Predicación de la IV Palabra del Viernes Santo de 2024, por el Rvdo. D. Fernando Urdiola Guallar

Predicación de la IV Palabra del Viernes Santo de 2024, por el Rvdo. D. Fernando Urdiola Guallar
Predicaciones Viernes Santo 2024: IV Palabra

Hermanos de la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista. Amigos que en esta mañana del Viernes Santo del 2024 venís a acompañar los últimos momentos de Jesús en la Cruz:

Jesús no había gritado en el huerto de los Olivos. No había gritado en la flagelación, ni cuando le colocaron la corona de espinas. Ni siquiera lo había hecho en el momento en que lo clavaron a la Cruz. Jesús grita ahora.

Jesús, el Hijo de Dios, aquel a quien el Padre en el Jordán y en el Tabor había llamado: “Mi Hijo único, “Mi Predilecto”, “Mi amado”, Jesús en la Cruz… se siente abandonado de su Padre.

¿Qué misterio es éste? ¿Cuál es el misterio de Jesús Abandonado que, dirigiéndose a su Padre, no le llama “Padre, -como siempre lo había hecho- sino que le pregunta, como un niño impotente, que por qué le había abandonado? ¿Por qué Jesús se siente abandonado de su Padre?

Este momento de la Pasión de Jesús, es el más doloroso para Él de toda la Redención. Y si la Pasión de Jesús, el Hijo bendito del Padre, es el misterio que no tiene nombre, lo es porque nos hace entrar en el misterio de Dios. Y en este abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús tuvo por nosotros, y hasta dónde fue capaz de llegar por amor a su Padre.

La cuarta palabra de Jesús nos resulta a primera vista un tanto escandalosa. ¿Cómo es posible que de la boca de Jesús haya salido un improperio? Ahora bien, si prestamos una atención más cercana a los sentimientos de Jesús, nos daremos cuenta de que esta exclamación nos recuerda la oración de la víspera en el Huerto de los Olivos, en la que el dolor agónico por lo vivido y la confianza en la voluntad del Padre van de la mano. ¿Cuál es, pues, el sentido de esta Palabra de Jesús en la Cruz?.

Jesús estaba iniciando la recitación de un salmo que recogía los sentimientos de un justo atribulado, el Salmo 22, que comenzaba con un tono desgarrado: “Dios mío, de día te grito y no respondes; de noche y no me haces caso… Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo”. Los textos evangélicos han visto en estas primeras estrofas del salmo un reflejo de la situación espantosa por la que estaba pasando Jesús en la cruz. Pero el texto del salmo no se detenía ahí. Tras esa descripción de su dolor, el orante invoca confiado al Señor: “Pero tú, Señor no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme”. Y la antigua plegaria colocaba al orante en un tercer momento. Suponía que, efectivamente, Dios acudía a socorrer al que lo invocaba, “el Señor no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio lo escuchó”.

Ese itinerario existencial era también el que estaba recorriendo Jesús. Esta cuarta palabra de Jesús, lejos de escandalizarnos, habría de interpelarnos profundamente sobre la calidad de nuestra oración. Ni el cristiano individual, ni la Iglesia entera, pueden convertir la plegaria en un ejercicio de frivolidad, o en un puro momento estético. El orante pone en juego toda su existencia y toda su fe. Orar es reconocer la propia situación. Pero es, sobre todo, atreverse a medirla con las medidas propias de Dios. Como dice el papa Francisco en este año de la oración, en el que somos convocados para celebrar el jubileo del 2025, “la oración es el respiro de la fe, es su expresión más profunda”.

Y así, la oración hecha vida, nos conduce a creer que todo ser humano desvalido prolonga el abandono de Cristo en el Calvario. Ante el madero de la cruz desfilan los abandonados por la sociedad, y Cristo se identifica con ellos y les repite palabras de compasión y de solidaridad.

Descubramos el sufrimiento de Cristo en el abandono de las víctimas inocentes a las que no se les da ni el derecho a vivir; en el abandono de los jóvenes que no reciben más que críticas y viven críticas situaciones; en el abandono de sentirnos indefensos ante tantas realidades de corrupción y perversión, ante tanta mentira; descubrámoslo en el abandono de los que cultivan la tierra, y que viven la intemperie de la precariedad de su situación; en el abandono de los trabajadores injustamente retribuidos; en el abandono de las víctimas por abusos y violencia sexista; en el abandono de los ancianos marginados por parte de una sociedad que solo quiere tener personas que produzcan; en el abandono de los enfermos sin esperanza y sin acceso a recursos de salud para dignificar sus últimos días… Seamos solidarios con aquellos que viven las guerras, siempre injustas y violentas.

El mundo necesita personas con corazón grande y generoso, que tengan la audacia de recoger el dolor y las lágrimas de aquellos que sufren vivamente por la carestía de la vida, por el costo en los alimentos, por los altos precios en la vivienda, por la falta de pan y de cultura. Hombres y mujeres, en fin, que sepan poner las riquezas al servicio del ser humano porque, los bienes de este mundo, en el plan original de Dios, están destinados a todos. Hagamos del mundo un lugar de esperanza y de alegría, donde amemos todos y sin exclusión a nuestro prójimo, donde todos como hijos de Dios tendamos nuestra mano amiga, donde como hermanos estemos cerca de aquellos que sufren, donde llenemos los vacíos de aquellos que padecen soledad y persecución.

La tierra debe ser un lugar de júbilo y esperanza y jamás un calvario de abandono.

Hermanos todos: La Cruz es un pregón hecho palabra que anuncia, con la firma de la vida, que Dios cumple su promesa. Todos hemos sido rescatados por la Cruz salvadora de su Hijo. Todos tenemos ya sitio en su casa. Y desde aquella tarde, Dios vuelve a ser llamado Padre, como nos enseñó en la intimidad el Maestro. Desde aquella hora de la Cruz, nadie es huérfano. Por eso nos atrevemos a decir: Padre Nuestro…