Como ya anunciamos, una representación de la Cofradía participó durante los días 29 y 30 de noviembre en la XVII edición del Encuentro de Cofradías Penitenciales de Aragón que se celebró en la localidad altoaragonesa de Monzón.
Unos días después del evento, la Junta Coordinadora de Cofradías de Monzón, organizadora del mismo, nos remite las conclusiones finales del Encuentro que compartimos por su incuestionable interés para todo cofrade.
CONCLUSIONES Y CLAUSURA
Queridos hermanos y hermanas cofrades:
Me gustaría empezar agradeciendo a los que han hecho posible este encuentro. Desde los patrocinadores, Alumbra y Funeraria el Jardín, a los patrocinadores institucionales, la comarca del Cinca medio y el ayuntamiento de Monzón y a quienes han colaborado con nosotros y ayudado en lo posible como los sacerdotes de la unidad pastoral de Monzón, a nuestra diócesis Barbastro-Monzón concretamente a Enrique, coordinador del área de cofradías y hermandades, Silvia, delegada de celebración, y por supuesto nuestra Obispo Don Angel, además de al equipo organizador de la Junta Coordinadora de Cofradías de Monzón. También quiero agradecer a los ponentes por haber aceptado este reto, alguno viene de especialmente lejos, y a todos los que habéis venido desde distintos rincones de Aragón para celebrar la fe y la misión que nos une. Especialmente al obispo de Huesca y Jaca Don Pedro, gracias por acompañarnos en el día de hoy.
Nos acercamos al final de este XVII Encuentro de Cofradías Penitenciales de Aragón que, en este año jubilar, hemos vivido bajo un lema que ilumina todo lo que aquí hemos compartido: “Cofrades procesionando la esperanza”, en sintonía con el Jubileo que nos invita a ser “Peregrinos de esperanza”.
Este fin de semana hemos escuchado tres miradas que convergen en un mismo horizonte: la esperanza del cristiano, la esperanza del peregrino y la esperanza del cofrade. Tres caminos que se entrecruzan para recordarnos que nuestra tarea no es un adorno cultural, sino una vocación que hunde sus raíces en el Evangelio.
1.- La esperanza del cristiano: la certeza que sostiene nuestra vida.
La primera ponencia nos recordaba que la esperanza cristiana no es ilusión ni optimismo pasajero. En tiempos marcados por guerras, injusticias, cansancio espiritual y cansancio social, el cristiano no sostiene su esperanza en deseos vagos, no nace de mirar para otro lado ni de negar el dolor del mundo. Nace de una certeza sólida: Cristo ha resucitado.
San Pablo lo expresa con fuerza: “En la esperanza hemos sido salvados” (Rom 8,24). Y también: “Nada podrá separarnos del amor de Dios” (Rom 8,38). No consiste en cerrar los ojos a la realidad, sino en mirarla con la luz de Dios.
El cristiano vive acompañado por Cristo en las alegrías y también en las noches oscuras. La esperanza es ancla, es casco, es fuerza que nos levanta cuando caemos, es alegría incluso en el sufrimiento. Es certeza de amor y la convicción profunda de que le importamos a Dios, que no nos abandona, que camina a nuestro lado en cada circunstancia.
Se cultiva en la oración donde Dios nos sostiene cuando todos callan, en el servicio al prójimo que nos humaniza y donde la fe se vuelve concreta, en el sufrimiento ofrecido que nos une a Cristo, y en el ejemplo de María que esperó contra toda esperanza, sobre todo en el silencio del Sábado Santo.
Esta reflexión nos interpela como cofradías: las cofradías somos fuente de esperanza en medio de una sociedad que no conoce a Dios, muchos hombres y mujeres mantienen su único vínculo con Dios gracias a nuestras hermandades. Por eso, nuestra misión no es pequeña: somos custodios y mensajeros de la esperanza cristiana en medio de un mundo que la necesita con urgencia. Ser cofrade es ser sembrador de esperanza. Una responsabilidad hermosa y exigente.
2.- La esperanza del peregrino: un camino hacia la Presencia.
La segunda ponencia nos ha llevado a comprender que todos somos peregrinos.
Peregrinos en un mundo complejo, lleno de luces y sombras, de búsquedas y contradicciones. ¿Cómo mantener viva la esperanza? La respuesta es clara: el camino.
El ser humano avanza porque está hecho para el encuentro: con los otros, con la creación y con Dios.
El camino, especialmente en su expresión espiritual y cultural, nos enseña que hay tantos peregrinos como motivaciones:
- El peregrino de la fe, que busca a Dios en cada paso.
- El peregrino cultural, que descubre la trascendencia en la belleza.
- El peregrino deportivo, para quien el esfuerzo físico se vuelve gracia interior.
- El peregrino espiritual difuso, que busca algo sin saber que busca a Alguien.
- El peregrino existencial, que camina sin rumbo hasta que el camino despierta su alma.
- El peregrino de la caridad, que recorre los caminos del servicio y del dolor.
- Y el peregrino-cofrade, que camina con Cristo en cada procesión.
Pero todos, absolutamente todos, acaban descubriendo que lo verdaderamente importante no es la meta física, sino la Presencia que se revela en el camino.
El Camino de Santiago fue descrito como “atrio de los gentiles”: un lugar donde creyentes y no creyentes descubren que la fraternidad es posible y que Dios se deja encontrar incluso por quienes no pronuncian su nombre.
El culminar del camino —nos decía— no está en la catedral, sino en el corazón del peregrino. En esa transformación silenciosa en la que uno descubre que no ha caminado solo: Cristo estaba allí, como con los discípulos de Emaús. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (Lc 24,32).
Peregrinar es creer que ninguna noche es definitiva, que cada paso tiene sentido, que Dios camina con nosotros. Es la decisión de mirar el mundo con ojos de esperanza.
Y así como el peregrino avanza paso a paso, también nosotros, cofrades, cada Semana Santa, emprendemos un camino singular: nuestras procesiones son verdaderas peregrinaciones urbanas, donde Cristo sale a buscar al pueblo por sus calles, donde el sufrimiento y la victoria, el dolor y la gloria, desfilan al ritmo de bombos, tambores y cornetas.
3.- La esperanza del cofrade: anunciar con nuestros pasos lo que creemos con el corazón.
La tercera mirada —la esperanza del cofrade— nos toca directamente el corazón, porque es nuestra vida, nuestra vocación. Nos habló del cofrade como testigo de esperanza, analizando, con ayuda de la canción de Rosalía, 3 aspectos: el asombro, las lágrimas y la fraternidad.
La esperanza del cofrade nace del asombro ante Cristo. Cristo es ese “huracán bello”: fuerza que no destruye, sino que rehace; viento que no arrasa, sino que transforma. Todo comienza por un estremecimiento interior: la conciencia de que la vida es don, la fe es regalo y la cofradía es hogar.
Cristo lloró, y esas lágrimas —como decía Isidro y Rosalía— son diamantes que iluminan la noche. Porque Cristo no huye del dolor: lo abraza, lo redime y lo transforma.
El cofrade lo comprende bien: cada imagen que procesiona, cada lágrima tallada en la madera, cada mirada hacia el Cristo que portamos es un recordatorio de que el amor de Dios convierte la herida en gracia. Como la ostra que transforma la herida en perla.
Y por último, la clave de todo, Cristo nos lleva y nosotros lo llevamos. En Isaías, Él nos dice: “Te llevo en la palma de mis manos” (Is 49,16), y nosotros respondemos cargando sus pasos, llevando su Evangelio por las calles.
La cofradía es ese lugar donde te llevo… y me llevas. Donde el peso se comparte, donde el dolor se acompaña. En nuestras cofradías, nadie llora solo, la fraternidad convierte las lágrimas en luz compartida. Una verdadera escuela de esperanza.
4.- Conclusión: una única esperanza, tres modos de vivirla.
Después de escuchar y compartir todo lo vivido, podemos afirmar que:
El cristiano cree en la esperanza.
El peregrino busca la esperanza.
El cofrade anuncia la esperanza.
Tres perspectivas que convergen en el mismo Misterio: Cristo crucificado y resucitado, fundamento y plenitud de toda esperanza, porque Cristo es nuestra esperanza.
Somos cofrades, sí, pero antes somos discípulos y peregrinos. Y si este Año Jubilar nos invita a ser “peregrinos de esperanza”, este encuentro nos envía de vuelta a casa como cofrades que procesionan la esperanza, no solo en Semana Santa, sino todo el año, en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros pueblos.
Porque el mundo necesita testigos, necesita hermandades vivas. Necesita cristianos que sepan decir, como los discípulos de Emaús cuando reconocieron al Resucitado: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (Lc 24,32).
5.- Clausura.
Queridos hermanos, que este encuentro no termine aquí.
Que vuelva con nosotros a nuestras sedes, a nuestros locales, a nuestros ensayos, a nuestras asambleas.
Que Cristo, nuestra esperanza, nos acompañe en cada paso, como acompañó a los peregrinos, como sostuvo a los apóstoles, como iluminó a María en la espera.
Que la Virgen —en cualquiera de sus advocaciones cofrades— siga siendo faro y guía para cada hermandad que nos acompañe en este caminar.
Y que nuestras procesiones sean luz en medio del mundo y sigan anunciando que la esperanza no ha muerto, que camina con nosotros, que sale a la calle, que tiene rostro, nombre y corazón: Jesucristo.
Es habitual en este momento anunciar la sede del próximo encuentro, del XVIII Encuentro Regional de Cofradías Penitenciales de Aragón, de momento no tenemos confirmación del lugar pero tenemos una posible sede que si se confirma se anunciará próximamente.
Con este deseo, tras la procesión extraordinaria del Resucitado y la Eucaristía daremos por clausurado el XVII Encuentro de Cofradías Penitenciales de Aragón.
Volvamos a nuestras tierras como verdaderos peregrinos de esperanza, llevando a Cristo allí donde estemos.
Más información del Encuentro, incluyendo las ponencias desarrolladas, en la web de la Junta Coordinadora de Cofradías de Monzón.

