Cada año resulta más evidente que, tanto en el seno de nuestra Cofradía como en el de la mayoría de las cofradías y hermandades que forman parte de la Semana Santa de Zaragoza, estamos viviendo cierta crisis de identidad cofrade, en donde la hegemonía sociológica de las secciones instrumentales parece eclipsar, salvo muy concretas excepciones, al resto de componentes y elementos que conforman desde antaño los cortejos procesionales.
Es obvio que la Sección de Instrumentos actúa como un polo de atracción masiva, especialmente para la juventud, convirtiendo los ensayos en lugar de encuentro en el que se crean fuertes lazos de hermandad y camaradería, siendo igualmente espacio propicio en el que florece y exalta el sentido de orgullo y pertenencia hacia nuestra entidad. Esto, que sin duda es una de las grandes fortalezas que poseemos las cofradías zaragozanas –mucho más si cabe en la nuestra, como introductora del tambor en las procesiones de la ciudad–, sin embargo, puede ocasionar un desequilibrio importante y una desvirtualización del misterio nuclear de nuestro particular carisma. Y es que, cuando por motivos de edad, salud o por otras circunstancias personales de cualquier índole, un hermano que durante años ha estado integrado en la sección tiene que dejarla, circunstancial o definitivamente, puede llegar a sentir que pierde su función en la Cofradía, optando, en no pocos casos, por dejar de salir en las procesiones y/o, en caso extremo, por solicitar su baja.
La percusión en nuestra Cofradía ofrece una gratificación inmediata: es vibrante, dinámica, comunitaria y atractiva. La luz, por el contrario, y a priori, es silenciosa, estática y solitaria, por lo que ser ‘hermano de vela’ es ir contracorriente, pues su puesto parece relegado a un rol secundario en una grandilocuente puesta en escena.
La Junta de Gobierno ha llevado un proceso de estudio y adquisición de nuevas hachas y, con el mismo, quiere lanzar una estrategia que no busca simplemente “rellenar filas” ni aumentar estadísticas, sino dar respuesta a esa pregunta que pueden llegar a hacerse muchos hermanos: “y, si no toco, ¿para qué voy a ir? ¿a aburrirme sujetando un palo?”.
La intención de este artículo, escrito a la par por un ‘hermano de vela’ y por un ‘hermano de instrumento’, no es otra que profundizar en el simbolismo que posee la luz en la tradición cristiana y transmitir la vital función que los ‘hermanos de luz’ han tenido, y siguen teniendo, en las procesiones, haciendo un recorrido por la evolución de los cirios, velas y hachas que hemos ido portando a lo largo de las décadas.
La luz en la tradición de la Iglesia.
La luz ha sido desde siempre un elemento fundamental en la simbología cristiana, puesto que Cristo se reveló como “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), “la luz del mundo” (Jn 8, 12) o la luz “para iluminar a las gentes” (Lc 2, 32); y su simbolismo designa, de igual manera, a los cristianos, “hijos de la luz” (Ef 5, 8), “brille así vuestra luz ante los hombres” (Mt 5, 16).
Tal es su arraigo y trascendencia que, lógicamente, se encuentra presente en momentos fundamentales de la liturgia como en el bautismo (en donde se entrega al bautizado una vela encendida simbolizando a Cristo) o en la Vigilia Pascual (en la parte llamada lucernario, en donde, además de su propiedad iluminadora y reveladora, se une al fuego en una función purificadora).
Normativamente debían ser de cera de abeja y de color blanco aclarado, si bien en funerales, en el llamado ‘Oficio de Tinieblas’ en la Semana Santa y en la ‘misa de presantificados’ durante el Viernes Santo, podían ser de cera amarilla no blanqueada.
En cuanto a su número y presencia en el altar durante la celebración de la misa, queda prescrito actualmente que se deben colocar “por lo menos dos candeleros, o también cuatro o seis, especialmente si se trata de una Misa dominical o festiva de precepto y, si celebra el Obispo diocesano, siete, con sus velas encendidas” (IGMR, 117). Y, cuando delante del sagrario la lámpara se encuentra encendida es, con su luz, un signo de la presencia sacramental de Cristo en la eucaristía.
Las velas en la historia de nuestras procesiones.
Si hay algún elemento relacionado desde tiempo inmemorial con los participantes en las procesiones ese es, sin lugar a dudas, la vela. Su originaria misión dentro del cortejo procesional era obvia: la de alumbrar el itinerario y posibilitar una mejor visualización de la imagen que presidía la procesión. De ahí que recibieran el primitivo término de ‘alumbrantes’, los cuales también la portaban como símbolo de la vida ascendente a la que aspiraban como cristianos, diferenciándose de aquellos otros asiduos participantes en las procesiones medievales que hacían ‘disciplina de sangre’ y otros castigos corporales con los que “invivir en sus propios cuerpos los dolores de Jesús” (Galtier Martí, 2017).
Así, por ejemplo y en nuestra ciudad, en las ordinaciones de 1603 de la universitaria Cofradía de San Gregorio y Santa Elena ya se disponía que hubiera “hachas alumbrado el pendón” en su salida procesional del Miércoles Santo (Olmo Gracia, 2011), siendo también habitual que los jurados de la ciudad acudiesen a las distintas procesiones que se organizaban durante la Semana Santa, como en la de la Vera Cruz del Jueves Santo, con “hachas de cera blanca que las proporciona la ciudad” (Canellas López, 1979). Y para la procesión del ‘Santo Entierro’, la Hermandad de la Sangre hacía llamamientos en prensa para que todos los fieles que desearan asistir en la tarde del Viernes Santo, lo hicieran “con túnica y acha, o sin estas, con cirio y vela, para mayor culto del Señor”, como se publicaba en ‘Diario de Zaragoza’, de 15 de abril de 1824.
Bajo esas premisas, la Junta de Gobierno adquirió en la ‘Fábrica de Velas y Bujías’ regentada por Francisco Montañés (sita en la por entonces llamada ‘plaza del Pueblo’, que tomaría después el título de plaza de ‘Nuestra Señora del Carmen’) y al precio unitario de 10 pesetas, 38 cirios de cera natural que fueron entregados en la puerta trasera de la Iglesia de San Cayetano tanto a los hermanos que no tenían un puesto previamente designado como a los representantes de las otras cofradías que participaron en nuestra primera procesión en la mañana del Viernes Santo de 1940.
Con más tiempo de preparación y un aumento significativo de hermanos en nómina, en el año 1941 ya fueron 59 los hermanos que portaron un modelo de hacha –término cuya etimología procede del latín facŭla (“antorcha pequeña”)– fabricada en el taller de “hojalatería, fontanería y vidriera” que los industriales Asín y Francia tenían en el nº 21 de la calle Rufas. La misma, que debían adquirir los hermanos al precio de 30 pesetas, estaba compuesta por un cilindro de madera, con una altura aproximada de un metro y veinticinco centímetros, pintado de blanco crema, con el Crismón dibujado en negro en su mitad-superior y con la contera en verde, quedando rematada por una pieza superior con fondo de cazoleta a modo de palmatoria, donde se incrustaba un cabo de vela gruesa que era prendido para el ‘Santo Entierro’.
Un modelo que sufriría una más que notable evolución muy poco tiempo después, pues la Junta de Gobierno acordaría el 12 de noviembre de 1942 la electrificación del hacha. Y es que, con independencia de si esta innovación provino de nuestra Cofradía, de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro a través de su hermano Luis García Molins (cf. García de Paso y Rincón, 1981) o si “las primeras que se veían en Zaragoza” fueron en el seno de la Cofradía del Señor Atado a la Columna, como asegura Nápoles Gimeno (2004), lo relevante es que el sistema de iluminación artificial llegaría para quedarse en las procesiones zaragozanas. Y es que la sustitución de la cera natural por la incorporación de una bombilla que se encendía mediante pilas, suponía “una solución a los problemas del viento, a la suciedad de la cera, y al coste de la misma, ya que si bien inicialmente el coste de un hachón eléctrico es superior, su mantenimiento es más económico que la compra cada año de nuevos hachones de cera” (Peralta Soria, 2011).
De este modo, el Viernes Santo de 1943 se estrenaría la reforma de las hachas en la que quedó sustituido el cabo de vela de la pieza superior por un sistema eléctrico a pilas y que llevaba unas bombillas redondas, que seguirían el modelo propuesto por la prestigiosa ‘Casa Millán’ (regentada por otro de los hermanos fundadores de la Cofradía), las cuales acabarían siendo sustituidas y unificadas en 1946 por otras con “forma de llama”.
Sería en el Capítulo General de fecha 6 de marzo de 1960, cuando el hermano mayor Mariano Bíu presentara las nuevas hachas, “mucho más sencillas y económicas”, fabricadas en esta ocasión por la empresa metalistera del hermano Carlos Navarro Tamayo. En las mismas quedaría suprimida la parte del platillo por resultar antiestético y anacrónicamente inútil, puesto que ya no había cera derretida que recoger. En la nueva pieza cilíndrica, de medidas similares a las anteriores, quedaría incrustada en su parte superior el cabezal de latón pulido en el que se colocan las pilas y en cuyo casquillo queda enroscada una bombilla. Además, la pintura de esa parte superior quedaría ornamentada con ligeros añadidos que simularan el moco de un cirio natural cayendo a chorros al consumirse. Además, la propia Cofradía, a través de una plantilla creada ex profeso, se encargaba de pintar en negro el emblema de la Cofradía, en ese momento, una reproducción fidedigna del diseñado por el padre Senante, usándose similar método en las adaptaciones que sufriría el escudo hasta que, finalmente, y a finales de siglo XX, ser sustituido este proceso por la colocación de una pegatina transparente.
También, a lo largo de la historia, se han diseñado modelos especiales de hachas, como las que, a partir de 1954 y durante varios lustros, usaron los ‘Hijos de Hermano’, de similares características a las que llevaban los adultos, pero con una longitud más corta; o las que a principios de siglo XXI comenzaron a usar las ‘hermanas de mantilla’ que así lo desearan, de ligero peso y pequeñas dimensiones.
Recordamos que el hacha debe ser portada con una sola mano, usando siempre la que se posiciona por el interior de la formación. Mientras se marcha, debe llevarse haciendo un ángulo aproximado de 45º respecto al suelo, apoyándola perpendicularmente en el mismo durante las paradas y predicaciones, disponiéndose los hermanos en filas laterales y guardando una distancia de un metro con su predecesor en la fila. Además, durante muchos años y con el fin de simplificar la organización (recordándose puntualmente cada año en el folleto de actos de Semana Santa) se mantuvo la disposición de que los hermanos que la portaran se colocasen en la fila de la derecha, los que tenían en la Relación General de Hermanos un número par, y, a la izquierda, los de número impar.
Vivir la procesión portando la luz de Cristo.
Para concluir, queremos animar a los hermanos que no tengan otro puesto asignado o que no puedan salir esta próxima Semana Santa en la Sección de Instrumentos para que participen en nuestras procesiones con hacha, pues no se trata de cargar simplemente un utensilio de iluminación, sino que, con un sencillo gesto, nos hacemos portadores de un icono viviente de la Encarnación, convirtiéndonos en Cristóforos, portadores de Cristo y de su Luz.
El ‘hermano de vela’ no se “aburre”, sino que entra en una dimensión meditativa que el estar tocando un instrumento a menudo impide debido a la concentración que requiere y la auto-exigencia de hacerlo con la pericia acorde al peso de la tradición y prestigio que supone ser la ‘Cofradía de los Tambores’.
La procesión, con una vela, se convierte en un momento para la introspección, la oración, el recuerdo hacia aquellos seres queridos que ya no están con nosotros físicamente pero que llevamos en nuestros corazones. Es dejarse impregnar del espíritu, de la esencia más pura y mística. Sin más obligación que seguir al hermano que nos precede en la fila, podemos llegar a disfrutar con plenitud de la manifestación pública de fe que llevamos a cabo (porque no todo en una procesión es penitencia y sacrificio), deleitando nuestros sentidos con olores y sonidos ancestrales, contemplando la belleza de nuestros pasos o redescubriendo los rincones más especiales de nuestra ciudad en los que, en nuestro deambular cotidiano, no podemos detenernos.
Rescatemos pues la primigenia misión del ‘hermano de vela’, que no es otra cosa que recuperar un “espacio de escucha” necesario para que la Palabra resuene, asegurando que la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista siga teniendo voz para predicar, heraldos sonoros que llamen y convoquen al pueblo fiel, y luz para alumbrar las Palabras de Cristo, hoy y por los siglos de los siglos. Amén.
Bibliografía:
· Canellas López, A. (1979). Efemérides concejiles zaragozanas en los siglos XVI y XVII. Colección Cuadernos de Zaragoza nº 38. Zaragoza: Ayuntamiento de Zaragoza.
· Ferrer Montero, P.L. y Beneded Blázquez, D. (2025). Ochenta y cinco veces siete. Todas las procesiones de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista (1940-2024). Zaragoza: Gobierno de Aragón.
· García de Paso Remón, A. y Rincón García, W. (1981). La Semana Santa en Zaragoza. Zaragoza: Unali.
· Nápoles Gimeno, Á.L. (2004). 200 años con Él, Él siempre con nosotros. En Semana Santa en Zaragoza nº 4, pág. 10-14. Zaragoza: Junta Coordinadora de Cofradías de la Semana Santa de Zaragoza.
· Olmo Gracia, A. (2011). La Hermandad de la Sangre de Cristo y la Semana Santa de Zaragoza en el Siglo XVII a través de un pleito inédito. En Tercerol. Cuadernos de investigación nº 14, págs. 21-48. Zaragoza: Asociación para el Estudio de la Semana Santa.
· Peralta Soria, J.C. (2011). Cofradías Penitenciales de Semana Santa y tecnología. En Tercerol. Cuadernos de investigación nº 14, págs. 165-184. Zaragoza: Asociación para el Estudio de la Semana Santa.

