“Ahí llevas a mis dos bisabuelos…”, me dice un joven hermano mientras sujeta la Palabra que va a portar a lo largo de la mañana. Una manola, bajita y elegante, pregunta “¿a ver si ésta es la Cruz dónde sale mi padre?”, y un hermano veterano, mientras termina de atarse el capirote señala: “mira, aquí está mi abuelo y aquí, mi padre, al lado del tuyo…”.
Busco también otros nombres, como el de aquel bombo junto al que toqué en la segunda sección tantos años, el del portador de la Séptima que nos dejó no hace mucho, o el del hijo de otro hermano que falleció siendo un crío… Y mientras lo hago voy pasando el dedo uno a uno y reconociendo a familiares de mis hermanos de Cofradía, a los que hoy tengo que honrar y cuidar. La oscuridad dentro de la Iglesia, me obliga a forzar la vista para hacerlo, pero ese ejercicio íntimo y en silencio a escasos momentos de nuestra salida me transmite cierta paz y mucha emoción. Las Cruces In Memorian que vamos a portar en la calle no sólo llevan los nombres de los 441 hermanos que fueron al encuentro de nuestro Padre, llevan su memoria, su espíritu y su esfuerzo para hacer de esta Cofradía lo que es hoy en día.
Fuera, esperan al sol casi otros 400 hermanos que harán temblar Zaragoza y que nos ayudarán a recordarles con el sonido de sus bombos y tambores, muchos de ellos con la responsabilidad de ser ya cuarta generación de nuestros fundadores.
Creo que Devoción y Memoria son los ejes de esta celebración tan especial y de esta experiencia única de la que disfrutamos los hermanos de las Siete Palabras en la mañana del Viernes Santo. A nuestra Cofradía se llega por herencia o por iniciativa propia. En cualquiera de los casos, al llegar lo primero que a uno le cala como una lluvia fina es el espíritu de nuestros mayores, aquellos que hicieron que seamos hoy lo que somos, aquellos cuyos nombres voy a portar y entre los que algún día estará cincelado el mío propio y el de los que más quiero.
No importan ni orígenes ni apellidos, ni las diferentes vivencias que hay detrás de todos los nombres marcados en nuestras Cruces, todos ellos vistieron el hábito blanco y el capirote verde con respeto y hacen justicia a la descripción que de ellos hizo mosén Francisco: “Excelentes como seres humanos, derrochando naturalidad, alegría, simpatía y optimismo; como cristianos, con su conducta intachable y ejemplaridad notoria; como profesionales, siendo los mejores en el trabajo que lleven entre manos; como apóstoles, con visión amplia y corazón de fuego”.
Faltan escasos segundos para las doce en San Cayetano, los nervios 85 veces repetidos juegan con los ojos y los sentimientos de todos los que formamos dentro. Se hace el silencio, nos bajamos los capirotes, es el primer momento de oración.
En Sevilla cuando suenan los tres golpes en la puerta de la Mortaja, antes de salir a la calle en silencio, se oye una voz que dice “soy la Muerte”. En Zaragoza, a las doce de la mañana del Viernes Santo, cuando suenan los tres golpes en San Cayetano se abre la puerta y entra la Luz que iluminará el camino de nuestros cuatro Cristos, también el camino de nuestros hermanos que participaran de nuestra labor fundacional, la predicación de las Siete Palabras de nuestro Padre en la Cruz. Son las doce de la mañana, acabo de levantar la Cruz para cargarla en el arnés y suena la Palillera. No podría haber homenaje mejor…
Dicen que lo que más nos marca en la vida son las primeras veces, y puede que sea cierto. No recuerdo bien mi primera procesión de aquel Viernes Santo de 1977, pero estoy convencido de que igual que jamás olvidaré la emoción, el esfuerzo y las lágrimas de la primera vez que salimos portando 40 hermanos y hermanas nuestro Cristo de la Séptima Palabra en el año 2014, seguro que nunca podré olvidar este Viernes Santo de 2025 portando por primera una de las Cruces In Memorian de nuestra Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.
Rafael Martínez de Vega.
Hermano de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.

