Desde que estuvieron talladas las imágenes de nuestro paso de ‘La Tercera Palabra’ y fueron montadas sobre la carroza en el taller del escultor Félix Burriel Marín, fue deseo unánime de la Cofradía el que tuvieran un digno lugar en donde exponerlas y quedar a la veneración pública durante todo el año. Con ese fin, la Junta de Gobierno realizó los trámites oportunos para que, tras la procesión vespertina del Viernes Santo, el paso fuese llevado a la parroquia de Santiago. Y así, en una de las amplias capillas de esta céntrica iglesia, permaneció montado durante dos años.
Fracasadas las gestiones para que las imágenes del paso pudieran exponerse al culto en el templo ‘santiaguino’, y desde el final de la Semana Santa de 1950, el paso completo quedaría montado en la capilla de San Pascual Bailón de la Iglesia de Santa Isabel de Portugal, solicitando permiso para adecuar el último altar de la nave del evangelio (comenzando desde el presbiterio) que permanecía vacío tras haber estado ocupado durante décadas por la imagen de ‘Jesús Nazareno’ hasta el traslado canónico de su Esclavitud en septiembre de 1943 a la Parroquia de San Miguel de los Navarros.
Este espacio en el que, por fin, podríamos exponer al culto nuestras imágenes, no se encontraba en las mejores condiciones, considerando adicionalmente que ya de por sí no brillaba por su belleza, siendo incluso catalogado por La Sala-Valdés (1933) como “pintarrajeado y malo en efigies y adornos”. Consiguientemente, la Cofradía procedería a remitir a la Hermandad de la Sangre de Cristo un proyecto de acondicionamiento, reforma y colocación de las imágenes encargado al reputado dibujante Ángel Lalinde Acereda, para que dicho altar quedase “con el decoro indispensable que merece y presentarlo a la aprobación de la citada Hermandad”, sin requerirse una gran inversión económica.
De este modo, tras obtener la pertinente autorización, y mientras el paso continuaba cobijado en la citada capilla (que únicamente abandonaría para ser trasladado eventualmente al presbiterio con el fin de presidir la celebración de la fiesta de San Juan de ese mismo año 1950) la Junta de Gobierno emprendería las gestiones precisas para la adecuación del espacio, siendo ejecutados los trabajos por el albañil Bernardino Vidal, el escultor decorativo León Pérez Franco y el pintor Miguel Alcantarilla, con el dorado de ánforas y marcos a cargo de Julio Martínez.
Tras concluirse las reformas del altar, la Cofradía procedería a su solemne inauguración con la celebración de la misa previa al Capítulo General de fecha 11 de febrero de 1951. Véase que se utiliza el término “altar” (y no “retablo”, como posteriormente si se hará) puesto que el espacio sacro contaría inicialmente con ara para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Además, para su mejor ornato y cuidado, la Junta crearía un cargo ex profeso, el de Lucero o Luminero, que se dedicaría a la limpieza, iluminación y dotación de ornamentos (manteles, sacras, candelabros, etc.) que requería este aparato litúrgico.

