Heráldicas y cornetas

Sones semejantes «al brillo de un rayo de sol que aparece a través de las sombras»

Es incuestionable la repercusión que, tanto en la propia historia de nuestra Cofradía como en la de la Semana Santa zaragozana, han tenido los instrumentos membranófonos sean tambores, timbales, bombos o timbaletas. Sin embargo, ni las secciones instrumentales ni la propia música cofradiera serían lo que son, si no fuera por los instrumentos de viento. Heráldicas y cornetas cuyos sones penetran en el mágico ambiente procesional de modo semejante «al brillo de un rayo de sol que aparece a través de las sombras» (Mersenne, 1636).

Las civilizaciones de todos los tiempos han usado los aerófonos con una doble funcionalidad militar-religiosa. Entre los griegos, servían para dar ritmo a la marcha en las grandes procesiones y, según Plutarco, las mujeres eleas invocaban a Dionisos entre sones de trompeta para que saliese del agua despertando de su letargo. Y en la antigua Roma, la trompeta se convirtió en instrumento esencial de los grandes acontecimientos, en los desfiles triunfales, en los juegos públicos, en los sacrificios, funerales y otras ceremonias religiosas, procediendo incluso dos veces al año a la lustración de las trompetas sagradas. Y conocedores de la «alternancia aterradora entre el silencio profundo y el agudo coro de las trompetas» (Chevalier & Gheerbrant, 1988), desde el reinado de Servio Tulio incorporaban en las filas de sus ejércitos auténticas plantillas completas conformadas por instrumentos tan variados como la tuba, el cornu o la buccina.

En efecto, estos instrumentos se asocian, como ningún otro, al fuego y al aire, al cielo y la tierra en una celebración común. Los ángeles, los seres celestiales y el mismo Pueblo de Dios tocan la trompeta como símbolo de alabanza y aclamación: «Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas: tocad para Dios, tocad; tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo: tocad con maestría» (Salmo 47 6-8).

Igualmente, en el Antiguo Testamento se recoge el uso del shofar o cuerno de carnero, construido en madera o incluso en metal que se usaba para transmitir órdenes en el campo de batalla, tanto para abrir la contienda (cf. Jue 7, 18) como para llamar a los soldados a retirarse (cf. 2Sam 2, 28). Por otra, parte, eran tocadas por sacerdotes para acompasar el caminar del Arca de la Alianza (cf. 1Cr 15, 24), llegando a instituirse toda una celebración conocida como la “Fiesta de las Trompetas” en la que durante mañana y noche sonaban en Jerusalén, teniendo lugar en el primer día del mes séptimo, tal y como el propio Señor le habló a Moisés: «será para vosotros de descanso solemne, conmemoración a toque de trompetas, asamblea litúrgica» (Lev 23, 23-25). Y en el Apocalipsis, siete ángeles de forma secuencial tocan la trompeta para anunciar una ola de catástrofes que asolarán la tierra anticipando el fin del mundo y la venida definitiva del Mesías, que se producirá cuando el suene la séptima, habiendo grandes voces en el cielo que gritarán: «¡El reino del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos!» (Ap 11, 15).

I) La presencia de bocinas y otros instrumentos de viento-metal en las antiguas procesiones penitenciales

Dibujo realizado en 1777 por el pintor y grabador madrileño Manuel de la Cruz en el que aparece "Un trompetero, que sirve en las procesiones de la Semana Santa" (vía Biblioteca Digital Hispánica)
Dibujo realizado en 1777 por el pintor y grabador madrileño Manuel de la Cruz en el que aparece «Un trompetero, que sirve en las procesiones de la Semana Santa» (vía Biblioteca Digital Hispánica)

Añeja es la presencia de los instrumentos de viento en los cortejos procesionales de la Semana Santa que encuentran sus predecesoras en las llamadas bocinas cuyo fin era el de representar las comitivas romanas cuando acompañaban a los condenados a muerte camino del suplicio, alcanzando algunas de ellas gigantescas proporciones que obligaban a ser transportadas por ruedas (como en diversas localidades de la Región de Murcia, en donde su sones son conocidos como Toques de Burla).

Por su sordo sonido, también evocaban el lamento por la muerte del Redentor, siendo conocidas por ello como trompetas de dolor o lastimeras, cuyo uso está documentado durante los siglos XVI y XVII al comienzo de las procesiones y estaciones de penitencia (cf. Domínguez Arjona, 2005). Trompetas que estaban dotadas también de una función organizativa, ya que al igual que las esquilas del muñidor, hacían las veces de anunciadoras del cortejo procesional así como ordenaban con sus toques las paradas de la procesión en la calles pero que, con el paso de los siglos, en muchas localidades fueron silenciándose quedando meramente como elementos decorativos y engrosando la lista de enseres procesionales. Aun poseyendo las grandes dimensiones de antaño no emiten ya sonido quedando bellamente ornamentadas mediante paños de terciopelo con ricos bordados en los que se representan escenas de la Pasión o los emblemas de las cofradías y hermandades propietarias de las mismas. Ejemplo de ello puede verse en la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro, en donde el cofrade Juan Guallart donó cuatro bocinas o famas portadas procesionalmente por niños y ubicadas en el cortejo procesional tras el guion, de las que pende un paño en el que va bordado el escudo de la Cofradía y la leyenda «Pietas Autem ad omnia utilis est», una cita utilizada por san Pablo en su primera epístola a Timoteo (1 Ti 4, 8) y que se traduce como «La piedad es provechosa para todo».

Dejando al margen estos antecedentes así como los correspondientes al uso de los pífanos y clarines que sonaban junto a caxas y atabales tratados ya en los apartados de los otros instrumentos, la incorporación plena de la corneta en los desfiles procesionales de Semana Santa engarza con el ámbito castrense, como otros muchos aspectos de la música procesional, cuando en el primer tercio de siglo XIX las por entonces bandas de pífanos y tambores decidieron sustituir los primeros por cornetas, configurándose pues lo que denominamos bandas de cornetas y tambores, asentándose en el cortejo de las cofradías y hermandades de toda España, en un principio abriendo paso con sus sones penetrantes y espartanos anunciando la presencia de la cofradía en la calle, aunque con el tiempo, adquiriendo un rol notable situándose detrás de los pasos (De la Chica Roldán, 1999).

De este modo, según se desprende de los libros de cuentas de la Hermandad de la Sangre de Cristo, en las primeras procesiones organizadas tras la Guerra de la Independencia consta la presencia de algunas de las bandas de guerra (como se denominan en el argot militar) de los regimientos de infantería más relevantes y condecorados de España, tales como el Príncipe nº 3 (el segundo más antiguo de toda Europa), el Toledo nº 19 (posteriormente nº 35 y conocido como El Profetizado), el Asturias nº 26 (que, actualmente correspondería al Regimiento de Infantería Mecanizada Asturias nº 31), el Mallorca nº 13 (conocido como El Invencible y disuelto desde 1995) o el Zamora nº 8 (conocido como el Fiel, y desaparecido en 1987). A estos cuerpos, hay que unir la presencia de tambores y pitos de la Compañía de Voluntarios Realistas, milicia fundada por Fernando VII y que estuvo en funcionamiento desde 1823 hasta 1833, participando activamente tanto en las procesiones de la Sangre de Cristo como en las de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís.

Por otra parte, desde 1855 y recuperando la antigua tradición de los armaos de los que hay constancia de su presencia con «pífano y caxa» en los inicios de la función del Descendimiento y de la propia procesión del Santo Entierro, la Sangre de Cristo va a incorporar un nuevo grupo (que prolongará su vida hasta finales de la década de 1960), la llamada Guardia Pretoriana que, con sus ritmos marciales procedentes de clarines y un tambor acompañará musicalmente al paso de Jesús con a Cruz a Cuestas.

Y es que la presencia de este tipo de representación de la milicia romana que ocupaba Judea en tiempos de Jesús, sería prolífica en las procesiones de todo el territorio aragonés gracias al impulso que los franciscanos dieron a la creación de agrupaciones pseudomilitares surgidas con el fin de hacer guardia ante el Cristo yacente en su sepulcro y acompañar a la citada imagen durante la procesión del correspondiente entierro. Conocidos comúnmente como alabarderos, en nuestra propia ciudad consta la existencia en el primer tercio del siglo XIX de una asociación de este tipo en el seno de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, tal y como se desprende del libro de actas de dicha institución analizado por García de Paso Remón (1998). Posteriormente, la asistencia de grupos de alabarderos en las procesiones de la moderna Semana Santa zaragozana también será frecuente, especialmente con los grupos procedentes de las comarcas del Bajo Aragón y del Campo de Belchite, dejando su impronta y estilo a la hora de ejecutar las marchas. Así, a lo largo de los años han asistido alabarderos provenientes de localidades aragonesas como Calanda (los conocidos putuntunes) quienes asistirían en los años setenta del siglo pasado en la procesión del Miércoles Santo de la Cofradía de Jesús Camino del Calvario (precisamente, tras desaparecer la citada Guardia Pretoriana), al igual que hicieran los de Samper de Calanda que, adicionalmente, también acompañarían a la Cofradía de la Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro en la procesión del Martes Santo de 1992; los de Azuara, en las del Domingo de Ramos de la Cofradía Jesús de la Humillación, María Santísima de la Amargura y San Felipe y Santiago el Menor entre los años 1992 y 1994, y anteriormente, en las de su predecesora (la Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar) en los años 1990 y 1991; y, como no, los de Híjar, que nos han acompañado en los Lunes Santo de 1989 y 2014, coincidiendo con las celebraciones del 50º y del 75º aniversario fundacional.

En 1860 se atestigua también que abría la marcha del Santo Entierro «un piquete de caballería de la guarnición, con sus clarines, que sirve para despejar el paso; detrás de ésta fuerza sigue un cabo con su estandarte y ocho soldados romanos a caballo, con bonitos trajes» (Guía de Zaragoza…, 1860). Igualmente, se constata documentalmente que en 1861, participarían los Húsares de la Princesa, conocido regimiento de caballería encabezado por el cabo de trompetas Lucas Trigo Romero, perdurando posiblemente este modo de iniciar la procesión de la Hermandad de la Sangre de Cristo hasta principios del siglo XX puesto que, en varios de los proyectos presentados para la reforma de dicha procesión en 1910, aparecen diseños de propuesta de uniformidad para estas bandas como en «Christum Regem» del artista zaragozano Emilio Fortún quien, además, señala textualmente que el orden procesional lo «abre la marcha de la banda de trompetas de un instituto montado, y de no ser posible, se procurará que sean de paisanos». También en el proyecto «Vitae» del pintor Victoriano Balasanz se presenta una acuarela de la guardia romana a caballo (equites) con clarines. Incluso, en años posteriores, también hay constancia de la participación de trompetas a caballo del Regimiento de Caballería Castillejos acompañando a la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro durante la madrugada del Viernes Santo de 1953, y pese a que ésta ya contaba desde dos años antes con su propia Sección Montada. Un estilo espectacular y prácticamente desaparecido en toda España, que se conocería bajo la denominación de bandas montadas de caballería en donde se utilizaban cornetines y clarines repartidos con afinación en Sol y en Fa, acompañados a la percusión por timbales al estilo tradicional, viviendo su mayor esplendor precisamente en esta época de segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Prueba de ello es la existencia en la Semana Santa de Sevilla de bandas montadas propias en las hermandades de San Benito, la Carretería, San Bernardo o Los Negritos a las que se les unía asiduamente en las procesiones hispalenses las bandas de la Guardia Civil y el Escuadrón de la Policía Armada. Aunque, si hay una banda representativa del género, esa fue la Banda del Regimiento Montado de Artillería con el suboficial maestro, el mítico Rafael Macías Borras, auténtico genio del clarín que hacía las delicias del público (y hasta del rey Alfonso XIII) que le premiaba con vítores y ovaciones cada vez que interpretaba con inigualable aguante pulmonar las agudísimas notas de las marchas más populares y aún mantenidas del género, como «Saeta», «Polcas» o la celebérrima «Campanilleros retreta».

II) Las heráldicas y las cornetas en la moderna Semana Santa de Zaragoza

Las primeras heráldicas, o “trompetas grandes” como figuran en el “Libro de Actas”, que tuvo en propiedad la Cofradía fueron adquiridas en 1945 a través del hermano Mariano Bíu saliendo ya en la procesión del Viernes Santo de ese mismo año. Fotografía del Archivo de la Cofradía.
El hermano fundador, Francisco Sangorrín Longinos durante la procesión del Viernes Santo de 1945 en la que tocaría una de las heráldicas (o “trompetas grandes” como figuran en el “Libro de Actas”), que tuvo en propiedad la Cofradía y que fueron adquiridas en 1945 a través del hermano Mariano Bíu. Fotografía del Archivo de la Cofradía.

La presencia de bandas del ejército volverá a ser frecuente durante todo el comienzo del siglo XX (especialmente a partir de la Guerra Civil) al igual, obviamente, que en las primeras salidas procesionales de las cofradías modernas, fundadas a partir de 1937 De hecho, en la primera salida procesional de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, ocurrida en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1938 y según narra la noticia publicada en el periódico “El Noticiero”, la procesión sería «escoltada por fuerzas de la Legión con banda de trompetas y tambores, por deseo expreso de estos heroicos soldados; que quieren rendir este homenaje», añadiéndose incluso que durante el trayecto, y al igual que se cantaron jotas y saetas, también fueron interpretadas saetas con un cornetín por el sargento de cornetas del 9º Ligero de Artillería, José Sáinz.

Al año siguiente, en 1939, la procesión titular de esta Cofradía sería acompañada por la “Banda de Cornetas y tambores del Regimiento de Infantería de Aragón número 17”, quedando documentado el repertorio de marchas que serían interpretadas durante el itinerario y que tenían los nombres de “El Gran Poder”, “Gloria al héroe”, “María Santísima”, “La enfermera”, “El Nazareno” y “La Piedad”, ésta última (y tal y como señalaba “Heraldo de Aragón” en su número de 8 de abril del citado año 1939) «dedicada a la Hermandad titular».

Todas estas piezas originales fueron compuestas por Gaspar Sariot Torres, brigada de banda del citado regimiento en el que culminó su trayectoria militar hasta haber cumplido la edad reglamentaria de pasar a la reserva en mayo de 1942, pero que anteriormente había estado en diferentes bandas militares ejerciendo, por ejemplo, de cabo de cornetas de la “Banda de Cornetas y Tambores del Regimiento Álava nº 56”. Precisamente con la banda vitoriana recorrería alguna de las Semana Santas más relevantes del sur de España, obteniendo cierto éxito como autor en Málaga, donde en 1920 estrenaría una marcha llamada “El Cetro”, componiendo al año siguiente otra titulada “Oración del Huerto”, dedicada a la cofradía del Lunes Santo malacitano.

Un año después, en 1940, serían miembros del Regimiento de Infantería nº 52, a la sazón de guarnición de la ciudad de Zaragoza, quienes en la primera procesión de nuestra Cofradía celebrada en la mañana del Viernes Santo de 1940, integrarían un grupo de doce tambores que tocarían marchas castrenses ataviados con túnica blanca y tercerol negro (para diferenciarse de los que sí eran hermanos de la Cofradía y que portaban capirote de color verde), formados de tres en fondo al principio de la comitiva y uniéndose otro militar más con un cornetín de órdenes.

En 1941, y con la creación del grupo de tambores propio, sería ya un hermano de la Cofradía quien se encargara de tocar una «trompeta» (así cita el acta de la Junta celebrada el 20 de abril de 1941) tanto para «iniciar la marcha y el comienzo de la procesión», junto a un tambor y siguiendo las indicaciones del hermano Cetro, como para ejecutar los consiguientes toques de aviso con los que iniciar y concluir las correspondientes marchas de los tambores, pudiendo desarrollar esta labor gracias a las facilidades dadas por el maestro de la banda de trompetas del mencionado regimiento nº 52, quien seguramente no solamente facilitaría la cesión del instrumento sino que además, probablemente, contribuiría a la instrucción del hermano de la Cofradía para que estuviera pertinentemente preparado.

Y, pese a desconocer con certeza el aerófono concreto que se usaría en las procesiones sucesivas aún considerando que Rabadán Pina y de una forma más literaria que real habla de que «lanzan los clarines un toque de atención» en su poema «Pasa la Cofradía» publicado en «El Noticiero» del Jueves Santo de 1942, lo que sí es seguro es que en la mañana del Viernes Santo de 1945 saldría al menos una de las «dos trompetas grandes» adquiridas por Mariano Bíu tras recibir la autorización junta de gobierno.

Este tipo de corneta recta y alargada, con una longitud aproximada de 1,60 metros, que eran empleadas desde tiempos remotos en el ejército, perdiendo progresivamente su carácter marcial para transformarse a partir de la Edad Media en «el emblema sonoro del poder» (Martínez Ruiz, 2000) y, por tanto, el instrumento por excelencia utilizado en actos protocolarios y ceremoniales, encabezando procesiones, señalando la llegada de monarcas o anunciando las proclamas a la ciudadanía, quedando adornadas por largos paños en los que aparecían reflejadas las armas de nobles y reyes, es decir, incorporando elementos heráldicos.

Desde su incorporación en nuestra Cofradía y hasta nuestros días, han sido empleadas con el único fin de transmitir diferentes órdenes a través de toques propios del ámbito castrense tales como “silencio”, “atención”, “sección”, “marcha” u “oración”, principalmente usados para marcar o introducir la interpretación de nuevas marchas, anunciar el cese de la misma o advertir del inminente inicio de un acto u estación de oración. De este modo, el hermano que la toca, ya que en nuestro caso es solo uno exceptuando algún año puntual donde como máximo ha habido dos, se convierte en pieza fundamental para la organización de la “Sección de Instrumentos”, quedando asociado el instrumento a nombres ilustres que han perpetuado su sonido a través de los tiempos, tales como el fundador Francisco Sangorrín Longinos, quien en el citado año 1945 y con las nociones aprendidas durante su estancia en el ejército fue el primero en hacer sonar la “trompeta grande” proporcionada por Mariano Bíu antes de pasar a ser responsable de la “Sección de Tambores”, sucediéndole en el puesto dos auténticos mitos de la historia de la Cofradía como fueron José Ignacio Vela Gracia y Pascual Jaqués Aparicio. Y aunque, durante algunos años se presentaron dificultades para tomar el relevo, en el nuevo milenio lo han hecho de forma magistral Jesús del Real Labarta y, actualmente, Víctor Camañes Vera.

En cualquier caso, con la creación de nuevas cofradías y con la excepcionalidad de nuestra Cofradía, serán multitud de bandas del ejército las que llevaran a cabo el acompañamiento musical en las procesiones zaragozanas. Consiguientemente, nos encontramos con la participación de bandas de música pero, mayoritariamente, con bandas de cornetas y tambores del ámbito castrense como (por nombrar solamente algunas de las más destacadas) la de la Academia Militar General, la del Regimiento de Infantería de Línea, la de Aviación del Ejército del Aire o la del Grupo de Automóviles del V Cuerpo del Ejército de Tierra. Curiosamente esta última, y de modo semejante al que se produjo en la primera salida procesional de nuestra Cofradía, participaría entre los años 1952 y 1959 en el Vía Crucis público de la Cofradía del Señor Atado a la Columna por intermediación de Mariano Lasala Millaruelo, Hermano Mayor de la Cofradía y General de Brigada de Artillería, asistiendo sus componentes ataviados con el hábito reglamentario de la Cofradía que se les prestaba para ser usados durante las procesiones (Cortés Soler, 2011).

Junto a las bandas propiamente militares, aparecen en las procesiones otras bandas de cornetas y tambores de los cuerpos y fuerzas del estado (tales como la de la Policia Armada) así como de entidades sociales y religiosas instauradas en los primeros años de post-guerra. Es el caso, por ejemplo, de la Banda de Trompetas y Tambores del Reformatorio del Buen Pastor, de la Banda de Cornetas y Tambores de la Cruz Roja (que acompañaba por ejemplo las procesiones de los Nazarenos y de la Dolorosa) o de la banda del Frente de Juventudes, denominación genérica que recibieron las diferentes organizaciones juveniles españolas creadas por el régimen franquista para el encuadramiento y adoctrinamiento de los jóvenes según los principios del Movimiento Nacional.

De esta banda, que participaría durante años en las procesiones de las cofradías de la Coronación de Espinas (Minguillón Magén, 2010), del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora y hasta acompañando al Cristo de la Cama en la procesión del Santo Entierro, saldrían algunos de los nombres más relevantes de la historia instrumental de nuestra Semana Santa que serían santo y seña en la creación de nuevas secciones. Es el caso, por ejemplo, de Eduardo Morata en la Hermandad de San Joaquín y la Virgen de los Dolores, Sixto Cortés en la Esclavitud de Jesús Nazareno o José Luís Martínez en la propia Coronación de Espinas, amén de un amplio número de tambores y cornetas.

También prolífica será la participación de la banda de cornetas y tambores de la sección infantil del Apostolado de la Oración erigida canónicamente en el Colegio del Salvador en 1890 que tomaría la denominación de la Cruzada Eucarística. Una banda que se fundaría en 1945 y que acompañaría en diversos años procesiones de la ciudad, desde el Corpus hasta el Rosario de Cristal pasando por las procesiones de Semana Santa organizadas por la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén o la de la Institución de la Sagrada Eucaristía, llamando poderosamente la atención el uniforme medieval con el que iban vestidos los más de cuarenta niños que integraban la misma (Pradas Ibáñez, 2000).

Postulados musicales que, tras adquirir en 1958 varios tambores, timbales y cornetas en la conocida tienda de instrumentos de Julio Guallar, trasladaría la Cofradía de Nuestra Señora de la Asunción para la fundación de su propia sección instrumental en 1958 para participar en los actos de su titular el 15 de agosto en el Barrio Oliver y que también formaría parte de la primera procesional penitencial de la corporación en la madrugada del Jueves Santo de 1960 cuando se hicieran se agregasen el título «y de la Llegada de Jesús al Calvario» para portar el paso de La Copa de Tomás Llovet (Rupérez Martínez, 2003). Tal fue la repercusión de la que podemos denominar como primera banda de cornetas y tambores nacida en el seno de una cofradía dentro de la Semana Santa zaragozana, que era reclamada su presencia para acompañar musicalmente otras procesiones de la ciudad como ocurría en la tarde del Domingo de Ramos con la Cofradía del Cristo de los Desamparados (Fribourg, 1980).

Aunque hablar de los instrumentos de viento en la Semana Santa de Zaragoza es hacerlo de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Agonía y de Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, popularmente conocida como «del Silencio», precisamente por ser esta su impronta procesional, tal y como ya recogía la crónica de su primera salida procesional publicada en “El Noticiero”: «Nota característica de esta Cofradía es el silencio que da nombre a la misma, y al cual se someten sus componentes, roto únicamente por un cornetín de órdenes que anuncia el paso del cortejo».

De este modo, el Jueves Santo 6 de abril de 1944, y tras ser fundada por un grupo de Jóvenes de Acción Católica del barrio del Gancho, salía por vez primera a las calles de Zaragoza ataviados con hábitos de estilo andaluz, estando acompañados por un militar llamado Carlos que vivía en el barrio, y de cuyos labios sonó por vez primera en Zaragoza un toque denominado «Toque del Silencio». Durante los próximos años participarían en la procesión un grupo de militares tocando el citado instrumento hasta que, en 1963, la Cofradía tuviera su primer corneta propio en la persona de Olegario García, organizándose, un año después, el primer grupo de trompetas heráldicas conformado por siete cofrades (Cólera Navarro, 2007). De origen incierto y transcrito en una partitura conservada en los archivos de la Cofradía, consta de dos partes, que llaman a la oración y a la penitencia y que tiene como fin primordial el anunciar la inminente llegada de la procesión, aunque a lo largo de los años también se ha tocado antes y después de cada una de estaciones del Vía Crucis cuando la Cofradía realizaba el ejercicio piadoso de forma pública en la tarde del Jueves Santo.

III) El renacer de la corneta con los “Piquetes de Honor” y la importación del estilo de la “policía armada”

El “Piquete de Honor de la Junta Coordinadora”, llamado también “Piquete Intercofradías”, ha sido desde su fundación en 1985 una auténtica escuela en la que decenas de cofrades zaragozanos han perfeccionado su técnica para ejecutar la corneta. Fotografía de Víctor Usieto, vía Flickr.
El “Piquete de Honor de la Junta Coordinadora”, llamado también “Piquete Intercofradías”, ha sido desde su fundación en 1985 una auténtica escuela en la que decenas de cofrades zaragozanos han perfeccionado su técnica para ejecutar la corneta. Fotografía de Víctor Usieto, vía Flickr.

En pleno auge de la Semana Santa de Zaragoza, en 1984 ve la luz en el seno de la Junta Coordinadora de Cofradías de la Semana Santa de Zaragoza un grupo de cornetas y tambores en el que se integrarán representantes de todas las cofradías y hermandades penitenciales de la ciudad y que será conocido bajo la denominación del Piquete de Honor.

Si consultamos el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, comprobaremos que la palabra piquete queda definida como «grupo poco numeroso de soldados que se emplea en diferentes servicios extraordinarios», añadiendo también otra acepción que indica «banda u orquesta formada por pocos músicos». Pues así, bajo estas premisas, tomaba su título y características el entusiasta grupo formado inicialmente por diecisiete cornetas acompañados de varios tambores y timbales fundado por iniciativa de José Antonio Simón, Eduardo Morata y José Luís Martínez que comenzarían a ensayar en el torreón de la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo y que actuaría por vez primera en el Concurso-Exaltación de Instrumentos en la Plaza del Pilar del año 1985 y en el Pregón de ese mismo año organizado por la Cofradía de Nuestro Señor en la Oración del Huerto, ataviados cada uno de ellos con su hábito penitencial correspondiente quedando impregnado bajo una clara influencia del llamado estilo castellano materializado, más concretamente, en los postulados de las bandas vallisoletanas.

Desde entonces, y bajo la dirección de José Luís Martínez Fernández (1985-1992) y de Tomás Ponz Remón (desde 1993 hasta la actualidad) ha sabido incrementar no sólo el número de componentes, sino también su calidad y repertorio, haciéndose indispensable su presencia en todos los actos representativos de la Semana Santa de Zaragoza. De su impronta y de la formación adquirida por tantos y tantos cornetas que han formado parte de sus filas, nacieron a lo largo de la última década de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado numerosos piquetes de honor en las cofradías y hermandades zaragozanas con el fin de acompañar a sus pasos titulares, especialmente a aquellas imágenes portadas a hombros en andas o peana. Tal sería el caso del Piquete de Honor de nuestra Cofradía, surgido inicialmente en ese mismo año 1985 aunque componiéndose exclusivamente de timbaletas y en el que, a partir de 1990, se incorporarían las cornetas.

La deseada búsqueda del sonido íntegro y puro unida a la cada vez más frecuente importación en cofradías zaragozanas de un estilo de corte andaluz en donde no sólo se aplica una determinada manera a la hora portar los pasos o de interpretar música procesional sino también de vivir y entender la Semana Santa, hará que a finales del siglo pasado y principios del presente comiencen a emerger bandas de cornetas y tambores bajo un estilo muy peculiar con origen en la Banda de Cornetas y Tambores del Real Cuerpo de Bomberos de Málaga durante los años veinte del siglo pasado y en donde su director, el músico linarense Alberto Escámez López, lograría impregnarla de un carácter propio, «a cuatro voces», alejado del antiguo estilo militar, con una serie de marchas solemnes, de marcado cariz homofónico y suave línea melódica que se entremezclaba con un percutir de tambores regular y monótono.

Líneas que serían trasvasadas durante la década de 1950 a Córdoba, a través de la Banda de Cornetas y Tambores de la Cruz Roja y de su director Blas Martínez Serrano, y sobre todo a Sevilla, al importar la Banda de Cornetas y Tambores de la Policía Armada las marchas malagueñas, logrando ésta tanta repercusión y éxito que, incluso, se llegaría a adoptar su propio nombre como término genérico de las bandas que seguían estos postulados, es decir el estilo de la policía armada. Precisamente, al disolverse ésta a finales de la década de 1970 e integrarse sus miembros en otras bandas además de crearse otras bajo su influjo, llegaría la gran eclosión de un estilo que ha trasvasado al ámbito civil los postulados militares. Porque son sus instrumentos y sonoridades; militar es su paso y «hasta su incomparable Marcha Real exhala en ellas un aroma castrense que ni el olor a incienso logra disipar» (Fernández de la Torre, 2014).

Afianzado y extendido rápidamente por toda Andalucía, así como por otros numerosos puntos de la geografía española como Zaragoza, se crearían bandas de cornetas y tambores que se diferenciarían rápidamente de los tradicionales piquetes zaragozanos en cuanto a uniformidad, musicalidad y plantilla de instrumentos, integrando un nutrido abanico de instrumentos de viento-metal con cornetas Do-Reb y Do-Sib brillantes, trompetas (incluso de un modelo especialísimo como las llamadas pockets, que son de un tamaño más reducido), fiscornos así como trombones, tubas y bombardinos, incorporando también a la percusión, tambores redoblantes e, incluso, platillos y campanas tubulares.

La pionera, en nuestra ciudad, con su creación en 1997, es la Banda de Cornetas y Tambores Jesús de la Humildad, perteneciente a la hermandad del mismo nombre, fundándose más recientemente, concretamente a partir del año 2010, dos bandas totalmente independientes sin vinculación ni dependencia de ninguna cofradía o hermandad: la Banda de Cornetas y Tambores San Pablo y la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora Virgen del Pilar adaptadas completamente al estilo, ya no sólo musicalmente sino también en otros aspectos como la uniformidad. E igualmente reseñable, es la presencia en nuestra ciudad durante los últimos años de bandas de prestigio y solera procedentes de distintos puntos del país tanto para integrarse en las propias procesiones de algunas hermandades y cofradías de nuestra Semana Santa, fundamentalmente para acompañar a los pasos llevados a costal como para participar en conciertos de música cofrade organizados por distintas entidades y cofradías como la Casa de Andalucía y el Grupo Joven Ego Sum de la Hermandad de la Humildad. El instrumental de estas bandas, a diferencia de los piquetes zaragozanos, está formado por tres grupos: cornetas Do-Reb, utilizándose también, según cada banda, trompetas (normales o las llamadas pockets, que son más reducidas de tamaño), fiscornos o incluso cornetas Do-Sib brillantes, mientras que en la percusión se utilizan tambores redoblantes o cajas así como timbales, interpretándose las marchas a modo de coro a cuatro voces, aunque en recientes innovaciones se busque añadir la percusión como quinta voz, con alternancias rítmicas entre tambores, cajas chinas y timbales.

Referencias Bibliográficas

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. I-III; 2021). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: La trompeta heráldica con su toque indicando a la sección de instrumentos que la conclusión de la marcha con la que se cierran los pasos y concluye la participación de la Cofradía en la procesión del “Santo Entierro” (fotografía de Alberto Olmo).