Devoción a la Virgen del Pilar

«Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza»

La Santísima Virgen es la primera y la más fiel discípula de Cristo, al adherirse total y responsablemente a la voluntad de Dios, acogiendo la Palabra y poniéndola en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque recorrió su propio camino de fe y acompañó a su Hijo, Jesucristo, en su sacrificio de redención del mundo. Ella es el paradigma de la santidad auténtica, representando el modelo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, pues por su inmediación rinde culto al Padre Eterno (cf. MC 16). También supone el ejemplo del amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva (cf. LG, 65), Pero, sobre todo, es la muestra de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios y de este, un compromiso de vida.

En nuestra tierra, en nuestra ciudad, el santo nombre de María resuena desde hace dos milenios bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, refiriendo la secular tradición que en la noche del 2 de enero del año 40 y en carne mortal, vino desde Jerusalén a Zaragoza para consolar y confortar al apóstol Santiago en su misión de predicar el evangelio. Así queda narrado en los folios finales del códice «Moralia sive Expositio in Job» datado en 1297 conservado en el archivo de la Catedral-Basílica:

«Entre tanto, Santiago el Mayor, hermano de Juan, hijo del Zebedeo, por revelación del Espíritu Santo, recibió un mandato de Cristo para que viniese a España a predicar la palabra de Dios. Él se dirigió inmediatamente a la Virgen, le besó las manos y le pidió con piadosas lágrimas la licencia y bendición. La Virgen le dijo: “Ve, hijo; cumple el precepto de tu Maestro, y por el mismo te ruego que en una ciudad de España, donde convirtieres mayor número de hombres a la fe, edifiques una iglesia en memoria mía, como te mostraré que lo hagas”. Saliendo, pues, Santiago de Jerusalén, anduvo predicando por España, llegando finalmente a la España Menor, que se llama Aragón, en aquella región que se dice Celtiberia, donde está situada Zaragoza, a orillas del río Ebro.

Aquí predicó Santiago muchos días, logrando convertir para Cristo a ocho hombres. Con ellos se entretenía a diario acerca del reino de Dios, y por la noche se iba a una era cerca del río, donde se echaba en la paja. A los pocos días, estando el Apóstol con los fieles sobredichos, cansados de la oración hacia la media noche, y durmiendo ellos, oyó Santiago voces de ángeles que cantaban: “Ave María, gratia plena”. Él, arrodillándose en seguida, vio a la Virgen, madre de Cristo, entre dos coros de millares de ángeles, colocada sobre un pilar de mármol.

El piísimo semblante de la bienaventurada Virgen María llamó a sí dulcísimamente al santo Apóstol, y le dijo: “He aquí, hijo mío, Santiago, el lugar designado y deputado para mi honor. Mira este pilar en que asiento. Sabe que mi Hijo, tu Maestro, lo ha enviado desde lo alto por mano de los ángeles. Alrededor de este sitio colocarás el altar de la capilla. En este lugar obrará la virtud del Altísimo, prodigios y milagros admirables por mi intercesión y reverencia a favor de aquéllos que imploren mi auxilio en sus necesidades. Y el pilar estará en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad adoradores de Cristo”. Entonces el apóstol Santiago, lleno de alegría, dio innumerables gracias a Cristo y también a su madre. Luego aquel ejército de ángeles, tomando a la Señora de los cielos, la restituyó a Jerusalén y la colocó en su celda. Gozoso el bienaventurado Santiago con tal visión y consolación, empezó inmediatamente a edificar allí la iglesia, ayudándole los que había convertido a la fe».

Códice «Moralia sive Expositio in Job», 1297

Desde esa bendita hora, María «se ha hecho entre nosotros pilar y templo de nuestra fe» (Jiménez Zamora, 2019) en la que se asienta gran parte de la espiritualidad de todo un pueblo, de nuestra propia corporación. Por ello, la devoción y culto a la Virgen del Pilar constituye uno de los fines primordiales de la Cofradía acudiendo, con asiduidad y cariño filial, en peregrinación hasta su Casa y participando asimismo en los actos principales que se celebran en su honor durante las fiestas patronales.

I) Buscando la protección de la Madre de Dios bajo su manto misericordioso

María es venerada en el seno de la Iglesia con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades (cf. Breviario Romano). Frente a toda situación de injusticia humana y de miseria eclesial, María es una señal de esperanza. Y así como en la vida natural los hijos pequeños no suelen darse cuenta de lo que sus padres hacen por ellos, solamente apreciando los sacrificios y atenciones que les han dispensado con el paso del tiempo y al adquirir la madurez, cuando se descubre que la Santísima Virgen es Madre nuestra, se adquiere madurez espiritual. Entonces uno no se limita a rezar sus oraciones como un autómata, sino que le tiene devoción auténtica que es camino de nuestra salvación para pasar del ritualismo hueco a una mayor profundidad religiosa, en un culto íntimamente unido a Cristo que nos acerca al Padre.

Una protección maternal que, desde épocas tempranas (al menos desde los siglos III y IV), quedaría incorporada en el arte presentando a María cubriendo y protegiendo con su vestidura celestial a la cristiandad entera o a un colectivo de fieles (órdenes, cofradías, etc.). Sería el nacimiento de una iconografía conocida como Mater Omnium o Virgen de la Misericordia que sería difundida a partir del siglo XIII tanto en Alemania, a través del monje cisterciense Cesario de Hesirbach de Colonia como, especialmente, en Italia a raíz de la fundación por san Buenaventura de la Cofradía de los Recommandati Virgini, y en la que se presenta a la Virgen con una estatura gigantesca en relación a sus protegidos, desplegando los faldones de su manto con sus propias manos, o en otras ocasiones, a través del servicio de ángeles y santos (Réau, 1996).

De esta manera, el manto comenzaría también a ser utilizado, no solo como mera ornamentación de las imágenes marianas, sino como referencia a la mediación de la Madre de Dios en defensa de la humanidad además de prueba tangible del fervor y la devoción de quienes donaban estas piezas. El manto, pues, recoge «las emociones, sentimientos, ilusiones, anhelos, preocupaciones y agradecimientos de los fieles: es el atributo de la Mater Omnium que otorga así protección a todos sus hijos» (Martínez Alcalde, 1995).

La costumbre de colocar un manto a la Virgen del Pilar se remonta a finales del siglo XV, refiriendo el primer testimonio documental a la donación de uno realizada el 9 de septiembre de 1491 por la IX Señora de Pedrola y condesa de Ribagorza (cf. Ágreda Pino y Casorrán Berges, 2013) conociendo también, según consta en el protocolo del notario don Martín de la Zaida, que en 1504 el beneficiado don Juan Benedic destinó en su testamento 100 sueldos para un manto. Tal debió ser el éxito de estas iniciativas que en 1577 entre los jocalias, joyas y otros «ornamentos que ay en la Sacristía de la Capilla de Nuestra Señora del Pilar» había ya 72 mantos, tal y como señala el inventario elaborado por el notario don Pablo de Gurrea.

Sobre esta tradición, plenamente consolidada en el siglo XVII, pone luz Gerardo Mullé de la Cerda, en su libro «El Templo del Pilar: vicisitudes porque ha pasado hasta nuestros días y su descripción de las nuevas obras» donde dice textualmente:

«Desde tiempos muy remotos, pues todos los escritores lo refieren, se viene cubriendo el Pilar con los llamados mantos, que puestos parecen un cono truncado. Antiguamente se colocaban tan altos, que sólo se descubrían las cabezas de la Virgen y del Niño, por lo que en las pinturas antiguas así se representa, y en las oficinas de la Seo existe un lienzo muy bien pintado, que recuerda el estilo de Alonso Cano, en que un religioso dominico está orando á los pies de la Virgen, cuyo Pilar se halla adorando de este modo. En el siglo precedente y acaso á escitacion de D. Ventura Rodríguez, se empezaron á colocar como ahora se ponen; y fuera de desear que si no quitarlos, por ser tan antigua la costumbre, al menos se bajasen hasta descubrir del todo la sagrada efigie».

Gerardo Mullé de la Cerda. «El templo del Pilar: vicisitudes porque ha pasado hasta nuestros días…», 1872

La colección consta actualmente de medio millar aproximado de mantos procedentes de todo tipo de instituciones, entidades y particulares, manifestando, además de su valor material y riqueza artística, su gran amor hacia la Virgen. El más antiguo de los que se conservan es el donado por el Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza en el año 1762, bordado en oro por las Madres Capuchinas, y que tradicionalmente es colocado cada día 12 de octubre.

De modo estándar, los mantos son confeccionados en tela (tisú, raso, terciopelo o damasco, aunque también hay alguno realizado en otros materiales como el papel usado en el ofrendado en 2007 por el Grupo Zaragozano de Papiroflexia) presentando la forma de un trapecio circular y teniendo «una cinta que une los vértices de la base inferior mide 146 cm., y la que une los vértices supriores entre 40 y 47 cm; y su altura es de 82 a 85 cm. más el fleco» (Pasamar Lázaro, 2015). Dichos mantos son colocados diariamente, instituyéndose un ritual llevado a cabo por el capellán de la Virgen quien procede a la sustitución del manto, escogiendo uno cuyo color coincidiera con el de la liturgia del día siguiente a excepción de celebraciones especiales (como la citada festividad del 12 de octubre, Navidad, San Valero, San Jorge, Jueves y Viernes Santo, Cristo Rey,…) o días significativos para instituciones o entidades de especial relevancia.

Esta práctica se repite diariamente, excepto en una serie de fechas concretas en las que no se coloca el manto dejando al descubierto el revestimiento de plata que cubre la columna original de jaspe. Dichos días generalmente son los 2, 12 y 20 de cada mes, en recuerdo de los días 2 de enero (conmemoración de la Venida de la Virgen a Zaragoza en ese día del año 40), 12 de octubre (solemnidad de Nuestra Señora del Pilar) y 20 de mayo (aniversario de la coronación canónica llevada a cabo en tal día del año 1905), si bien existen excepciones como el día 19 de octubre en el que tampoco se le coloca manto con motivo del último día de la octava de la fiesta de Nuestra Señora del Pilar (cf. Gracia Largada, 2009); o, contrariamente, y precisamente los días 12 de octubre y 20 de mayo, que si lleva.

Actos pilaristas: apertura de los actos del 75º Aniversario (fotografía de César Catalán)

Buscando tu protección

Muchas son las ocasiones que la Cofradía ha acudido a implorar la protección maternal de la Virgen del Pilar o a darles las gracias por tantas y tantas cosas. A ella hemos ido en peregrinación en los años jubilares pilaristas o en las aperturas de nuestros aniversarios fundacionales; le hemos presentado cada año a nuestros infantiles, al igual que hicimos con la recién bendecida imagen de su Hijo, el Cristo de la Expiración. Y nunca ha faltado nuestra ofrenda cada vez que hemos tenido que refugiarnos en su Santa Casa cuando la lluvia quería impedir la misión de predicar públicamente las Siete Palabras.

Actos pilaristas: Nuestra Señora del Pilar con el manto que lleva bordado el emblema de la Cofradía (fotografía de Paco Sangorrín, Pasión en Zaragoza)

Un manto con nuestro emblema

Entre los cientos de mantos que posee el ajuar de la Virgen del Pilar, se encuentra uno que, sin duda, es muy especial para nuestra Cofradía. Y es que, gracias a la devoción por la Virgen del Pilar, al cariño que profesa por nuestra Cofradía doña Margarita López Gallego y al ingente trabajo que esta vecina de Leganés dedicó durante cuatro años, el 15 de abril de 2012 se procedió en la Santa y Angélica Capilla a la entrega de un magnífico manto que contiene nuestro emblema.

Actos pilaristas: detalle del manto con el emblema de la Cofradía (fotografía de Julio Antonio Vicente)

Puntadas de amor y devoción

Bordado con hilo de oro y de plata sobre terciopelo verde y con un diseño simétrico, el manto presenta en su eje central superior el monograma de María superpuesto por una corona real en alusión a la realeza de la Virgen, quedando todo el frontal enmarcado entre ramificaciones conformadas por tallos curvos, hojas de acanto, estrellas y motivos florales. El emblema de la Cofradía se sitúa en la parte inferior central, a modo de medallón entrelazado con roleos y acantos, quedando remantada la pieza con la clásica flocadura dorada del borde inferior.

II) El «acto de presentación» de los niños y niñas de la Cofradía a la Virgen del Pilar

Uno de los actos más entrañables y emotivos de cuántos celebramos a lo largo del año cofrade y que, desde luego, se convierte en inolvidable para quien participa en el mismo, es el que desde el año 2005 viene organizando la Cofradía en el interior de la Santa y Angélica Capilla de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar para efectuar la presentación de nuestros niños y niñas a la Excelsa Patrona, confluyendo varios objetivos acordes a nuestra misión como comunidad de creyentes.

Dicho acto tiene lugar durante un fin de semana del mes de mayo, fecha que por sí misma predispone un ambiente especial y una espiritualidad propia con la que se ha de celebrar. El mes de mayo, mes primaveral por antonomasia, es el elegido por la tradición cristiana para dedicarlo a la Virgen María, estando referenciado desde el siglo XIII cuando el rey Alfonso X el Sabio, invitara a rogar a María en una de sus cántigas: «Bienvenido Mayo, y con alegría; por eso roguemos a Santa María que pida a su Hijo aún todavía que de pecado y locura nos guarde. Bienvenido Mayo. Bienvenido seas, y con alegría».

Este mes pertenece al tiempo de Pascua, «el tiempo del aleluya, de la manifestación  del misterio de Cristo en la luz de la resurrección y de la fe pascual», tiempo de la espera del Espíritu Santo y tiempo propicio para la celebración y la mistagogia de los sacramentos de la iniciación cristiana, por lo que nuestras celebraciones y ejercicios de piedad deben estar llamadas a «subrayar la participación de la Virgen en el misterio pascual (cfr. Jn 19,25-27) y en el acontecimiento de Pentecostés (cfr. Hech 1,14), que inaugura el camino de la Iglesia: un camino que ella, como partícipe de la novedad del Resucitado, recorre bajo la guía del Espíritu» (DPPL, nº 191), debiendo «poner de relieve la función que la Virgen, glorificada en el cielo, desempeña en la tierra, aquí y ahora» (Benedicto XVI, 2010).

Además, la Cofradía acude a la Casa de la Madre, no de cualquier forma ni quedada, sino en peregrinación, lo que supone evocar nuestro caminar por la tierra hacia el cielo, donde el santuario deja de ser un mero edificio (por mucha historia y arte que tenga) para transformarse en fuente viva y un lugar excepcional para vivir con la Iglesia las formas de la oración cristiana (cf. CIC, nº 2691).

El peregrinar determina varios aspectos esenciales de nuestra propia espiritualidad poseyendo varias dimensiones vitales: una dimensión escatológica, característica esencial y originaria, como «momento y parábola del camino hacia el Reino»; una dimensión penitencial, configurándose como un «camino de conversión» en el que los fieles acuden con el propósito de «cambiar de vida», de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión más trascendente; una dimensión festiva, provocando el gozo y la alegría en quienes peregrinan convirtiendo también el evento en ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para dar lugar a momentos de convivencia y de amistad; una dimensión cultual, pues una peregrinación es esencialmente un acto de cuto al acudir los peregrinos al encuentro con Dios, para estar en su presencia y abrirle su corazón; una dimensión apostólica, puesto que recuerda los caminos que recorría Jesús con sus discípulos para anunciar el Evangelio, por lo que los peregrinos se convierten en anunciadores de la fe y heraldo itinerantes de Cristo; y una dimensión de comunión de fe y caridad, no solamente con los compañeros del santo viaje sino con el mismo Señor, que camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35), con la propia comunidad a la que pertenece y, a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra, con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en ese mismo lugar y con el espacio sacro que se visita, cuya belleza respeta y admira (DPPL, nº 286).

Asimismo, acudimos a venerar la imagen de la Virgen del Pilar, que es «signo santo de la presencia divina y del amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia» (DPPL, nº 286). Además, cuando los zaragozanos entramos a la Basílica, vamos «a ver a la Virgen», del mismo modo que hacemos cuando vamos a ver a la madre cuando hemos estado fuera de casa, y haciendo que el verbo ver transcienda su propio significado, puesto que no es solo contemplar la imagen, el pilar o el manto, sino que es «estar un rato a sus pies, tratando de nuestras cosas con quien sabemos que nos ama» (Gracia Lagarda, 2003).

Finalmente, la Cofradía acude a este acto para presentar y ofrendar a la Madre de Dios, lo mejor que tiene. Y no hay mayor ni más rico patrimonio que pueda a llegar a poseer que sus propios cofrades, Más aún, las decenas de niños y niñas que nutren nuestras filas son auténticas joyas en bruto que entre todos los hermanos debemos pulir para que no solo sean el futuro de la Cofradía, o quienes dirijan su rumbo permitiendo que siga existiendo durante muchos años más, sino para que realmente sean verdaderos hijos de Dios, cristianos comprometidos, cofrades que ejemplarizan nuestro carisma con su propio testimonio de vida. Y gracias al beneplácito del Cabildo Metropolitano, nuestros infantiles (muchos de ellos ataviados con el traje o vestido de la primera comunión que acaban de recibir) se acercan hasta el camarín para colaborar con nuestro consiliario en la celebración del acto, siendo incluso «pasados» por el manto de la Virgen acompañados por los infanticos. Así, la Cofradía realiza la mayor de las ofrendas que puede hacer: presentar a Dios, por mediación de la Virgen, a sus propios hijos e hijas como signo de amor, de compromiso incondicional y de profundo agradecimiento.

Presentación a la Virgen del Pilar: el grupo de la Cofradía “peregrinando” desde la sede social hasta la Basílica (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Peregrinando hacia la Casa de la Madre

Para acudir a la “Casa de la Madre”, la Cofradía sale en peregrinación desde la sede social en la calle San Jorge, recorriendo con nuestro guion titular a la cabeza, algunas de las calles más emblemáticas del centro hasta llegar a la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, debiendo ir ataviados todos los participantes con el hábito (lógicamente, sin prenda de cabeza) o con el mismo traje de primera comunión.

Presentación a la Virgen del Pilar: los participantes en el acto, con los niños y niñas en lugar preferente, acceden a la Santa y Angélica Capilla (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Manteniendo nuestra fe aragonesa

Una vez se accede al templo basilical, y tras la recepción por los representantes del Cabildo Metropolitano, se lleva a cabo una pequeña procesión claustral (en la que no falta la visita a nuestro “Cristo de la Expiración”) con la que se llega al centro de la fe aragonesa: la Santa y Angélica Capilla.

Presentación a la Virgen del Pilar: el hermano Consiliario encargándose del desarrollo del acto que culmina con la ofrenda de la Cofradía y el “pase” de los niños por la Virgen (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Implorándote abrazados a tu Pilar

En la Santa y Angélica Capilla y a los pies de la Nuestra Señora del Pilar, se celebra un acto paralitúrgico presidido por nuestro hermano consiliario y en el que participan activamente un gran número de nuestros hermanos infantiles, dando gracias a nuestra Madre por todos los dones recibidos, ofrendando unas flores e implorando su intercesión por la salud de todos los miembros de la Cofradía.

III) La «Ofrenda de Flores», expresión multitudinaria de amor por nuestra Patrona

Desde el año 1986, la Cofradía participa como grupo en la Ofrenda de Flores, modo con el que de forma popular y abreviada es conocido por todos los zaragozanos el acto central de las «Fiestas en honor a Nuestra Señora del Pilar» que tiene lugar durante casi toda la jornada del 12 de octubre y en el cual, cientos de miles de personas provenientes de todas las partes del mundo y ataviadas con indumentaria tradicional característica de su región, ofrendan sus ramos y canastillas para confeccionar un portentoso manto floral para la imagen de la Virgen del Pilar, en una muestra sin igual de la devoción y el cariño por nuestra excelsa Patrona.

El acto surgió por iniciativa del concejal de festejos del Ayuntamiento, Manuel Rodeles Giménez, participando en la primera Ofrenda en 1958 unas dos mil personas dando inicio en la plaza de los Sitios a las doce de la mañana y componiéndose de una selecta comitiva con representación de escuelas, entidades, centros culturales, barrios zaragozanos, villas y ciudades de las tres provincias aragonesas, casas regionales establecidas en la ciudad, delegaciones de los países hispanoamericanos y la reina de las fiestas y sus damas de honor que cerrarían el cortejo. Los pocos hombres participantes se harían cargo de portar las canastillas florales distintivas de cada comisión mientras que los niños y, principalmente, las mujeres, ofrecerían a la Excelsa Patrona ramos de flores preparados por la propia organización con los que un grupo de floristas valencianos tejerían el manto para la enorme imagen de la Virgen del Pilar esculpida en escayola por Francisco Rallo Lahoz y que entonces, se situaría coronando un tablado de madera situado en el muro frontal del templo basilical.

«En el altar situado en el centro de la fachada principal de la basílica se había colocado una imagen monumental de Nuestra Señora, cuyo manto se fue llenando de flores llegadas de todas las regiones de España y tejidas con admirable habilidad por técnicos en esta tarea, que se mostraron verdaderos artistas. El manto y el altar quedaron rápidamente cubiertos. En el desfile, que fue presenciado por muchos miles de personas apiñadas en la plaza de las catedrales, llegaron en primer término los ramos de nuestras escuelas con primorosos cestos de flores. Después, muchas señoritas ataviadas con los trajes regionales de ceremonia más típicos subieron al altar de dos en dos para ir volcando sus canastillas y ramilletes de flores a los pies de la Virgen. Había en estos grupos representaciones de Castilla, Levante, Cataluña, Andalucía, Galicia, Vascongadas y Aragón, de las tres provincias y de todos los barrios de la ciudad. El desfile, verdaderamente animado, e interesante, causó una gran impresión en el público que lo presenciaba, considerándolo como uno de los festejos más acertados del programa del día principal de las fiestas. Puede decirse que participaron en la Ofrenda más de dos mil muchachas, bellísima presencia de todas las regiones de España en nuestras Fiestas del Pilar».

Heraldo de Aragón, 13 de octubre de 1958

Ni que decir tiene que la iniciativa sería un total éxito alcanzando notabilísima repercusión en todo el país gracias a la retransmisión por televisión, siendo de hecho la primera que RTVE hacía en directo desde un lugar distinto a la capital de España.

Desde entonces, la Ofrenda de Flores ha estado en constante evolución. Los cambios de lugares de ubicación e incluso de aspecto de la instalación del espectacular y gigantesco manto; el incremento de grupos participantes y de personas que acuden individualmente, la exquisitez y delicadeza con la que se preparan los ramos y canastillas transformadas en auténtica joyas de arte floral o la preocupación por vestir la indumentaria tradicional de una forma fidedigna y rigurosa pero, sobre todo, digna y acorde con lo que se celebra, han supuesto que, sin perder su esencia y su valor eminentemente religioso, se haya convertido también en un evento etnológico y folclórico de primer nivel internacional, contribuyendo su éxito a que las Fiestas del Pilar fueran declaradas en 1965 como Fiesta de Interés Turístico Nacional y, desde el 23 de septiembre de 2019, de carácter Internacional por dictamen de la Secretaría de Estado de Turismo.

Curiosamente, nuestra Cofradía participa directamente en las tres únicas fiestas que en Aragón ostentan esta declaración de internacionalidad: la Semana Santa de Zaragoza, declarada con fecha 27 de febrero de 2014 y de la que formamos parte con nuestras procesiones y actos desde nuestra fundación; la Ruta del Tambor y el Bombo, declarada con fecha 23 de mayo de 2014, y en la que desde 1966 participamos en uno de sus eventos más reconocidos como es el Concurso de Tambores y Bombos de Híjar; y las fiestas patronales en honor a la Virgen del Pilar, en la que como se puede observar en esta misma página participamos en dos de sus principales actos como son la Ofrenda de Flores y el Rosario de Cristal.

Ofrenda de Flores: el grupo de la Cofradía en el Paseo de la Independencia en el momento de iniciar su participación en la Ofrenda (fotografía de El Periódico de Aragón).

Un día para vivirlo en hermandad

Ataviados con indumentaria tradicional o, como emanan las normas «vistiendo el traje característico de cualquier nación o comunidad autónoma», un nutrido grupo de nuestros cofrades participa cada 12 de octubre en esta integradora y multicultural muestra de cariño y devoción hacia la Virgen del Pilar, convirtiéndose también el día en una oportunidad perfecta donde compartir y estrechar lazos de fraternidad.

Ofrenda de Flores: Hermanos de la Cofradía, llegando a la plaza del Pilar, portando nuestro emblema elaborado con flores (fotografía de Chon Moreno).

Recorriendo la ciudad hasta el Pilar

El grupo de la Cofradía, saliendo a la hora determinada por un sorteo previo, recorre las principales calles de la ciudad hasta llegar a la plaza del Pilar en donde se encuentra la estructura de varios pisos presidida por la figura de la Virgen y en la que se confecciona el gran manto floral.

Ofrenda de Flores: el emblema de la Cofradía elaborado con claveles, una vez depositado en la plataforma donde se expone a la imagen de la Virgen en la plaza del Pilar (fotografía de David Beneded).

Ofrendando nuestro emblema en flor

Junto a los bouquets y ramos florales que individualmente ofrecen a la Virgen del Pilar cada uno de los participantes, la Cofradía de modo institucional y en nombre de todos sus hermanos ofrece una canastilla de flores variadas o, como sucede en los últimos años, un tapiz en el que artesanalmente se reproduce nuestro emblema confeccionado íntegramente por flores.

IV) El «Rosario de Cristal»: luz y recogimiento como agradecimiento público a nuestra Madre

Finalmente, la Cofradía asiste corporativamente al Rosario de Cristal, denominación por la que es conocida popularmente la procesión que cada 13 de octubre se celebra desde 1890 y que es llamada así «porque los varios cientos de faroles de mano, y los faroles monumentales de los Misterios son un primor artístico, cuyo trazado responde a una bellísima combinación de vidrieras de los más diversos colores, produciendo en todos los que participan o contemplan una espléndida sinfonía de arte, luz y color» (Melero Navarro, 1998).

La práctica de este piadoso ejercicio ha estado presente en el templo de Santa María la Mayor desde casi su propia creación por santo Domingo de Guzmán, teniendo constancia que desde el 3 de julio de 1756, una mujer natural de Ambel llamada Mariana Velilla junto con siete personas más, «con un aparato exterior pobre pero devoto, y no sin expreso permiso del Cabildo» comenzaron diariamente al despuntar la mañana, a rezar el Santo Rosario en la Santa y Angélica Capilla del Pilar saliendo a la calle para cantar las Avemarías de los últimos misterios.

Este Rosario de la Aurora de Nuestra Señora del Pilar, «que llamaremos público y de las calles, para distinguirlo del que al cerrar la noche de todos los días rezan en comunidad y á coros un Señor Sacerdote y gran concurso de fieles en la Santa Capilla, y fundó á este fin el Excmo. Sr. Duque de la Palata» (Gascón de Gotor Giménez, 1891), iría aumentando progresivamente cada día tanto en número de fieles (especialmente obreros y empleados de los comercios que antes de iniciar su trabajo diario querían verse reconfortados por la Virgen) como en enseres procesionales gracias, entre otros, al celo del dominico Fray Antonio Garcés y a las grandes aportaciones económicas del comerciante Antonio Solanas y su mujer María Ximeno. De esta manera, el día 5 de julio de ese año concurrieron 14 personas; «el 6, 25; el 7, 42; el 9, 80; el 10, 100; el 11, 106; el 12, 220; el 13, 240; el 15, 321; el 16, 1011; el 18, 1830», superando incluso esas cifras a partir de entonces, logrando que pudiera «ser fundado para siempre y para todos los días del año» y emanando todo un movimiento devocional por el ejercicio del rosario en la ciudad.

Ante tal éxito de participación en los amaneceres zaragozanos, el Cabildo pronto permitiría la organización de otro rezo público del rosario al atardecer. Ambos salieron del templo del Pilar diariamente durante muchos años, cantando Avemarías con velas encendidas y algunos estandartes. Sin embargo, a raíz de la prohibición en 1790 de la Autoridad Civil de la salida del Rosario de la Aurora a la calle debido a diversos altercados que se repetirían años después en otras ciudades como Madrid o Sevilla, el Cabildo establecería que el rezo del Santo Rosario de la Aurora se realizara en la Santa Capilla después de la Misa de Infantes, contemplando únicamente los misterios gozosos. Al toque de oración de la tarde, se contemplarían los misterios dolorosos, y al anochecer, los misterios gloriosos. Y solamente en el quinto misterio de este último, se formaban dos filas con el estandarte y faroles dando la vuelta a la Santa Capilla, saliendo excepcionalmente a la calle en las grandes solemnidades.

A esta práctica se le denominaría Rosario de los Devotos y muy pronto se hizo muy popular, acudiendo un gran número de labradores de las parroquias extremas de la ciudad e, incluso, gentes de las poblaciones cercanas hacían promesa a asistir si curaban de sus enfermedades. Posteriormente, partir de 1782, se celebraría de manera muy especial el 12 de octubre con motivo de la solemnidad de Nuestra Señora del Pilar y festividad mayor de la ciudad. De este modo, y bajo la denominación de Procesión del Rosario General, cientos de hachas se entremezclaban con estandartes y faroles: «Primeramente dos faroles que forman dos águilas con el Pilar en medio. Dos de cristal que se ponen en cada uno de ellos cinco luces dados por el Cabildo. Dos que forman dos jarras. Uno grande de cristal con Santiago y varios adornos y otros dos con San Indalecio y San Braulio…».

Con la única interrupción de los años de la Guerra de la Independencia, la procesión del Rosario General saldría anualmente a unas calles vistosamente engalanadas incorporándose paulatinamente novedades como el farol de la Santa Capilla en 1823 así como recibiendo las alabanzas e indulgencias de los prelados zaragozanos Manuel María Gómez de las Rivas, Manuel García Gil y Francisco de Paula Benavides y Navarrete. Y tal sería el auge que llegaría a adquirir, que el Cabildo Metropolitano iniciaría las gestiones pertinentes para la fundación de una cofradía que agrupara a todos los fieles devotos de esta tradición. Consiguientemente, el 2 de enero de 1889 se llevaría a cabo en la Santa y Angélica Capilla la solemne institución canónica de la Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar (distinguida desde 1892 con el título de Real, pero que finalmente fue disuelta y extinguida por decreto del arzobispo de Zaragoza, monseñor Vicente Jiménez Zamora, de fecha 3 de septiembre de 2019), en una ceremonia a la que asistieron una amplia representación de la ciudad y que fue presidida por el arzobispo de Zaragoza, el cardenal Francisco de Paula Benavides, y su obispo auxiliar, Mariano Supervía y Lostalé.

Con la fundación de la Cofradía, pronto fueron puestas en marcha algunas brillantes iniciativas proyectándose la creación de una colección de faroles que simbolizaran los quince misterios, los quince padrenuestros y glorias, las 150 avemarías y las letanías lauretanas. Una gran proyecto, cuyo diseño fue encargado al prestigioso arquitecto del ayuntamiento de Zaragoza, Ricardo Magdalena Tabuenca, y que contó con el respaldo de la sociedad zaragozana que se volcó con sus donaciones para la realización de todas estas obras artísticas. De esta manera, en la procesión del Rosario General del 12 de octubre de 1889 fueron estrenados los faroles pequeños (que participaron junto a los ya existentes). Y un año después, en 1890, la Cofradía solicitaría permiso al Cabildo y al Ayuntamiento para que la procesión fuese organizada cada 13 de octubre para no coincidir con la gran procesión en honor a la Virgen del Pilar que por entonces todavía recorría el centro de la ciudad. De esta manera, el citado día y ante la presencia de la mayor parte del episcopado español (que se encontraba presente en la ciudad por la celebración del II Congreso Católico) salieron por vez primera los monumentales quince faroles de los misterios, construidos con ricas vidrieras de colores en el taller de León Quintana.

«Este rosario es alarde de la ferviente devoción de un pueblo; es el esfuerzo del arte que toma la luz y, combinándola en formas hermosísimas, las arroja y lanza al través de cristales colorados con todos los matices del iris para ofrecer efectos sorprendentes. El Rosario del Pilar aventaja á cuanto la mente soñadora pudo fantasear en una noche plácida.

Quince son los faroles nuevos, que representan los quince misterios. Colocados convenientemente hacían resaltar las preciosas telas, pinturas y riquísimos bordados de los estandartes de San Jorge y Santiago, del Sagrado Corazón y del Milagro de Calanda, de la Virgen del Pilar y de las Ascensión y de otros cuadros. Son alhajas soberbias de arte. La luz filtrándose por sus vidrios de elegantes colores y magníficos dibujos producen visualidad sorprendente é indescriptible. La nueva obra del Sr. Magdalena es una prueba elocuente de su talento».

Diario de avisos, 14 de octubre de 1890

Año tras año se iría incrementando la participación de fieles, su tradición (convirtiéndose en uno de los principales actos de las Fiestas del Pilar) y, también, su patrimonio artístico, incorporándose otros monumentales faroles representativos de la Virgen o de la propia tradición pilarista: la Salve, la Asunción, el Ángelus, los Santuarios Marianos o el impresionante farol de La Hispanidad, ejemplos todos ellos de las donaciones efectuadas por las principales instituciones civiles y religiosas de la ciudad y a las que se unieron (especialmente en el año 1940 con motivo del XIX centenario de la venida de la Virgen a Zaragoza) los ofrecimientos de otras diócesis como la de Barcelona o la de Toledo, que quisieron donar a la Virgen sus propios faroles.

Todo ello ha contribuido de forma notabilísima al mantenimiento de esta tradición de oración, luz y color, y en donde cada año participan activamente miles de personas y más de un centenar de grupos entre los que, desde el año 2000, se encuentra nuestra Cofradía.

Rosario de Cristal: la representación de la Cofradía, con el guion fundacional y el guion actual junto a los faroles de cabecera, participando en la procesión del “Rosario de Cristal” cada 13 de octubre (fotografía de Chon Moreno).

Participando cada 13 de octubre

Ante la insistencia de varios hermanos pidiendo la participación de la Cofradía en el Rosario de Cristal, en el año 2000 la junta de gobierno formalizaría ante la Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar su solicitud de incorporación a este piadoso acto, siéndonos concedido el honor de acompañar el monumental farol de La Salve que, en el cortejo procesional, se sitúa prácticamente al final ocupando el antepenúltimo lugar del orden establecido, entre los faroles de la Sagrada Familia y de Santo Dominguito de Val.

De este modo, en la tarde-noche de cada 13 de octubre y de forma corporativa, la Cofradía asiste con el guion fundacional y los faroles de cabecera, que preceden al citado farol, y con el guion titular que encabeza el nutrido grupo de hermanos que desean asistir ataviados con indumentaria tradicional (aunque también se puede vestir de paisano con traje o vestido oscuro) y con la medalla puesta como signo externo de pertenencia.

Rosario de Cristal: El farol de la “Salve” expuesto en el museo del “Rosario de Cristal” ubicado en la antigua Iglesia del Sagrado Corazón, justo al lado de nuestra sede social (fotografía de David Beneded).

Portando el farol de «La Salve»

Desde el año 2012, y gracias a la cortesía del Grupo Aragonés El Pilar, varios hermanos de nuestra Cofradía también se encargan de portar el farol de La Salve.

Este impresionante farol fue construido en 1939 por los Talleres Quintana siendo sufragado por Eduardo Cativiela Pérez junto a medio centenar de comerciantes y empresarios de la ciudad. Con altura superior a los cinco metros, en la vidriera frontal se presenta a la Virgen como «Reina y Madre de Misericordia», con tres figuras en el plano inferior (un monje, un abad y un obispo) que, sin embargo, corresponden a la misma persona, el santo coruñés Pedro Martínez de Mezonzo a quien se atribuye la autoría de la Salve Regina a finales del siglo X. En el reverso, por su parte, aparecen los populares infanticos cantando este canto mariano ante la Virgen del Pilar.

Rosario de Cristal: algunos hermanos de la Cofradía instalan una mesa petitoria en el atrio de la Parroquia de San Gil con el fin de recaudar fondos para el sostenimiento del patrimonio del “Rosario de Cristal” (fotografía del Archivo de la Cofradía).

Colaborando en su conservación

El compromiso de la Cofradía con el Rosario de Cristal abarca también la colaboración en el sostenimiento y la conservación de esta «luminosa tradición zaragozana» para lo cual, y en las semanas previas al inicio de las Fiestas en honor a Nuestra Señora del Pilar, se responsabiliza de una de las mesas petitorias repartidas por toda la ciudad (en nuestro concreto, la ubicada en el atrio de la Parroquia de San Gil) de la gran colecta organizada para recaudar donativos con los que afrontar los gastos derivados del mantenimiento y restauración tanto de los faroles como del gran patrimonio que compone la magna manifestación mariana.

Todo este patrimonio, desde el año 1998, se custodia y expone permanentemente en el museo habilitado en el interior de la antigua y jesuita iglesia del Sagrado Corazón, un enclave muy cercano a nuestra Cofradía al hallarse colindante a nuestra sede social, en la plaza de san Pedro Nolasco.

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I, III y IV; 2021). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Ofrenda floral y presentación a la Santísima Virgen del Pilar en su Santa y Angélica Capilla de la imagen del “Santísimo Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra”, tras ser bendecida el 5 de abril de 2014 (fotografía de Alberto Olmo).

Fotografías secundarias: César Catalán, Chon Moreno, Jesús Oche Lozano, Paco Sangorrín, Julio Antonio Vicente, David Beneded y Archivo de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.