El tambor y la timbaleta

Fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que hacen temblar el suelo bajo nuestros pies

Decía sobre los tambores el cineasta Luis Buñuel, aragonés universal y calandino de pro, «ese fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo nuestros pies». Conseguida definición de lo que supone la presencia del tambor en la Semana Santa aragonesa, convertido ya en una de sus señas más reconocibles y arraigadas.

La historia de este instrumento es, ante todo, la historia de sus usos militares. Desde la época de Carlomagno los tambores resonaron en las batallas recibiendo el nombre de tympanon por los griegos y de typanon (o tympanum) por los romanos. En la época medieval aparece un instrumento con bordones denominado tabor cuya utilización se extendió por toda Europa tras ser introducido en España a través de los árabes y por el norte de Europa por los turcos; dos versiones que diferían en su forma, pero que básicamente utilizaban el mismo proceso de producir sonido. Consistía en un tambor de dos parches, con un único bordón situado encima del parche superior, y normalmente era tocado con una sola baqueta.

A través de los distintos lugares y épocas, presentó un amplio rango de tamaños sin llegar a tener una forma definitiva. Por ejemplo, el tabor inglés era de poca profundidad, mientras que el tambourin de Provence, usado en Francia, era mucho más profundo. Otros tabores medievales, particularmente en España donde se conocerían como atabor o atambor, tenían un diámetro aproximadamente igual a su profundidad, estableciéndose principalmente su uso para el ámbito militar, aunque también en tamaño más reducido como instrumento folklórico. Versiones más grandes del tabor desembocaron en un tambor denominado sidedrum (tambor de lado). Adoptado por los regimientos de infantería suiza en el siglo XV colgándoselos en el lado izquierdo mediante una correa de hombro o cinturón y percutiéndolos ya con dos baquetas. Expandida por toda Europa, su gran difusión viene dada por el frecuente uso en infantería francesa al ser por excelencia el instrumento más acorde para la marcha. De esta manera, el monarca francés Francisco I en torno al 1515 reglamenta su utilización introduciendo normativas sobre sus dimensiones y formas así como fórmulas rítmicas codificadas con técnicas de interpretación. Hasta el reinado de Luís XVI tenía una caja relativamente alta en relación a un corto diámetro llegando durante la revolución a alcanzar unas dimensiones similares a las modernas, enriqueciéndose en la época napoleónica el repertorio de marchas, toques y retretas que dan prueba del alto grado de virtuosismo alcanzado por los instrumentistas (Blades, 1992).

I) El tambor en la Semana Santa de Zaragoza

En la procesión del Viernes Santo de 2014, en la que se conmemoraba el septuagésimo quinto aniversario de la primera salida procesional, se recuperaron doce tambores antiguos tocados por sendos hermanos ataviados con tercerol negro que, al igual que en 1940, acompañaron con su sonido al paso de “El Calvario”. (fotografía de Jorge Sesé, vía Flickr)
En la procesión del Viernes Santo de 2014, en la que se conmemoraba el septuagésimo quinto aniversario de la primera salida procesional, se recuperaron doce tambores antiguos tocados por sendos hermanos ataviados con tercerol negro que, al igual que en 1940, acompañaron con su sonido al paso de “El Calvario”. (fotografía de Jorge Sesé, vía Flickr)

Como es conocido, el tambor era utilizado en el protocolo de ajusticiamientos siendo percutido por soldados o clérigos mientras duraba el traslado del reo, la ejecución y el posterior entierro. Es por tanto que la relación del tambor con nuestra Semana Santa se encuentre profundamente enraizada con la Hermandad de la Sangre de Cristo puesto que la asistencia a los condenados a muerte es, seguramente, la primera actividad caritativa instituida en la Hermandad pues consta ya en el convenio de adscripción al convento de San Agustín de 1554: «la principal causa y debocion que ha mobido a los dichos confrayres de la dicha confraria para ordenar la dicha Hermandat y Confraria de la Sangre de Jesuchristo es para consolar y ayudar a bien morir como catolicos cristianos a los condempnados y sentenciados a muerte en la dicha ciudad de Çaragoça, y ayudarles a bien morir y acompanyarles por las calles asta ser muertos» (San Vicente Pino, 1988).

Del uso en estos procedimientos debió trasladarse a las procesiones del Santo Entierro al ser Jesucristo, al fin y al cabo, un ajusticiado. Así, en procesiones de principios del siglo XVII ya aparecían tambores enlutados como se refleja en los versos del poema de 1628 «Entierro de Christo en Çaragoça» conservado en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza: «Los pífanos sonoros / lamentan destemplados, / murmuran enlutados / quexoxos atambores, / con fúnebre armonía / la trompa gime pía, / si bien de metal duro / insensible instrumento, / se enternece con ronco sentimiento» (Olmo Gracia, 2012). De similar forma, en la procesión de 1645 se menciona la presencia de un primer grupo de «pífano, caxa y ronquilla» y de un segundo de «pífano y caxa» que marcaban el paso de los armaos, mientras que en la salida procesional de la Cruz de Mayo también organizada por la Hermandad en 1647 estaba encabezada por «caxas y pífano y quatro trompetas» (Olmo Gracia, 2011).

Asimismo, en el orden procesional de 1700 aparecerían «una caja enlutada, un pífano y un tambor». Y tal es la identificación de estos instrumentos con la Hermandad, que incluso se generó alguna polémica alrededor suyo, como la prohibición por parte del vicario de la archidiócesis en 1735 de las cuestaciones del Viernes Santo «por las irreverencias que ocasionaba en el templo del Señor los instrumentos de tamboril y pífano con que pide la Cofradía de la Sangre de Cristo, impropio de un lugar Santo haciéndolo lugar de paraje de algazara» (Gracia Pastor, 2007).

A principios del siglo XIX, incluso se van a llegar a conocer los nombres de los instrumentistas que tocaban el tambor y el pífano, durante el Jueves y Viernes Santo en la capilla del convento de San Francisco donde quedaba expuesto el Cristo de la Cama como en la procesión, conservándose tanto en los archivos diocesanos como en los de la propia Hermandad de la Sangre de Cristo los recibos de los pagos efectuados a para tal fin a Antonio Villa y Juan Fernández (Pardos Solanas, 2007). Referencias que ya no van a desaparecer a lo largo de los años hasta como denota el orden procesional de 1860, en donde aparecen «los dementes de ambos sexos del Santo Hospital, con su tambor y bandera» así como «tras el paso de la muerte y precediendo a las Tribus de Israel, le sigue por costumbre inmemorial, un tambor con la caja enlutada y dos pífanos, vestidos todos con túnicas tocando marchas fúnebres» así como la presencia tras el paso de Jesús con la Cruz a Cuestas de la Guardia Pretoriana compuesta «de un centurión y varios soldados romanos con su tambor y clarines» (Guía de Zaragoza, 1860). Y un año después, y nuevamente gracias al archivo de la Hermandad de la Sangre de Cristo, se conserva un recibo del pago por «dos flautas y redoblante en el templo y procesión» que, tal y como señala González Martínez (2021) refiere a la pareja de pífanos y a un peculiar tambor «más largo que los ordinarios usado en las bandas militares y en las orquestas y cuyo sonido es algo más velado que el de la caja viva» al carecer de bordones (Pedrell Sabaté, 1894).

Pero pese a estas notables reseñas así como a la constancia de su presencia en los distintos grupos y bandas de corte militar que han acompañado desde al menos 1823 las procesiones zaragozanas, podemos señalar que fue en el año 1940 cuando el tambor se introduce en nuestra Semana Santa, tal y como hoy lo conocemos. En ese año, nuestra Cofradía fundada mosén Francisco Izquierdo Molins (natural de la localidad de bajoaragonesa de Torrecilla de Alcañiz) incorporará un grupo de «doce tambores y una corneta del Regimiento de Infantería nº 52, a la sazón de guarnición en Zaragoza, vestidos de tercerol negro, formados de tres en fondo al principio de la comitiva y tocando marchas castrenses» (Rabadán Pina, 1996) en su primera salida procesional en la mañana del Viernes Santo, recogiendo así las esencias y la tradición de los tambores del Bajo Aragón.

En esa comarca, y aunque su esplendor y en algunos casos su recuperación, se remonta a los primeros años del siglo XX, algunos relatos legendarios narran que en Híjar esta costumbre viene relacionada con el impulso de la devoción local promulgada por la Orden Franciscana hacía 1519 en donde las gentes, tocando tambores y calderos y vistiendo sayal negro o pardo, se reunían durante el Jueves y Viernes Santo en el monte conocido como Cabezo de la Cruz con el fin de clamar contra la muerte de Cristo (Laborda Gracia, 1980). De similar manera, en Calanda se tiene constancia que, a raíz del conocido milagro sucedido a Miguel Pellicer en 1640, se organizó una procesión hasta la imagen de la Virgen del Pilar, ubicada en las afueras de la localidad, en la que muchos calandinos iban tocando el tambor. Tras este magno acontecimiento el vicario José Herreros de Tejada y Royo propició la creación de una guardia romana a la que dotó de una pequeña banda de tambores, conocidos con el nombre de putuntunes (Segura Rodríguez, 1987). También, consta que en 1678 y por iniciativa del religioso Fray Mateo Pestel aparecen, en la recién creada procesión del Pregón en Alcañiz, algunos tambores con la intención de publicar el entierro de Cristo (Taboada Cabañero, 1898).

Nuestra Cofradía, tras la experiencia del primer año y conocida ya como «la de los tambores», pudo organizar en 1941 una sección compuesta por 19 hermanos de la propia Cofradía que, ataviados con el hábito con capirote verde, interpretaron algunas de las marchas más populares de Calanda, Híjar y Alcañiz, siendo tal su aceptación que pronto numerosas cofradías y hermandades zaragozanas quisieron incluir en sus procesiones secciones instrumentales propias con objeto de sustituir el acompañamiento musical que hasta entonces llevaban y que procedía de entidades externas a las propias cofradías (bandas de música o de cornetas y tambores de diversos regimientos militares o de entidades como el Frente de Juventudes o los Cruzados Eucarísticos). De esta manera, fueron fundadas las secciones instrumentales de las cofradías del Prendimiento (1953), Nazareno (1955), Dolorosa (1957), Coronación de Espinas (1958), Descendimiento (1959), Llegada al Calvario (1960) o Camino del Calvario (1962) hasta llegar, a través de los años, a las actuales veintidós cofradías zaragozanas, que han llegado a incluir en sus filas secciones instrumentales de percusión (todas excepto las cofradías del Silencio y la Sangre de Cristo, aunque ésta última sí que ha sido en diversas ocasiones de la época moderna acompañada (además de bandas de música y capillas musicales como los Ministriles de Zaragoza) por secciones de otras cofradías, incluyendo el Piquete de Honor de nuestra Cofradía que acompañó al Cristo de la Cama durante el Viernes Santo de 2003).

II) Estructura y partes del tambor

Curiosa perspectiva de un tambor de nuestra Cofradía en la que se puede apreciar el parche bordonero y los bordones (fotografía de Jorge Sesé, vía Flickr).
Perspectiva de un tambor de nuestra Cofradía en la que se puede apreciar el parche bordonero y los bordones (fotografía de Jorge Sesé, vía Flickr).

El tipo de tambor utilizado por nuestra Cofradía, y por ende el de todas las que conforman la Semana Santa de Zaragoza, ha tenido una evolución constante a lo largo de los años que han llevado a convertirlo en un instrumento con características propias. En líneas generales, está formado por una caja cilíndrica que, antaño era de madera o panel, y que, actualmente está fabricada en materiales como aluminio, acero inoxidable o, los más modernos, fibra de carbono o titanio. El diámetro que presenta suele ser de 38 a 40 centímetros, aunque también se pueden encontrar más pequeños, de menos de 36 centímetros, aunque su uso sólo es recomendable para los cofrades infantiles.

Sus dos extremos se cubren con dos membranas o discos llamados parches: el superior, denominado batidor, sobre el que se percuten las baquetas; y el inferior, también llamado bordonero, bajo el que se tensa el timbre o bordones.

Antaño los parches de tambor se fabricaban, tal y como se sigue manteniendo en timbales, bombos y timbaletas, con pieles de animales. Este tipo de material producía que los parches variasen sensiblemente con la presión, humedad y temperatura, y que tuvieran que ser reafinados o cambiados con cierta asiduidad. Sin embargo, con la invención en 1956 por Chick Evans del parche de plástico (quien recurrió a un derivado del poliéster llamado Mylar) y a su posterior popularización de la mano de Remo Belli, se minimizaron la mayor parte de estos problemas consiguiendo una tonalidad mucho más estable, una mayor durabilidad e, incluso, reduciendo su coste económico.

Parches, que pese a estandarizarse rápidamente en las cajas de las baterías, aún tardarían varias décadas en llegar a la Semana Santa aragonesa. Durante los años sesenta del pasado siglo, algunos emprendedores tamborileros zaragozanos los fueron introduciendo de forma muy elemental en las secciones instrumentales recientemente creadas. Pero la gran revolución vino de la mano nuevamente de José Alejos Salvo el Pepinero quien, en 1962, estrenó en la procesión del Nazareno de Alcañiz un tambor especialmente adaptado a unos parches de plástico cuyo potente toque parecía que iba «a explotar como una granada» (García Latas, 1997). Este éxito le permitió, como artesano fabricante que era, desarrollar en unos meses un modelo del que muy pronto vendería 10 unidades y, que en poco más de un año, ya había sido adquirido por 150 alcañizanos, extendiéndose rápidamente por toda la comarca y, como no, por Zaragoza.

El parche bordonero tiene un grosor aproximado de 75 micras, siendo los batidores algo más gruesos (unas 125 micras) al tener que soportar el percutir de las baquetas. Son conocidos, además de por su marca fabricante, por su color, siendo los modelos más frecuentes de tipo transparente o cristal (en inglés clear), blanco (smooth white), gris (suede) o negro (ebony). De esta tipología difiere también el sonido, siendo los de cristal más agudos y secos y los opacos algo más graves.

Los parches se sujetan a la caja mediante dos piezas cilíndricas denominados aros. Construidos habitualmente en aluminio aunque también se fabrican en zinc y otros materiales, tienen una altura aproximada de 3 cm y un grosor de unos 6 cm. Además, de esta labor de sujeción, los aros permiten mantener la forma cilíndrica del tambor, que por su natural y debido principalmente a la tensión de las bordoneras, tiende a deformarse.

A su vez los aros son fijados por un juego de varillas metálicas soldadas a la propia caja y que también ejercen la presión necesaria para proceder al tensado de los parches. Últimamente, y otorgándole un aspecto retro y elegante han aparecido en el mercado el uso de las cuerdas para el tensado. En este caso se utilizan llaves individuales para unir cada aro a la caja, pasando la cuerda a través de éstas de forma alternativa entre las situadas en el aro superior y en el inferior.

En el interior de la caja y en contacto con el parche inferior se encuentra el bordonero, también denominado bordonera o entorchado, compuesto por una serie de cuerdas sujetas entre sí y que al vibrar conjuntamente con el parche inferior al percutir el superior, confiere al instrumento su timbre y sonidos característicos. Inicialmente fabricados con tripa o piel de animal evolucionaron hasta otros materiales más duraderos como alambre rizado, cable metálico o nylon, existiendo variedad de tipos según su longitud, los mecanismos empleados para su sujeción así como por el número de filas que lo componen. Y singular característica de muchos de los tambores de la Semana Santa aragonesa es la existencia del llamado doble bordonero, es decir, la presencia adicional bajo el parche batidor de otra bordonera. La creación de este sistema a principios del siglo XX es otorgada a Robert C. Danly, cuñado del fundador de la prestigiosa casa Ludwig Drum Company con sede en Chicago, quien trató de buscar un modo de anular las resonancias que los bordones por simpatía acústica emiten en modo de tacet durante cualquier ejecución conjunta con otros instrumentos consiguiendo, gracias a este mecanismo, un sonido claro y especialmente agudo, precisamente semejante al de percutir sobre un cristal facilitando adicionalmente la ejecución del redoble.

Para hacer sonar el tambor se ha de percutir con dos baquetas (vulgarmente llamadas palillos) y que están fabricadas en diferentes maderas, predominando las de haya (de mayor ligereza), carrasca o nogal, así como las más novedosas, duras y exóticas ébano, jatoba e ipé. Suelen tener una longitud estandarizada de unos 35 a 40 centímetros, teniendo una forma cilíndrica  que va reduciéndose gradualmente en su diámetro hasta llegar a la punta o extremo que es con el que se percute el parche y que se presenta con forma esférica u ovoide, denominándose también por su forma de cabeza redonda, de bola, de avellana, o de bellota o de lágrima.

Además, suelen presentarse barnizadas en su color natural, si bien también es frecuente el que se pinten en otros colores como el blanco y, especialmente, el negro, siendo éste de obligado cumplimiento en algunas secciones instrumentales de cofradías y hermandades zaragozanas, como sucede con la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores, donde en su Reglamento de régimen interno se especifica (en su art. 15.8) que «las baquetas, bandoleras y cuero de las mazas serán negros obligatoriamente». E, incluso en algunos modelos denominados de gala por los propios fabricantes, y con el fin de reforzar la extremidad superior de la baqueta, darle cierto contrapeso y, principalmente, con objeto de embellecerla, se llegó a incorporar una especie de abrazadera alargada o casquillo metálico (habitualmente de latón dorado o plateado) que hasta puede llevar grabado el emblema de la corporación o el mismo nombre del percusionista. Finalmente, en las cofradías y hermandades de Zaragoza y, por tanto, en nuestra Sección de Instrumentos, es habitual que durante las procesiones y otros actos relevantes la caja sea recubierta con una gala de tela del color corporativo (en nuestro caso, verde) en cuyo centro se borda el emblema de la Cofradía, quedando rematada en su parte inferior por flecos dorados.

III) La técnica para tocar el tambor y la búsqueda del sonido más genuino y original

En el “Piquete de Honor” de la Cofradía se encuentran integradas varias “timbaletas” que poseen caja de madera, parche de piel y tensores de cuerda de cáñamo (fotografía de Óscar Puigdevall, vía Flickr).
En el “Piquete de Honor” de la Cofradía se encuentran integradas varias “timbaletas” que poseen caja de madera, parche de piel y tensores de cuerda de cáñamo (fotografía de Óscar Puigdevall, vía Flickr).

La técnica para tocar el tambor se basa en un conjunto de patrones básicos, musicalmente llamados rudimentos, que pueden ser ejecutados y combinados de muy diversas formas. Tal es la importancia de los mismos que han llegado a ser estudiados, organizados e, incluso, clasificados por la Percussive Arts Society. Los rudimentos más básicos que se emplean en las marchas procesionales de las cofradías zaragozanas, son los siguientes:

El golpe o stroke, también conocido en nuestro ámbito como baquetazo, que es el rudimento más sencillo al percutir la baqueta en el parche batidor produciendo una única nota. Puede también ser doble (double stroke) al efectuar dos golpes sencillos con la misma mano, ya sea con la mano derecha (DD, en la notación utilizada habitualmente) o con la izquierda (II).

El paradiddle, consistente en dos golpes sencillos seguidos de un golpe doble, (DIDD ó IDII). Cuando se tocan varios paradiddles sucesivamente, la primera nota siempre se alterna entre la mano derecha y la izquierda. De hecho, los paradiddles se usan frecuentemente para cambiar la mano de inicio del patrón.

El mordente o flam, consistente en dos golpes sencillos tocados alternando las manos (DI o ID) en donde el primer golpe es una leve apoyadura al que sigue un golpe más fuerte con la mano opuesta. Las dos notas se tocas casi simultáneamente, con la intención de que suenen como una nota única algo más larga.

Finalmente, el redoble o roll, es un sonido largo mantenido realizado por una sucesión de golpes tocados a gran velocidad. Este efecto se consigue alternando las manos y ejecutando los golpes de forma rápida para evitar que queden espacios de silencio entre unos y otros. Habitualmente se emplean varios rebotes por cada ataque, ligando un redoble con otro, realizando también acentuaciones y movimientos circulares de arrastre y presión sobre el parche.

Los rudimentos suelen ejecutarse, a su vez, en tres zonas del parche batidor, conocidas como zonas de ataque (en algunos parches estas zonas quedan reseñadas por círculos) produciendo diferentes sonidos y respuestas de los bordones. Habitualmente se percute en la zona central, pero para conseguir efectos de crescendo se suele atacar desde la zona más cercana a los aros, pasando por una zona intermedia hasta llegar a la central, aumentando la intensidad a medida que se pasa de una a otra.

Complementariamente, se suelen usar diferentes efectos de fantasía para adornar la ejecución de las diferentes marchas con sonidos diferentes y fascinantes tales como el llamado tambor sordo o destemplao, consistente en aflojar (o incluso quitar) los bordones produciendo una singular resonancia de tono más grave, un sonido fúnebre y solemne que también puede obtenerse cubriendo el parche batidor con tela; y también se logran distintos efectos con las baquetas al entrechocarlas entre sí -como en las populares marchas palilleras-, al utilizarlas rajadas por la mitad provocando que ambas partes divididas choquen entre sí en cada baqueteo o golpeando con ellas en el aro superior produciendo, en este caso, un sonido seco.

Esta búsqueda un sonido más original y diferente va a ser el detonante para la incorporación de nuevos instrumentos en la secciones de instrumentos y, especialmente, en los piquetes de honor. Así surge el uso de las cajas chinas o de las timbaletas.

Las timbaletas o timbalas, modo con el que popularmente se conoce a un instrumento que aúna el tambor antiguo y el timbal, están formadas por una caja de panel con un tamaño aproximado de unos 40-50 centímetros, con aros de madera y parches de piel que son tensados mediante cuerdas de cáñamo y percutidos por un par de baquetas de similares características a las utilizadas en los tambores. Por sus características producen un sonido grave, profundo y mantenido en el tiempo por el redoblar constante, recordando «el retumbar de la tierra por un lado y, por otro, evoca el sonido que acompañaba a los ejércitos para proporcionarles valor y fuerza antes de la batalla. Y como con ellos, la timbaleta proporciona la fuerza y el valor necesarios para afrontar la muerte» (Tejel Altarriba, 2018).

Introducidas de manera experimental por nuestra Cofradía en su participación en el Concurso de Híjar de 1982 y por la Cofradía del Señor Atado a la Columna en los concursos zaragozanos (aunque más bien era un timbal tocado con baquetas), fue popularizándose su uso en las cuadrillas de concurso llegando hasta reglamentarse su participación.

En nuestra procesión del Viernes Santo de 1985 aparecería, por vez primera, un grupo dirigido por el hermano Juan Carlos García Latas y formado exclusivamente por estos tambores de piel que, según la memoria de actividades de aquel año, «fue un éxito y causó admiración». Dichas timbaletas fueron construidas artesanalmente siendo de diferentes y variados tamaños, llamando poderosamente la atención la presencia de cajas con alturas que apenas sobrepasaban los 20-25 centímetros lo que, efectivamente, permitía asemejarse a los primitivos tambores. En años posteriores y con la conformación definitiva del Piquete de Honor, compuesto ya por cornetas y los instrumentos tradicionales de percusión (tambores, timbales y bombos), las timbaletas irían perdiendo su número predominante hasta las 3 o 4 del actual grupo, actuando como voz complementaria que interviene con especial énfasis en ciertos redobles.

Sin embargo, y tras esta pérdida de protagonismo, sería en el año 2014 cuando de nuevo un grupo conformado exclusivamente por ocho timbaletas hiciera su aparición en una procesión de la Semana Santa zaragozana, en este caso, en la que en la noche del Miércoles Santo organiza la Cofradía del Santísimo Ecce Homo y de Nuestra Señora de las Angustias. Una Cofradía con la que, como es sabido, mantenemos un importante vínculo afectivo desde que mosén Francisco Izquierdo anunciara su creación en la mañana del Viernes Santo de 1947 en el transcurso de la predicación de una de las Palabra

De este modo, y creándose varios toques conjuntos con las características matracas, se recuperaba la antigua costumbre de acompañar a esta Cofradía iniciada entre la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado (desde el año 1975, apuntan García de Paso Remón y Rincón García, 1981) y la primera década de los ochenta (como reseña Rabadán Pina, 1996). Así, durante tres años (desde 2014 a 2016) una representación de nuestra Cofradía participaría en el Vía Crucis por las calles del Arrabal, siendo tal la aceptación y el éxito que tuvo esta iniciativa, que la Cofradía de los terceroles (como la llamaba mosén Francisco) acabaría estrenando en la Semana Santa de 2017 un grupo propio en el que hermanos de dicha Cofradía tocaran este instrumento. Incorporadas también en un buen número de piquetes de honor de diversas cofradías, el espaldarazo definitivo de la aceptación de este instrumento como tradicional de la Semana Santa de Zaragoza lo acabaría obteniendo el Sábado de Pasión de 2017, cuando por vez primera un hermano de nuestra Cofradía lo tocara durante la celebración del Pregón junto al resto de instrumentos que componen el Piquete de Honor de la Junta Coordinadora de Cofradía.

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-III; 2021). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Varios hermanos de la sección de instrumentos de la Cofradía, preparándose para interpretar una de las marchas que suenan durante el cierre de la procesión del Lunes Santo (fotografía de Mario Pastor).