Patrimonio poético

Versos compuestos con amor y devoción para exaltar la misión de la Cofradía

Indudablemente, una de las mayores riquezas que posee la Cofradía es su patrimonio literario. Y es que, desde su propia fundación, su carisma y su misma esencia estriban en la predicación pública de las Siete Palabras, lo que ha supuesto que destacados e insignes oradores se hayan encargado de transmitir con sapiencia y profundidad las últimas palabras de Cristo desde la Cruz. Palabras, estaciones del Vía Crucis, reflexiones de capellanes, consiliarios y hermanos mayores publicadas anualmente en nuestros programas de actos… Todo ello ha contribuido a conformar una auténtica colección de textos de primer valor eclesial.

Y junto a estos textos, la exaltación de nuestra misión y de nuestra propia institución también han inspirado otras composiciones de gran belleza y sentimiento relacionadas con nuestra Cofradía o escritas por hermanos de la misma.

Poesías para conformar un rico y bello patrimonio literario

Curiosamente, la primera pieza literaria que vio la luz sobre nuestra Cofradía lo haría incluso antes de que saliésemos por vez primera a las calles de Zaragoza a predicar públicamente las Siete Palabras. Y es que, en la edición de “El Noticiero” del Jueves Santo de 1940, 21 de marzo, Antonio Martín Ruíz publicaría un poema sobre cómo se desarrollaría nuestra procesión, haciendo un anticipado y completo desglose de cómo sería la primera salida procesional. Reseñar que el título dado “¡Rataplán!”, y pese a encajar a la perfección con lo que sucedería al día siguiente por las calles de Zaragoza, en realidad no alude directamente a los tambores ni a la propia Cofradía ya que era el nombre de la sección que este polifacético autor tenía fija en las páginas de dicho periódico. Conocido bajo los pseudónimos de “Cantares” o de “Cayetano”, Antonio Martín era médico y escritor, estando considerado como uno de los más reputados críticos taurinos de la región, encargándose de llevar una sección dedicada al mundo del toreo en varios medios locales y colaborando asiduamente con la prestigiosa revista nacional “El Ruedo”.

Como no podía ser de otra manera, en el periódico “El Noticiero” (donde muchos de sus directivos, trabajadores y colaboradores eran hermanos de la Cofradía), y además de las convocatorias a capítulos, cultos y procesiones, se publicarían poemas dedicados a nuestra Cofradía. El primero de ellos, publicado el 2 de abril de 1942 con el título “Pasa la Cofradía”, sería compuesto por nuestro hermano fundador Mariano Rabadán Pina, a quién también debemos muchos años después la publicación del libro “Cincuenta años de tambor en la ciudad de Zaragoza” que tan prolíficamente se ha empleado para la elaboración de los textos de esta misma web), apareciendo la pieza magníficamente ornamentada con una orla alusiva a la Cofradía obra del pintor y grabador zaragozano Jesús Fernández Barrio. Y varias décadas después, el 31 de marzo de 1972, el conocido periodista y locutor radiofónico José María Ferrer, conocido por el seudónimo de “Gustavo Adolfo” haría lo propio con el poema “Viernes Santo” aparecido dentro de la sección que bajo el título “Coso arriba y Coso abajo” publicaba diariamente el hábil.

Por otra parte, nuestras publicaciones internas (como el “folleto de Semana Santa” o el “Boletín informativo”) han tenido también un papel fundamental en la promoción y divulgación de pequeñas piezas literarias escritas por hermanos. Desde poemas escritos por hermanos infantiles hasta elaboradísimas piezas, algunas de las cuales constituyen toda una serie o colección, siendo muy destacable en este sentido la dedicada a cada una de las Siete Palabras compuesta por Juan F. Abella Villuendas.

Emocionante es también la originariamente llamada “Oración del costalero” y reconvertida en oración de los portados de la peana del “Cristo de las Siete Palabras”, compuesta por el hermano Joaquín Pintanel Martínez, notabilísimo poeta zaragozano que mostró su gran amor por nuestra (su) Cofradía con la publicación del poemario dedicado a la misma y que lleva por título “Con la Cruz sobre los hombros”.

Muy destacable también es la labor que hasta su reciente fallecimiento llevó el hermano Jesús Oche Lozano, quien con su prosa poética no solo se adentraba en los sentimientos y en la profundidad del ser cofrade sino que también abría una puerta a la reflexión social y al sentido de la propia vida. Líneas en las que también se adentraría Fernando Guallar Alcolea, tanto en el género de la narrativa como en ingeniosas composiciones, tal como el acróstico “Fieles a la Cofradía”. Y qué decir de la contribución literaria de Pedro Antonio Serrano Luna, tanto con sus reflexiones teológicas (como licenciado en Teología que es y diácono permanente) como también en sus micropoemas dedicados a las Palabras (que en su momento, fueron incluidos en una colección de estampas devocionales) y a los propios eventos celebrados en el seno de la Cofradía (como los de las peregrinaciones a Santiago de Compostela).

Finalmente, hay que destacar sobremanera el poema compuesto por el fallecido médico y cofrade zaragozano Juan de Padura Oria, que calaría tan profundamente (apareciendo incluso como portada de una de las versiones de la web de la Cofradía) que casi ha acabado convirtiéndose en toda una oda de nuestra procesión titular.

«¡Rataplán!» de Antonio Martín Ruiz

Túnica blanca y capirote verde
y el severo redoble del tambor;
por allá viene ya la cofradía
de las Siete Palabras del Señor.

Va por las calles a la misma hora
en que Cristo sufría en el Calvario,
cuando clavado entre los dos ladrones,
las Palabras salían de sus labios.

La cofradía marcha lentamente,
al redoblar sin paz de los tambores,
y entristecen sus rezos
y el Drama que recuerdan los redobles.

Se detiene en la plaza soleada,
remanso dulce del vivir urbano,
y allá comenta la Palabra amarga
que dijo Jesucristo en el Calvario.

Y prosigue su marcha penitente
con el ritmo pausado del tambor,
recordando de Dios omnipotente
las Palabras que dijo en su dolor.

«Pasa la Cofradía» de Mariano Rabadán Pina

Es el Viernes solemne de la Semana Santa
día que rememora la Pasión del Señor
en que con su alma llena de caridad que encanta
derramó por los hombres su sangre el Redentor.

Viernes Santo sublime; día de primavera,
de flores pasionarias, de tristeza y dolor,
en que la Santa Iglesia con su liturgia austera
exalta el holocausto de Cristo-Rey de Amor.

“San Cayetano”, iglesia que en nuestra Zaragoza
ejerce en estas fechas atracción sin igual,
ya que entre todos templos, esta semana, goza
del privilegio insigne de ser centro espiritual.

La plaza de su nombre, cerca de mediodía,
rebosante de público hace rato que está,
aguardando el desfile de nuestra Cofradía
que en momento fijado de la iglesia saldrá.

Dan las doce. Las puertas del templo lentamente
ya se abren y por ellas ¿los veis? saliendo están
los piadosos hermanos de espíritu penitente
de las «Siete Palabras» y el Apóstol San Juan.

Con sus hábitos blancos y verde capirote,
las manos enguantadas y llevando un blandón,
silenciosos y graves, con majestuoso porte,
en dos largas hileras marchan tras su guion.

Les preceden hermanos que redoblan tambores
con ritmo acompasado de retumbante son,
y acompañan al paso, rodeado de flores
de “Cristo en el Calvario”, ¡solemne procesión!.

Siete faroles llevan las palabras sagradas
que Jesús pronunciará ya clavado en la Cruz,
siete Hermanos los portan y en su cristal grabadas
son símbolo y deseo que se irradien cual luz.

Con aire reposado y grave continente,
la Cofradía cruza calles de la ciudad
dando ejemplo a su paso de temple penitente
de amor y sacrificio, de fervor y piedad.

Un toque de silencio da un clarín de repente
y a su sonido un alto hace la procesión,
para escuchar la plática religiosa y ferviente
que al pueblo un sacerdote dirá desde un balcón.

Se explica y se medita una frase que Cristo
dirigiera a la Virgen o al Padre Celestial,
al buen ladrón que entonces se arrepiente a lo visto
o al Apóstol que hereda a su madre terrenal.

Terminada la glosa de la frase divina,
resuenan los tambores con su ritmo pausado.
Se renueva la marcha; la procesión camina
escoltando sus filas a Dios crucificado.

Y por cada Palabra por Jesús pronunciada
una oración sagrada, breve pero emotiva,
en distintos lugares de la urbe es predicada
por esta religiosa y austera comitiva.

En las horas precisas en que el Señor las dijo
esta fiel cofradía quiere que por las calles
se escuchen las palabras que pronunció Dios-Hijo
y se extienda por plaza, por montes y por valles.

Va avanzando la tarde de tan solemne día.
«Todo está consumado», Cumplida su misión
por orden religioso vuelve la Cofradía
dando muestras al mundo de piedad y oración.

Dan las tres. Y las puertas del templo nuevamente
ya se abren, y por ellas en fila entrando van
los piadosos hermanos de espíritu penitente
de “las Siete Palabras y el Apóstol San Juan”.

Con sus hábitos blancos y verde el capirote
las manos enguantadas y llevando un blandón,
silenciosos y graves, con majestuoso porte
en dos largas hileras entran con su guion.

Con ritmo más sonoro redoblan los tambores,
y lanzan los clarines un toque de atención,
y con estos honores, rodeado de flores
Jesús crucificado penetra en su mansión.

«Las Siete Palabras» de Mariano Rabadán Pina

En la cumbre del Gólgota el buen Jesús expira,
clavado por los hombres en infamante cruz;
con su cuerpo llagado la compasión inspira
y a sus hermosos ojos va faltando la luz.

A sus pies una turba de esbirros y sayones,
con voces y ademanes, le injurian sin cesar,
siendo objeto de mofa, ludibrio y vejaciones
la Humanidad divina que tanto supo amar.

«¡Si eres Cristo -le gritan- desciende del madero
o a legiones de arcángeles ordénales te bajen!»,
y por toda respuesta dice el manso Cordero:
“Padre mío, perdónales, no saben lo que hacen.

Pendientes de dos cruces, se encuentran dos ladrones
a los lados del Justo; para escarnio mayor,
mientras uno blasfema lanzando imprecaciones,
el otro, arrepentido, se vuelva al Redentor.

Y con frase contrita le suplica sumiso:
«¡Cuando estés en tu Reino, no me olvides, Señor!».
«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»,
le responde Dios-Hombre con sonrisa de amor.

Han subido al Calvario por el triste camino
y están junto al suplicio de Cristo atormentado,
sufriendo igual angustia que el Maestro divino,
la Virgen Dolorosa y el Discípulo amado.

Y Jesús los envuelve con mirada amorosa,
contemplando a una y otro, cual hijo y como padre,
y exclama dulcemente con su voz armoniosa:
«Mujer, he ahí a tu Hijo, he ahí a tu Madre».

La pasión arrostrada, las presentes torturas,
los azotes, los clavos, el constante dolor,
la corona de espinas y las mil amarguras
acordaban lo humano del divino amador.

Y al no hallar en sus penas el más leve consuelo,
como una humilde queja dice el Crucificado
elevando la vista dolorida hacia el cielo:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Jesús pasa las horas en terrible agonía;
sus heridas abiertas sangran lentamente
deshidratado el cuerpo, agotan su energía,
y la fiebre ardorosa hace presa en su mente.

«Tengo sed», gime entonces con acento angustiado,
los ojos delirantes y su boca abrasada;
y cual vil lenitivo, un esbirro ha llevado
a sus labios la esponja de vinagre empapada.

Allí montan la guardia los romanos soldados,
que entre risas y befas repartes sus vestidos,
la túnica inconsútil se juegan a los dados
mientras Cristo agoniza dando leves gemidos.

Fariseos y escribas piensan que evoca a Elías
y redoblan sus burlas al Hombre atormentado,
quien al ver ya cumplidas todas las profecías
dice como un susurro: «Todo está consumado».

Ya su cuerpo en tortura se relaja agotado.
Ya su pecho de amores tan apenas suspira.
Ya no late con ritmo su corazón sagrado,
y el Redentor del mundo en su tormento expira.

Y al velarse sus ojos con celajes mortales,
reclina la cabeza sobre el pecho de súbito
mientras clama al Altísimo sus palabras finales:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

«Viernes Santo» de José María Ferrer (Gustavo Adolfo)

Plaza de San Cayetano.
Las doce en la Catedral.
Es Viernes Santo y en el aire
hay rumor de piedad.

El pueblo cristiano vive
con Cristo por su penar.
Ya está clavado en la Cruz.
Su sangre redimirá
a todo el género humano.
Pero aún le queda por dar
en un mensaje divino
su Amor y su Caridad.

Plaza de San Cayetano.
La fuente canta en cristal.
Túnicas blancas y verdes
dan a la espera su afán.

Ya viene Cristo en la Cruz.
Y de la Cruz, que es rosal,
van a caer siete rosas
de luz en la Humanidad.

Y ya se inicia el desfile procesional.
Ya viene la Cofradía:
la de las Siete Palabras
y del Apóstol San Juan.

Se aleja la Cofradía.
Desde el rosal de la Cruz,
en siete rosas de luz,
Cristo dejó su armonía.

Y en la divina agonía
que iluminó la Ciudad
de Amor y de Caridad,
tiembla ese dulce bagaje
que es el supremo Mensaje
de la suprema Verdad.

Ya clavado en la Cruz, te halló la Muerte,
y tu espíritu al Padre has entregado:
«Todo está -Tu dijiste- consumado»,
y cayó tu cabeza al pecho, inerte.

Ya la carne del Hombre, carne fuerte,
porque Dios lo ha querido se ha quebrado;
y en tu Muerte, Señor, Tú nos has dado
la lección que nos dice nuestra suerte:

Que también en un día, toda luz
que nos brinda en la vida tantas cosas,
la muerte apagará con su capuz.
Haz, entonces, Señor, que tus gloriosas
Palabras pronunciadas en la Cruz
sean, en nuestra muerte, siete rosas.

«Siete Palabras» de José María Angulo Sáinz de Varanda

Siete Palabras,
siete gritos,
siete perlas.

Gritos de paz, de amor,
de triunfo, de humanidad.
Misterios de vida,
de esperanza, de divinidad.
Cada una un llanto,
todas una fe.
Palabras de hombre,
de Dios, de Mesías.
Perlas para los creyentes,
encogiendo los corazones,
exprimiendo lágrimas
de desgarro, de amores.
Siete frases inescrutables,
bellas, tristes,
pacíficas, vivificadoras.
Tranquilas unas,
apasionadas otras
desconcertantes para nosotros
siempre.

La primera de perdón,
perdón para los verdugos,
los hacedores de sufrimientos,
los maledicentes, los insultantes,
para los hombres todos.
Lo pide para los demás, no para él.
Gracias, Jesús.

Misericordia infinita:
Segunda Palabra.
En un mundo inmisericorde
te compadece del pecador,
del asesino, del ante retador.
El Paraíso está abierto
A Dimas y a todos.
Gracias, Jesús.

El Supremo don, el mayor regalo:
la Madre de Dios: la Virgen,
nos las das: ya es Madre nuestra.
Tercera Palabra.

Lo más querido, lo mejor,
los das a pecadores e impíos,
asesinos, ladrones.
Perdón, Misericordia, Madre.
Gracias, Jesús.

Grita el hombre,
exhausto, sufrido,
fatigado, insultado.
Cuarta Palabra.
Quien todo lo puede
sufre por nosotros
hasta límites infrahumanos.
Por salvarnos, Dios, muere
como un hombre,
como el peor de todos.
Gracias, Jesús.

La quinta y tiene sed.
Sed ¿de qué?
¿Sed de hombre?
¿Sed de Dios?
Más sufrimiento,
más vejación.
Nos das la Vida
y te damos vinagre.
Gracias, Jesús.
Perdón, Jesús.

La obra está acabada,
el triunfo, al fin, logrado,
el largo camino, recorrido,
la muerte ya cercana,
la Vida conseguida.
Sexta Palabra.
El triunfo es nuestra salvación,
tu muerte, nuestra Vida.
Gracias, Jesús.

Todo hecho y acabado,
vuelves al Padre.
Séptima Palabra.
Dios de Dios,
a Él imploras, en Él confías.
Tú eres nuestra confianza,
nuestra Luz,
nuestra Esperanza.
Gracias, Jesús.

Por la obra,
por las palabras,
por el Perdón,
el sufrimiento,
la Madre…
Encerrado todo ello en
Siete Palabras,
Siete Gritos,
Siete Perlas.

«Al Cristo de las Siete Palabras» de Juan F. Abella Villuendas

Sobre un verde de esperanza,
cuajado de amaneceres,
desmembrado en tus palabras,
caminas hacia la muerte.

La plegaria de mil lunas,
sollozando padeceres,
escoltan tu caminar,
triste, sombrío y ausente.

De tus labios desclavados
por el sudor y la fiebre,
se alborozan esperanzas,
hasta posarse en tus sienes.

Mientras, entre tu silencio
cabizbajo y penitente,
los aros del sol redoblan
tristeza de luz yacente.

Cae la tarde y en su bostezo
las esperanzas descienden,
mas Tú sigues en la Cruz
predicando hasta la muerte:
“Perdón, promesas y entregas,
sed de almas que se pierden,
soledades y obediencia…
descanso de tus quehaceres”.

La voz oculta del hombre
en silencio se enloquece
y sus mil tambores rotos,
desgarrados con tu suerte,
gimen dolor, sangre y llanto,
sobre sus parches inertes,
entre un verde de esperanza,
incólume de atardeceres.

«Primera Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

La tarde ya pesa.
El sol agoniza.
Los hombres se increpan
Tu voz se desgarra
y el viento impotente
enciende su brisa
queriendo aplacar
tu fiebre agotada.

El recuerdo fresca
de días vividos
hablando de alientos
que son esperanza,
alivian clamores,
insultos altivos,
que anhelan rompe
tu firme templanza.

Desean de ti
milagros postreros,
que tires por tierra
lo que predicabas;
que enciendas el odio,
que aúnes esfuerzos,
para liberar
la sed de venganza.

Mas tú sigues firme
entre tu silencio,
sembrando ilusiones,
forjando mañanas,
y junto a tus ojos
elevas al cielo
tu voz de Dios-Hombre
que se hace Palabra:

Y te vuelves llanto
ante el padre eterno
y tu amor suplica,
implora, demanda,
perdón para el hombre
que extinguió su tiempo.
Porque no sabía
lo que ejecutaba.

«Segunda Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

Te oprime el cansancio, la cruz, el viento
y hasta el simple frescor de la mañana,
se hunde entre tus sienes doloridas,
apagando el fulgor de tu mirada.

Sigues ahí, envuelto entre murmullos
entre luces de odio y de revanchas,
ya no sabes si son tus pensamientos
o es el cielo, que dicta tus palabras.

Por encima de todos, un aliento
se esfuerza, se encumbra, se desata
y arreciando su voz entre mil gritos
con insultos y desprecios, te demanda.

Tú no quieres oír sus desvaríos,
no deseas callar sus amenazas,
pues sabes que es reo, como tú.

Compañero de muertes apagadas,
y comprendes que el peso de la cruz
enloquece, desespera, desbarata…

Más, otra voz suene a tu costado.
Otro anhelo emerge de la nada
y alzándose en un postrer esfuerzo,
increpa del otro sus palabras,
mientras, callado, eleva a ti sus ojos
en señal de respeto y de plegaria…

Tu rostro adquiere un nuevo acento.
Tu voz se llena de mañanas,
y volviéndote un nuevo peregrino
del amor, del perdón, de la esperanza,
abres tu corazón y tus heridas
a quien anhela la paz que hay en tu alma…

Y le ofreces fortaleza en el dolor.
La fe en el hombre, el tesón y la templanza
y la promesa eterna de tus labios,
cuando la muerte apague su mirada:
En verdad, en verdad, yo te lo digo,
hoy estarás conmigo en mis moradas…

«Tercera Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

Mujer, he ahí tu hijo
desterrado en agonía
de sentir sobre tu cuerpo
el dolor de tus heridas.

Con su rostro ensangrentado
en huracanes de brisas
que despedazan silencios,
soledades compartidas.

Con sus palabras al viento,
perdiéndose a la deriva
de una mar oculto en tinieblas
y oleajes fratricidas.

Tu sangre busca sus venas
para darles nueva vida.
Tus ojos buscan sus ojos
y su anhelo, tus caricias.

Tu llanto cubre su alma
que se acurruca aterida
entre recuerdos y nanas,
mocedades y alegrías.

Hijo, de ahí a tu madre
esbozando una sonrisa
entre lunas apagadas,
sobre tu faz dolorida.

Con su llanto entrecortado,
entre ilusiones baldías
por retener en sus brazos
un segundo de tus días.

Con la pena en sus entrañas
y en su corazón la espina
de ver al hijo que muere
abrumado de injusticias.

Tu rostro busca en su aliento
las fuerzas que te marginan
entre destellos de sombras
y ocasos de luz marchita.

Tu voz busca en sus palabras
el consuelo que precisas
para seguir sobre el cielo,
atragantado de insidias.

Y antes de entregar al padre
tu último aliento, te inclinas
y de tu rostro sereno
una lágrima perdida,
sobre el llanto de tu madre
sin querer se deposita…

Y en ese abrazo postrero
de tu muerte con su vida,
le entregas junto a tus años
una herencia compartida:
que sea para los hombres
el refugio en la fatiga,
el consuelo, la esperanza…
tu presencia siempre viva.

«Cuarta Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

Todo queda en silencio
la tarde, el cielo, la brisa
y un aire de soledad
se apodera de tu vida.

Sientes desnudo tu cuerpo,
atragantado de heridas
que van minando el esfuerzo
por detener la agonía.

Tus brazos ya no te aguantan
anclados a la deriva
de un mástil sin timonel
hecho de orgullos y envidias.

Por un momento tus fuerzas
sin querer se debilitan
y de tus labios resecos
las palabras desvarían.

Y te diriges al padre.
Exiges su compañía,
su aliento, su fe, su apoyo
en las horas decisivas.

Mas todo sigue en silencio,
la tarde, el cielo, la brisa
y hasta el eco de tu voz
en tu boca se marchita.

Y te sientes alejado,
huérfano entre tus desdichas,
abandonado del padre,
de los hombres, de tus días.

«Quinta Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

Tienes sed. Sed de los hombres
que apagaron tu mirada.
Sed de los que no entendieron
tu mensaje de esperanza.

Tienes sed. Sed de justicia,
de libertades ancladas
en un racimo de olivo
y en el batir de mis alas.

Tienes sed. Sed de verdad.
Sed de pensar en voz alta
sin que nadie te silencie
ahogándote la garganta.

Mas los hombres no te entienden,
no comprenden tu palabra
y te ofrecen una esponja
de hiel mezclada con agua.

Tienes sed. Sed de silencios.
Sed de hambre apaciguada.
Sed de niños que no nacen
porque ajaron sus mañanas.

Tienes sed. Sed de sonrisas
entre llantos desatadas.
Sed de acallar el silencio
fratricida de las armas.

Tienes sed. Sed de sentir
el sinsabor de quien anda
marginado por saberse
solitario entre sus canas.

Mas lo hombres que no entienden
no comprenden tu Palabra
y te ofrecen una esponja
de hiel mezclada con agua.

Sigue ahí pidiendo a gritos
en medio de tu atalaya
una gota de justicia,
un vendaval de mañanas,
una brisa de verdad,
un arroyo de esperanzas.

Y así tal vez, algún día,
los hombres sepan que mana
de tu mensaje de amor
un manantial de agua clara
donde pueden saciar
la eterna sed de sus almas.

«Sexta Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

El sabor de la agonía
se entremezcla con la fiebre
y un gélido sudor te inunda
hasta estallar en tus sienes.

Sabes que el día se acaba
y que la tarde ya teje
su manto de soledad
entre horizontes de muerte.

Sabes que ya tus palabras
se hacen susurros inertes
y agotadas por el llanto,
entre silencios se pierden.

Ya ni siquiera los hombres
con tu dolor se estremecen
y olvidándote entre sombras,
regresan a sus quehaceres.

Tan solo tus pensamientos
se hacen eco de tu suerte
y entre recuerdos y ausencias
alivian tus padeceres:

Tus años de juventud
repletos de amaneceres
que emanaban alegrías
en tu fe de adolescente.

Tu mensaje de esperanza
despoblándose en tus gentes
como lluvia de verano
saciada de luz perenne.

Tus anhelos compartidos
con los que solo poseen
la nada como cosecha
y el llanto como simiente.

Tu último soplo de vida
atrapado por quien teme
condenar al homicida
y salvar al inocente.

Sabes que ya tu presencia
se torna silencio ausente.

Que tu misión se ha cumplido
que tu aliento se desprende
entre frases de agonía
y soliloquios de muerte.

Y de sus labios un grito
retumba con voz potente:
se ha cumplido plenamente.

«Séptima Palabra» de Juan F. Abella Villuendas

Un último aliento
sale de tu boca.
Un tenue susurro
que no es de dolor.
Ya todo ha pasado.
Ya nada te importa,
tan solo deseas
calmar tu sudor.

No quieres saber
si el cielo destroza
sus últimos llantos
ahogando el fulgor
de un sol arrogante
que oculto entre sombras
apaga en destellos
su agitada voz.

Tan solo deseas
redimir estrofas,
descansar tus días,
sentir el calor
eterno del Padre
que alivie las horas
finales que restan
en tu aflicción.

Las manos sublimes
del padre te arropan
y en tu sufrimiento
se trueca oración,
cuando jadeante,
terminas tu obra
y entregas tu espíritu
en prueba de amor.

«Murió a las tres» de Juan F. Abella Villuendas

Daban las tres en las almas,
piedra a piedra del Calvario
cuando el sol se estremecía
preso de miedo y de llanto.

Aún pesaba el redoblar
ronco, de miles de clavos
que se anclaron con firmeza
en miles, también en brazos.

Aún morían las palabras
bajo su eco lejano,
que pronunciaba en la Cruz
hecha de males hermanos…

Aún brotaban de sus ojos,
aún salían de sus labios
frases de paz y perdón
de soledad y espanto.

Aún vomitaba vinagre
con dolor entremezclado
que le dieron a beber
de manos de algún soldado.

Tres cruces, tres penitentes,
tres muertes sobre el Calvario:
dos que pagaban sus culpas,
la otra, nuestros pecados.

«Las Siete Palabras» de Juan de Padura Oria

Nunca se vio Zaragoza
más bella y con más encanto
que una mañana de abril
el día de Viernes Santo.

El incienso penetrante,
los tambores legendarios,
el estallido de flores
que colorean los pasos,
el marchar de mil cofrades,
el memento bien llevado,
y los lamentos de Dios
en los faroles dorados.

Nunca se vio Zaragoza
más bella que en Viernes Santo,
cuando las Siete Palabras
la visten de verde y blanco.

«Oración del Costalero» de Joaquín Pintanel Martínez

Cristo de las Siete Palabras,
fortalece nuestro espíritu
en este Viernes Santo de dolor,
para predicar contigo el mensaje
Tu voz desde la Cruz.

Señor, mantén nuestros hombros firmes,
nuestro corazón recto
y nuestros oídos abiertos
para recibir Tu Palabra, Tu amor.

Tu peso será liviano
para nuestros miembros fortalecidos
por tu gracia, con tu perdón.

Expande nuestro pecho
más allá de la fatiga
insuflándonos Tu aliento de bondad.

Haznos fuertes Señor,
te suplicamos tus portadores
con una palabra que nos nace de dentro
como Tú pronunciaste en la Cruz:
Señor, en tus manos,
encomendamos nuestro esfuerzo.

«Cristo de las Siete Palabras» de Joaquín Pintanel Martínez

¡Cristo de las Siete Palabras!,
el de la faz amorosa,
tronchada como una rosa,
sobre el blanco cuerpo inerte
que en el madero reposa.

¿Quién pudo de tal manera
darte esta noble y severa
majestad llena de calma?
No fue una mano: fue un alma
la que talló tu madera.

Por eso a tus pies postrado;
por tus dolores herido
de un dolor desconsolado;
ante tu imagen vencido
y ante tu Cruz humillado,
siento unas ansias fogosas
de abrazarte y bendecirte,
y ante tus plantas piadosas,
quiero decirte mil cosas
que no sé cómo decirte.

Y Tú, Rey de las bondades,
que mueres por tu bondad
muéstrame con claridad
la verdad de las verdades
que es sobre toda verdad.

Que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
Que ame tu Ciencia y tu luz;
que vaya, en fin por la vida
como Tú estás en la Cruz:
de sangre los pies cubiertos,
llagadas de amor las manos,
los ojos al mundo muertos,
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.

Yo te adoro y yo te sigo;
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la Cruz contigo. Quiero en la vida seguirte,
y por tus caminos irte
alabando y bendiciendo,
y bendecirte sufriendo,
y muriendo bendecirte
¡Cristo de las Siete Palabras!

«Al Señor» de Pedro Antonio Serrano Luna

¿Por qué se cierran tus párpados divinos
sobre tus ojos vidriados y sin vida?
¿Por qué tu frente, tan blanca y aterida
está inclinada, sangrante y con espinos?.

Yo sé la causa, mis grandes desatinos
han abierto tu costado en esa herida.
Tú eres Buen Pastor y yo oveja perdida
que no ha seguido tu paso en los caminos.

Veo tus manos que están aún esperando
que me vuelva a tu redil en este instante.
Tú que en una eternidad me estás amando
aunque sabes que soy un inconstante
me perdonas y me das tu pecho blando
para que ya no te pierda en adelante.

«Fieles a la Cofradía» de Fernando Guallar Alcolea

Parece que fue ayer; quizás fue mucho antes de ayer. No podría precisar la fecha.
A pesar de todo, siguen ahí: a nuestro lado.
De mi memoria parten recuerdos entrañables, de precisos y preciosos momentos compartidos.
Rozan con su presencia los hábitos blancos de quienes aún los vestimos.
Elevan, con su esperanza cierta, más aún los verdes capirotes.

En Silencio, unos forjaron lo que les transformó en lo que ahora son. Entre ritos obligados muchos
no sabían lo que encerraban aquellas oraciones que interpretaban en desconocido lenguaje.

Tenían fe y esa fe suplía con creces cualquier idioma. Porque a Dios se le habla con las palabras
uniformes que brotan del corazón ya las que llamamos sentimientos. Estos no entienden de reglas
sino de vivencias: de alegrías y de penas, y así hablaban ellos.

Muchos de los que procesionan con nosotros tuvieran la dura experiencia de la cruda realidad que
ampara una posguerra. También muchos de ellos -fieles hermanos silentes- pasaron por la misma
no dejando que el desánimo ni el odio mermaran su coraje; siguiendo al pie de la letra el mensaje
olvidado por algunos y que ellos quisieron manifestar cada Viernes Santo a todas las personas que
se acercaban a escuchar la predicación de las Siete Palabras.

En silencio, otros, tuvieron suerte dispar. Algunos se marcharon pronto, muy pronto, abandonando
numerosos afectos; pero dejaron tras de sí el recuerdo de su compañía, de su cariño, de su trabajo
constante; no fueron renombradas personalidades, ni pudieron hacer, para satisfacción de su ego,
ostentación de bienes materiales, cosa que ahora tanto se lleva, pero no les importó porque sabían,
mirando la procesión de su Cofradía, que a los ojos bondadosos del Padre todos somos lo mismo,
iguales, como cuando salimos de verde y blanco; quizás, por ello, quieren recordarnos que en el
empeño de nuestras creencias está la base de nuestras actitudes; por eso siguen con su ejemplo y
no faltan a su cita -como fieles hermanos- con las procesiones de su Cofradía. Otros, que se fueron
despistando a la vida como en un guiño al destino, pueden hacernos comprender la fragilidad del
obelisco cuando llega el terremoto…

Mirando la cruz de nuestra Cofradía, en la que están todos sus nombres, veo la Cruz de Cristo que,
independientemente de nosotros, a todos convoca sea cual sea su procedencia.

Es en esa cruz en la que algún día -como comentó mi querido hermano Jesús Oche- también podré
salir yo procesionando fiel a mi Cofradía. Es en esa cruz en la que algún día todos nos reuniremos
para procesionar juntos. Es en esa cruz en la que algún día todos estaremos junto a Cristo, que nos
indica desde su mensaje agónico el camino para llegar al Padre. Es en esa cruz en la que algún día
rezaremos alabando todos en el mismo idioma. Es en esa cruz en la que algún día nos sentiremos
independientes de todo lo material. Es en esa cruz en la que algún día seremos recibidos por la
totalidad de quienes ya están allí. Es en esa cruz en la que algún día ya no habrá cruz porque la
unidad con el Padre será total. Mientras, no faltarán las manos de otros hermanos para llevarla.

«¿Cómo son los sonidos de la Semana Santa?» de Jesús Oche Lozano

Qué triste es el destino de las palabras sin oyente que pugnan por cobrar vida y mueres escondidas en su infancia.

Las palabras enmudecen
El silencio se hace espeso
El aire sólo huele a incienso y a tambor.

Los músculos se tensan lentamente, los dedos ciñen firmes las baquetas. Las mazas, sujetadas con fuerza por manos enguantadas se levantan por encima de oscuros terceroles y altos capirotes. Un golpe seco, un trueno sordo rompe en mitad de la noche. Acompasado ritmo. Sonido de ultratumba, llamada a los perdidos corazones, conversaciones mudas. Silenciosas salmodias, repiqueteo eterno. Siete golpes de maza en diez segundos, cuatrocientos ochenta y nueve repiques de baqueta y de fondo, sonidos de fanfarrias y cornetas, trompetas de pistones, cajas huecas con acordes de paz y silencio, de llamada dispersa, de oración disoluta. Conversación solemnemente mantenida entre el yo retrospectivo y el ausente.

Nosotros, servidores anónimos. Silenciosos cofrades, rasgamos la palabra en mitad de la noche, alumbramos con velas y fanales, espanto recuerdo y al final, sonidos de tambor con sabor a llamada de ultratumba. Se trasladan los púlpitos, presbiterios y coros se envuelven en las calles, después el silencio. Palabras que se llaman con sabor a tambor y sonido a metales de fanfarria.

¿Cómo son los sonidos de la Semana Santa?

Primero es el silencio, que organiza el proscenio, colocando rigurosamente ordenados a cada uno en su sitio, amores, desamores, desencuentros, olvidos, afrentas, discusiones, amarguras, rencillas. Todos tienen su puesto en esta orquesta. Luego se escucha el ruido de las velas, el sonido del humo abriéndose lento paso, entre la maraña espesa de recuerdos y peticiones varias.

Se escucha el paso quedo y la mirada perdida, que busca refugio entre gente incomprendida, escuchantes anónimos y serenos. Silenciosos oyentes, compartidores de penas y sollozos, buscadores eternos de la paz del espíritu. Compartidores de soledad en la barra de un bar, al abrigo de un negro café, que sabe a cigarrillo consumido.

Sufridores anónimos, silenciosos penitentes, que dejan a su paso el sonido de lúgubres cadenas, arrastradas, colgadas y prendidas de los descarnados huesos de las almas en pena, que a paso quedo y con mirada disoluta, se refugian y esconden tras el oscuro manto de la vida perdida.

Nosotros, agónicos mutantes, vestidos con sayal desde pies a cabeza, con gama de colores, desde el negro de pena, al blanco de pureza, pasando por los verdes, los pardos y los ocres, los colores del vino y el matiz de las flores de nuestra primavera. Cubierta la cabeza, por altos capirotes o largos terceroles, las manos enguantadas, sayas que solo dejan ver los tristes ojos. Nosotros, hermanos silenciosos. Inventamos la esperanza en el silencio. Le dimos sabor a la pena, y llamamos a compartir la soledad, a todo aquél que quiera escuchar las palabras que nacen con destino.

Los que portamos tambores, llamamos a las gentes de Dios a escuchar su palabra, a compartir sus penas, a cruzar sus miradas, a refugiar su soledad y su silencio, escondida tras los sones cadenciosos de esta sonora orquesta llamada soledad. Mezclados los sonidos de tambor, con toques de timbal y de fanfarria, de corneta de tubo, y mazado de bombo, llamamos a todo aquel que quiera oír y compartir sereno su palabra. Que descorran cerrojos y fallebas, que abran portones y cancelas, que asomando al alféizar de su alta ventana, escuchen sus palabras. Que las gentes que pasen por las calles, se acerquen a la llamada estruendosa, con sonido de trueno y de tormenta.

¿Cómo son los sonidos de la Semana Santa?

Suena triste el silencio, la pena descamada, la soledad dispersa, andrógino futuro que no entiende a razones. ¿Quién le puso música al silencio? Aquel enjuto viejo, de sotana raída, que empeñó su tristeza en llevar las palabras, de aquel hombre, que en lo alto de una cruz nos lo mataron. Aquel viejo, que empeñó su futuro. Sus raíces de pueblo, su nobleza, su empeño, le empujaron a llevar su palabra a las gentes que aún tenían la sed de soledad sin apagar. Púsole sonido al llanto, él inventó el trueno en mitad del silencio.

Me dice que Francisco se llamaba, que era mosén y que un día de primavera, un marzo veintitrés del año cuarenta, mañana del Viernes Santo me cuentan que era, un grupo, así como de veinte o veintitrés, no creo que fuesen más, salieron a la calle vestido de sayal blanco y cubiertos con altos capirotes verdes. Cara tapada con antifaz al pecho, guantes negros, mirada serena, ceñidor del color de la esperanza, con siete nudos bien hechos, símbolo de la obra terminada de las palabras de Dios en la cruz. De los siete sellos, de las trompetas del Apocalipsis que nos contara san Juan, llamado el Evangelista.

Llamaron al pueblo llano, a las almas dispersadas, a los limpios, a los tibios, las beatas, los impuros, los que dudan, los seguros, los que lloran, los que ríen, los que necesitan escuchar, y también a los que hablan, los que ven y los que oyen, a los sordos, a los ciegos, y a los que sufren en silencio sus penas y penurias. Aquellos hombres vestidos de blanco y verde, llamaban con sus tambores, con sonidos destemplados, con música de mortaja. Llamaban digo, llamaban para escuchar las prédicas y salmodias, que en un día de tristeza invadían las calles, puertas y plazas, de esta nuestra ciudad.

¿Cómo suena el sonido de la Semana Santa?

Suena a silencio contenido, suena al humo de las velas, de los hachones, de incensarios. Suena a pétalos de rosa que se posan revolando sobre una mística imagen. Suena a lágrimas calladas, a pena, a rabia contenida en las entrañas, a desamor, a ausencia, suena a tambor, a bombo y a lloro de corneta. Suena a cadenas que se arrastran con el alma. Suena a fe, suena a esperanza. A llanto por aquellos que nos vieron pasear por estas calles, y hoy ya no están con nosotros. Suena a sonrisa de aquel que desde lo alto de su cruz nos dice: «Estoy aquí, con vosotros». A palabras displicentes, a salmodias, a rosarios. Y por unas horas el silencio se viste de cofradía y a parte de sonar, sabe. Sabe a esperanza renacida.

¿A qué suena el sonido, anónimo mutante? Es dímelo tú, paséate conmigo en estas noches, por las calles y por plazas, escucha sus palabras pronunciadas con sabia madurez, por aquellos que saben entender y hablar con el silencio. Aprenderemos juntos a escuchar y seguro que al fin de nuestros pasos, los dos juntos decimos: ya sé cómo suena el sonido de la Semana Santa, suena a incienso, suena a tambor, suena a esperanza.

«Aquellos penitentes» de Jesús Oche Lozano

Aquellos penitentes, que cabizbajos caminan en silencio. Sujetando un hachón, prendido de arrogancia y penitencia, entre sus manos enfundadas en guantes de fina piel de cabritillo.

Sus cabezas cubiertas por altos capirotes, tapados desde el cuello hasta los pies por largas camisolas, ceñidas a su cuerpo, por cordones anudados, de algodón, finamente teñido por trabajadas manos.

Aquellos penitentes silenciosos que recorren las calles empujando los pasos, las penas, los tronos con las vírgenes y santos. Que rezan en silencio y repiten salmodias en honor a su Dios, el bueno, el verdadero. Y que miran de soslayo a los curiosos.

Mientras se dicen, rezando en su interior, yo soy bueno y penitente, me ganaré el cielo eterno, mientras que tú, pecador irredento, que no sufres conmigo, ni caminas cubierta la cabeza y cuerpo, con hábitos de lana, sufrirás las llamas del infierno.

Unas horas después, todo se acaba. Se encerraron los pasos, se despidió el dolor y el sufrimiento, se dieron un abrazo los cofrades y hasta al año que viene.

Ya podemos pecar, todo se ha perdonado. Y pasados los días, no más de dos o tres, todo se habrá olvidado. Volveremos de nuevo a la rutina, a la vida vacía, plena de arrogancia y desconsuelo. Con nuestros coches grandes, nuestra tele de plasma, las largas vacaciones de verano, y a esperar el invierno, otro año que pasa.

En oscuro silencio.

¿Dónde están los relojes con sus granos de arena?. Ya no miden el tiempo, se nos paró el reloj, con la última patera. O quizás fuera antes, tal fuera aquel día, en que volví la cara a aquel mendigo, al entrar en la iglesia.

En que aparté la vista de su paso, al ver a la mujer de tantos hombres, ceñidas sus carnes con ropas de miserias. Embellecida con collares de abalorios baratos, con tinte en el cabello, de color de oro rancio. Y los ojos, aquellos ojos tristes que un día le miraron afligida. Hoy se emboscan tras una gruesa capa de pintura, negra, como el futuro. Disimulando llantos y palizas.

O tal vez fuese el otro, aquel día que por error me desvié del camino indicado. Y descubrí que había pobres hombres, pobres, durmiendo sobre yacijas de mimbre, arropados sus cuerpos por mantas del color de la herrumbre, cubiertos sus chamizos por techumbres de brezo y paredes de adobe, tapadas sus ventanas de aspillera, por enranciados plásticos de bolsas de rebajas.

¿Dónde quedaron horas y vigilias? ¿Hasta dónde llegaron las promesas? Si luego nos dormimos, en el sopor de la noche fatigada de estrellas, cargadas de nostalgias. Somos embaucadores de nuestra propia alma, nos creemos mejores por empujar un paso en mitad de la noche. Y luego al despertar, del sueño de las horas gastadas en vigilias, nos vamos en silencio, para no molestar. Para que no se note nuestra ausencia.

Complicidad famélica con el parado tiempo, con sus granos de arena humedecida, por lágrimas de llanto, que nos paró el reloj.

Caminamos de nuevo en el silencio, deambulando mudos, entre las calles vacías de esperanzas, pasamos de soslayo por cancelas cerradas, no sea que por error inadvertido, se enteren al final de nuestra agónica presencia. Y nos pidan ayuda.

Y cuando llegue a casa el penitente, cruzando el alfiz de su hermoso castillo, dejará tras de si la cancela cerrada, apoyando las manos sobre el viejo anaquel, mientras se mira, sus velados y llorosos ojos, reflejados sin brillo en el azoque gris de su gastado espejo, embutido en madera rancia ennegrecida, por la falta de luz y el humo de las velas apagadas. Pregunta el displicente penitente. ¿Qué más puedo hacer yo?.

¿Tú crees que es bastante? –le responde el espejo. Estás en la mitad del tiempo de ida y vuelta. Aun te queda espacio por vivir de otra manera. Se nos acaba el tiempo que nos queda. Aun podemos llegar a compartir, a vivir de otra manera.


Autoría del artículo: Juan F. ABELLA VILLUENDAS, José María ANGULO SÁINZ DE VARANDA, José María Ferrer «GUSTAVO ADOLFO», Fernando GUALLAR ALCOLEA, Antonio MARTÍN RUIZ, Joaquín PINTANEL MARTÍNEZ, Jesús OCHE LOZANO, Juan de PADURA ORÍA, Mariano RABADÁN PINA y Pedro Antonio SERRANO LUNA. Introducción por David BENEDED BLÁZQUEZ.

Fotografía de cabecera: Hermano de la Cofradía, en actitud de orar y reflexionar, durante una de las predicaciones de las Palabras en la mañana del Viernes Santo (fotografía de Jesús Guillén).