Predicación de la II Palabra del Viernes Santo de 2024, por el Rvdo. D. José Monge Doñate

Predicación de la II Palabra del Viernes Santo de 2024, por el Rvdo. D. José Monge Doñate
Predicaciones Viernes Santo 2024: II Palabra

Eran casi las tres de la tarde en Jerusalén. Pese a estar en primavera, un inoportuno eclipse de sol ocultaba al astro rey desde el mediodía, justo cuando Jesús era clavado en la cruz y elevado sobre el Gólgota. El día pues, se había tornado triste y gris. Junto a Jesús, dos malhechores también crucificados. Dos reacciones diferentes ante la certeza humana de la muerte.

Dos maneras opuestas de utilizar la libertad con la que Dios los creó. Ese es el misterio insondable del corazón del hombre: luz y tinieblas, fe e incredulidad. Por un lado, la de aquél, que ni en la hora de la muerte, es capaz de mostrar una pizca de arrepentimiento y prefiere quedarse en la tiniebla. Por otro, la de quien, al ver morir a Jesús, se descubre frágil, pide con humildad el perdón de dios, encuentra la luz y suplica, con fe y con misericordia.

Ante el saberse frágil por parte del hombre, el amor y la misericordia infinita de dios. Todo un signo de esperanza cuando todo parece perdido. Ante la grandeza del señor, la pequeñez del ser humano, que no puede salvarse a sí mismo. Jesús, pese a estar sometido a una tortura extrema y de ver que, pese a haber amado tanto estaba siendo crucificado sin piedad alguna, lejos de rendirse, sigue amando hasta el final.

En medio de tanto sufrimiento en el Gólgota, dos miradas se cruzan. Una, la de quien descubre en Jesús al hijo de dios, y le implora que no se olvide de él. La otra, la de Jesús, que acoge y perdona a quien se arrepiente y que, con inmensa ternura, ve en él un pequeño, uno de los suyos, verdadero pobre de los que él había dicho que es el reino de los cielos. En ese cruce de miradas y en su breve diálogo, se ha revelado el poder mesiánico de Dios como gracia. Porque en la cruz se resume toda la historia de la salvación. Lo que un hombre, por su rebeldía, cerró para todos, por la obediencia de este hombre, la misericordia del padre lo ha vuelto a abrir a todos: el paraíso. Por eso asegura con atronadora rotundidad que eso sucederá hoy mismo, aquí mismo, no dentro de cien años, ahora. La humanidad ha quedado restaurada y el paraíso de nuevo es ofrecido a los hombres.

Jesús, desde su cruz, establece el juicio definitivo: que el paraíso dios lo regala por gracia. Y aquel ladrón lo había entendido. Nunca ningún ladrón ha sido mejor ladrón. Arrebató a dios el paraíso, simplemente con un acto de fe, con una mirada de confianza. Queridos cofrades y gente que os acompaña en este recorrido por las calles de Zaragoza, para la misericordia divina, nunca es demasiado tarde. Eso es lo que se esconde detrás del hoy de Jesús.

Dimas, realiza un sentido examen de conciencia, recuerda sus fallos con la pena del que se sabe culpable de ellos, y tú cofrade y todos los que me escucháis, ¿ya sabéis cuáles son vuestros fallos? ¿de qué os sabéis culpables?; Dimas, tampoco trata de excusarse. Y tú cofrade y todos los que me escucháis, ¿echáis balones fuera, siempre tenéis alguna excusa para acallar vuestra conciencia?

Todos y cada uno de los que estamos aquí tiene una cruz, y cada cruz es diferente. Cada cruz en el mundo está diseñada, hecha a la medida, especialmente para cada uno de nosotros. Por eso decimos tantas veces aquello de cuánto pesa nuestra cruz.

Queremos creer que las cruces de los demás son más ligeras, y nos olvidamos de que la única razón por la cual nuestra cruz es pesada, es porque es la nuestra propia. Jesús no diseñó su cruz; fue hecha para él.

De ese modo la tuya está diseñada por las circunstancias de tu vida y por tus rutinas diarias. Por eso es que te queda tan a la medida. Las cruces no están hechas en serie. Por lo tanto, hay tantas cruces como personas diferentes: cruces de dolor y pena, cruces de necesidades, cruces de abuso, cruces de amor herido y cruces de derrota. Vosotros cofrades y acompañantes que tenéis la gran suerte de ver las cruces de los pasos de esta cofradía, ¿no veis que por muy pesada que sea vuestra cruz, Jesús sufre más que vosotros?

Pero hoy os invito a que descubráis el rostro de Jesús. ¿lo veis? Es un rostro sin rabia. Dejar que vuestra mirada contemple hoy a Jesús, y después de contemplarlo a él, contemplar la cruz de vuestra vida. Llevarla no es sufrir sino despertar la fe a los demás, llevarla es pregonar a los cuatro vientos ¡estoy crucificado con Cristo!

Son casi las tres de la tarde en Jerusalén. Pese a estar en primavera, un inoportuno eclipse de sol oculta al astro rey desde el mediodía, justo cuando Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre el Gólgota. El día pues se ha tornado triste y gris. Pero Jesús disipa la tiniebla, hoy, ahora mismo, abre las puertas del paraíso y espera nuestra conversión. Nunca es tarde para el arrepentimiento y para pedir perdón, solo se trata de buscar su rostro en la cruz y de saber abandonar todo lo que nos aleja de él. ¡Señor, danos la lucidez y la fe del buen ladrón!.