Los recuerdos que vuelven

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Los recuerdos que vuelven
Los recuerdos que vuelven

Me contaba que había vuelto. No de golpe, no de manera espectacular, sino con ese tipo de gestos que parecen insignificantes hasta que, sin darse cuenta, uno ya ha cruzado la línea que separa la distancia del regreso. Todo comenzó con el libro.

No se compraba, no llegaba a casa por correo. Había que ir a buscarlo. Y, aunque parecía un detalle menor, aquel gesto implicaba algo más. Ponerse en camino. Cruzar la puerta. Volver a pisar el suelo de la Cofradía.

Al principio, lo cogió con una mezcla de curiosidad y respeto. Sabía de su existencia, había oído hablar de él: «Ochenta y Cinco Veces Siete», el relato de todas las procesiones desde 1940. Un ejercicio de memoria minucioso, detallado, donde cada recorrido, cada año, cada momento estaba fijado en el papel con la precisión de los documentos históricos. Pero lo que no esperaba era que, más que un libro, aquel volumen se convirtiera en un espejo.

Pasó sus páginas con el interés del que busca reconocer lo propio, y pronto se encontró sumergido en una suerte de juego entre la memoria y la realidad. Algunas imágenes le devolvieron recuerdos nítidos, casi táctiles: el peso del hachón de su padre en las manos del niño que fue; el eco de los tambores en Manifestación; el aire fresco de una mañana de Viernes Santo. Otras, en cambio, le hicieron dudar. Pensaba que cierto año la procesión había transcurrido de un modo distinto; que aquel año impar de lluvia inclemente se había suspendido, cuando en realidad las páginas le mostraban que sí se había salido, empapados pero firmes.

Y ahí comprendió algo que no había tenido tan claro hasta entonces. Los recuerdos son frágiles, maleables. Se deforman con el tiempo, se idealizan o se empañan, se transforman en algo más amable o más dramático de lo que realmente fueron. Pero ahí estaba el libro, con su testimonio implacable, para recordarle que la historia de la Cofradía no era solo lo que él creía haber vivido, sino lo que realmente había sucedido.

Y, sin embargo, lejos de sentirse ajeno, aquello le devolvió a casa. Porque, aunque los años lo hubieran llevado por otros caminos, aunque en algún momento se hubiera dejado llevar por la rutina y la distancia, se dio cuenta de que nunca había dejado de pertenecer. La Cofradía seguía allí, con su historia intacta, con su identidad inmutable, esperando a los que, como él, un día decidían dar el paso de volver.

Me lo contaba con una media sonrisa, como quien se reconoce en un reflejo olvidado. Había vuelto, sí. Y no para quedarse atrapado en los recuerdos, sino para formar parte, otra vez, del presente. Para ser, de nuevo, un hermano de las Siete Palabras.

Gerardo Martínez Payó
Hermano de la Cofradía desde 1972