Fallece José Manuel Arenal, nuestro “capellán de Honor”

10 de noviembre de 1995

Escribir sobre la figura de nuestro amigo José Manuel Arenal Camón, pasado recientemente a la vida que no tiene fin, es un placer y una esperanza. Para no llamarnos a engaño, ni autor ni lectores, pongo delante que estas líneas proceden de dos puntos personales: el inmenso afecto, y el don gratuito de la fe en Jesucristo, que nos unieron durante muchos años.

José Manuel fue largo tiempo una figura zaragozana querida, atípica e irrepetible. Para muchos jóvenes que él, como para mí, emblema de una generación de pre y postguerra, cuya característica sería la generosidad, a veces malempleada. Esta cualidad hizo a algunos dar la vida, jugársela, quitarla, produciendo a la vez heroicidades y barbaries en ambos lados de la entonces dos Españas, hoy afortunadamente unidas (o procurémoslo); pero traslucía una actitud interior, personal, encomiable: la capacidad de ponerse en pie y echar a andar, íntegra y definitivamente, tras una verdad total que mereciera la pena.

Arenal fue igual de generoso, pero vio la Verdad, que para él fue definitivamente, el Camino y la Vida, queriendo a todos y no luchando contra nadie.

Hijo de médico rural, nació en Vega de Pas por las vicisitudes de administraciones y traslados. Se sintió muy soriano, cuando su infancia y juventud las pasó en un pueblo de esa provincia donde el padre era titular, para luego venir a Zaragoza, ser alumno de Medicina, interno en la cátedra de Médicina, y llegar a licenciarse. Tras ello, vino el ejercicio de médico rural por algún tiempo, también en tierras sorianas, años que siempre recordó a medio camino entre el cariño y la nostalgia.

La fe cristiana recibida en su familia la hizo adulta en los Jóvenes de Acción Católica de Zaragoza, y al desarrollarla con una militancia activa llegó a un punto de opción, en el cual eligió cambiar su servicio a los demás, como médica, al hacerlo como sacerdote. Llamado a serlo tras sus nuevos estudios en Salamanca, el mundo rural lo retoma en cometidos distintos, y es párroco en pueblos nuevos de colonización de las Cinco Villas zaragozanas.

Vuelto a Zaragoza, su vida transcurre en múltiples servicios, unos públicos, otros menos conocidos, algunos muy desconocidos, en los que su sacerdocio y su medicina, de la que nunca renegó, se mezclaron. En la vida pública, su condición de dirigente y de orador sagrado brillante fue estimada en obras y medios muy distintos, desarrolladas a lo largo de los años.

Recogiendo el testigo que ya se caía de las manos de nuestro mosén Francisco, los jóvenes de Acción Católica, la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan, y tantas otras obras se fortalecieron en su presencia activa. Año tras año, su inconfundible cabeza calva, libre de camuflaje del capirote, fue elemento esencial en la predicación de las Palabras y en la presidencia de nuestras procesiones. Y sus criterios, constructivos y pacificadores, fueron no menos esenciales en los Capítulos y en las reuniones de Junta.

El encargo que recibió de su obispo para crear una Escuela Diocesana de Trabajo Social le ocupó su vida laboral activa, puesto que ser cura no lo entendió como oficio “full-time”, sino como una forma peculiar de ser un ciudadano; eso sí, con una dedicación pastoral y presbiteral, en razón de su persona y vida, ahora sí muy “full-time”. En el puesto de Directo de dicha Escuela lo demostró ampliamente.

Tras su jubilación, la enfermedad y los compromisos antiguos o nuevos, a los que nunca se supo negar, truncaron su sueño dorado: leer mucho (preparar su biblioteca fue el hobby durante toda su vida) y ser un cura desconocido en un confesionario del Pilar. El resto, sus últimos años, sus enfermedades y operaciones sin cuento, son historia reciente y conocidos por todos. No tan conocidos, para los que no se acercaron a su intimidad, fueron su paciencia, su buen humor, el disimulo cortés de sus muchos achaques, y su profunda aceptación de la voluntad del Padre.

En Medicus Mundi, compartimos inquietudes, horas y esfuerzos. El Hospital de Logbikoy, en Camerún, supo mucho de sus desvelos, así como los múltiples proyectos actuales en etapa de desarrollo institucional. Inexplicable, pues tipo más liado que él hubo pocos; pero lograba estar cuando era preciso. Su rincón campestre de Garrapinillos fue muchas veces teatro de las reuniones de trabajo de “día entero”, con las que se abrían y cerraban etapas anuales, en sesiones interminables sólo cortadas por las horas de comer.

Hombre con “don de consejo”, su palabra solía poner luz y orden en miles de asuntos intrincados, dada como quien no dice nada, sin la menor imposición. Lo que no era tan público y notorio, fueron las muchas personas que se beneficiaron en silencio de ese don, a las que “don Manuel” recibía en los más insólitos rincones o en la mesa camilla de su casa.

Muy pocos sabían de otras actividades de su “tiempo libre”, el que le quedaba como “hombre particular” después de su jornada en la Cofradía, en el Consejo de los Jóvenes de Acción Católica, en el Stadium Casablanca, en Medicus Mundi, en la Universidad, en la Escuela de Trabajo Social, en tantas y tantas institucionales de la Medicina y de la Iglesia. Pocos saben que en su casa vivieron largos años muchos mocetes salidos del Hogar Pignatelli, a los que el Boletín Oficial, la edad y el Reglamento decretaban que “eran mayores” y no podían seguir viviendo allí: maleta y a la acera…

Docenas de hombres, hoy con profesión y familia en muchos puntos de España, vivieron su adolescencia y volcaron su rebeldía y problemas en su padre de hecho, que no de derecho ni de adopción, el encontrar hogar y padre sustituto en la casa de la calle Bolonia (sin olvidar que “don Manuel” pudo hacer de padre, porque su madre hacía de abuela), saliendo de allí a vivir solos en oficio o matrimonio. La habilidad de José Manuel hizo que muchos que entonces lo trataban, ni se dieron cuenta de esas “pequeñeces” y otras parecidas.

Sabía decir con dulzura, elegancia y salero (esto es, con amor) cosas muy gordas, y en determinados sectores estaba pero que muy mal visto, algo así como un clandestino revolucionario o un cura trabucaire de izquierdas. Lo más curiosos es que eso ni se le notaba cuando era tratado con cercanía y asiduidad, y pasaba son traumatizas por ambientes lo mismo distinguidos por humildes, sintonizando con todos. Y es que el ser orador no le impedía formar en las filas de los que no quieren hablar mucho de las cosas que hay que hacer, sino que las hacen.

Sus últimas semanas y meses fueron de gran sufrimiento, soportando sin quejas, con enorme voluntad de recuperación, con gran trabajo para alcanzarla, con inmenso buen humor sobre achaques y hándicaps. Pese a pronósticos, se propuso andar, y lo logró, hablar inteligiblemente, y lo consiguió; más todo ello no se hace sin esfuerzo. La rehabilitación abre pistas, pero el camino lo recorre en solitario el rehabilitado.

El hombre médico le salía a reducir por todos los poros (“ya sabéis, estos infartos cerebrales afectan mucho la emotividad, perdonarme que resulte algo llorón; no puedo evitarlo”, nos decía haciendo broma de sí mismo), y el “hombre de Dios”, el siempre sacerdote también.

José Manuel: allí donde estás, seguro que encontrará un micrófono, un tambor, un capirote, un Logbikoy, un árbol, un libro. Guárdanos un sitio.


Autoría del artículo: GARCÍA LISBONA, J. (1996). In Memoriam – José Manuel Arenal. En “Siete Palabras. Boletín informativo” nº 40, págs. 5-6. Zaragoza: Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista

Fotografía de cabecera: José Manuel Arenal, junto al Arzobispo de Zaragoza, Elías Yanes, en el momento de la bendición del paso de la “Quinta Palabra” durante el inicio de la procesión conmemorativa del Cincuentenario fundacional en la mañana del Viernes Santo de 1989 (fotografía de Fernando Pinilla).