Así fue el Pregón de la Semana Santa de Zaragoza 2024

Así fue el Pregón de la Semana Santa de Zaragoza 2024
Pregón de la Semana Santa de Zaragoza 2024 (foto DBB).

En la tarde del Sábado de Pasión, comenzó oficialmente la Semana Santa de Zaragoza del presente año 2024 con el siguiente pregón que pronunció, en la bandeja central de la plaza del Pilar, el historiador Armando Serrano Martínez:

Excelentísimo y reverendísimo señor Arzobispo;
Junta de Cofradías de Zaragoza;
Excelentísimas e ilustrísimas autoridades;
Hermanos mayores y cofrades de todas las hermandades;
Amigos que nos acompañáis hoy y en todos los actos de la Semana Santa de Zaragoza.

Quiero empezar mostrando mi gratitud a la Junta Coordinadora de Cofradías de la Semana Santa, en especial a la Hermandad de San Joaquín y la Virgen de los Dolores que este año asumía la propuesta por invitarme a pronunciar este pregón de la Semana Santa que siempre llevaré mi corazón.

Soy consciente que se me encargó un pregón para inaugurar, o mejor atendiendo al significado literal de la palabra, para «anunciar” la Semana Santa de Zaragoza de este año 2024.

Un anuncio que debe ir destinado a todos los zaragozanos, pero les voy a pedir permiso para que me dirija en especial a aquellos que son necesarios para entender la espiritualidad de nuestra ciudad en estos días de Pasión. Me refiero a los cofrades.

Por ello, espero que me perdonen, pero este Pregón creo que debo hacerlo por ellos y para ellos.

Si consultamos la definición dada por nuestra admirada paisana María Moliner del término «Cofradía», encontramos como en su primera acepción aparece definida como «asociación devota de personas para un fin religioso», y nos da como sinónimo de «cofradía», «hermandad».

Si buscamos «cofradía», nos explica que este término viene del latín «cum frater» y lo define como «persona que pertenece a una Cofradía» y nos da como uno de sus sinónimos «hermano».

Y en el diccionario de la Real Academia nos aparece «Cofradía» definida en su primera acepción como «congregación o hermandad que forman algunos devotos, con autorización competente para ejercitarse en obras de Piedad».

Ya tenemos en estas primeras líneas las palabras claves de una cofradía: hermandad, culto y piedad.

El sentimiento cofrade en nuestra ciudad no es un movimiento surgido recientemente, ya que las primeras cofradías de Zaragoza surgen en el siglo XIII, como ejemplo de la importancia de un movimiento urbano medieval que aglutina a una población a la que ya no le sirven los esquemas piadosos del mundo rural. La ciudad extiende la uniformidad y elimina la singularidad.

Por ello, a partir del siglo XIII comienza a aparecer entre la población un sentimiento diferenciador de grupo en el que ya no es tan primordial el origen o nacimiento de los individuos sino la pertenencia a un colectivo, que tenga un elemento unificador entre ellos y diferenciador del resto.

En un primer momento, será la pertenencia a una parroquia; y luego lo será la devoción a un santo o a una advocación mariana, el ejercicio de un mismo oficio, la beneficencia o incluso la clase social, que será el punto de origen de la formación de unas cofradías que conformaron el tejido social de la Zaragoza del medievo.

A partir de ese momento, las cofradías y hermandades formaron parte de la historia de Zaragoza. Cofradías o hermandades devocionales muy vinculadas a una parroquia, como la Cofradía de Santa Fe en San Gil; las vinculadas a un oficio, como San Joaquín, de mercaderes; la de agricultores, como la cofradía del Espíritu Santo; o ganaderos, como la Cofradía de San Simón y San Judas, conocida también como «Casa de Ganaderos»; o, incluso, las de pertenencia a un grupo social, como la Cofradía de infanzones del señor San Jorge, predecesora del actual Real Maestranza de Caballería. Todas ellas dieron forma a esa manera de entender la religiosidad popular en la baja Edad Media y el Renacimiento.

La cofradía permitía al individuo compartir su fe y su espiritualidad de manera colectiva, evitando la soledad y acompañando a los hermanos en el camino para alcanzar la salvación, porque vinieran de donde viniesen, cuando un individuo se integraba en ella, se convertía en alguien cercano, en un cofrade, en un hermano.

Pero también la beneficencia era otro comportamiento representativo de su actividad. Una de las características que encontramos en todas es la labor de acompañamiento al cofrade difunto y sobre todo el amparo económico que se ofrecía la familia del fallecido. Viudas y huérfanos eran en muchas ocasiones ayudados económicamente por la cofradía para alcanzar la estabilidad necesaria para poder seguir adelante ante la pérdida del cofrade que, a la postre, había conseguido pasar el trance necesario para alcanzar la vida eterna.

Los cofrades acompañaban al viático al agravarse el enfermo; y, si sobrevenía un fatal desenlace, la cofradía costeaba el entierro, organizaba turnos para velar el cadáver, rezaban por su alma y asistían al sepelio portando velas encendidas.

Este sentimiento de hermandad entre los miembros de la cofradía tiene, como uno de los elementos más claros, el uso del hábito de cofrade en todos los actos importantes de corporación. El hábito se convierte en símbolo de la hermandad entre todos ellos, de la igualdad de todos los cofrades. Uniformiza e iguala a todos ellos, los convierte en iguales e integrantes de la misma escuela de fe.

Por todo esto, los actos de devoción a una imagen, de protección a un cofrade, de atención hacia los más necesitados o los enfermos, ya no los hace el individuo sino la cofradía.

Todo este movimiento religioso urbano que se extendió por la ciudad surgió en Italia en el siglo XIII y se fue extendiendo rápidamente al amparo de las órdenes mendicantes de dominicos y, sobre todo, franciscanos que las apoyaron como verdaderas escuelas de fe.

En ocasiones, y como actos de propagación de esta religiosidad, las cofradías procesionaban generalmente tras una cruz durante nueve días por las calles de la ciudad.

Este movimiento se extendió por toda Europa y aquí en Zaragoza tuvo un papel importante la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís. Este convento, construido extramuros de la ciudad, al lado de la puerta Cinegia, acogió y dio amparo a un buen número de cofradías zaragozanas que ubicaron allí sus sedes.

Entre las tareas que realizaban los franciscanos, estaba la piadosa recogida de los cadáveres abandonados en las calles de la ciudad que muy tempranamente fueron ayudados por grupos de seglares que se organizaron, como no podía ser de otra forma, en una hermandad que tomó el nombre de la Hermandad de la Sangre de Cristo.

Estas dos instituciones van a ser claves en la organización de diversos actos religiosos y de culto durante los días de la Semana Santa, y fueron el nexo de unión para la participación de las distintas cofradías de la ciudad.

A partir del siglo XIV vamos encontrando, con el paso de los años, la celebración de distintas procesiones. Muchas cofradías se unieron a estos actos con sus devociones particulares: los abogados con San Ivo, los agricultores con San Lamberto, los ganaderos con San Simón y San Judas, los mercaderes con San Joaquín, los sastres con San Homobono, los cirujanos y barberos con San Cosme y San Damián. Y, por supuesto, no podían faltar a estas devociones las advocaciones marianas: los boneteros se agrupaban en torno a la devoción de Nuestra Señora del Rosario; los chapineros con la vocación de Santa María del Pilar; los Caballeros por Nuestra Señora del Portillo; o los ganaderos por Nuestra Señora del Ligallo.

Al llegar a este punto y tras recordar que este acto ha empezado con la ofrenda de flores a Nuestra Señora del Pilar, hay que resaltar la devoción Mariana de la ciudad de Zaragoza, Zaragoza, recordémoslo con orgullo, fue visitada por la Virgen y en el solar de este templo que preside la ciudad, se construyó el primer oratorio de toda la cristiandad dedicado a Nuestra Señora, la Virgen María.

Y Zaragoza ha sido durante toda su historia una ciudad entregada a la devoción mariana. Incluso sus cuatro puertas, sus cuatro entradas principales, estaban protegidas por las vocaciones marianas: al sur por la puerta Cinegia, los zaragozanos tenían a Nuestra Señora de las Santas Masas en el monasterio de Santa Engracia; al oeste, la puerta de Toledo con la protección de Nuestra Señora del Portillo; al este, en la puerta de Valencia, Nuestra Señora de Zaragoza la Vieja; y en la entrada norte, la principal y al lado del puente de piedra, Nuestra Señora del Pilar. Cuatro puertas guardadas por Nuestra Señora.

Y en el centro de la ciudad en la cruz del entramado callejero, la antigua iglesia de la Santa Cruz.

Pero no eran estas las únicas advocaciones marianas a las que se encomendaban los zaragozanos. Además de las mencionadas, teníamos y tenemos a Nuestra Señora del Altabás, protegiendo a su arrabal; Nuestra Señora de Gracia con los enfermos; o Nuestra Señora de Cogullada, en sus huertas, entre otras muchas.

La Virgen y la Cruz, la Madre y el Hijo, la Dolorosa y el Crucificado. Dos de las imágenes más importantes de nuestra piedad, y como se habrán dado cuenta, de nuestra Semana Santa.

En el siglo XVI, está documentado como el Jueves Santo recorría la ciudad una procesión de disciplinantes. Y en el siglo XVII ya existen noticias de la celebración de una procesión del Santo Entierro, organizada por la Hermandad de la Sangre de Cristo, con diversos estandartes y hachones portados por los cofrades.

En el siglo XVIII ya conocemos como para la Semana Santa procesionaban pasos como el del «Cenáculo», la «Oración en el Huerto», el «Prendimiento», «Jesús con la cruz a cuestas», el «Ecce Homo», «Jesús atado a la columna», El «Calvario», el «Descendimiento», el «Sepulcro», «San Pedro», «la Muerte» o el venerado «Santísimo Cristo de la Cama», una de las imágenes más significativas que sobrevivieron a los Sitios de Zaragoza.

Pasos y enseres que ya se recogían, sobre todo tras la Guerra de la Independencia con la voladura del convento de San Francisco, en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal. Tras los Sitios y durante el siglo XIX, la Hermandad de la Sangre de Cristo acuerda reanudar las procesiones de su Semana Santa y recuperar su esplendor. En 1909 y por impulso del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón, se convocó un concurso para reformar la procesión del Santo Entierro y reconstruir en la misma todos los momentos de la Pasión. Vestuarios, uniformes, conjuntos escultóricos… Todo ello fue dando forma a una gran procesión que se ha convertido en una de las manifestaciones populares y religiosas más importantes de España.

Entre los años 1932 a 1934 no se pudo celebrar la procesión de la Semana Santa, pero por la imposibilidad de sacar el estandarte real que habría la misma. Y en 1935 tras un incendio provocado en el almacén de los pasos, que afortunadamente no tuvo grandes consecuencias, se acordó recuperar la procesión del Santo Entierro. Los terceroles, agricultores y ganaderos encargados de llevar los pasos, se pusieron en huelga, y fue en ese momento cuando el espíritu de hermandad y la devoción volvió a surgir en la ciudad.

Un grupo de jóvenes de asociaciones católicas y religiosas tomaron el relevo y el Santo Entierro volvió a recorrer las calles de Zaragoza. En 1937 se crea la primera cofradía de la Semana Santa tomando a su cargo el paso de Nuestra Señora de La Piedad, dando inicio la creación de otras en los años siguientes del siglo XX o incluso a la adhesión a la Semana Santa de alguna cofradía anterior como la del Señor atado a la Columna, la del Ecce Homo, la de Jesús Nazareno, la de San Joaquín o la de las Esclavas. Y vuelve a ocurrir lo mismo que en la Edad Media. Colectivos determinados se agrupan en torno a estas cofradías: jóvenes de Acción Católica, miembros del Patronato Obrero Católico, parroquianos de una misma demarcación, profesionales o grupos de alumnos de una determinada congregación educativa, fueron dando forma a este nuevo grupo de cofrades que dan vida a nuestras 25 cofradías actuales que se ubican en Zaragoza.

En 1940, la Cofradía de las Siete Palabras incorpora muy acertadamente el sonido del tambor del Bajo Aragón a la Semana Santa zaragozana.

Pero mejor, deberíamos decir que reintroduce el sonido del tambor en las procesiones. El tambor ha formado parte del sonido de las procesiones zaragozanas desde la Edad Media, y encontramos unos documentos del siglo XV en los que mencionan la participación de trompetas y tamboriles. El paso del tiempo hizo desaparecer este sonido que, afortunadamente, ha vuelto a nuestras procesiones y se ha convertido en uno de los elementos que singulariza la Semana Santa en Zaragoza y en Aragón.

Pero los tambores no son los únicos sonidos que acompañan a nuestros pasos sacramentales: bombos, timbales, timbaletas, cornetas, matracas, carracas, trompetas heráldicas, o incluso la jota en los últimos años, forman la banda sonora de nuestra Semana Santa.

Pero los tambores, timbales y bombos se han convertido en el sonido característico de nuestras procesiones. El estruendo de los tambores no solo acompaña nuestros pasos u obligan a guardar a los espectadores un silencio respetuoso, o rememora la rotura del velo del templo de Jerusalén. El sonido de los tambores se convierte en los latidos piadosos de los corazones de miles de cofrades que acompañan a Cristo y a María en los días de Pasión.

En 1948 se crea la junta Coordinadora de Cofradías ante la creciente necesidad de coordinar las diversas procesiones de todas las cofradías que se van fundando en la ciudad. Y así llegamos a la actualidad. Pero la historia nos ha enseñado que no tendría sentido la Pasión sin la Resurrección, no habría gozo si no tuviéramos duelo. Y vosotros cofrades, sois el hermano que nos guía en estos santos días. Vuestros sonidos, rezos, devoción y hermandad son los elementos en los que los fieles nos vamos apoyando para superar la tristeza de la muerte de Nuestro Señor y alcanzar la alegría de la Resurrección.

Por ello, como ha expuesto el Papa Francisco en varias ocasiones, ¡Gracias por vuestra labor misionera!

Las cofradías, con sus procesiones, habéis sabido transformar las calles de Zaragoza en un gran escenario en el que se van desarrollando todos los hechos relevantes de la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor. Pero, sobre todo, habéis hecho posible esa procesión del Santo Entierro que se convierte en un completo Vía Crucis. Piedad, devoción, arte, sonido, oración, sufrimiento, fe, hermandad, alegría… Son los sentimientos de miles de cofrades zaragozanos a los que la cofradía debe ser una forma de participación de nuestra religiosidad, de manifestación pública de nuestra fe y caridad callada al necesitado.

Por eso, en esta noche que abre los días santos, quiero proclamar aquí en esta ciudad, que esta ciudad camina con vosotros, que se ilumina con vuestros faroles, y reza con vosotros.

Por lo tanto, yo os convoco, cofrades de esta inmortal ciudad, a romper el silencio de la noche e iniciar vuestro caminar por las calles llenándolas de fe y esperanza en la Resurrección. Y, así de nuevo, vuestros tambores marcarán el sentimiento y los latidos del corazón de toda la ciudad en esta Semana Santa de 2024, como lo habéis hecho durante siglos, como lo haréis siempre.

¡Muchas gracias!.