Predicación de la VII Palabra del Viernes Santo de 2022, por el Rvdo. D. Fernando Urdiola Guallar

Predicación de la VII Palabra del Viernes Santo de 2022, por el Rvdo. D. Fernando Urdiola Guallar
Predicaciones Viernes Santo 2022: VII Palabra

Un fuerte grito de confianza extrema y total en Dios. No es el grito de un fracasado, ni el de un derrotado. Su última Palabra, Palabra de despedida, es un grito de confianza y de certeza en ese Padre que tanto le ha querido. Al mismo tiempo, es el silencio y el abajamiento más grande que puede hacer Dios, la misma muerte de su Hijo, difícil de comprender y asumir amigablemente.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. ¿Qué otra cosa ha hecho si no, Nuestro Señor? Cumplir la voluntad del Padre y, haciendo su voluntad, Jesús ha abierto para la humanidad las puertas de su misericordia.

Al entregar al Padre su espíritu, le ha entregado todo lo que llevó siempre en sus adentros. Y en primer lugar (y de esto no cabe la menor duda) nos entrega a nosotros, a sus hijos, para liberarnos del pecado. Por eso acudimos con un corazón agradecido a Cristo Crucificado.

Jesús, que en el momento extremo de la muerte se abandona totalmente en las manos de Dios Padre, nos comunica la certeza de que, por más duras que sean las pruebas, difíciles los problemas y pesado el sufrimiento, nunca caeremos fuera de las manos de Dios, esas manos que nos han creado, nos sostienen y nos acompañan en el camino de la vida, porque las guía un amor infinito y fiel. (Benedicto XVI, Audiencia General, 15 de febrero de 2012).

En tus manos: ¿Cuál es la mano de Dios?

– La mano de Dios es la de la justicia, la del amor. Ante un Dios justo y amoroso sólo nos queda confiar, abandonarnos a sus manos. Dejar nuestra vida en sus manos. Y, por lo tanto, arriesgarnos, porque las causas buenas del os hombres, son las causas de Dios. Arriesgarnos e implicarnos con todas las personas que necesitan esa mano amiga, comprensiva, que ayuda a caminar.

– La mano de Dios es, también, la mano creadora que nos remonta al origen, y al origen de cada uno. Y, desde ahí, el reconocimiento de que es la mano que amasa nuestra vida, la tuya y la mía, la de todos. Al igual que el Crucificado, dejémonos amasar por esas manos suaves creadoras y generadoras siempre de vida, para dar nuestra vida como Él.

– La mano de Dios es la mano de Jesucristo siempre dispuesto a hacer el bien. Es la mano que sanó al paralítico, devolvió los ojos al ciego, resucitó a la Hija de Jairo, al hijo de la viuda, a su amigo Lázaro… Es la mano que puede restaurarnos interiormente.

Encomiendo mi espíritu:

– He aquí el último aliento de Jesús. La oblación de su propia vida, a disposición de su Padre.

– Invoca el salmo 30,6, en que el justo atormentado confía su vida al Dios bondadoso y fiel: ¡Sálvame, Señor, por tu misericordia! Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio. … Pero yo confío en ti, Señor, y te digo: “Tú eres mi Dios, mi destino está en tus manos”. Líbrame del poder de mis enemigos y de aquéllos que me persiguen.

Cofrades de las Siete Palabra y de San Juan Evangelista, amigos todos: En esta tarde del Viernes Santo del 2022, miremos al traspasado. Mirémoslo confiados en su misericordia. Que sea siempre la misericordia de Dios el eje de nuestra oración y de nuestra vida.

Mirémoslo como el centurión: Este hombre era justo, era, es el hijo de Dios muerto por para nuestra salvación. Confiemos.

Miremos y entremos. Porque no basta con mirar. Es necesario entrar y seguir. Como María hasta la cruz y luego hasta el sepulcro y luego acompañando a la Iglesia con su oración en el Cenáculo y hasta el final de su vida. Y el que le sigue debe cargar su cruz. No nos lamentemos tanto de nuestras cruces. Ni, mucho menos, echemos la culpa a Dios y le acusemos de que no las merecemos. ¿Pensamos que la Cruz es sólo para Cristo? ¿Qué clase de fe es ésa?

Aún más: afrontemos la cruz de la corrección de nuestros propios pecados, las consecuencias molestas de nuestros defectos humanos, del esfuerzo necesario para evitar el pecado y practicar la justicia, muy en especial la caridad fraterna.

Estamos llamados a morir como Jesús y todos podemos llegar a ser capaces de dar ese grito: “¡Padre!”, llamándole así, Padre, con cariño, con amor, con confianza, en tus manos encomiendo mi espíritu. Entrega, pues, tu espíritu al Señor ya, renueva tu entrega cada día, ante cada cruz. Y no te parezca tarde, ni te parezca pronto. ¡Ojalá podamos decir: para mí la vida es Cristo y Cristo crucificado! Cuyo deleite fue hacer la voluntad del Padre. Vamos a intentarlo y, sabiendo que las fuerzas flaquearán, pidamos la gracia para ello. Entonces tendremos la fuerza en el atardecer de nuestra vida para poder con confianza orar al buen Padre Dios como hizo Nuestro Señor: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Rvdo. D. Fernando Urdiola Guallar
Consiliario de la Cofradía