagenera cofradía de los Californios en el siglo XVIII la incluyera en su procesión mediante un paso tallado por Salzillo y a la fabulación que en toda esa diócesis se extendió de que Fotina (nombre con el que se relaciona a la samaritana hasta en el Martirologio Romano) tras su conversión desembarcará en el siglo I en el puerto de Cartagena y predicara allí (Belda Navarro, 2015), en Zaragoza se desconoce con exactitud cuando pudo incorporarse a este Pueblo Hebreo, llamando poderosamente la atención que no aparezca reflejada en el exhaustivo orden procesional de 1881, si bien puede observarse su participación en una de las fotografías estereoscópicas recientemente datadas en 1906 conservadas por Javier Velázquez y estudiadas por “Anteayer fotográfico zaragozano”.

En cualquier caso, el grupo completo también acompaña a la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén en su procesión titular en la mañana del Domingo de Ramos.

Niñas del Colegio "Sagrado Corazón" representando a las Sibilas y portando los estandartes con los nombres de las mismas y un motete alusivo a una profecía sobre Cristo (fotografía de David Beneded).

Las Sibilas

Las sibilas eran mujeres ilustres de las mitologías griega y romana que poseían poderes proféticos inspirados en Apolo, siendo consideradas como símbolo de la revelación al comunicarse con lo divino y transmitir sus mensajes (cf. Chevalier, 1988).

En la historia aparecen distintas en diversos lugares, siendo recopiladas las diez principales por el erudito romano Varrón (en el siglo I de a.C.), quien establecería un canon con nombres y orden: Pérsica, Líbica, Délfica, Cimeria, Eritrea, Samia, Cumana, Helespóntica, Frigia y Tiburnina. Posteriormente, a partir del siglo III sus predicciones serían cristianizadas por Firmiano Lactancio en su obra «Divinae Institutiones», interpretándolas igualmente otros de los Padres de la Iglesia (San Agustín, San Jerónimo y Santo Tomás de Aquino) como profecías de la venida de Jesucristo. Agregándose a partir de 1481 dos más, Agripa y Cimea, para que sumasen doce al igual que los apóstoles, comenzarían a aparecer en dramatizaciones tales como el Canto de la Sibila que se celebraba en Navidad reproduciendo las profecías de la sibila Eritrea sobre el Juicio Final, incorporándose a las procesiones del Entierro de Cristo.

En Zaragoza, se tiene constancia de que en el orden procesional de 1860 aparecían tras el paso de “El Descendimiento” (en 1881, lo haría detrás del paso de «Nuestra Señora de las Angustias ó de la Piedad», y en ambos casos delante de la Cruz con la Sábana Santa), doce niñas que eran alumnas del Colegio Buen Pastor, «vestidas según las antiguas costumbres orientales, llevando cada una de ellas un estandartito con un motete alegórico a la Pasión y Muerte de Cristo», cuyas letrillas estaban tomadas de la procesión de la Hermandad del Santo Entierro de Sevilla donde se unieron en el año 1729. Desaparecidas durante años, en 2011 la Hermandad decidió recuperarlas, siendo representadas nuevamente por doce niñas aunque, en esta ocasión, del Colegio del Sagrado Corazón, situándolas en el inicio del orden procesional tras los personajes del Antiguo Testamento.

La Real Hermandad de Cristo Resucitado y Santa María de la Esperanza y del Consuelo, la primera cofradía de las veinticuatro que acompañan a la Hermandad de la Sangre de Cristo en el "Santo Entierro" (fotografía de David Beneded).

Las Cofradías y Hermandades

Desde tempranos tiempos, la Hermandad de la Sangre de Cristo tuvo a bien el invitar a instituciones civiles, gremios, comunidades eclesiales y otras cofradías y hermandades. Ya en el siglo XIX se incorporaron tanto la M.I. y A. Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno, en 1858 y con su imagen titular aunque con el inicial número máximos de dieciséis esclavos; y la Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores, que lo hace desde 1867, asistiendo en principio veinticuatro jóvenes vestidas de negro con su escapulario y sus estandartes de los siete Dolores.

Siendo vital la presencia durante el primer tercio de siglo XX (especialmente durante el periodo entre 1935 y 1939), con el surgimiento de las nuevas cofradías y hermandades filiales de la Sangre de Cristo, la presencia de estas entidades se hizo menos necesaria y hasta incomoda (cf. Aína Naval, 1946), adoptándose que únicamente pudieran participar las cofradías penitenciales ordenadas según el momento cronológico al que refiere su advocación dentro de la Pasión y Muerte de Jesucristo, presentando la excepción de que en primer lugar aparece la Real Hermandad de Cristo Resucitado. Y es que al tratarse del Entierro de Cristo no tiene sentido que el cortejo concluyese jubilarmente ni que se portase su paso titular, por lo que se decidió que lo hiciese con su cotitular de “Santa María de la Esperanza y del Consuelo” tratando de «poner la esperanza de la resurrección como preámbulo a la pasión y a la muerte salvadora».

La Gran Cruz con la Sábana Santa (fotografía de David Beneded).

La Gran Cruz con la Sábana Santa

Desde 2011, el cortejo fúnebre que se sitúa tras la imagen de Nuestra Señora de los Dolores y que precede al Cristo de la Cama, queda encabezado por la Gran Cruz con la Sábana Santa. Si bien su presencia data al menos desde 1700, siendo entonces sacada por «un cubierto y a los dos lados van dos huerfanitos, el uno con la escalera y el otro con la esponja». Posteriormente, el portador vestiría una especie de levitón largo hasta los pies, abotonado, de color blanco con cuello y bocamangas de terciopelo, siendo acompañado a los lados por dos niños ataviados con túnica y tercerol negro, portando sendos faroles. Una indumentaria que se perdería, al ser portada por un hermano receptor con el hábito penitencial de la Hermandad, pero que finalmente restituiría a partir del año 2016.

Esta cruz, construida en madera en su color con cantoneras doradas, también es popularmente llamada como del Sudario o de la Toalla, por pender de los brazos un gran lienzo blanco, simboliza tanto la cruz desnuda como la sábana santa que se usaría en el descendimiento del cuerpo de Jesús y que le serviría también como mortaja durante su entierro (si bien en algunas épocas este sudario fue sustituido por una «banda ó faja con atributos de la Pasión»). Asimismo, y de alguna manera, evoca a la Vera Cruz que según la tradición, fue hallada hacia el año 326 por santa Elena y que, en torno a su devoción, nacerían las primeras cofradías penitenciales dedicadas a conmemorar la Pasión del Señor. Y además, para la propia Hermandad, también hace las veces de Cruz In Memoriam.

Soldados de la Guardia Romana, con el cabo de la misma y el "signifer" que porta el "Senatus" (fotografía de David Beneded).

La Guardia Romana

Aunque ya constaba la presencia de soldados romanos en el Santo Entierro desde al menos 1700, a raíz del proyecto de reforma llevada a cabo en 1914 quedaría fundada la Guardia Romana como sección dependiente de la Hermandad de la Sangre de Cristo con el fin principal de dar «guardia de respeto» a la imagen del “Cristo de la Cama” tanto en sus salidas procesionales como en sus exposiciones a la pública veneración, especialmente durante los días de Jueves, Viernes y Sábado Santo.

Compuesta por un oficial, tres decuriones (equivalente a cabo) y treinta guardias efectivos, puede ingresar en la sección quien fuese «hermano espiritual de la Hermandad, varón y seglar; tener 23 años cumplidos, sin exceder los 40; observar buena conducta moral y religiosa; alcanzar talla no inferior a 1,65 metros; no padecer enfermedad o defecto físico que le merme las facultades necesarias para el servicio» (artículo 6º de su Reglamento). Desde 2001, y tras contar con el asesoramiento del departamento municipal de Arqueología, su uniforme consta de: medias de algodón blanco sobre las que ponen la túnica hasta la rodilla y la lorica hamata o de cota de malla sobre la que va el cingulum militare con tiras de cuero colgantes para proteger las piernas; calzan sandalias de cuero (caligæ) y la cabeza va cubierta por una gálea o casco imperial realizado en cuero y con penacho negro (excepto los decuriones, que es blanco); y como armas usan el gladius o machete, un pilum pesado o lanza y el scutum o escudo de la Legión.

Los Santos Padres portando blandones y precediendo al "Cristo de la Cama" (fotografía de David Beneded).

Los Santos Padres

Rodeando la carroza del Santo Sepulcro se sitúan un grupo de hombres vestidos de blanco y portando unos blandones que, construidos en madera y con un grueso cirio de cera granate, aparentemente tienen la función de iluminar el féretro de similar modo a como se presentaban los catafalcos reales, por lo que en algunas localidades de la antigua Corona de Aragón reciben el popular nombre de cirialots, teniendo su origen (al igual que otros de los personajes alegóricos del Santo Entierro) en las procesiones del Corpus Christi.

Como señalan los órdenes procesionales de mediados del siglo XIX, estas figuras podrían representar a los Santos Padres «a quienes visitó Jesucristo en su muerte y los sacó del limbo o seno de Abraham para llevarlos a la gloria, cuyas puertas habían estado cerradas por el pecado del primer hombre, hasta que, con el sacrificio del Calvario, quedó satisfecha la divina justicia». Unas figuras que referirían a las almas de quienes permanecían en el Limbo de los Patriarcas, procediendo de fuentes no canónicas como el «cuarto libro de los Macabeos» o el «Apocalipsis de Sofonías».

Sin embargo, y tal y como han estado caracterizados a lo largo de los tiempos, con largas barbas y pelucas canosas y ataviados con vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas, es más factible que representen a los ancianos que adoraban al cordero en el Apocalipsis canónico. De hecho, y aunque en la procesión aparecen doce en vez de los veinticuatro que señala el texto joánico, podría considerarse que éstos serían las llamadas doce tribus del Cordero que se unirían a las doce tribus de Israel, o a los doce apóstoles del Cordero que se unirían a los doce apóstoles de Jesús, por lo que en cualquier caso suman la citada cifra con la que se representa «a la humanidad glorificada que no cesa de alabar a Dios ni de interceder por nosotros».

Estandartes de la Religión y de las tres las Virtudes Teologales (fotografía de David Beneded).

Las Virtudes Teologales

Desde al menos el año 1860, aparecen en el cortejo procesional «cuatro hermanos, vestidos con túnicas blancas y capuces azules, que llevan en cuatro estandartes, con sus respectivas alegorías e inscripciones, la Religión Católica, de la que es hija esta piadosa Hermandad, y las virtudes teologales Fe, Esperanza y Caridad».

Desglosadas por san Pablo (cf 1 Co 13, 13), como señala el Catecismo, «las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano» (CCE, 1813).

Tras muchos años sin participar en la procesión, estos estandartes fueron recuperados en 2012 gracias a la intervención de Francho Almau, apareciendo figuras alegóricas pintadas en el centro del anverso y versos en redondilla explicando cada concepto en el reverso. De este modo, en el estandarte de la Religión, aparece un ser alado con tiara pontificia sentando en una cátedra, mientras que las virtudes están todas representadas por figuras femeninas: la figura de la Fe, es una sacerdotisa vestida de blanco, con los ojos vendados (recordando que la Fe es ciega) y portando con su mano derecha un cáliz alusivo a la Sangre de Cristo y con la izquierda una cruz, como mayor testimonio de fe para los cristianos; la Esperanza, una joven con túnica verde y manto rosado, porta un ancla teniendo este atributo su origen en san Pablo «cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme» (Heb. 6, 18-19); y la Caridad, que se presenta como una matrona amamantando a dos niños, como símbolo de la entrega y ayuda a los más necesitados.

El estandarte de la Sección de la Cama (fotografía de David Beneded).

La «Sección de la Cama»

Como consta en el orden del cortejo procesional del Santo Entierro del año 1666, el paso del «Santo Sepulcro, con la imagen de Cristo cubierta por una sábana» era custodiado desde lejanos tiempos por «sus cofrades, acompañados por hermanos de la Sangre de Cristo», lo que evidencia la presencia en la procesión de un grupo de personas distinto a la Hermandad.

Dichas personas, por lo general pertenecientes a las familias más distinguidas de la ciudad, querrían agruparse bajo el nombre de «Antiquísima y Noble Hermandad del Santo Sepulcro» rigiéndose por sus propios estatutos conformados por cuarenta artículos generales más un título especial de otros diecisiete acerca del Ritual, y estableciendo como fin primordial «llevar sobre los hombros y acompañar el Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo en la procesión del Viernes Santo y demás actos públicos que ocurriese». Posteriormente, en 1862, se establecería una concordia con la Hermandad que sería aprobada por el arzobispo Manuel García Gil, donde se estipularían varios aspectos organizativos como la división de los miembros entre propietarios (que son los que tienen derecho a portar la Cama del Señor) y los supernumerarios (que por orden de antigüedad esperan su turno hasta cubrir una vacante de propietario).

Durante la salida procesional del Viernes Santo, visten túnica negra en cuyo lado izquierdo y a la altura del pecho llevan bordado el escudo corporativo (que es la cruz del Santo Sepulcro), ornamentándose con solapa de terciopelo y ciñéndose con cinturón del mismo material y color. Como prenda de cabeza usan un tercerol también de color negro y, diferenciándose de los receptores de la Hermandad de la Sangre de Cristo en que si se cubren el rostro con el antifaz, completándose el hábito penitencial con camisa blanca así como corbata, zapatos, calcetines y guantes negros.

La carroza del "Santo Sepulcro" portada por los miembros supernumerarios de la Sección de la Cama y escoltado por miembros de la Guardia Civil con el uniforme de gala (fotografía de Pedro Lobera).

La Carroza del Santo Sepulcro

Desde las primeras referencias halladas de la procesión del Santo Entierro consta que el “Cristo de la Cama” era portado en andas y bajo palio, tal y como se describe en la composición poética de autor anónimo «Entierro de Christo en Çaragoça» datada en el primer tercio del siglo XVII, constatándose también en la composición del cortejo de 1700 que «el Santo Sepulcro con su Palio» llevado por «ocho licenciados».

Y si bien, con posterioridad, el palio se situaría tras el «Féretro o Sepulcro», siendo suntuoso «de terciopelo negro, con una gran cúpula y galones de oro», recibiendo incluso la autorización pertinente de la Sagrada Congregación de Ritos para continuar con la costumbre de portar este palio de respeto, no sería hasta 1938 cuando la Hermandad procedería a la sustitución de las andas por un carrozamiento, encomendado el proyecto a Regino Borobio Ojeda.

El prestigioso arquitecto, colaborador abnegado de la Hermandad y de la práctica totalidad de las nuevas cofradías y hermandades surgidas a partir de 1937, se encargaría de diseñar la nueva carroza detallando que «la parte decorada que sirve de basamento a las figuras que sostienen la cama deberá ser de madera tallada y orada» incorporando unos faldones para cubrir las ruedas «de terciopelo negro con fleco dorado» y usando otro terciopelo negro para cerrar «el espacio que la cama deja al aire entre ésta y la plataforma de las figuras» (Vázquez Astorga, 2007). Para la iluminación, se incluirían cuatro arbotantes de «metal color oro viejo» que fueron construidos por Rogelio Quintana, realizándose todos los trabajos de carpintería y mecánica, Mariano Aladrén Margalejo.

El "Guión de la Ciudad de Zaragoza" acompañado por dos faroles con el emblema de la Hermandad (fotografía de Pedro Lobera).

El Guión de la Ciudad de Zaragoza

El 17 de febrero de 1959, con ocasión del 150º aniversario del rescate del “Santo Cristo de la Cama” y en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, lugar donde se había trasladado la sagrada imagen, el Excelentísimo Ayuntamiento regaló un banderín por su compromiso con la ciudad y «para que allí donde acuda la Hermandad, la Ciudad de Zaragoza vaya siempre con ella».

El guion o banderín es portado durante la procesión del Santo Entierro por el hermano decano, cargo que desempeña el hermano receptor de mayor antigüedad en el Cuerpo de Receptores de la Hermandad. Igualmente, es exhibido junto al “Cristo de la Cama” durante el tiempo que la imagen permanece expuesta a la veneración pública durante los días de Jueves y Viernes Santo.

Está compuesto de un asta dorada rematada en punta de flecha de la que pende un paño de terciopelo bicolor con flocaduras doradas. De esta forma, en el anverso se presenta en color negro, con el escudo de la ciudad, cuya descripción heráldica corresponde a un campo de gules, con un león rampante de oro (que se presenta linguado, uñado, armado y coronado) y timbrado por una «corona real, abierta y sin diademas, engastada de piedras preciosas, compuesto de ocho florones, visibles cinco, interpolados de perlas». El envés, que es de color carmesí, presenta en hilo de oro la corona formada por las ramas de laurel y de palma quedando circunvaladas por las siglas de los seis títulos que ostenta la ciudad: Muy Noble, Muy Heroica, Muy Leal, Siempre Heroica, Muy Benéfica e Inmortal.

El Estandarte Real donado por la reina Isabel expuesto en el "Sepulcro" montando el Jueves y Viernes Santo en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de David Beneded).

El Estandarte Real

Precediendo la presidencia de honor de la procesión, siendo portado por el presidente de la Hermandad de la Sangre de Cristo y acompañado durante el recorrido por el Sr. Arzobispo de Zaragoza, aparece el llamado «Estandarte Real».

Este pendón tiene ciertas reminiscencias del que portaba el alférez real precediendo a los reyes en combates, ceremonias y funerales, constando su aparición en el Santo Entierro de 1700 si bien iba «arrastrado». En 1860, y a raíz de la visita de Isabel II a nuestra ciudad, la reina donaría a la Hermandad una nueva insignia real elaborada en ricos bordados bajo fondo de terciopelo negro. La misma, está compuesta del emblema de la Hermandad flanqueado por el escudo papal y por el escudo de España, concretamente el llamado escudo pequeño o simplificado, que únicamente presenta las armas de Castilla León con el escusón de Borbón-Anjou en el centro y las armas de Granada en la punta. Además, incorpora bordadas en hilo de oro las frases «Inclinada la cabeza, entregó su Espíritu» y «Venid, Adorémosle».

Recordar que la Hermandad posee el título de Real desde el año 1828, siendo concedido por Fernando VII y certificado con la firma de su ministro, el aragonés Francisco Tadeo Calomarde y Arria. Asimismo, la Hermandad ha designado a dos monarcas españoles como Hermanos Mayores Honorarios: en 1890, a Alfonso XIII, siendo aceptado en su nombre por la reina regente María Cristina y quedando ratificado el nombramiento en 1902 al cumplir el monarca la mayoría de edad; y en 1996, a Juan Carlos I.

IV) La participación de la Cofradía en el «Santo Entierro»

El paso del “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra” siendo portado con ruedas, cruzando el dintel de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal para concluir, de este modo, la participación de nuestra Cofradía en la procesión del “Santo Entierro” (fotografía de Jorge Sesé).
El paso del “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra” siendo portado con ruedas, cruzando el dintel de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal para concluir, de este modo, la participación de nuestra Cofradía en la procesión del “Santo Entierro” (fotografía de Jorge Sesé).

En la tarde-noche del mismo 22 de marzo de 1940 en el que nuestra Cofradía había efectuado su primera salida procesional para predicar públicamente las Siete Palabras, se produjo la primera ocasión en la que participamos corporativamente en la procesión del Santo Entierro. Ese año, el cortejo procesional presentó múltiples novedades, puesto que además de contar con nuestra participación, también se incorporaron otras nuevas cofradías y hermandades, se estrenaron hábitos penitenciales, pasos completos como el nuevo de “La Entrada de Jesús en Jerusalén” que habían tallado los hermanos Albareda o la espectacular carroza de plata de “Nuestra Señora de los Dolores” diseñada por Regino Borobio y labrada en los talleres Quintana. Incluso, también se estrenó una parte del recorrido, ya que al itinerario de costumbre que pasaba por la calle Cerdán, Coso y plaza de España, se añadió el paso por «todo el paseo de la Independencia, por ambos andenes, en sentido de ida y vuelta» (Diario Amanecer, 23 de marzo de 1940), colocándose allí mismo largas hileras de sillas en las que el público podía sentarse para presenciar el gran cortejo a cambio de un pequeño donativo destinado para la asociación benéfica La Caridad.

De esta manera, en el cortejo procesional nos integramos tras el paso conocido como “La Copa” o “Hiel y Vinagre” (que por entonces todavía era portado por los terceroles de la Hermandad de la Sangre de Cristo), llevando los primitivos faroles de las Palabras y el paso de “El Calvario”, tras el que se situarían los socios de la Pía Unión de las Tres Marías y discípulos de San Juan Evangelista (conocida popularmente como Marías de los Sagrarios), a la que seguían los faroles de las Cinco Llagas, más un nutrido grupo de mutilados de guerra (algunos incluso en sus cochecitos y otros acompañados por enfermeras) y por la Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora, fundada en el mes de noviembre de 1939 bajo el amparo de la Real Congregación de la Anunciación de Nuestra Señora y de San Luis Gonzaga.

Como se puede observar en la descripción realizada de ese tramo de la procesión, durante esos años (y máxime teniendo en cuenta la excepcional labor realizada durante los años de la Guerra Civil y en el previo de 1935 cuando cumplieron voluntariamente la tarea de portar los pasos cuando muchos de los terceroles secundaron huelga), en el Santo Entierro era frecuente la asistencia de numerosas instituciones civiles y eclesiásticas, colegios profesionales, asociaciones de fieles, pías uniones y cofradías y hermandades de carácter no penitencial. Así, por ejemplo, y sin incluir agrupaciones musicales (ya fuesen coros, escolanías, capillas, bandas de música o bandas de guerra) se tiene constancia de la participación de más de una veintena de estas entidades, entre las que se encontraba la Juventud de Acción Católica, que precedía a nuestra Cofradía, y la Junta Diocesana de Acción Católica, cuya representación se situaba tras el paso de la “Virgen de los Dolores” y precediendo a los estandartes de las Virtudes Teologales. Sin embargo, en los años sucesivos se va a adoptar la decisión de retirar la invitación a todo este movimiento asociativo al considerarse que era «un relleno [que] no sólo es innecesario sino impertinente». Términos que emplearía el que fuera consiliario fundador de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, el canónigo Leandro Aína Naval, para avalar que al cambiar las circunstancias totalmente, únicamente debían componer la procesión «la Hermandad de la Sangre de Cristo con su sección de la Cama, las cofradías filiales y la Congregación de Esclavas de Nuestra Señora de los Dolores», advirtiendo que «todo lo que no sea hábito, uniforme de pasión, perfil de Semana Santa, es quitar a la procesión general del Santo Entierro vistosidad y carácter, además de alargarla innecesariamente».

Consecuentemente, y con pequeñas excepciones que se mantendrían hasta fechas recientes, la procesión va a reducirse considerablemente, sufriendo únicamente variaciones en el orden procesional establecido cuando se producía una incorporación de alguna nueva cofradía penitencial. De este modo, a partir de 1944 se agregaba la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Agonía y de Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos o del Silencio, fundada precisamente por un grupo de jóvenes de Acción Católica de la Parroquia de San Pablo, y que portaría la talla anónima, barroca y del siglo XVIII conocida bajo la advocación de “Nuestro Padre Jesús de la Agonía”. Una imagen propiedad de la parroquia paulina y cuya datación y autoría durante décadas ha sido atribuida erróneamente al escultor Jerónimo Nogueras en 1588 a raíz del equívoco cometido por Abbad Ríos quien confundió esta imagen de Cristo crucificado con la renacentista imagen conocida popularmente como el “Cristo de Abiego”, tal y como han demostrado recientemente las investigaciones de Bruñén Ibáñez y Criado Mainar.

En cualquier caso, esta devotísima imagen, que transmite tan fielmente todo el sufrimiento padecido por el Redentor, tanto así que el padre Faci diría de ella que «quien mejor informará de lo vivo de esta Imagen, es ella misma que semejante, a su original, compunge mirada con devoción», presenta a Cristo en el momento exacto que transcurriría desde que pronunciara su última palabra con la que entregaba su espíritu al Padre hasta que finalmente expirara. Consiguientemente, y puesto que nuestra Cofradía hasta 1950 portaría el paso de “El Calvario” en el Santo Entierro, donde se presenta a Cristo muerto, durante estos años la Cofradía de la parroquia del Gancho precedería a la nuestra en el orden procesional.

Ya con la incorporación de nuestro paso de “La Tercera Palabra”, y la fundación en 1952 de la Cofradía de la Crucifixión del Señor y de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, quien se hizo cargo del paso de “El Calvario”, dejaría este tramo definitivamente ordenado hasta nuestros días, ocupando la Cofradía del Silencio el sitio posterior al nuestro y tras ella, la citada cofradía de La Crucifixión. Sin embargo, sí habría nuevas modificaciones en la década de los años sesenta, cuando se agregaran a la procesión dos nuevas cofradías: la Cofradía de Nuestra Señora de la Asunción y Llegada de Jesús al Calvario, que se haría cargo del paso de La Copa, que hasta entonces se situaba delante nuestro; y, precisamente, la cofradía que ocuparía ese preciso lugar en el cortejo, la Cofradía del Cristo de los Desamparados.

Formada en su mayor parte por personas de etnia gitana, su llamativo hábito estaba compuesto por «una túnica de gruesa tela verde oscuro, de hechuras bastas, apretada a la cintura por un cinturón violeta» y llevando como prenda de cabeza, más que un capirote, «un simple trozo de tela del mismo tejido que la túnica, con dos agujeros para los ojos y mantenido sobre la cabeza por un cordón violeta» (Fribourg, 1980). Estaba presidida por el torero y banderillero Lorenzo Jiménez Castro conocido por el sobrenombre artístico de el Faraón, contando con el apoyo de un programa de ayuda al gitano promovido por la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro (cf. García de Paso Remón y Rincón García, 1981) y/o por uno de los centros asistenciales regidos por Acción Católica, «consagrándose a la formación religiosa y realizando magníficos trabajos de apostolado entre los gitanos» (Torres Torres, 1961). Además, en Semana Santa, organizaban un Vía Crucis que celebraban en la tarde del Domingo de Ramos por el entorno parroquial de la Magdalena, y participaban en el Santo Entierro en el lugar citado, teniendo como imagen titular un Cristo crucificado que todavía se encontraba vivo, del cual la etnóloga francesa Jeanine Fribourg refiere que era «prestado para ocasión por el convento de las hermanas de San Vicente de Paúl», pero que es bien seguro que, al menos durante la mayoría de años de su corta existencia, se trataba de un antiguo crucificado que se halla y puede contemplarse en la nave de la epístola de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena.

Tras la desaparición de esta cofradía, hacia el año 1969, nuevamente nuestra Cofradía volvería a quedar tras el paso titular de la Llegada al Calvario, hasta que en la tarde del Viernes Santo de 1988, y tras haberse fundado el 2 de mayo del año anterior, se incorporara la Cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz. Y si bien es cierto, que desde esa fecha ya no hemos sufrido ninguna modificación en nuestro tramo del cortejo, nuestro guion sí que ha ido detrás de diferentes pasos, ya que la Cofradía establecida en la Parroquia de Santa Gema, ha poseído hasta tres imágenes cristíferas distintas como titular: el conocido como “Cristo de Santa Gema”, por ser propiedad de los padres Pasionistas y estar expuesto en la parroquia que estos regentan en el barrio de Casablanca bajo la titularidad de la joven santa canonizada Gema Galgani, y que la Cofradía portaría en sus dos primeros años; el llamado “Cristo de las Mónicas”, una talla anónima conservada en el Monasterio de las Reverendas Madres Agustinas de Santa Mónica que refleja la transición del renacimiento al barroco, y que portarían entre los años 1990 y 1992; y, finalmente, desde 1993, la imagen de Cristo tallada por el escultor zamorano Ricardo Flecha Barrio que inicialmente procesionaría sola, pero que acabaría conformando a partir de 1998 un paso de misterio que se denominaría “La elevación de la Cruz”, incorporando tres imágenes que corresponden a sendos sayones que simbolizan las edades del hombre.

En lo estrictamente referente al modo en el que se dispone nuestra formación, reseñar que se producen algunas variaciones relevantes respecto a nuestra procesión matutina puesto que, para cumplir las instrucciones y normas de participación impuestas por la Hermandad organizadora, se debe seguir en todo momento el ritmo marcado por la cabeza de la procesión, evitando parones y cortes, por lo que, al igual que estiman otras cofradías, la junta de gobierno decidió no presentar la peana del “Cristo de las Siete Palabras” así como retirar los varales para usar el carrozamiento que lleva integrado el paso del “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra”, no siendo esta imagen portada a hombros, sino que es llevada con ruedas y empujada por hermanos ataviados esta vez con capirote verde, en sustitución de los terceroles negros de los portadores matutinos.

De este modo, la formación está encabezada por el guion y los faroles de cabecera; el estandarte conmemorativo del Cincuentenario fundacional y del hermanamiento con la cofradía de Cádiz; las Cruces In Memoriam; el paso de “La Tercera Palabra” con sus pebeteros y seguido de las hermanas de mantilla; los faroles de las Palabras junto a las filas de velas precedidas con las mazas de honor; la Sección Infantil; el paso de “La Quinta Palabra” con sus pebeteros; la sección de instrumentos, en fondo de cinco; los incensarios que preceden al paso del “Cristo de la Expiración”; el Piquete de Honor; la presidencia de honor; los hermanos bienhechores, junto a otros hermanos que porten la medalla, así como familiares y fieles que hayan obtenido previamente la tarjeta de penitente otorgada por la Hermandad de la Sangre de Cristo; y finalmente, las varas de cierre.

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-IV; 2021); y Mariano RABADÁN PINA (ap. IV; 1996). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: El "cierre" de los pasos en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, alrededor de las once de la noche del Viernes Santo, supone la conclusión de nuestra participación en el "Santo Entierro" y la finalización de nuestras procesiones penitenciales, pero el principio de nuestra particular vivencia en la fe como cristianos y como cofrades (fotografía de Alberto Olmo).

Fotografías secundarias: Evolución histórica de la procesión: David Beneded, Hermandad de la Sangre de Cristo, Archivo Barboza-Grasa, 1935 y Manuel Coyne (DARA); Composición del cortejo procesional del «Santo Entierro»: David Beneded y Pedro Lobera;