Al caer la noche de cada 13 de octubre, las calles de Zaragoza se transforman en un río de luz y color. Y es que la procesión del “Rosario de Cristal” es mucho más que un mero acto de los muchos programados para las “Fiestas en honor a Nuestra Señora del Pilar”, transformándose en un auténtico museo en movimiento, en una manifestación cultural de primer orden y en una celebración devocional única en el mundo en la que, desde el año 2000, forma nuestra Cofradía acompañando y, junto al Grupo Aragonés “El Pilar”, colaborando a portar el monumental farol de “La Salve”.
Construido al poco de acabar la Guerra Civil bajo el título original de “Salve, Reina y Madre”, esta obra de arte integral encapsuló realidades convergentes del momento que transcendían el arraigo de la piedad mariana del pueblo aragonés y su amor filial a la Virgen del Pilar, siendo evidente la intención de erguir un símbolo tangible y propagandístico que exaltase una fe apropiada, una supuesta “luz encendida” con la que aclamar el triunfo de esa visión de España que encontraba en la religión uno de sus principales pilares ideológicos, impregnando así el espíritu del llamado “Nacionalcatolicismo”. Además, el proyecto serviría también de llamamiento y preparación a las magnas celebraciones del XIX Centenario de la Venida de la Virgen María en carne mortal a Zaragoza, a celebrarse el 2 de enero de 1940.
De hecho, sería la Comisión Ejecutiva creada para la organización de los actos conmemorativos de esta efeméride (órgano conformado por el arzobispo Doménech, el gobernador civil, el alcalde de la ciudad, el deán del Cabildo o el presidente de la Diputación provincial, entre otros), quien promovería el proyecto, constituyéndose en precursor de los grandes faroles alegóricos que ese mismo año jubilar serían donados por diferentes diócesis e instituciones que peregrinaron hasta Zaragoza (tales como los del “Alcázar” o la “Sagrada Familia”, regalados respectivamente por las diócesis de Toledo y Barcelona), o de los que posteriormente servirían para completar la historia devocional de la Virgen y de la propia tradición pilarista, construidos la mayoría de ellos por los propios talleres Quintana, tales como los dedicados al “Ángelus” (1944), “La Hispanidad” (1946) o el de la “Asunción” (1956).
La construcción y financiación del farol.
Como se adelantaba, la colosal obra fue magistralmente ejecutada por los talleres Quintana, regentados en ese tiempo por Rogelio Quintana Bellostas (1880-1968), continuador y tercero de la saga familiar de esta empresa dedicada primitivamente a la hojalatería cuando fue fundada por su abuelo Dámaso (1825-1898), pero que encontró en la figura de su padre León (1851-1901) una evolución de tal calibre, pasando a especializarse en vidriera artística, que ya en 1890 se encargaría de construir para la recién erigida Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar, y bajo el diseño del arquitecto municipal Ricardo Magdalena Tabuenca, los quinces faroles de los misterios y sus correspondientes faroles de mano representativos de los Padrenuestro, Avemarías y Gloria.
Avalado por su trayectoria, ya no solo en Zaragoza (con trabajos para la Hermandad de la Sangre de Cristo o la construcción en 1915 del farol de los “Santuarios Marianos”), sino también en la puesta en marcha de otros rosarios similares en localidades como Híjar, Borja o Vitoria, Quintana presentó varios proyectos a la junta directiva de la actualmente extinta Real Cofradía, entre los cuales destacó uno que, como señalaba Heraldo de Aragón, “por su bella composición, fue seleccionado fácilmente”.
Y demostrando “su gran pericia y gusto artístico en trabajos de esta naturaleza”, construyó este farol de grandes dimensiones (con más de cinco metros de altura) en cuyo anverso se conforma un tríptico en el que figura la imagen de la Santísima Virgen como Reina y Madre, teniendo a sus pies a tres figuras correspondientes a un monje, un abad y un obispo que, en realidad, representan la misma persona: San Pedro de Mezonzo, monje y posteriormente abad del monasterio gallego de Santa María de Mezonzo que sería elevado a obispo de Santiago de Compostela en el año 985, y a quien la tradición le confiere la composición de la oración latina de la Salve, quedando esta autoría reflejada en la cartela inferior: “Petrus vero Compostelanus Episcopus fecit illa – Salve Regina”.

De corte neobarroco, inspirado “en el estilo del templo del Pilar” y con varios ángeles y flameros rodeando el conjunto, en el reverso destaca el escudo de la Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar en su parte superior, representándose en la zona central el camarín de Nuestra Señora del Pilar con los “infanticos” cantando la Salve.
Para costear el proyecto, tal y como se reseña en el número 162 de la publicación “Aragón. Revista gráfica de cultura aragonesa”, se contó con el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón para preparar una persuasiva campaña con el fin de recaudar los donativos precisos, siendo el propio presidente del S.I.P.A., el etnógrafo y continuador de uno de los mayores comercios textiles de la ciudad, Eduardo Cativiela Pérez, quien se encargó personalmente de hallar eco “en el entusiasmo de buenos zaragozanos, siempre dispuestos a contribuir al engrandecimiento de Zaragoza y a la mayor gloria de su Virgen”.
De este modo, Cativiela consiguió el apoyo de otros cincuenta y nueve zaragozanos, principalmente comerciantes e industriales o, en su caso, sus señoras viudas y familias, así como empresas a nivel corporativo y otras instituciones. Sus nombres, que quedaron grabados en los zócalos del farol, fueron los siguientes: Juan Mazón, Miguel Abad, Matilde Portabella, Mariano García, Carmelo Zaldívar, José Pomar, José Lacruz, Clemente Morón, Raimundo Ferrer, viuda de José Puértolas, Vicente Peralta, Criado y Lorenzo, Desiderio Alfonso, Fernando Pelegrín, Pilarín Martínez Lafuente, Francisco Subiza, Mariano Sanvicente, Ágreda Dutú y Compañía, Lardi-García Arroyo S.L., viuda de Raimundo Balet, Manuel Lafuente, Salvador Lorén, Francisco Madurga, Francisco Blesa, viuda de Domingo Muñoz, Vicente Estremera, Luis Bandrés, Ramón Jordán, Alberto Carrión, Francisco Vera Ilundaín, viuda e hijos de Antonio Usón, Eloy Chóliz, Ignacio Bosqued, Pelayo Martínez, Leopoldo Abadía, Jesús Ramírez, Giménez y Compañía, Alejandro Allepuz, María Pilar Sanz Briz, Antonio Fantoba, Valero Mateo, Antonio Mompeón Motos, Ágreda Automóvil S.A., Luis Gabás, Francisco Ferrer Bergua, Benita Conde (viuda de J. Ucedo), José Induraín, viuda de Echeverría, Maquinista y Fundiciones del Ebro S.A., José Carboné, Manuel Gómez Arroyo, Rafael D’Harcourt, Romana Mercier e hijos, Narciso Abad, Alfonso Solans Viamonte, Dres. Marín Corralé, Fernando y Julián Marca, José Jordá y Caja de Ahorros y Monte de Piedad.
Su bendición y estreno durante las fiestas del Pilar de 1939.
Si bien algunas obras monográficas se empeñan en declarar la suspensión del “Rosario de Cristal” desde 1936 hasta 1939 “por el peligro de los bombardeos que ponían en riesgo los faroles debido a su fragilidad”, en realidad esa circunstancia solamente se produjo en el año 1937.
El farol, por tanto, no solo fue construido en 1939 sino que además también salió ya procesionalmente el 13 de octubre de ese mismo año, procediéndose dos días antes a su bendición en el templo metropolitano de La Seo por el sacerdote caspolino José Pellicer y Guíu, por entonces Vicario General de la archidiócesis y deán del Cabildo, quedando desde ese momento preparado y expuesto en las naves catedralicias para que pudiera ser contemplado por el pueblo zaragozano.
Con salida a las seis de la tarde de La Seo del Salvador, el “Rosario General” recorrió un itinerario similar al de la procesión del día anterior (que por entonces se celebraba también por la tarde), yendo por la plaza de la Seo, calle y plaza del Pilar, calles de Alfonso I, Manifestación, Mercado, Cerdán, Coso, San Gil y retornando a la plaza de la Seo para concluir, alrededor de las nueve menos cuarto, en el templo metropolitano.
Como titulaba la crónica publicada en El Noticiero, “el Rosario General revistió este año grandeza y solemnidad inusitadas”, y desde horas antes al inicio del desfile, las aceras de todo el recorrido ya estaban ocupadas por miles de personas y “gentes de toda condición que, provistas de silla y merienda, esperaron pacientemente que llegara la hora”.
Destacable fue la presencia de autoridades civiles y eclesiásticas, así como de destacados personajes de la sociedad nacional. Así, desde el balcón central del palacio de la Audiencia, contempló la procesión el ministro de Gobernación, Ramón Serrano Suñer, junto a su esposa Zita Polo y su ínclita hermana Carmen, estando acompañados también por altos cargos del Gobierno Central, como el ministro de Educación Nacional y turolense de nacimiento, José Ibáñez Martín; el director general de Primera Enseñanza, Romualdo de Toledo; el gobernador civil de dicha provincia, Manuel Casanova Carrera; o el ministro plenipotenciario de Venezuela, Esteban Gil Borges. También entre los muchos asistentes al cortejo se encontraba la infanta María de las Mercedes de Baviera y Borbón, que presidió la comitiva de la Cruz Roja. Y desde el Palacio Arzobispal, el prelado Rigoberto Doménech también pudo presenciar tanto la salida como el cierre de los faroles y carrozas acompañado del obispo de Cartagena, monseñor Miguel de los Santos Díaz Domara, quien regresó circunstancialmente a nuestra ciudad tras haber pasado gran parte de su vida en ella al realizar sus estudios universitarios, ejercer de canónigo del Cabildo Metropolitano e, incluso, ser obispo auxiliar desde 1920 hasta 1924.
La composición del cortejo procesional.
Según los datos ofrecidos por la organización, formaron tres carrozas, 29 faroles grandes (entre los que se encontraban algunos ya desaparecidos como los del “Arca de la Alianza” o las parejas de castillos y leones –precisamente éstos, construidos a mitad del siglo XIX por la familia Tiestos, han sido restaurados este mismo año 2025, tras décadas en total abandono–), 350 pequeños y más de 70 estandartes, entre aquellos que poseía la propia Real Cofradía en su gran colección (con grandes piezas como las bordadas por Vicente Cormano bajo diseño de Mariano Pescador) y los aportados por las múltiples asociaciones devocionales, cofradías, instituciones y movimientos participantes.
Entre estos colectivos, y además de la cofradía organizadora, no faltó la presencia de la Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores, la M.I.A. y R. Hermandad de la Sangre de Cristo, la Real Congregación de San Luis Gonzaga (entidad que pocas semanas después propondría la creación de la Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora) portando el paso alegórico de la “Venida de la Virgen” o las Escuelas Católicas Nocturnas de Fuenclara junto a los socios del Círculo de Obreros (instituciones desde las cuales surgiría en 1951 la Cofradía de la Coronación de Espinas), quienes portaron los faroles de la Letanía Lauretana.
Fieles a la cita, como también hicieron esos años en la procesión del “Santo Entierro”, asistieron los miembros de los diferentes centros parroquiales de las Juventudes de Acción Católica, en sus ramas femenina y masculina (siendo evidente la participación de muchos de los que fueron hermanos fundadores de nuestra Cofradía), quienes, “llevando su insignia identificativa”, se concentraron en la capilla del Santo Cristo para portar el farol monumental y sus correspondientes “de mano” del tercer misterio glorioso, si bien al año siguiente se encargarían de portar el nuevo farol del “Alcázar de Toledo”.
Asimismo, la prensa local destacó la participación, con “matiz sentimental y aragonés”, de mujeres descalzas “que seguían los pasos en cumplimiento de votos hechos durante la guerra” y de “millares de muchachas ataviadas con el traje regional, que formadas en grupos, rezaban devotamente el santo rosario”.
El farol de la “Salve” se situó en el tramo final del cortejo, tras el antiquísimo farol que representa la Santa y Angélica Capilla, siendo portado por miembros de la Cofradía del Rosario y estando acompañado por los infanticos del Pilar, desempeñando así un rol de epílogo luminoso a la meditación de los quince misterios representados en las carrozas precedentes, algo muy acorde al momento del ejercicio piadoso en el que la comunidad de fieles, una vez ha recorrido la vida, muerte y resurrección de Jesucristo a través de los ojos y del corazón de su Madre, se une en última y sentida aclamación hacia María como “Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”.

El último lugar del orden procesional, como no podía ser de otra forma, estaba reservado a una imagen de la Virgen del Pilar.
Faltando todavía algunos años para que fuese el farol de “La Hispanidad” quien ocupase tan privilegiada posición, tal y como viene sucediendo desde 1946 hasta nuestros días con excepción de los años en los que su delicado estado de conservación impidió su salida, fue la carroza-farol en donde se representa la Virgen del Pilar a gran tamaño. Otro imponente farol que, como ya se adelantaba anteriormente, fue construido en 1915 por el propio Rogelio Quintana gracias a la donación de Apolonio Lapuerta y Matute, y en cuyo basamento se ubican a modo de postales los principales santuarios marianos de España (de ahí su sobrenombre), indicando la fecha en que fueron sede de congresos marianos y mariológicos.
Dicha carroza fue portada por sacerdotes revestidos con alba y estola, y escoltada por hachones y ocho miembros de la Guardia Civil, situándose detrás de la misma el Cabildo Metropolitano, con su estandarte y los señores canónigos, la Junta directiva de la Cofradía del Rosario y la presidencia, integrada por la corporación municipal encabezada por el alcalde Juan José Rivas, la Diputación Provincial, con su presidente Allué Salvador, así como otros cargos civiles y militares, tales como el general Sueiro; el gobernador civil, señor Barón de Benasque; el rector de la Universidad, Gonzalo Calamita; o el presidente de la Audiencia, Álvarez de Miranda.
El cortejo quedó finalmente cerrado por un nutrido piquete del Regimiento de Infantería de Gerona nº 18, compuesto por escuadra, bandera y banda de cornetas y tambores.
En nuestros días, y acostumbrados al recogimiento y silencio imponente que rodea esta procesión, únicamente roto por la narración que retumba en la megafonía instalada por las calles, puede resultar llamativo la presencia de una banda en el “Rosario de Cristal”. Pero se hace preciso recordar que este acto religioso, desde su renovación promovida por José Nasarre Larruga (quien años después también ganaría el proyecto de reforma de la procesión del Santo Entierro), estaba concebido como una procesión “al uso” en donde obviamente la música cobraba especial protagonismo, con mezcolanza de notas y estilos que impregnaban de solemnidad la magna manifestación de fe pero también de un ambiente popular. Muestra de ello es el canto de jotas (en 1935, por ejemplo, lo hicieron en diversos puntos del recorrido “cantadores” míticos como Raquel Ruiz o Cecilio Navarro) o, aunque parezca inusitado, cómo incluso en ocasiones eran lanzadas sentidísimas saetas promovidas por la “Casa de Andalucía”, inaugurada en noviembre de 1932 como sección de la “Peña Fleta Aragonesa”.
Consiguientemente, la presencia de coros y bandas era habitual y prolífica, tal es así que en esta procesión de 1939 participaron la Banda Municipal de Zaragoza, la Banda Provincial, la de Villamayor dirigida por el maestro Víctor Lozano y varias bandas más, como la militar anteriormente citada o la de la Organización Juvenil Española, dirigida por Rufino Araque. Asimismo, la música vocal también tuvo acto de presencia con los coros del Colegio Politécnico, dirigido por el profesor Félix Alba, el de las Juventud Femenina de Acción Católica, el gran “Coro del Rosario”, la capilla de Infantes interpretando los gozos a la Virgen del Pilar o las escolanías (por otra parte, también frecuentes en el Santo Entierro y en las nuevas procesiones penitenciales surgidas en la Semana Santa de la década de 1940) como las de los Capuchinos de Torrero, las Escuelas Pías o las Pasionistas de Casablanca.
Además, al discurrir el tramo final del cortejo por la plaza de España “millares de voces, desde las aceras, prorrumpieron las estrofas del ‘Himno del Pilar’, y de rodillas la gente lloraba, rezaba y aplaudía”. No resulta baladí la interpretación de esta pieza musical compuesta originalmente en 1904 por Juan Bautista Lambert y letra del canónigo Florencio Jardiel, pues la misma fue la obra ganadora de un certamen convocado por la Junta Diocesana para la celebración del quincuagésimo aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María Santísima, obteniendo un premio de 500 pesetas que fue entregado por la Real Cofradía del Rosario de Nuestra Señora del Pilar, quien quedó como depositaria legal de esta obra titulada originalmente “Himno a la Santísima Virgen del Pilar para ser cantado por el pueblo”.
La radio como testigo directo y difusor de la piedad popular pilarista.
Tal y como había sucedido meses antes en la procesión del “Santo Entierro”, la procesión fue retransmitida por Radio Zaragoza desde un micrófono instalado en el Casino Mercantil Industrial y Agrícola (en el nº 29 del Coso), contando con las conocidas voces de los pioneros de la radiodifusión aragonesa Ángel López Soba y Aurora Royo (por entonces “Aurorita”, antes de que ingresara como religiosa en la Compañía de Jesús y María) y las actuaciones musicales del coro de alumnos de las Escuelas Pías que, bajo la dirección del padre José Pau, interpretó piezas como la jaculatoria “Bendita y alabada” o, en este día tan especial del estreno del farol que nos ocupa, el himno mariano “Salve, Madre, en la tierra de mis amores” del maestro Eduardo Torres.
Todo ello intercalado con las profundas reflexiones de los distintos misterios que corrieron a cargo del padre Liborio Portolés, valdealgorfano de nacimiento, sacerdote escolapio, prestigioso orador y poeta místico, que se erigió cuan pregonero para emplazar a los zaragozanos a orar, “a rezar a la Virgen del Pilar, vosotras, madres que tenéis a vuestros hijos entre los brazos, esposas que podéis ya dormir tranquilas, hermanos que tenéis a vuestros hermanos: dad gracias a la Virgen rezando. Cristianos, a rezar, que los misterios del Rosario son escaleras por donde van al Cielo las almas buenas”.
David Beneded Blázquez

