Vía Crucis del «Cristo de la Tercera»

Un llamamiento a la contemplación de Cristo en la Cruz para que, cada Cuaresma, renazca nuestra fe

Con objeto de reservar un tiempo de oración comunitaria y de íntima meditación, la junta de gobierno encabezada por el hermano mayor Francisco J. Romero Fernández impulsaría en 2010 la creación de un nuevo acto de la Cofradía a desarrollar durante uno de los viernes de Cuaresma: la celebración en nuestra sede canónica, del ejercicio piadoso del Vía Crucis.

Presidido por el Cristo de “La Tercera Palabra”, la organización de este acto daba también respuesta a una de las inquietudes más latentes en la Cofradía como era el rendir culto a la imagen principal de nuestro paso titular, ofreciendo de esta forma un espacio para poder rezar en torno al mismo, algo que resulta ciertamente complejo en el día a día debido a las condiciones especiales por las que se rige la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal en cuanto a horarios de apertura y celebración de cultos.

«Nuestro Vía Crucis del Cristo de “La Tercera Palabra” está hecho para abrirse al sentimiento. Anticipa la Semana Santa. Abre el alma y los sentidos. Llega al corazón por la emoción y la fe. Llena los cuerpos de sensaciones: la tenue luz, el sonido, el aroma, el calor de la vela. Llega al alma, cuanto te dejes, por las palabras y las obras de Cristo. Participar en el mismo se transforma en algo especial, donde se percibe el respeto con el que lo vive la Cofradía, con el que asisten los representantes de otras hermandades, con el que es preparado, repletos de amor y rigor, los miembros de la Junta. Poder orar juntos, en nuestra sede canónica, delante de las imágenes de los dos pasos. Venerar, de manera especial, el Cristo de la Tercera Palabra, presidiendo la nave. Y llevarte a casa, en tu corazón, el rescoldo de tus pequeñas conversiones de la noche, deseando ser capaz de avivar el fuego y hacerlo luz que alumbre y guíe tu camino hasta el próximo año».

Luís Colón García, hermano de la Cofradía

Un Vía Crucis, preparado desde el cariño y el compromiso de todas y cada una de las secciones y grupos que conforman la Cofradía, que no resulta de ningún modo ni repetitivo ni excluyente con el que la Cofradía celebra en la noche del Lunes Santo por el entorno de nuestra comunidad parroquial de San Gil Abad, sino totalmente complementario. Porque, como acertadamente decía nuestro arzobispo Carlos Escribano junto a otros prelados españoles con motivo del Año Ignaciano, «el camino de la fe es nacer y renacer continuamente a Dios» no siendo uno, sino «muchos los momentos en los que, por obra de la continua novedad que nos regala Dios, volvemos a descubrir el sentido de nuestra identidad y misión cristiana» (carta con motivo del Año Ignaciano, 2021).

I) El Vía Crucis: el «camino de la misericordia, de la bondad, de la verdad, de la valentía, del amor»

Una de nuestras “Cruces In Memoriam” situadas en el presbiterio de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal para copresidir el Vía Crucis del “Cristo de la Tercera Palabra”. Fotografía de Pascual Soria, vía Flickr
Una de nuestras “Cruces In Memoriam” situadas en el presbiterio de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal para copresidir el Vía Crucis del “Cristo de la Tercera Palabra”. Fotografía de Pascual Soria, vía Flickr

Uno de los ejercicios de piedad popular más celebrados por las cofradías especialmente en el tiempo de Cuaresma y Semana Santa, es el Vía Crucis «síntesis de varias devociones surgidas desde la alta Edad Media: la peregrinación a Tierra Santa, durante la cual los fieles visitan devotamente los lugares de la Pasión del Señor; la devoción a las “caídas de Cristo” bajo el peso de la Cruz; la devoción a los “caminos dolorosos de Cristo”, que consiste en ir en procesión de una iglesia a otra en memoria de los recorridos de Cristo durante su Pasión; la devoción a las “estaciones de Cristo”, esto es, a los momentos en los que Jesús se detiene durante su camino al Calvario, o porque le obligan sus verdugos o porque está agotado por la fatiga, o porque, movido por el amor, trata de entablar un diálogo con los hombres y mujeres que asisten a su Pasión» (DPPL, nº 132).

La promoción de esta práctica se debe fundamentalmente a los franciscanos, fieles a la devoción de su fundador por la Pasión del Señor y custodios de los principales lugares del cristianismo en Jerusalén desde 1342. Debido a las grandes dificultades de peregrinar a Tierra Santa, en los siglos XV y XVI se fueron fundando estaciones en diferentes partes de Europa, como sucedería en España a través del beato Álvaro de Córdoba.

Poco a poco, la práctica de este ejercicio iría gozando de una mayor adhesión popular, incluso en detrimento de la lectura oficial del relato de la Pasión que «era lectura continuada, en latín, oída con pasividad, y distante», fundamentándose su éxito en que era entendida por el pueblo fiel, al ser predicada generalmente en lengua vernácula, y meditada, al realizarse de poco en poco, paso a paso, además de permitir una participación activa mediante marchas, paradas o cantos, aproximándose a la vida real del momento, por aplicarse y adaptarse las reflexiones a sociedad del momento e, incluso, porque se desarrollaba por las mismas calles en las que los participantes vivían y trabajaban (cf. Resines Llorente, 2008).

El impulso definitivo lo daría Inocencio XI durante el último tercio de siglo XVII al conceder a los franciscanos el derecho a erigir estaciones en sus iglesias, declarando que todas las indulgencias obtenidas por visitar devotamente los lugares santos se podían ganar haciendo el “Vía Crucis” en sus propias iglesias, teniendo constancia de cómo era esta celebración en las comunidades franciscanas, como podría suceder en los zaragozanos conventos de San Francisco o de Santa María de Jesús, tal y como describiría el padre Arbiol, ministro de la orden y provincial de Aragón:

«En la primera Estación, se representa el lugar donde se dio sentencia de muerte contra el Autor de la Vida; la segunda estación representa el lugar donde fue cargada la Cruz sobre los flacos y lastimados ombros del Redentor; la tercera estación, es el lugar donde el Señor cayó la primera vez, con el grave peso de la Cruz; la quarta Estacion, es el lugar donde el Señor se vio con su Santísima Madre; la quinta Estacion; es el lugar donde Simon Cirineo ayudó a llevar la Cruz a nuestro Señor; la sexta Estación; es el lugar donde la piadosa muger llamada Veronica, enjugó el afligidismo rostro de su Criador; la septima Estacion; es la Puerta Iudiciaria, donde el Señor cayó la segunda vez con la Santa Cruz; la octava Estacion; es el lugar donde el Señor habló con las hijas de Ierusalen, enselándolas a lloar sus pecados; la nona Estacion, es el lugar donde el Señor cayó tercera vez con el grave peso de la Cruz; la dezima Estacion, es el lugar donde al Señor le desnudaron sus vestiduras, y le dieron a beber vino mezclado con hiel; la vndezima Estacion, es el lugar donde el Señor fue clavado en la Cruz; y la duodezcima Estacion, es el lugar donde fue fijada la Santa Cruz, estando en ella crucificado nuestro Redentor».

Fray Antonio Arbiol y Díez, 1714

Como se puede observar, el número de estaciones establecido inicialmente por los franciscanos sería de doce, recorriendo el camino desde la sentencia de Pilato hasta el momento de la crucifixión, si bien ya se preveía que voluntariamente las comunidades pudieran incorporar dos últimas referentes al descendimiento de la cruz y al traslado y deposición del Cuerpo de Cristo en el Sepulcro: «la terciadezima Estacion, y representa el lugar donde Ioseph, y Nicodemus bajaron el Sagrado Cuerpo del Señor de la Santa Cruz, y lo pusieron en los brazos de su Santísima Madre; y la última Estacion, y representa el lugar donde María Señora nuestra puso el Cuerpo difunto de su querido Hijo en el Sepulcro». En cualquier caso, la celebración del ejercicio se llevaba a cabo en el interior de las iglesias conventuales, quedando marcado incluso reglamentariamente la distancia medida en pasos en que debían estar diferenciadas las diferentes estaciones, siendo obligatorio «dezir la Estacion en cada Cruz», tal y como decretaría el ya citado Inocencio XI el 28 de junio de 1686. Además, también se posibilitaba el que la última de las estaciones, que asimismo conllevaba una plática o acto de contrición del padre visitador, pudiera desarrollarse fuera de la iglesia, debiendo volver al interior «diziendo semitonado el Miserere».

Siglos después, y debido a que algunos de los pasajes recogidos en el ejercicio tradicional no se hallaban refrendados por los evangelios canónicos sino que más bien eran procedentes de la tradición oral y de textos apócrifos, en la noche del Viernes Santo de 1991 y en el transcurso del Vía Crucis que desde 1964 nuevamente se celebraba en el Coliseo romano, san Juan Pablo II sustituiría cuatro estaciones que carecían de fundamento bíblico tales como la que hace referencia a la aparición del personaje de la Verónica para enjugar el rostro de Jesús, el encuentro camino del Calvario de Cristo con María, y dos de las caídas con la cruz.

El entonces maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, monseñor Piero Marini, explicaría que las «estaciones ahora introducidas, consideradas a la luz de la historia, no pueden juzgarse como novedades, pues ya fueron utilizadas en otros tiempos, constituyendo episodios de gran alcance salvífico y de notable significado teológico en el drama de la pasión de Cristo» no pretendiéndose cambiar el texto tradicional, que continuaría siendo plenamente válido sino «poner de relieve algunos momentos de la pasión de Cristo que no se hallan recogidos en el Vía Crucis tradicional, para subrayar así la extraordinaria riqueza de esta devoción, que ningún esquema logra expresar con plenitud».

Consecuentemente, las catorce estaciones quedaban dispuestas de la siguiente manera: la primera, «Jesús en el Huerto de los Olivos» (cf. Mc 14, 32-36); segunda, «Jesús es traicionado por Judas y arrestado» (cf. Mc 14,43-46); la tercera, «Jesús es condenado por el Sanedrín» (cf. Mc 14, 55, 60-62,64); la cuarta, «Jesús es negado por Pedro» (cf. Mc. 14, 66-72); la quinta, «Jesús es juzgado por Pilato» (cf. Lc 23, 1-4,23-24); la sexta, «Jesús es flagelado y coronado de espinas» (cf. Mt. 27, 26-30); la séptima, «Jesús carga con la cruz» (cf. Jn 19, 16-17); la octava, «Jesús es ayudado por el Cirineo» (cf. Mc 15,21); la novena, «Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén» (cf. Lc 23, 27-28); la décima, «Jesús es crucificado» (cf. Mc 15, 24-26); la undécima, «Jesús promete su Reino al buen ladrón» (cf. Lc 23, 39-43); la duodécima, «Jesús crucificado, la Madre y el Discípulo» (cf. Jn 19, 26-27); la decimotercera, «Jesús muere en la cruz» (cf. Lc 23, 44-46); y la decimocuarta, «Jesús es depositado en el sepulcro» (cf. Jn 19,41-42).

Además, siguiendo las directrices del ya citado Directorio sobre Piedad Popular y Liturgia, resulta oportuno que el Vía Crucis, aun siendo un ejercicio referido a la Pasión de Cristo, «concluya de manera que los fieles se abran a la expectativa, llena de fe y de esperanza, de la Resurrección; tomando como modelo la estación de la Anastasis al final del Vía Crucis de Jerusalén, se puede concluir el ejercicio de piedad con la memoria de la Resurrección del Señor» (DPPL, nº 134).

II) El ejercicio del Vía Crucis en el seno de nuestra Cofradía: una piadosa costumbre

Un hermano de la Cofradía portando el crucifijo que recorrió las estaciones del Vía Crucis celebrado en el interior de la Parroquia de San Gil durante el Lunes Santo de 2021. Fotografía de Jorge Sesé, vía Facebook.
Un hermano de la Cofradía portando el crucifijo que recorrió las estaciones del Vía Crucis celebrado en el interior de la Parroquia de San Gil durante el Lunes Santo de 2021. Fotografía de Jorge Sesé, vía Facebook.

La práctica del ejercicio piadoso del Vía Crucis, constituye uno de los cultos más habituales al que recurren todas las cofradías y hermandades para cumplir con su misión fundacional de rememorar la Pasión de Cristo, especialmente en el tiempo de Cuaresma, no siendo una excepción en nuestra propia Cofradía. Como se puede comprobar en esta misma web, la Cofradía ha venido celebrándolo públicamente en dos periodos de tiempo distintos: el primero, a raíz de la reconversión del pregón que ideamos y llevamos a cabo en 1957 por diferentes enclaves de las periferias de la ciudad y que se englobaría dentro del proceso de evangelización de los suburbios zaragozanos promovido por el propio arzobispo Casimiro Morcillo; y el segundo periodo, a partir de 1986 hasta nuestros días, con la salida procesional durante una de las noches de la Semana Santa y en la que rezamos las catorce estaciones por un entorno parroquial (primero en la urbanización “Torres de San Lamberto”, después en la parroquia de Nuestra Señora de la Almudena y, definitivamente en la parroquia de San Gil Abad). Quizás estas sean las celebraciones del Vía Crucis más conocidas, pero ni mucho menos han sido las únicas.

Corporativamente hay que remontarse hasta finales de la década de los cuarenta y principios de la de los cincuenta para comprobar como la Cofradía asistiría en varias ocasiones a los Vía Crucis cuaresmales organizados por la Hermandad de la Sangre de Cristo.

Dicha Hermandad, al menos desde mitad del siglo XIX celebraba anualmente en la Iglesia de Santa Isabel de Portugal una serie de cultos cuaresmales tales como una novena de Pasión «con el Señor expuesto, rosario y letrillas, concluyendo con un solemne miserere cantado con orquesta por la capilla» (“El Esparterista”, 24 de noviembre de 1854), el septenario «con que anualmente obsequia a Ntra. Sra. de los Dolores» (“El Correo de Aragón”, 10 de abril de 1865) y, por supuesto, la celebración de los ejercicios del Vía Crucis en la tarde de cada uno de los seis viernes de Cuaresma. La organización de éstos por parte de la Hermandad, alcanzaría todavía un mayor esplendor a mitad del siglo XX cuando comenzaron a colaborar cada una de las cofradías filiales de la misma, recién constituidas. A cada una de ellas, incluida nuestra Cofradía, y por turno rotatorio, nos correspondía sufragar los gastos del acto a celebrar en el día determinado, debiendo asistir «con las Juntas de Gobierno al frente, y un número muy considerable de cofrades». Sin embargo, con el paso del tiempo, la crisis que sufrió la religiosidad popular en las décadas siguientes y, contradictoriamente, el posterior “boom” que experimentaron las cofradías en los años ochenta con la organización de multiplicidad de actos y cultos religiosos durante toda la Cuaresma, unido al lamentable estado de conservación que presentó la Iglesia de San Cayetano durante tantos y tantos años, la Hermandad dejaría de celebrar estos solemnes cultos cuaresmales con excepción del Vía Crucis que tenía lugar el último de los viernes de Cuaresma, que hasta nuestros días, ha seguido manteniendo con brillantez y solemnidad y que, cada año, es presidido por la única imagen que junto al “Cristo de la Cama” pudo ser rescatada de las ruinas del Convento de San Francisco durante los Sitios de Zaragoza, el histórico “Cristo de los Milagros de la Cárcel”.

Otra de las instituciones con las que, lógicamente, la Cofradía colaboraría copiosamente en la celebración de cualquiera de sus actos, sería la Acción Católica, principalmente con las ramas de Juventud y de Hombres. Precisamente, en uno de los actos que organizaría esta organización durante la década de los sesenta del siglo XX, nuestra Cofradía acapararía un importante protagonismo: el que en la noche del 16 de noviembre de 1963 se celebraría como pública manifestación de oración y sacrificio ofrecidos por los frutos del Concilio Vaticano II. Concilio que, por vez primera en la historia, trataría expresamente la funcionalidad de la Acción Católica en distintos documentos como “Christus Dominus”, “Ad Gentes” y muy especialmente en “Apostolicam Actuositatem” en donde se reafirmaba el propósito inmediato de la misma que no era otro que «el fin apostólico de la Iglesia, es decir, la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias, de suerte que puedan saturar del espíritu del Evangelio las diversas comunidades y los diversos ambientes» enumerando los rangos principales que la identifican: evangelicidad, secularidad, organicidad y comunión eclesial.

El solemne acto tendría lugar en la bandeja central de la plaza del Pilar y sería presidido por el Cristo de nuestro paso de “La Tercera Palabra”, el cual fue portado por hermanos de la Cofradía incorporándolo desde la “Casa de la Acción Católica” en la próxima plaza de la Seo y siendo acompañado durante todo el acto por dos filas de hermanos portando hachas. Cuenta la enfervorizada crónica de “El Noticiero”, que «una vez colocado el Cristo junto a la fachada de la Basílica del Pilar, se formó en el centro de la plaza una cruz gigantesca de antorchas que iluminaba el recogimiento y el fervor de aquellos centenares de hombres». Las catorce estaciones fueron glosadas por seglares, siendo uno de ellos nuestro hermano Alberto Manuel Campos Lafuente (que ocupaba entonces el cargo de hermano Cetro) preparando para la ocasión una meditación con contenido alusivo a la Cofradía. Una vez terminado el Vía Crucis, mosén Francisco agradecería «a todos su sacrificio y oraciones y exhortó a perseverar en este espíritu de piedad y fervor», procediendo entonces a entrar todos los asistentes al interior del Pilar, en cuyo altar mayor «fue expuesta Su Divina Majestad, impartiéndose la bendición con el Santísimo a todos los presentes que se trasladaron después procesionalmente a la Santa Capilla, donde fue cantada una Salve».

Adicionalmente, la Cofradía también ha asistido corporativamente en varias ocasiones al llamado “Vía Crucis del Cabildo”, es decir, el Vía Crucis que el Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza organiza en la tarde de cada viernes de Cuaresma en las catedrales zaragozanas. A esta celebración, la Cofradía ha acudido en dos ocasiones especiales, siendo la primera de ellas la más transcendente y emotiva.

Para contextualizar esta participación, hay que reseñar que en la última década de los años noventa, y siguiendo las directrices de san Juan Pablo II quien, a través de su carta apostólica “Tertio Millennio Adveniente” publicada el 10 de noviembre de 1994 invitaría a toda la Iglesia a iniciar un periodo de intensa preparación del “Gran Jubileo del año 2000”, el Cabildo organizaría una serie de Vía Crucis públicos en la tarde-noche del último viernes de Cuaresma en los que se recorrería la plaza de las Catedrales y que serían presididos por algunas de las más veneradas y antiquísimas imágenes de Cristo crucificado que se hallan en nuestra ciudad, tales como el “Cristo de la Seo” elegido en 1997, el “Cristo de los Milagros” de la Basílica del Pilar (1998), el llamado “Cristo de la Agonía” que se venera en el trasaltar del retablo mayor de la propia Basílica (1999), la imagen de “Nuestro Padre Jesús de la Agonía” de la parroquia de San Pablo (2000), o el “Cristo de la Paz” del barrio Oliver (2001). Pues bien, a esta lista de ilustres obras artísticas y devocionales se uniría, con la consiguiente participación de nuestra Cofradía, el novísimo “Cristo de las Siete Palabras” quien, tan solo un año después de su adquisición, participaría en el Vía Crucis del año 2002 aunque, curiosamente, el Vía Crucis no pudo celebrarse en el llamado “Viernes de Pasión” (antigua y popularmente también llamado “Viernes de Dolores”) sino que lo hizo dos días antes, concretamente el miércoles 20 de marzo, debido a las medidas de seguridad impuestas por la reunión de ministros de Defensa de la Unión Europea que se celebró ese día en Zaragoza. Al mismo, y además de los portadores y la junta de gobierno, asistirían un nutridísimo grupo de hermanos que no quisieron perderse la oportunidad de ver a nuestro “Cristo de la Peana” acceder al interior del templo basilical recorriendo tanto la Santa y Angélica Capilla como el altar mayor.

La otra participación en el “Vía Crucis del Cabildo” tuvo lugar el 17 de marzo del año 2017, en el que un nutrido grupo de hermanos ataviados con hábito o portando la medalla, asistirían a la celebración del ejercicio que se desarrollaría íntegramente en las naves de la Catedral del Salvador. A esta celebración, teniendo como criterio fijo que todos los años de forma permanente tienen tres de los viernes cuaresmales asignados respectivamente la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores, de la Cofradía de la Coronación de Espinas y de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro (quien desde el año 2004, participa con el “Cristo del Refugio”, siendo el único que abandona La Seo para celebrarse en la Basílica del Pilar), acuden todas las cofradías y hermandades zaragozanas de forma rotativa.

III) El nacimiento de una cita ya imprescindible: el Vía Crucis del «Cristo de la Tercera Palabra»

El guion, acompañado por algunos de los atributos de la Cofradía, encabezando el cortejo que recorrió la plaza del Justicia durante el primer Vía Crucis celebrado el 19 de marzo de 2010. Fotografía de Adrián Garasa, vía Flickr.
El guion, acompañado por algunos de los atributos de la Cofradía, encabezando el cortejo que recorrió la plaza del Justicia durante el primer Vía Crucis celebrado en 2010. Fotografía de Adrián Garasa, vía Flickr.

Parece lejano y aún está cerca: Parece ya viejo por el tiempo pasado, y sin embargo casi fue ayer cuando aquellos penitentes, hombres vestidos de blanco, la túnica ceñida con cordón de algodón teñido en verde, que cuelga a su costado con siete nudos, siete, como son Las Palabras y las llaves que guardan los misterios, las manos enguantadas en negro y la seriedad escrita en las facciones de su rostro. Ante el silencio sepulcral que precede a los actos que marcan las improntas, con la mirada puesta más allá del ser y el infinito, esperaban atentos a la silenciosa orden del hermano cabecero para iniciar el paso. Instantes más tarde, se abrieron las cancelas de la Iglesia. Con el ritmo que marcan los timbales, lento el caminar, y la seriedad que acompaña al acto, El Cristo del paso de la Tercera Palabra, salió a la calle. Estaba naciendo una tradición.

Dicen los sabios y los estudiosos, que tradición es aquella costumbre que se sucede a sí misma en periodos de tiempo de duración no inferior a los cincuenta años. Lo menor, es simplemente costumbre y lo de después historia. Pues fue así; que aquella tarde noche del 20 de marzo del año 2010, los hermanos de la Cofradía de Las Siete Palabras y de San Juan Evangelista de Zaragoza, y en su sede canónica, la Iglesia de Santa Isabel de Portugal; a eso de las 9, reunidos en silencio, junto con familiares, amigos, simpatizantes, y gentes del lugar que enterados del evento quisieron sumarse al acto; en la penumbra y el recogimiento que da la soledad del alma escarnecida; a la luz de las velas, con la música del órgano como fondo durante los silencios y dirigidos por el consiliario D. Fernando Arregui, procedieron al rezo de un viacrucis (de la vida) penitencial.

Con el respeto que procede en el acto que acontece, y después de ser leída la primera estación por el Hermano Mayor, se suceden las demás lecturas. Los hermanos elegidos, leen y rezan; relatos, homilías y oraciones, se suceden por riguroso e histórico y probado orden.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte. Segunda: Jesús, carga la cruz. Tercera: Jesús cae por primera vez; Cuarta: Jesús encuentra a su madre.

El alma de los presentes se sobrecoge al paso de el Cristo de la Tercera que portado a hombros y a la altura de los ojos de los presentes es llevado en procesión por el transepto, deteniéndose ante cada estación del Vía Crucis, marcada en las paredes de la nave central. Mientras, los lectores se suceden, leen y rezan desde el presbiterio. Cuando la estación se remarca junto a las capillas laterales que guardan imágenes de otras cofradías, son los representantes de estas, sus hermanos mayores, tenientes, decanos u ordenadores quienes proceden a la lectura. El aire se embriaga con aromas de incienso y un murmullo de oración llena la nave de la iglesia sepulcral.

Quinta estación: Jesús es ayudado por el Cirineo. Sexta: La Verónica limpia su rostro. Séptima: Jesús cae por segunda vez.

El sonido de las cornetas rasga la noche, y las puertas se abren de par en par dejando que los portadores salgan a la calle con la cruz sobre sus hombros. Detrás, el consiliario, la junta de gobierno e invitados, hermanos, penitentes y allegados. Las filas de penitentes afligidos persisten en sus rezos. El humo del incienso se adueña de la calle y del lugar en la noche especialmente espesa, fría y silenciosa. Los escasos transeúntes, sorprendidos, se detienen. Algunos a mirar con curiosidad, otros se añaden al decoroso silencio y persisten solo en ser meros espectadores del evento. Los menos de los más, se suman a las filas con respeto.

Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres. Novena: Jesús cae por tercera vez. Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras. Undécima Estación: Jesús es crucificado.

Vuelve la procesión al templo. Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz. Y ante el altar titular de La Tercera Palabra; a los pies de San Juan y de María, con el templo en silencio, alguien recita unos versos… En lo alto, la imagen de María en un escorzo parece cobrar vida. La mirada perdida en el firmamento busca el consuelo del Padre Celestial, y su Hijo, a sus pies, portado por los hombres de blanco que como tantos hombres, y en representación de todos ellos, aquella noche de marzo, llevan la cruz en silencio en busca de su mismo consuelo.

Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la cruz… Jesús es sepultado. Decimoquinta Estación: Jesús resucita.

El silencio se mezcla con el humo del incienso. Ante el altar principal y en su apoyo al efecto, es depositado El Redentor. A sus pies, el escudo de la cofradía bordado en verde y oro, y a su alrededor, solo las miradas de los presentes.

Poco a poco las gentes van saliendo y otra vez la soledad vuelve a adueñarse del templo en la noche de marzo. Las cornetas enmudecen y una composición de órgano como única compañía de aquellos que tardan en abandonar el recinto sacro.

Con las puertas cerradas y el transepto vacío, algunos hermanos quedan para dejar el interior del templo en riguroso orden. Se retiran atributos, faroles, reposteros, y las imágenes vuelven a su altar. Los bancos se alinean y los focos de nuevo iluminan el retablo y las capillas laterales. Al cabo de unos minutos todo vuelve a estar como al principio. Tan solo los testigos y participes del acto son distintos.

Dicen los sabios y los estudiosos que una tradición es aquella costumbre que se sucede a sí misma en periodos de tiempo de duración no inferior a los cincuenta años. Aquellos que simplemente estuvimos aquella tarde noche, en este evento que acabo de relatar, vimos nacer una tradición, fuimos parte silenciosa de la historia de nuestra Cofradía. Fue un 20 de marzo, a eso de las 9 de la noche. Era el año del Señor del 2010.

IV) La belleza de un acto preparado con exquisita delicadeza para elevar las almas de los presentes

Varios hermanos pertenecientes a las distintas secciones y grupos de la Cofradía, custodiando el “Cristo de la Tercera Palabra” en el presbiterio de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, momentos antes de iniciarse el Vía Crucis (fotografía de Alberto Olmo).
Varios hermanos pertenecientes a las distintas secciones y grupos de la Cofradía, custodiando el “Cristo de la Tercera Palabra” en el presbiterio de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, momentos antes de iniciarse el ejercicio del Vía Crucis (fotografía de Alberto Olmo).

Cuando las puertas de la iglesia de San Cayetano se abren, todo se encuentra dispuesto para que el acto se inicie con la mayor dignidad posible. En el altar mayor, se sitúa recostada sobre un soporte, la imagen que presidirá todo el acto siendo la total protagonista del mismo: el Cristo de “La Tercera Palabra”. En su exposición inicial no se encuentra solo, puesto que a ambos lados se colocan las cruces “In Memoriam”, quedando todo el espacio hermosamente iluminado con blandones y candeleros. Incluso, en algunas ocasiones, se ha podido contar con el acompañamiento de la Madre, al ser emplazada también la imagen de “Nuestra Señora de los Dolores” que tallara Antonio Palao para la Hermandad de la Sangre de Cristo. E, igualmente, engalanado se encuentra la balaustrada del coro de la Iglesia, los reposteros confeccionados por el “Grupo de Costura” de la Cofradía que señalan cada una de las estaciones puesto que la misión principal del acto no es otra que recorrer el camino que Cristo emprendió hasta su muerte y sepultura.

Tras custodiar a Cristo en el altar mayor, esperando a que llegue la hora definitiva, los portadores del primer relevo elevan la cruz, esa cruz en la que está clavado el más humilde desde su nacimiento y el más grande desde el principio (cf. Guallar Alcolea, 2010), iniciando así un camino en el que llevarán al «Hijo del Hombre» sobre sus hombros. Hermanos y hermanas de todas las edades, de todas las secciones, que trabajan en equipo y que, comprometidos con su Cofradía, renuevan aquello que recibieron con el Bautismo de ser auténticos portadores de Cristo, es decir, de ser “Cristóforos” que, como señala el papa Francisco, no es otra cosa que «el nombre de nuestra actitud, una actitud de portadores de la alegría de Cristo, de la misericordia de Cristo». Las estaciones se suceden y se elevan como plegarias a los cielos, siendo proclamadas tanto por nuestro hermano consiliario, como por miembros de la junta de gobierno así como por hermanos que integran y representan los diferentes grupos creados en el seno de nuestra corporación, con especial participación del “Grupo Joven”.

La procesión claustral prosigue su lento transitar recorriendo por las naves del templo y la vía sacra, deteniéndose en espacios tan emblemáticos para nuestra Semana Santa como son la capilla del “Santo Sepulcro” en la que se custodia el “Cristo de la Cama” o por el retablo de “Nuestra Señora de la Piedad”. Imágenes titulares de algunas de las cofradías que también nos acompañan en este día tan especial, puesto que el acto pretende ser un punto de encuentro para todos los cofrades zaragozanos, interpelando a los hermanos mayores de las cofradías y hermandades con los que compartimos sede a que nos prestaran su colaboración a través de la lectura de alguna de las estaciones e, invitando a los máximos responsables del resto de cofradías a que nos acompañaran en esta especial jornada. Una colaboración que se hace todavía más palpable a partir de 2017, cuando cada año invitamos a una cofradía para una participación todavía más activa, habiendo sido hasta la fecha la Hermandad de la Sangre de Cristo (2017), la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro (2018) y la Cofradía de Jesús Camino del Calvario (2019).

La imponente oscuridad del templo encuentra un atisbo de luz en las largas hileras de velones que sostienen cada uno de los asistentes y que no solo iluminan este camino, sino que prefigura y anticipa lo que vendrá después de la última estación del Vía Crucis y de nuestras propias vidas. Y es que Cristo es la «luz del mundo» y el que le «sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). La música también se convierte en elemento clave para que el ambiente quede envuelto de un recogimiento y una transcendencia tal, que consiga elevar el alma de los presentes. Con esta misión, y junto a la interpretación al órgano de piezas sacras por Ignacio Navarro (en algunas ocasiones, por Carlos González), también resulta fundamental el papel desempeñado por nuestro “Piquete de Honor” así como por el “Coro Siete Palabras”, quienes con sus melodiosas voces y sus acompasados instrumentos, ponen la banda sonora al acto con piezas como la siempre portentosa versión de “La Saeta” de Joan Manuel Serrat o el conmovedor himno de “La muerte no es el final”, con el que se homenajea a nuestros hermanos difuntos.

Llega la duodécima de las estaciones que nos lleva a adentrarnos en lo más profundo de nuestro ser cofrade. Cristo va a morir en la cruz para redimir a la humanidad y allí, en lo alto del Gólgota, la Virgen María y su discípulo amado, san Juan, se quedan solos. Como solos se han quedado en nuestro retablo de la iglesia de San Cayetano, esperando a que Cristo regrese nuevamente con ellos para siempre. La comitiva alcanza ese lugar tan especial para nuestra Cofradía, acudiendo hasta el sagrado enclave el guion, las cruces In Memoriam y las más altas representaciones, ubicando los portadores a Cristo entre las imágenes de nuestra Madre y de nuestro patrón, recomponiendo momentáneamente la escena de nuestro paso titular. Y sin apenas tiempo para asimilar la muerte del Redentor, comienza todo un ritual para preparar su sepultura. Al igual que Él ha entregado su espíritu al Padre, muchos hermanos nuestros también lo han hecho desde nuestra fundación. Es cierto que no están físicamente pero seguro que desde el Cielo están viviendo nuestro acto. Porque ser hermano de nuestra Cofradía y morir dentro de ella significa «no dejar nunca de participar en sus cultos», haciéndose presentes a través de sus nombres grabados en las cruces In Memoriam y de nuestro sentido y afectuoso homenaje «a aquellos gracias a los cuales hoy día debemos nuestra Cofradía» (Barco Monsalve, 1993). Pero nuestro memento hacia ellos no es luctuoso sino esperanzado, porque la muerte no es el final y ese el verdadero motivo de nuestra fe.

Concluye el Vía Crucis y nuestra imagen del Cristo de “La Tercera Palabra” regresa nuevamente al lugar donde empezó todo. El hermano Consiliario se despide de los asistentes y el cortejo claustral se retira para dar paso a que todos los asistentes se acerquen hasta el trono de la Cruz para venerarlo. Los besapiés, tan tradicionales y arraigados en el mundo de las cofradías hasta la irrupción de la pandemia, son todo un rito popular asentado en la costumbre de los pueblos de postrarse ante sus reyes, arrodillándose, hincando la rodilla en tierra, inclinando la cabeza, tocando sus vestimentas o besando sus manos manus ad os admovere. Y si esto se hacía con meros mortales, que no vamos a hacer los cristianos con Cristo que es «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap. 19, 16).

V) Momentos esenciales de nuestro «Vía Crucis del Cristo de la Tercera Palabra»

Referencias Bibliográficas

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I, II y IV; 2021); y Jesús OCHE LOZANO (ap. III; 2010). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: Hermanos de la Cofradía portando sobre sus hombros al “Cristo de la Tercera Palabra” por el interior de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Alberto Olmo).

Fotografías secundarias: Desarrollo del Vía Crucis (Alberto Olmo, Óscar Puigdevall y Pascual Soria)