San Juan Evangelista

El hijo de Zebedeo que se convirtió en «aquel discípulo a quien Jesús amaba» (Jn 21, 7)

Junto a la meditación de las Siete Palabras del Señor en la Cruz, la contemplación de la figura evangélica de san Juan se encuentra intrínsecamente unida al carisma y espiritualidad específica de los miembros de nuestra Cofradía para ser y vivir como auténticos hermanos.

Si en algo destacó sobremanera Juan, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago, el amigo y confidente de Jesús, la columna de la Iglesia, el evangelista teólogo, es precisamente por su viveza, por su claridad de mente y por su valentía a la hora de evangelizar.

Por eso, quienes forman parte de la Cofradía deben encontrar en nuestro protector y patrón, un modelo de identificación que nos enseñe a orientar nuestras vidas al encuentro con Jesús, invitando a otros a compartir esta compañía indispensable; que nos ayude a la constancia en las pruebas aceptadas con alegría y a la oración confiada para obtener el don de la sabiduría con la que aprender la gran lección del amor sintiéndonos amados por Cristo hasta el extremo; y nos recuerde que es posible llegar a la santidad mediante una vida plenamente conforme a la voluntad divina y la imitación de las virtudes de aquel que fue discípulo eminente del Señor.

I) El joven de Betsaida que dejó las redes y su hogar para seguir a Jesús

La imagen de nuestro patrono, San Juan Evangelista, durante una de las procesiones de la mañana del Viernes Santo. Fotografía de Jorge Sesé.
La imagen de nuestro patrono, San Juan Evangelista, durante una de las procesiones de la mañana del Viernes Santo. Fotografía de Jorge Sesé.

Nacido en Betsaida, en la región situada al norte y a la izquierda del lago de Genesaret, era hijo de Zebedeo y de su mujer Salomé (parientes cercanos del Señor), ejerciendo la profesión de pescador como su padre y su hermano Santiago el Mayor. En un principio, fue discípulo de Juan el Bautista y más tarde de Jesús (cf. Jn 1, 35), de quien recibió la llamada a seguirle cuando estaba arreglando las redes junto al lago de Tiberiades: «Y dejando las redes, le siguieron» (Mc 1, 16-20).

A Juan y a su hermano Santiago les puso Jesús el sobrenombre de «Boanerges», que es una transliteración de un término arameo que podría traducirse como «Hijos del trueno», debido al carácter impetuoso que ambos tenían (cf. Mc 3, 17, Lc 9, 54). Estos dos hermanos vanidosos y malgeniados se volvieron humildes, amables y bondadosos cuando recibieron el Espíritu Santo.

Juan forma siempre parte del grupo predilecto de apóstoles que Cristo lleva consigo en ocasiones importantes. Así, lo vemos en Cafarnaúm, junto a Pedro y Santiago, cuando Jesús entra en casa de Pedro para curar a su suegra (cf. Mc 1, 29); igualmente, se halla presente en la resurrección de la hija de Jairo, junto a Pedro y Santiago (cf. Mt 9,18-26; Mc 5,21-43; Lc 8, 41-56); y lo mismo ocurre cuando Jesús elige a los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y van al monte Tabor para la Transfiguración (cf. Mt 17,1-8; Mc 9,2-10; Lc 9,28-36).

Juan está también presente en el discurso escatológico, cuando Jesús está sentado en el monte de los Olivos y cuando frente al templo, le preguntaron en privado, Pedro, Santiago, Juan y Andrés: «Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas estas cosas están para cumplirse» (Mc 13, 1-4); aparece también en los preparativos para la cena pascual (cf. Mt 26, 17-19; Mc 14, 12- 16), siendo éste un nuevo acto de confianza de Jesús en Pedro y Juan (cf. Lc 22 7-13); en el anuncio de la traición de Judas, Juan se recuesta sobre el pecho de Jesús para preguntarle por el traidor: «Señor, quién es?» (cf. Jn 13, 21-30); y asimismo, está con Jesús en la agonía del Huerto de los Olivos (cf. Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 40-46).

En todos estos lugares o situaciones, es llamado por el Señor a seguirle, y Juan lo hace con toda disponibilidad. Pero a partir del prendimiento del Señor ya no hay llamadas. Es ahora el apóstol que toma la iniciativa. Sigue al Señor, en las negaciones de Pedro (cf. Jn 18, 15-18 y 25-28). Y por su cuenta, es el único apóstol que se mantiene al pie de la cruz junto a María (cf. Jn 19, 25-27). Es fácil adivinar que le sigue en el camino del Calvario y que no andaba lejos de la madre de Jesús y de las otras mujeres en el duro caminar hacia el Gólgota, así como segura sería su participación en el descendimiento, traslado del Cuerpo del Señor y su deposición en el sepulcro. Por supuesto, sería el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío de Jesús, al ir con su amigo Pedro tras ser avisados por la Magdalena (cf. Jn 10, 1-10). Y en el lago de Tiberiades, es el único que reconoce al Señor, a la distancia de unos setenta metros (200 codos) diciéndole a Pedro: «Es el Señor» (Jn 21, 4-9). Y está también cerca del Señor, cuando la triple confesión de Pedro y éste lo ve y le pregunta a Jesús: «Señor: ¿Y este qué?» (cf. Jn 21, 20- 22).

Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto importante en la dirección del primer grupo de cristianos. Pablo, de hecho, lo coloca entre quienes llama las «columnas» de esa comunidad (cf. Gal 2,9). Y junto a Pedro, recibe la invitación de la iglesia de Jerusalén a confirmar a los que recibieron el evangelio en Samaria, rezando sobre ellos para que recibieran el Espíritu Santo (cf. Hch 8, 14-15). En particular, hay que recordar lo que dice ante el Sanedrín, durante el proceso: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Juan antepone la fe a todo cálculo humano o interés (cf. Benedicto XVI, 2006). Y lo vemos también, con Pedro en el Concilio de Jerusalén. Pero al dispersarse los apóstoles después de Pentecostés, se marchó a Asia menor, la actual Turquía, donde fundó gran cantidad de comunidades cristianas.

Con la Virgen María, la madre de Jesús, se fue a evangelizar a Éfeso y le acompañó hasta la hora de su dormición. Precisamente, estando Juan allí predicando el evangelio, fue detenido por negarse a adorar a otros dioses y fue enviado a Roma. El emperador Domiciano quiso matarlo y lo martirizó: ordenó que le afeitaran la cabeza, (o sea, le cortaron la larga cabellera que llevaba) y que le azotasen, y lo sacaron de la ciudad haciendo que le echaran en una olla de aceite hirviendo. Sin embargo, al sacarlo no tenía daño alguno, saliendo de la olla incluso más joven y más sano de lo que había entrado. Fue desterrado a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis. Es en el Apocalipsis donde se recoge el final de la Historia y el triunfo del bien sobre el mal. Según dice la tradición, Juan escribió el Libro de la Revelación tras escuchar una fuerte voz, como de trompeta, que le dijo «Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias, a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea» (Ap 1, 11).

En los apócrifos «Hechos de Juan», al apóstol no se le presenta como fundador de iglesias, ni siquiera como una comunidad constituida, sino como un itinerante continuo, un comunicador de la fe en el encuentro con «almas capaces de esperar y de ser salvadas» (18, 10; 23,8). Le empuja el deseo paradójico de hacer ver lo invisible. De hecho, la Iglesia oriental le llama el teólogo, es decir, el que es capaz de hablar en términos accesibles de las cosas divinas, revelando un arcano acceso a Dios a través de la adhesión a Jesús (cf. Benedicto XVI, 2006).

Otro de los momentos importantes de la vida de Juan fue cuando el pontífice de los ídolos, Aristodemo, retó al apóstol a que bebiera veneno de una copa, diciéndole que si la tomaba, creería en su Dios. Juan, tras santiguarse, tomó el cáliz, y se bebió la pócima hasta la última gota, no padeciendo daño alguno.

Después de la muerte de Domiciano, en el año 96, Juan pudo regresar a Éfeso, señalando la tradición que fue entonces cuando escribió su Evangelio. Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo: «Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en su Nombre» (Jn 20, 31).

Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, «está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente». También escribió tres epístolas: a la primera se le llama Católica, ya que está dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a los que él convirtió, a quienes insta a la pureza y santidad de vida y a la precaución contra las artimañas de los seductores; y las otras dos son breves y están dirigidas a determinadas personas: una probablemente a la Iglesia local, y la otra a un tal Gayo, un comedido instructor de cristianos. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad (cf. Butler, 1790).

Fue el más joven de todos los apóstoles, siendo además, virgen durante toda su vida; y fue el que tuvo una vida más larga. Es el evangelista de la caridad, del amor, de la verdad y de la luz. En su primera carta afirma que Dios es la Luz y que Dios es amor. Estas dos afirmaciones son la síntesis de la suprema manifestación del amor: la Cruz y la Eucaristía. Dice que Jesús es la suprema manifestación del Amor de Dios, no concibiendo el amor sin la verdad.

La caridad que inflamaba en su alma deseaba infundirla en los demás. Dice san Jerónimo en sus escritos que, cuando Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: «Hijitos míos, amaos entre vosotros…». Alguna vez le preguntaron por qué repetía siempre la frase, respondió Juan: «Porque ése es el mandamiento del Señor y si lo cumplís ya habréis hecho bastante» (Butler, 1790).

Juan murió pacíficamente en Éfeso, hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien o ciento uno, de la era cristiana, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años, de acuerdo con san Epifanio. Y murió en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio, tras aparecérsele Jesús e invitarle a que se reuniera con él.

II) El apóstol que permaneció fiel a Cristo hasta el pie de la Cruz

El pie descalzo de la imagen de San Juan Evangelista, tallada por Félix Burriel Marín, para nuestro paso de la “Tercera Palabra”. Fotografía de Óscar Puigdevall.
El pie descalzo de la imagen de San Juan Evangelista, tallada por Félix Burriel, para el paso de la “Tercera Palabra”. Fotografía de Óscar Puigdevall.

San Juan tiene un protagonismo especial en la Pasión de Cristo. Desde el recostar su cabeza en el pecho del Señor, durante la cena (un gran acto de amor de confianza entre él y Jesús), hasta acompañarle en la agonía del Huerto de los Olivos (cf. Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 40-46), y seguirle en todo su recorrido hasta la cruz y el sepulcro.

Una vez que se produce el prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos, es el apóstol el que toma la iniciativa. Sigue a Jesús hasta la casa del Sumo sacerdote, y así nos lo cuenta él mismo (cf. Jn 18, 15-18 y 25-28), pero le damos más importancia a las negaciones de Pedro que a este seguir a Jesús del mismo san Juan: «Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro».

Aquí se producen las tres negaciones de Pedro y éste deja de seguir a Jesús. Es así como Juan se queda solo, como el único discípulo que sigue a Jesús durante todo el recorrido de su Pasión: ante Caifás, ante Pilato, ante Herodes y otra vez ante Pilato. En este proceso es testigo de la flagelación del Señor, de la coronación de espinas y de las burlas de los soldados cuando le visten de púrpura y le ponen una caña en la mano, así como de la inhibición de Pilato y de su condena a muerte en la cruz.

Sigue a Jesús como testigo mudo durante toda la noche al igual que hace María, la madre de Jesús, junto a las mujeres que lo seguían a la distancia más cercana que podían. Sólo tenían una misión: ver, oír, callar, rezar y sufrir.

Por su propia cuenta, es el único de los apóstoles que le sigue por la calle de la Amargura, camino del monte Calvario o monte de la Calavera (Gólgota). Confundido entre la gente, probablemente, sin entender nada de los que pasa, pero sufriendo por el amigo que es condenado a la muerte de cruz, sufriendo por el Mesías, al que no hacía mucho le había pedido estar con su hermano Santiago, uno a la derecha y otro a la izquierda en su Reino, sufriendo porque llevan a un pariente muy cercano al patíbulo más ignominioso. Y lleva toda la noche sin dormir (como las santas mujeres), siendo un testigo presencial de la Pasión de Jesús de primera mano.

Ve como se cae al suelo por tres veces, como solicitan ayuda al hombre de Cirene, ve como le clavan en la cruz, y lo levantan para ponerlo vertical («Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacía Mí», Jn 3, 14-21); es testigo del sorteo de sus vestiduras por los soldados y muchos de los que pasan por allí; es testigo de la sed que atormenta al Señor, por el cansancio y la pérdida de sangre; es testigo de una serie de acontecimientos que se suceden en un torbellino de dolores inenarrables; es testigo de las palabras de Jesús en la cruz y de sus oraciones, en continua unión con el Padre; es testigo ocular de la lanzada en el costado de Jesús («Y al instante salió sangre y agua», Jn 19, 34); y testigo del descendimiento de la cruz, por José de Arimatea y otros, testigo del dolor de la Madre con el Hijo muerto en sus brazos y de su entierro con tristeza y desolación, el viernes por la tarde en el sepulcro todavía sin estrenar.

Pero en uno de estos acontecimientos, aparece como protagonista junto con la Madre de Jesús, en el último mandato que hace Jesús antes de morir. Protagonismo que es fruto de su fidelidad en el seguimiento de Jesús y en la valentía de seguirlo con total decisión, sin miedo a lo que pueda pasar: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella, al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27). Y de pronto, protagonista de un acontecimiento que supera cualquier expectativa que pudiera tener san Juan. Nada menos que cuidar de la Madre de Jesús. Y con qué frase termina su relato. «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa». Obediencia puntual, generosa y sincera la de Juan.

III) El evangelista que da testimonio del anuncio del Verbo encarnado

El águila de San Juan, tallada por Francisco Verdugo para el canasto del paso del “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra”. Fotografía de Alberto Olmo.
El águila de san Juan, tallada en el canasto del paso del “Cristo de la Expiración en el Misterio de la Séptima Palabra”. Fotografía de Alberto Olmo.

El evangelio de Juan se escribe cuando los otros tres evangelistas ya lo han hecho, por lo que su carácter postrero explica que nos encontremos con el complemento que hace de la persona de Jesús al diferenciarse de los otros, sobre todo, en la concesión desde el mismo principio de su evangelio de la divinidad de Cristo.

Escrito «en un griego koiné no literario, sencillo, impregnado del lenguaje de la piedad judía, tal como era hablado en Jerusalén también por las clases medias y altas…, pero donde al mismo tiempo también se discutía, se rezaba y se leía la Escritura en la lengua sagrada» (Hengel, 1993), es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto «está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente».

La autoría de san Juan, sin embargo, ha estado siempre en cuestión de teólogos y biblistas, siendo opinión generalizada de que ni es una obra de un solo autor ni que fuera escrito de una sola vez, habiendo conocido variadas redacciones. De hecho, el epílogo (capítulo 21), fue añadido con posterioridad a la redacción del resto del texto, por lo que el evangelio inicialmente concluía en los versículos 30-31 del capítulo 20.

Por una parte, el mismo evangelio deja patente en varios pasajes que el «discípulo al que Jesús tanto quería» es su autor (cf. Jn 19, 26; Jn 21, 24), señalando explícitamente durante el momento en el que es traspasado con una lanza el costado de Jesús en la cruz la presencia como testigo ocular de Juan: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19, 35).

Pero por otra, y como ya cuestionaba Eusebio de Cesarea en los primeros siglos del cristianismo, Juan el apóstol no podía ser la misma persona que el presbítero que aparece en la segunda y tercera epístola joánica como remitente y autor (en ambas, en el primer versículo), por lo que podría ser que este otro Juan fuese realmente el autor del Evangelio o, al menos, que fuese el encargado de redactarlo. Debate que expertos del calibre de Stuhlmacher, Ruckstuhl, Dschulnigg o el propio Joseph Ratzinger, cierran concluyendo que si bien los contenidos del evangelio se remontan al discípulo y apóstol de Jesús, al presbítero «hay que verlo como su transmisor y su portavoz» o como «el administrador de la herencia del discípulo predilecto» (Ratzinger, 2007). En cualquier caso, y regresando a lo transcendente, el evangelio enfoca directamente la persona de Jesús, su lenguaje, le ha llevado a ser llamado el evangelio espiritual. No en un sentido blando sino «animado por el espíritu» presentándose como «una obra literaria que da testimonio de la fe y que quiere reforzar la fe, y no como informe histórico» (Broer & Weidemann, 1998). Tal es así que mientras los sinópticos relatan a través de parábolas el discurso de Jesús, Juan lo hace con extensos discursos teológicos en los que abundan las revelaciones. Además, tampoco contempla muchos de los sucesos cronológicos narrados en los sinópticos, pudiendo tener justificación razonable, precisamente, en la posterioridad de su relato, queriendo darle un carácter complementario a las otras reseñas. También es primordial la concurrencia de su amistad personal con Jesús que hace que las vivencias muy definidas sean sólo conocidas por él.

«El Evangelio de Juan no sólo proporciona una especie de transcripción taquigráfica de las palabras y del camino de Jesús, sino que, en virtud de la comprensión que se obtiene en el recordar, nos acompaña más allá del aspecto exterior hasta la profundidad de la palabra y de los acontecimientos, esa profundidad que viene de Dios y nos conduce a Él. El Evangelio es, como tal, recuerdo, y eso significa: se atiene a la realidad que ha sucedido y no es una composición épica sobre Jesús, una alteración de los sucesos históricos. Más bien nos muestra verdaderamente a Jesús, tal como era y, precisamente de este modo, nos muestra a Aquel que no sólo era, sino que es; Aquel que en todos los tiempos puede decir en presente: “Yo soy” (Jn 8, 58). Este Evangelio nos muestra al verdadero Jesús, y lo podemos utilizar tranquilamente como fuente sobre Jesús».

Joseph Ratzinger: “Jesús de Nazaret”, 2007.

En efecto, tal y como señala el pontífice emérito Benedicto XVI, el de Juan es el evangelio que más destaca la encarnación de Jesús, debiendo afrontar su mensaje no pocos puntos contovertidos:

1) Los discípulos de Juan el Bautista: Juan estaba bautizando (cf. Jn 3, 22-26) y vienen sus discípulos a decirle que Jesús bautiza y se van con él. Los sinópticos obvian este hecho. Juan es el único que habla del ministerio a la vez de Jesús y de Juan. Los primeros discípulos de Jesús vinieron del grupo del Bautista. Pero tenían sus diferencias (cf. Mc 2, 18; Mt 11, 19). Unos aceptaron que Jesús era el Mesías, otros no. El prólogo de Juan demuestra la existencia de esta polémica (cf. Jn 1, 6-8).

2) Los judíos: el término judíos designa a los que en la nación de Judea, rechazaban a Jesús. Hay una gran distancia entre los judíos y los discípulos de Jesús, a pesar de ser judíos también. El evangelio refleja esta polémica entre la comunidad cristiana y la sinagoga. Los sinópticos nos recuerdan el enfrentamiento de Jesús con los fariseos a propósito del sábado (cf. Mc 3, 2; Jn 5, 9-10; Jn 9, 14) pero Juan se centra en lo esencial, la pregunta ¿quién es Jesús?. La cristología de Juan se fue formando en la contestación, frente a las protestas judías.

3) El gnosticismo: en las epístolas de Juan se perciben las tensiones internas, las dificultades doctrinales en la comunidad cristiana. Habían surgido anticristos en la comunidad que negaban a Jesucristo (1Jn 2, 18-23 y 1Jn 4, 1-3). Estas corrientes de pensamiento gnóstico (gnosis = conocimiento) atribuían la salvación al conocimiento, mientras que ya en el prólogo de Juan se afirma que el Verbo se hizo carne, que Dios ha asumido en Cristo toda la realidad humana, incluido el sufrimiento (cf. Jn 4, 6; Jn 11, 36).

4) Las discusiones y celos: el «amaos los unos a los otros» se presenta como un lema en el discurso de despedida, lo mismo que en las cartas de Juan. Sin embargo, la insistencia demuestra más bien que el amor estaba en crisis (3Jn). Estos textos reflejan el difícil clima en el que vivían algunas iglesias: expulsión de hermanos, renuncias reciprocas, las comunidades estaban divididas internamente. 5) Las persecuciones: si a las dificultades anteriores, añadimos la amenaza o existencia de persecuciones por el nombre de Jesús, se comprende que no fuera idílico ser discípulo de Cristo. Conocemos las persecuciones contra los discípulos (cf. Hch 7, 58) o las de Nerón en Roma, sobre el año 64. El evangelio también da testimonio de las persecuciones (cf. Jn 7, 18-20). Los judíos persiguen a los discípulos como apostatas y blasfemos y los paganos los consideraban ateos. Pero el mal estaba vencido en Cristo.

IV) La iconografía del apóstol san Juan en la Semana Santa de Zaragoza

San Juan es uno de los personajes más representados del arte cristiano por su triple condición de santo, apóstol y evangelista, siendo presentado generalmente como un hombre joven, de grácil figura y delicada belleza con larga caballera y barbilampiño, recalcando así la temprana edad a la que fue llamado para seguir a Cristo, por ser el menor de los apóstoles y por asociarse la juventud con su perpetua virginidad.

Tal es la profusión de obras que lo representan así, que incluso esta iconografía se adoptaría también en escenificaciones que aluden a momentos más tardíos de su vida, como puede ser su destierro en Patmos y/o en la escritura del Apocalipsis, en vez del anciano que le correspondería. La controversia llegaría hasta tal punto que el pintor andaluz Francisco Pacheco llegaría a reprochar que «en todas estas istorias se a de pintar Anciano i venerable. NO sé qué movió al gran Alberto Durero a pintarlo moço en su Apocalipsis, no lo hizo assí el doctissimo Luis del Alcácar, porque entonces era de mucha edad i cuando escrivió, de 90 años, su Evangelio i Epístolas», no consiguiendo sin embargo siquiera que su discípulo y nuero Diego Velázquez siguiera sus consejos, ya que éste en su célebre «San Juan Evangelista en la isla de Patmos» lo pintaría imberbe y joven.

Los atributos que le caracterizan también hacen referencia a los momentos más relevantes de su hagiografía. Así, como evangelista suele representarse escribiendo un libro o, simbólicamente, acompañando de un águila que alude «a las alturas a las que se levanta en el primer capítulo de su Evangelio» (Cirlot, 1997). El cáliz es otro de los atributos simbólicos de san Juan, aludiendo a la Última Cena pero también en conexión con la leyenda según la cual el sumo sacerdote del templo de Diana le ofreció una copa de vino envenenado por lo que, a veces, de la copa sale una serpiente o un dragón que simboliza dicho veneno.

En otras ocasiones, aparece junto a una tina de aceite, relacionado con otro de los fallidos martirios del que san Juan salió airoso e incluso rejuvenecido. Precisamente, los malogrados intentos por acabar con la vida del discípulo amado hay que tenerlos muy presentes a la hora de interpretar cuando aparece con una palma. Y es que este atributo, que podemos encontrar de forma muy generalizada en las imágenes juaninas que participan en las procesiones pasionistas del Levante español, no hace referencia al martirio como en el resto de los santos, sino a la tradición reflejada en los escritos apócrifos de Juan de Tesalónica, donde se narraba que la Virgen María, poco antes de su dormición, recibía la visita de un ángel que portaba una palma traída del Paraíso, siendo la propia María la que le encargara a Juan que se hiciera cargo de ella.

Figura esencial en las representaciones artísticas de los pasajes de la muerte de Cristo, acompañando a María a los pies de la cruz, en nuestra propia ciudad se pueden encontrar diversidad de obras de una envergadura impresionante, tales como en el baldaquino del Cristo de la Seo, en la portada renacentista de la Basílica de Santa Engracia o en los áticos de los retablos que Damián Forment construyera para las iglesias parroquiales de San Pablo, San Miguel de los Navarros o Santa María Magdalena, siendo su presencia prolífica en los pasos de Semana Santa.

Conocida la existencia de una talla suya en el Santo Sepulcro del convento del Carmen Observante y cuya devoción muy probablemente daría origen a la procesión del Santo Entierro, desde prácticamente los inicios de éste se tiene constancia de la participación de una imagen de san Juan. De este modo, y según se extrae de algunos de los poemas participantes en la justa poética convocada por la Hermandad de la Sangre de Cristo en 1621, se refiere su presencia entre las imágenes que se situarían en el cortejo tras el Cristo de la Cama: «La Virgen sigue al hijo lastimada / San Juan lo busca, y la mujer mas pia, / que hungio sus pies, solicita lo llama». De similar forma, el poema «Entierro de Christo en Çaragoça» datado en 1628 también muestra su presencia en el cortejo, acompañando en el duelo a la Virgen: «El discípulo amado, / con mudo sentimiento, / sigue el triste lamento / de la aflixída Madre, / y aliuia su agonía, / con la fiel compañía / desta águila diuina, / la güerfana paloma palestina» (cf. Olmo Gracia, 2012).

La confirmación de que la Hermandad de la Sangre de Cristo tuviera en propiedad una talla de san Juan, y por tanto, las anteriores referencias poéticas eran reales (y no un recurso o irrealidad literaria creada por los autores), viene dada por la aparición en el inventario patrimonial que la Hermandad realiza en 1636 de «la insignia de San Juan Ebangelista con sotana y mantos», considerando que el «el término insignia designa escenas o pasos de pequeño tamaño, tal vez como el de la Entrada de Jesús en Jerusalén de los siglos XVI-XVII, hecho de papelón (cartón y tela encolada), conservado en la iglesia de la Vera Cruz de Valladolid» (Olmo Gracia, 2011).

La presencia san Juan Evangelista en este grupo de imágenes llevadas individualmente en andas y conformado por la Virgen María, santa María Magdalena y, en ocasiones, san Pedro, sería habitual en el Santo Entierro hasta al menos la reforma de 1913 en la que se suprimirían todas con excepción de la Dolorosa puesto que «á nada conducen ya, por seguir al palio como cierre de procesión, las Comisiones invitadas y Autoridades con la Presidencia» (Nasarre y Oliver, 1910). De modo similar, tras la imagen de Jesús camino del Calvario, también participaba en las procesiones del Vía Crucis público que la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís organizaba en la noche del Martes Santo, desconociéndose hasta el momento más detalles de la misma excepto que se incorporaba al cortejo procesional desde la desaparecida iglesia parroquial de Pedro, ubicada en la calle del Refugio muy próxima a la parroquia de San Gil.

Asimismo, la figura de san Juan también es prolífica en buena parte de los grandes pasos que a lo largo de la historia han representado los misterios de la Pasión y Muerte de Cristo tales como el paso de “El Descendimiento” realizado por Francisco Arbella en 1777, en los pasos ejecutados por Manuel Guiral en la última década del siglo XIX del “Cenáculo” o “El Calvario”, o en los posteriores construidos ya en el siglo XIX de la “Oración del Huerto”, obra de Pedro León en 1819, o en el de la “Entrada de Jesús en Jerusalén” realizado por Antonio Palao, estrenado en la Semana Santa de 1863 y destruido en el incendio provocado en el almacén de pasos de la Hermandad de Sangre de Cristo en los días previos a la Semana Santa de 1935.

A continuación, se muestran y describen las diferentes representaciones de san Juan Evangelista que aparecen en la actual Semana Santa zaragozana:

En la entrada en Jerusalén

En el monumental paso encargado por la Hermandad de la Sangre de Cristo a José y Joaquín Albareda Piazuelo en 1940 con el fin de sustituir al dañado paso homónimo que tallara Antonio Palao, aparece san Juan junto a otros dos apóstoles (probablemente, Pedro y Santiago el Mayor) acompañando con palmones a Jesús que, montado sobre una burra, entra triunfal a Jerusalén. Con una altura de 1,60 metros, y tallado en madera de roble de Flandes, sus vestiduras se presentan en colores amarillo y azul.

En el Cenáculo

Junto al resto del apostolado, la imagen de san Juan se presenta sedente alrededor de la mesa del cenáculo en el que Jesús celebra la última cena. Talladas todas las imágenes en 1830 por Luis Muñoz y su hijo Vicente por encargo de la Hermandad de la Sangre de Cristo, el paso fue procesionado por la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía desde su fundación hasta 1998, volviéndolo a portar a instancias de su propietaria, pese a su deficiente estado de conservación, en el Santo Entierro desde 2017.

En la Santa Cena

La Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía encargaría en 2017 al hispalense José Antonio Navarro Arteaga unas nuevas imágenes de vestir de los doce apóstoles para acompañar a la imagen del Señor que el mismo imaginero había tallado dos años antes, completando así el proyecto de ejecución de un paso que representase con rigor el momento advocacional. La imagen de san Juan se presenta con un rostro juvenil, cuidada barba y con una mirada segura que transmite su personalidad y espíritu decidido.

En la Oración en el Huerto

Siguiendo el plan de reforma del Santo Entierro, la Hermandad de la Sangre de Cristo procedería en 1913 a construir un nuevo paso del pasaje que se desarrolla en el huerto de Getsemaní. Encargado el proyecto al escultor valenciano Francisco de Borja, quien lo realizaría en colaboración con su discípulo Félix Burriel, la imagen de san Juan se representa dormido bajo el olivo natural, estando tallada en madera la cabeza, cara y manos, mientras que el cuerpo se halla moldeado por paños bajo la técnica del enlenzado.

En el Calvario

En el paso de El Calvario tallado por José Alegre y Albano en su taller de Calatayud por encargo de la Hermandad de la Sangre de Cristo en 1841, y pese a que el motivo principal de la escena es la lanzada de Longinos con la que certifica la muerte de Jesús, el autor también quiere plasmar la fidelidad absoluta del discípulo amado. Triste, cabizbajo y todavía en estado de shock por los sucesos que acaba de vivir, todavía permanece al pie de la cruz junto a la Madre que el propio Señor le acaba de encomendar.

Acompañando a María

La Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores posee una magnífica colección de estandartes pintados al óleo sobre lienzo por los mejores pintores aragoneses del siglo XIX, y en los que se representan los siete dolores de la Virgen María. Así, en la escena del Quinto Dolor pintada por el caspolino Eduardo López del Plano, se muestra en primer plano a san Juan consolando a la Virgen María, quedando en el fondo el momento en el que en el Gólgota, los soldados romanos clavan a Jesús en la Cruz.

En el descendimiento

En el paso que también tallara José Alegre en 1848 y que desde su fundación es titular de la Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora, la imagen de san Juan aparece en la parte inferior de la cruz ayudando a descolgar el cuerpo de Jesús sosteniéndolo por las piernas. De estilizada figura y con gran melena y barba, se presenta con ropajes verdes y dorados, policromía que sufrió importantes daños por la oxidación del barniz pero que fue recuperada tras la restauración hecha por Gloria Téllez en 2008.

Esperando el Entierro

Como culminación del magnífico paso de misterio de la Agrupación Parroquial del Stmo. Cristo del Amor y Buen Fin y María Stma. de la Esperanza Trinitaria que escenifica el momento en que José de Arimatea recibe el líbelo para poder bajar de la cruz a Cristo y darle sepultura, el imaginero José Antonio Navarro Arteaga tallaría en 2020 una imagen de san Juan siguiendo los cánones más clásicos del barroco hispalense, con cabello gubiado a mechones, bigote y perilla, ataviado con túnica verde y mantolín granate.

En el Santo Sepulcro

En el sepulcro, mientras las tres Marías preparan con sus perfumes el cuerpo de Cristo y lo llenan con sus propias lágrimas, el joven apóstol acompaña en el duelo a la Virgen. Una escenografía que cada año durante el Triduo Pascual plasma la M. I. y A. Cofradía del Santo Sepulcro al exponer su magnífico Cristo yacente (cuya cabeza ya fuera restaurada por Pedro León en 1804) junto a cinco imágenes de medio cuerpo de la escuela aragonesa del siglo XVIII, brillantemente recuperadas en la última década.

El evangelista

La iconografía de san Juan como evangelista (ya sea con forma humana portando un libro en las manos, en su símbolo tetramórfico del águila o en ambos a la vez) en solitario o formando grupo con los otros tres evangelistas, ha sido un recurso empleado prolíficamente para ornamentar elementos arquitectónicos sacros, por lo que no es de extrañar que también aparezca en las esquinas de algunos pasos como en el de Jesús Nazareno a través de una serie de pequeñas tallas obra del alcorisano José Félez Bernad.

En el Credo de los Apóstoles

Una de las representaciones de san Juan que más desapercibidas pasan en nuestra Semana Santa es la que aparece en uno de los laterales de la Cama del Señor junto a los otros apóstoles y los cuatro profetas mayores. Tallados en medio relieve por Antonio Palao, los apóstoles aparecen con uno de sus atributos (en este caso, con el cáliz con veneno que le ofreció Aristodemo) llevando todos una filacteria con inscripciones que forman el Credo de los Apóstoles, correspondiéndole «Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor».

La figura tetramórfica

El águila como figura tetramórfica de san Juan, es uno de los símbolos más usados por nuestra Cofradía para hacer referencia a nuestro patrono. Pero además de aparecer en nuestro emblema o en algunos de nuestros atributos más importantes, también podemos observarla en otros pasos de la Semana Santa zaragozana, como sucede con la Cama del Señor tallada por Antonio Palao en 1855 quedando ubicada, bajo policromía dorada y con las alas abiertas, en la esquina delantera junto al pie derecho del Cristo de la Cama.

V) La juventud cofrade reunida en torno a la figura de su patrón, san Juan

En el mes de septiembre del año 2009, y entre algunos de nuestros jóvenes cofrades, surgió la idea y la ilusión de celebrar con mayor solemnidad la festividad de san Juan Evangelista, patrón de la Cofradía y también de la juventud católica y cofrade, por ser el más joven de los discípulos.

Tras recibir la pertinente autorización por parte de la junta de gobierno, este grupo joven se encargaría de organizar una celebración en torno al 27 de diciembre de ese mismo año bajo el título de «Fiesta de la Juventud cofrade», invitando a todos los jóvenes que desearan asistir tanto de nuestra propia Cofradía como pertenecientes a cualquiera de las otras cofradías, hermandades y congregaciones de la Semana Santa de Zaragoza, dando así lugar a un espacio de hermandad y confraternización que va más allá de hábitos y colores. Jóvenes cofrades, valientes, sin miedos ni vergüenzas que se atreven a decir al mundo entero que siguen los pasos del apóstol, acompañando incondicionalmente a Jesús y a la Virgen María, ratificando cada día con palabras y obras su condición de discípulos.

Celebrada en esta primera ocasión en nuestra comunidad parroquial de San Gil Abad, para presidir la celebración se trasladó la imagen de san Juan Evangelista que forma parte de nuestro paso de “La Tercera Palabra”, situándola en las inmediaciones del altar mayor, concretamente delante de la capilla dedicada a santa Elena. Oficiada la misa por el consiliario de la Cofradía, Rvdo. D. Fernando Arregui Moreno, más de medio centenar de jóvenes cofrades zaragozanos acudirían a la llamada.

Al año siguiente, en 2010, la celebración eucarística se trasladaría a la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal, sede canónica de la Cofradía, centro neurálgico de la Semana Santa zaragozana al estar allí establecida la Hermandad de la Sangre de Cristo y lugar también en el que se encuentra permanentemente expuesta al culto la citada imagen de san Juan, por lo que se facilitaba su traslado para presidir la celebración.

Desde entonces, la celebración eucarística ha venido desarrollándose habitualmente en dicha Iglesia de San Cayetano (exceptuando alguna ocasión en la que, por diferentes inconvenientes, se volviera a celebrar en san Gil; así como la suspensión presencial del acto en 2020 a causa de la pandemia de coronavirus, realizándose un evento virtual a través de las redes sociales) quedando el templo ornamentado para la ocasión, con los reposteros de las cofradías y hermandades, con velas con los emblemas de las mismas y con la imagen de san Juan dispuesta bajo un gran dosel bellamente ornamentado e iluminado en ocasiones por cirios de vela natural y, en otras, por los propios faroles del paso. Oficiada por los consiliarios de la Cofradía, contando con la colaboración de los consiliarios de la delegación episcopal para la Pastoral de las Cofradías de Semana Santa y de la propia Junta Coordinadora además de otros sacerdotes cofrades, la involucración de los jóvenes en las diferentes partes de la misa, participando también con sus instrumentos, realizando una ofrenda floral al patrón al igual que ofrendando las medallas de las distintas cofradías, y leyendo un manifiesto final en el que se exalta la importancia que la juventud tiene en la vida de las hermandades.

Una fiesta, convertida en todo «un símbolo de unidad y entendimiento entre las distintas hermandades de la ciudad» (Olmo Gracia, 2011b), que cada año se cierra con la celebración de una cena de hermandad con la que, todavía más si cabe, estrechar vínculos y crear verdaderas amistades.

Fiesta de la Juventud Cofrade: La imagen de san Juan bajo dosel (fotografía de Óscar Puigdevall).

Bajo la mirada de San Juan

La celebración está presidida por la imagen de san Juan de nuestro paso de “La Tercera Palabra”, soliendo estar instalada en un altar efímero o retablo de cultos bajo un dosel formado por un cortinaje confeccionado con terciopelo de color verde y una cornisa de madera cubierta por una colgadura (también llamada gotera) en cuyo centro se encuentra bordado el emblema de la Cofradía, y ornamentada con flocadura dorada.

Fiesta de la Juventud Cofrade: una celebración de jóvenes para jóvenes (fotografía de Óscar Puigdevall).

Un acto de jóvenes para jóvenes

La involucración de los jóvenes es total, participando activamente en las diferentes partes celebrativas, desde la procesión de entrada, las lecturas, la oración de los fieles, la presentación de las ofrendas, acompañando musicalmente con sus instrumentos y cantos, y hasta leyendo un manifiesto final.

Fiesta de la Juventud Cofrade: La foto de familia (fotografía de Jorge Sesé).

La unión fraternal entre cofrades

Uno de los momentos más esperados de la fiesta, convertido ya en costumbre, se produce a la conclusión de la eucaristía, cuando todos los jóvenes pertenecientes a las distintas cofradías, hermandades y congregaciones zaragozanas que se encuentran presentes, se acercan hasta el altar mayor y, delante de la imagen de san Juan, posan juntos para una entrañable «fotografía de familia».

VI) Oración de los jóvenes a san Juan evangelista

Querido San Juan Evangelista, que fuiste llamado a seguir a nuestro Salvador, Jesucristo, como uno de sus apóstoles, siendo el más joven de ellos.

Dicen que eres el discípulo más amado de Jesús, siendo evidente que eras uno de sus amigos más íntimos, habiendo nuestro Salvador demostrado en varias oportunidades su especial predilección o afecto especial por ti, pues fuiste elegido para acompañar a Pedro en la ciudad, a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última Cena, reclinaste tu cabeza sobre el pecho de Jesús, y fue a ti a quien el Maestro indicó el nombre del discípulo que habría que traicionarlo.

Además, nuestro Señor quiso que estuvieses, junto con Pedro y Santiago, en el momento de su transfiguración, así como durante su agonía en el Huerto de los Olivos; siendo, también, el único apóstol que estuvo al pie de la Cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres. Y fuiste quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor: «Mujer, he ahí a tu hijo», murmuró Jesús a su Madre desde la Cruz. «He ahí a tu madre», te dijo a ti. Y desde aquel momento, la cuidaste y quisiste como tu madre.

San Juan Evangelista, fuiste testigo de la vida pública de Jesús y de la cantidad de milagros que obró a todos los que lo pidieron con fe, habiendo estado en Cafarnaúm, cuando Jesús entró en casa de Pedro para curar a su suegra; o cuando el Maestro entró en la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, cuya hija volvió a ser llamada a la vida.

Siendo así, querido san Juan Evangelista, sé que el Señor Jesús nos escucha a nosotros, los jóvenes cofrades de Zaragoza, cuando en tu fiesta pedimos que intercedas por nosotros para que seamos cada vez más y mejores seguidores de Jesucristo, Nuestro Señor, estando siempre atentos a las necesidades de todos los jóvenes que lo están pasando mal. Amén.

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Autoría del artículo: David BENEDED BLÁZQUEZ (aps. IV-V; 2021); Fernando GUALLAR ALCOLEA (ap. III; 1997); Joaquín PINTANEL MARTÍNEZ (ap. III, 1999); Francisco SANGORRÍN PERDICES (ap. V; 2012); y Pedro Antonio SERRANO LUNA (aps. I y II; 2013-2014). Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

Fotografía de cabecera: La imagen de San Juan Evangelista que tallara Félix Burriel para nuestro paso de la “Tercera Palabra” presidiendo la “Fiesta de la Juventud Cofrade” en el altar mayor de la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal (fotografía de Óscar Puigdevall).

Fotografías secundarias: La iconografía del apóstol san Juan en la Semana Santa de Zaragoza (David Beneded).